Sobre el valor de la palabras y la terminología.

Es lamentable, creo, lo muy acostumbrados que estamos a hablar como si enunciásemos titulares o, en alternativa, lo muy acostumbrados que estamos a que los titulares de las noticias sean aproximativos, eso cuando no desvían directamente el foco de la noticia. Tanto es así que al parecer no exigimos en nuestra lectura precisión en la expresión. Viene todo esto a cuento de la última entrevista concedida por Arantxa Mellado a un medio argentino; me da igual si luego las imprecisiones son atribuibles al periodista o a Arantxa Mellado, si los periódicos solo hacen titulares, si es culpa de todos nosotros, incluido el aquí firmante, que ya no somos autoexigentes o todo junto. De hecho me es indiferente, porque lo que cuenta en esta entrada es como la falta de precisión y terminología unívoca está condicionando el modo que tenemos de representar el mundo y la realidad del libro en el mundo. Nada personal pues. Voy a por ello.

Segunda afirmación

Primera afirmación

!nternet permite que cualquiera pueda ser autor

O la mitificación de internet. No me resulta que internet como tal haya hecho posible la autoría a nadie en medida mayor a cualquier otro medio, incluyendo el papel y el lápiz. Ser autor es el resultado de una decisión personal que lleva a la realización de una obra “de ingenio” única, más o menos, en forma o contenido o ambas. Quienquiera siempre ha tenido la posibilidad de ser autor, bueno o malo, usando los medios que la ´época le brindaba, de la arcilla a internet. La confusión aquí está entre ser autor y publicar. Internet ha hecho más fácil publicar las propias creaciones porque ha rebajado los costes para esto respecto al pasado y a otros medios. Confundir autoría con publicación es confundir las cosas, es colocar el resultado en lugar del proceso, la conclusión por delante de la génesis. Esta primacía pretendida de internet tiende a darle una importancia desmesurada, a convertir internet en una especie de motor cuando en realidad en un medio a través del cual podemos difundir, usar herramientas que pone a disposición pero que son una parte y no todo internet e incluso podrían subsistir en algunos casos aun cuando internet fuese otra o fuese menos o no fuese en absoluto. Autor se ha podido ser siempre, con o sin internet y los modos de exclusión y filtro han cambiado pero no han desaparecido.

Segunda afirmación

En su opinión, el libro va a desaparecer como formato de lectura pero «se va a mantener como objeto decorativo». «Poco a poco el formato libro va a quedar relegado para aquellas obras que realmente nos hayan gustado, aquellas obras que necesitemos tocar, que necesitemos palpar, que necesitemos tener allí y verlas porque realmente han formado parte de nuestra vida o nos han impacto de una forma muy especial. El resto de las obras las consumiremos en digital», agrega.

La confusión de la normal en estos días y considero que, teniendo en cuenta el resto de la entrevista, Arantxa Mellado un poco ha ido remezclando conceptos que han hecho de la afirmación algo un tanto más turbio.

El libro va a desaparecer en su forma impresa, parece querer decir, pero la frase tiene un acento mucho más definitivo. Se confunde libro con formato de lectura, función con forma. O bien no estamos de acuerdo con esta afirmación mía y entonces precisamos cuanto antes una aclaración terminológica porque la cantidad de confusión que se genera con la polisemia de “libro” amenaza con crear escenarios de incomprensión apocalípticos. La extensión de la lectura a formas no necesariamente librescas, como defiende bien Arantxa Mellado, tiene poco que ver con el libro en si como formato y con la supervivencia del libro como designación de una agregación de textos más o menos enriquecidos, más o menos electrónicos. Esta extensión inició hace mucho, pero el libro no ha desaparecido como tal. Una confusión derivada es la de confundir venta de libros y editoriales con el libro en si. No son sinónimos y en cierto modo Mellado lo entiende, pero estoy en desacuerdo con su lectura de la nueva cadena de valores del libro en un entorno digital: otro día hablo de eso.

Un último aspecto es, a mi modo de ver, que la equiparación del libro (tout court) con “objeto decorativo” pone al libro en la misma posición de valor simbólico de un pisapapeles o un jarrón. Una identificación que solo puede hacer daño al libro, impreso o electrónico que sea, pues más allá del formato el valor simbólico permanece en cuanto vector de un contenido. Si para empezar no le damos valor con nuestras palabras, siendo un constructo de palabras y pensamientos, no tendrá valor alguno.

Una última afirmación discutible

Pero hay otro elemento en este mapeo general que no puede obviarse: el rol del Estado que, en sus palabras, tiene que tener una presencia «muy medida, en la primera fase el papel gubernamental es fundamental» ya que, «si se comporta de forma demasiado proteccionista, lo que hace es eliminar la iniciativa, entonces el editor se acostumbra a que todos los libros vengan financiados y subvencionados por el gobierno y deja de ser creativo, se acomoda».

El mito de la creatividad como desafío, sobre todo la creatividad como desafío de mercado, tiñe esta afirmación; y es significativo que en la argumentación se alternen los términos iniciativa y creativo, como si fuesen sinónimos a siquiera cercanos en significado. Una iniciativa es lo que da principio, la cualidad e adelantarse al resto y puede ser o no creativa, puede ser social o comercial, colectiva o privada. Creativo es algo capaz de estimular la creación o la innovación. Iniciativa y creatividad son iguales solo en la retórica de una visión de la vida económica. Buena parte de la creatividad no ha tenido como fin el mercado aun cuando haya terminado en él. Esto es especialmente cierto para la creatividad artística, que con frecuencia ha desafiado conceptos y postulados estables para abrir otros horizontes y solo el tiempo ha decretado la aceptación del mercado; hablamos de pintura, de escritores que en vida no vendieron un libro y otro largo etcétera.

