De lo particular a lo general


Parto de una consideración o caso particular (aunque luego se vea que en muy generalizada la cosa) para llegar a otras de carácter más general. Como siempre ni garantizo el resultado, ni el proceso es el lineal, ni las conclusiones únicas o definitivas. Dicho de otro modo estas son mis ilaciones y opiniones.

Con el triunfo de ventas de los 50 matices de gris y otros colores (o no colores), el mercado se ha inundado de novelas a la sazón. En Editorial Intangible también recibí propuestas de este tipo, por lo general rijosas, llenas de topicazos y mal escritas: lo curioso es que es lo mismo que he oído en mil conversaciones sobre el título antes citado. En fin, la cosa es muy curiosa porque en su día una colección como La Sonrisa Vertical tenia serios problemas para publicar buenos títulos de novela erótica y además los números (corre la voz) no eran los esperados. Todo esto me lleva a dos conclusiones muy diferentes. Una, que se escribe sobre un tema muy complejo como es el erotismo y la sexualidad sin reflexionar o saber del ello, sino por clichés y banalizaciones. Dos, que la tendencia general es editar lo que se presume arrojará cifras positivas: hoy el prurito inguinal, ayer los vampiros y los zombies (de esas también recibí).

Y es esta segunda consideración la que me deja más perplejo ante una platea que siempre ha blandido el catálogo como enseña. Y se suma a esta perplejidad que se quiera para este sector la etiqueta de industria cultural: honestamente, con la etiqueta de sector editorial le basta porque ser industria cultural sería ser mucho más, más amplias las vistas y las perspectivas, de las cuales no todas tienen un provecho monetario. A propósito dejo aquí una reflexión de César Rendueles en su blog.

Esta forma de entender la edición como una industria de provechos (tendencialmente en la mente de los inversores de provechos que deben de ser altos y siempre más altos) es su tumba. No queda más que seguir el provecho y la idea de la lectura como entretenimiento. Leer no es entretenerse. Competir en ese campo es pedirle peras al olmo.

Además el número de best-sellers por año se ha reducido y no sólo por culpa de la crisis. Creo que se debe también a que los best-sellers son siempre más iguales entre si (del mismo autor) y entre ellos (de autores diferentes). La emulación y la repetición no generan interés si lo que se desea en entretener.

Y se lee menos. Y cierran librerías (y nos mesamos los cabellos y nos tiramos de los pelos, claro). ¿Se lee menos solo por falta de interés o por competir en un campo impropio? Quizá habría que ampliar el campo y ver cual es el medio que sustenta la lectura. Por ejemplo, se me ocurre que quizá existe una relación entre analfabetismo funcional y no lectura. Se me ocurre que estamos en un punto en que la inversión en hacer de nosotros y nuestros hijos ciudadanos capaces de entender y hacer es constantemente baja y a la que se suma la escasa apreciación pública de la cultura; ¿a nadie se le ocurre que si los que más ganan apenas saben hablar el reflejo es que la cultura es inútil? Probablemente a muchos. El caso es que esa inversión ideal y factiva es contraria a la edición. Y la reacción ha sido, a mi juicio, favorecerla.

Dinero. El libro electrónico crea siempre mayor volumen de ventas, pero menor retorno: más ventas por menos precio, más porcentaje y más libros por el mismo dinero. No me extrañaría descubrir que tras el escaso desarrollo del libro electrónico y el “retorno del papel” estuviese agazapado, siquiera tanto, el interés del sector por un retorno más amplio por unidad vendida. Es un problema de inmediatez cuando no hay visión de futuro (¿esto lo he dicho antes, verdad?) y en esto la edición, la sociedad y la política parecen tener m,mucho en común.

Por cierto, antes de que alguien saque la conclusión de que soy contrario a ganar dinero, el problema no es ganar de dinero, sino hacer de él único metro de medición, sobre todo en una actividad que , se admita o no, es de riesgo como es la edición de libros.

Y llego a la cuestión de la medición y los instrumentos de medida. Dos artículos, uno de Manuel Gil sobre autopublicación y otro de Barandiarán sobre librerías, me inducen a preguntarme (¿retóricamente?) cómo es posible que el sector no se dote de instrumentos eficaces. O bien no existen tales instrumentos o bien no se les quiere. Y si no se les quiere, ¿por qué? Temo que la respuesta es que el sector sigue con la vista puesta en su nariz mientras oye solo de una oreja. Mientras tanto las excusas son siempre las mismas y siempre válidas.

Contra más lo pienso más creo en la validez de la fórmula, pequeño, consorcial, de calidad y resistencial como expresión del futuro de la edición.

Como siempre, puede que me equivoque.

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Un comentario en “De lo particular a lo general

  1. «La civilización es una carrera entre la educación y la catástrofe.»
    H. G. Wells

    Con la digitalización ha quedado claro que que a muchas editoriales, productoras, discográficas, etc. sólo les interesaba el el ejemplar, el soporte físico, y que al desaparecer la necesidad de éste, no sólo se altera el modelo de negocio: su misma razón de ser está sometida a juicio.

    Los hábitos están cambiando. De un modelo en el que debíamos ir a buscar la información, nos adentramos en otro en el que ésta nos llega por todos lados y corresponde al usuario «sintonizar» con la que le interese. Tiene que ver con eso de la economía de la atención y, por supuesto, la competencia por captar la atención es feroz e incluso ensordecedora, pero ¿no lográbamos cuando éramos chavales sintonizar aquella emisora de radio —pirata a veces— que nos interesaba?

    El siguiente artículo abunda en esta tesis y, pese a que pueda matizarse, recomiendo encarecidamente su lectura: The Big Reverse of the Web http://t.co/yGtBAVhHRJ

    Por otro lado el analfabetismo no me parece tan preocupante, no tanto como la necedad. El ignorante no deja de ser un sujeto pasivo que, antes o después, puede decidir cambiar su situación. En cambio el necio toma parte activa en desconocer; es más, se enorgullece de ello y lo publicita. La zafiedad es su seña de identidad, así como una estética determinada identificaba a los miembros de las tribus urbanas.

    Gracias por tu artículo,
    un saludo.

    Lo que no sabría decir es si esto es un problema en sí mismo ¿Hay más necios que antes o simplemente son más visibles, gracias a las RRSS por ejemplo? Lo inquietante es la posibilidad de que esa necedad terminare evolucionando en barbarie institucionalizada… nada garantiza que no vayamos a convertirnos en morlocks.

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