Cuestiones prácticas de ética


En estos días he seguido un debate interesante que partía de una simple pregunta, ¿al lector debería importarle si el el libro que compra ha sido imprimido en un país extranjero? De hecho la pregunta es ¿al lector debe comprar un libro imprimido en el extranjero?

Salta a la vista que la pregunta tiene muchas e interesantes implicaciones.

Intentaré exponerlas y como siempre dar mi opinión: aquí hago un apunte, visto que los ánimos del sector editorial últimamente está muy soliviantados y son muy susceptibles, no trato de realizar una crítica sobre la opinión de nadie sino, más bien, dar mi punto de vista que será o no coincidente con otros, que gustará o menos pero que no es un ataque “personal”.

En primer lugar la identificación de extranjero es vaga, la pregunta original daba un localización precisa, pero suficiente. Se entiende que ese extranjero es capaz de imprimir libros a costos reducidísimos en comparación con los patrios. Esos costos reducidos son expresión de condiciones laborales inhumanas, opresivas e injustas, por lo tanto poco éticas para el sector cultural. Me pregunto cuántas editoriales se preocupan por saber los horarios que practican o los sueldos que tienen, o los contratos que han firmado los trabajadores patrios. Sin duda son mejores que sistemas semi esclavistas, pero la cuestión es que la identificación tout court entre extranjero y malo es necesariamente maniquea y no ética. Los mismo que es maniquea la asimilación entre libro barato = malo y libro caro = bueno: ¿en qué sentido sería bueno o malo el uno u el otro, éticamente, literariamente, respecto a un edición bien realizada? Mientras en el sector editorial aumenta el nivel y el número de errores sistémicos para reducir costos, esta distinción carece de sentido. Más aún desde un punto de vista ético.

Una cuestión que se ponesobre el tapete durante el debate al abordar la pregunta expuesta, es que la búsqueda del provecho no justifica todas las acciones, que existe un nexo ideal entre el libro y su territorio que el lector debe reconocer y que el editor debe respetar. Debe ser, sin embargo, un nexo elástico y si los libros imprimidos en el extranjero llegan a nuestras librerías. Una editorial es, con altísima frecuencia, una empresa de lucro. Busca por tanto maximizar la inversión reduciendo costos. El conflicto entre ética y empresa parece radicarse en la idea de que la supervivencia de la misma depende de la competitividad desarrollar. No deja de ser oportuno recordar que las editoriales usan o podrían usar muchos mecanismos de este tipo: del marketing a la externalización, aspectos estos que no son visibles en (casi) ningún debate planteado por las editoriales y que tienen evidente aspectos éticos e ideales.

Otra cuestión es la intervención de las instituciones ante esta situación. Es decir, si las instituciones establecen criterios de ayuda y subvención al sector editorial, un aspecto penalizador sería la impresión del libro fuera de ciertos territorios, con mayor o menos amplitud, colijo, dependiendo de la institución. O lo que es lo mismo premiar la radicación de la editorial en el territorio mientras despliega su actividad. En principio parece una medida oportuna y justa. Se me ocurre que tal medida, de ser aplicada, constituiría un incentivo solo en la medida en que los beneficios de acogerse a estas prácticas fuesen iguales o superiores (o cuanto menos no sensiblemente inferiores) a los beneficios obtenibles de buscar servicios a mejor precio en el extranjero. Me pregunto si no sería mejor que un incentivo una desgravación fiscal para aquellos que ya realizan estas actividades en este modo de forma regular: en ese caso quizá sería más eficiente solicitar una disposición fiscal en este sentido más que ayudas directas. Tengo mis dudas en lo referente a la eticidad de ayudar o premiar directamente a empresas con ánimo de lucro, especialmente en actividades culturales: ¿por qué no ayudar a otro tipo de actividades culturales, por ejemplo sin ánimo de lucro, en vez de a empresas? ¿no se genera un círculo vicioso, un cierto clientelismo, una visión instrumental de los fondos públicos? Antes de responder recuerdo que para el las instituciones sector editorial la promoción de la lectura pasa por la compra directa de libros a las editoriales, que a mi juicio es una forma de subvención directa, mientras no hay dinero para bibliotecas o no se no subvencionan (o se infrasubvencionan) actividades culturales colectivas sin ánimo de lucro. De hecho la cuestión manifiesta que por encima de los cultural esta lo crematístico y por encima de la ética la bolsa.

Una cuestión que aletean sobre las anteriores es, si el editor reconoce que tiene un vínculo cultural a través de su labor y si este mismo reconoce que su ética profesional le lleva a realizar su actividad de modo ético, ¿por qué es necesario premiarle? Es decir, si hace las cosas como considera que deben hacerse y que esta es la llave para garantizar al público lector lo mejor que puede realizar al mejor precio que puede proponer, o se la llave del éxito comercial desarrollando su propia ética profesional, ¿qué otro premio merece? Ya sé que se dirá que debe premiarsele porque otros lo harán mal y se llevarán el gato de los beneficios al agua arruinando la imagen corporativa (un dia alguien deberá explicarme si esta existe y en que se cristaliza). pero el principio es equivocado, porque si por un lado significa que reputamos al lector incapaz de valorar (pero, ¿y la crisis? Ah, porque todo esto es fruto de la crisi, ¿de verdad?) y por otro se vuelca el principio social según el cual se castiga al infractor, al que hace mal, pero no se premia a quien hace lo que debe: y todos pensamos que cuando nos ofrecen un artículo y/o servicio nos deben dar lo mejor al precio justo y no otra cosa, motivo por el cual resulta obsceno pensar que vale solo para los demás y no para nosotros mismos.

La cuestión final que expongo es está, ¿tiene sentido transferir al lector la obligación ética de corregir al editor allá donde el mismo editor no siente como propia su ética laboral?

Me parece una transferencia muy propia de estos tiempos nuestros: si tú quieres que yo sea virtuoso oblígame (y yo te diré que lo soy pero no te daré todos los medios necesarios para verificarlo). Me parece una forma muy liberal de cargar a otros con una responsabilidad que no es suya, una forma de deshacerse de la propia ética. En el caso de una editorial es la forma más clara en que puede expresarse la disolución de cualquier vínculo ético entre edición y cultura. Una editorial debe de ser capaz de mantener un pacto ético consigo misma. Luego puede explicarlo al público pedir que les apoyen, solicitar al lector que se sume a su proyecto, etc. Me parece fuera de lugar ligar la ética a la ayuda, la edición a la subvención: el ánimo de lucro comporta riesgo, o se asume o mejor pasar a otra cosa porque la cultura es cosa seria y no siempre se vende o se compra pero siempre refleja las ideas de fondo que le han dado vida.

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Un comentario en “Cuestiones prácticas de ética

  1. […] En estos días he seguido un debate interesante que partía de una simple pregunta, ¿al lector debería importarle si el el libro que compra ha sido imprimido en un país extranjero? De hecho la pregunta es ¿al lector debe comprar un libro imprimido en el extranjero? Salta a la vista que la pregunta tiene muchas…  […]

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