Así, creo, se habla pues de creatividad empresarial. Esa que requiere que el estado subvencione pero limitadamente, que intervenga como solo acicate. Debate interesante aunque me pregunto siempre por qué el estado debe intervenir invirtiendo sin recibir ninguna parte de los beneficios, por qué no invierte en vez en incitar a los ciudadanos a crear simplemente, con un retorno más social que económico y sobre todo con un provecho que no será privado.

En definitiva, es necesario que todos, y que Arantxa Mellado me perdone por tomar su entrevista como ejemplo, realicemos un esfuerzo al hablar del libro. Es necesario que usemos un vocabulario más preciso y que renunciémos a las simplificaciones de titular periodístico. Es necesario también, estoy convencido, iniciar a dar valor a las palabras que pronunciamos y escribimos si deseamos convercer del valor de las palabras, o contenidos como los llama Arantxa Mellado, de otros.

En constante confusión: ¿falta terminología o es descuido?

Este blog inició su camino hace casi tres años y tiene, con esta, 98 entradas en su haber. Digo esto porque trazando un balance, incluso provisional, de cuanto dicho, hecho y visto (no digamos escrito) en este tiempo, cunde un cierto desánimo. Bien se vio en la última entrada.

En efecto, la revolución digital todavía está verde y no porque sea difícil de entender a estas alturas, sino porque no hay intención de ponerla en marcha en toda su extensión. Habría que decir sin embargo que existen editores, editoriales, autores que se han puesto a ello en la medida que les consienten sus propias capacidades y en algunos casos, demasiado pocos, colaborando entre si.

Lo peor, creo, es que sigue difundiéndose confusión. la semana de la cita de escritores de Euskadi contiene perlas como «…hoy en día no necesitas a editores profesionales, sino que hay redes descentralizadas que permiten publicar a cualquiera». Ignoro si es un error en la traducción de las palabras de Bashkar  o si él mismo no ve la confusión: aunque soy favorable a las redes descentralizadas y colaborativas la profesionalidad de la edición está tuteada por el acerbo de competencias y no por la centralización/descentralización de la labor. Del mismo modo editar y publicar no son sinónimos y, nota final, la edición sin editores es imposible ya en la propia naturaleza de las palabras que usamos. ¿Se confunde publicación y edición con un objetivo o por carencia de rigor? ¿Se confunden editores y editoriales? ¿De verdad creemos que en este, o otros países, se hace uso sistemático de editores y correctores en los procesos de autopublicación? Mi experiencia indica lo exacto contrario y nadie en el ramo de «servicios para el autor» ha dado jamás cifras sobre este particular, al menos que yo sepa. Sin terminología precisa, sin rigor expositivo (y no sugiero que yo sea un dechado de virtud en materia), poco vamos a avanzar en la divulgación de la exacta naturaleza, importancia, desarrollo de la edición digital y de los futuros del libro.

Otra canción es esa que habla de que futuro estamos construyendo, y no solo en referencia al sector editorial, los que trabajamos o nos apasionamos por los libros y la cultura.

Y llego pues al punto final de hoy que es la penuria de lectores. Qué difícil es pensar que seguiremos vendiendo libros si no hay quien los lea. Solo en el último año he visto, en Valencia, una iniciativa, coordinada y de medio plazo, para construcción de un universo de lectores. Veremos como va. Mientras tanto quizá sería útil que las editoriales animasen a sus escritores a ir a las escuelas e institutos a hablar de libros (no de sus libros, sino de libros en general, de su pasión), allí donde estén los autores. Quizá sería útil que las bibliotecas escolares hiciesen hablar de los libros que les gustan a los chicos además de incitar a la lectura. Quizá sería bueno que los editores fuesen a donde les llamasen a explicar cómo se hacen los libros (prefiero correr el riesgo de hallarme ante un editor honesto pero hostil a la digitalización que no hacer nada), cómo se  harán en el futuro.

Ps: voy a tomarme una pausa en este blog y por tanto el número de entradas en el futuro inmediato no será significativo, que se dice ahora. Los motivos son dos. Uno que desánimo cunde al ver que, en relación al libro digital, el sector editorial o se mueve muy despacio o no se mueve en absoluto. La segunda, parcial consecuencia de la primera, es que estoy encontrando gran satisfacción en mi nueva faceta de autor/escritor (por favor, siempre todo en minúsculas) y voy a dedicarle más tiempo y mayores esfuerzos.

 

Adiós a las armas

Han pasado pocos años y es visible para cualquiera que el nivel de combatividad de las pequeñas editoriales digitales ha desaparecido de la escena. Las editoriales que a partir de 2009-2010 nacieron y pelearon, en el ámbito que les era propio y consiguiendo la visibilidad y notoriedad que era posible, por la dignidad y la calidad del libro electrónico, sacándolo de la zona umbría en que estaba relegado.

¿Qué ha pasado en este tiempo?, ¿por qué estas editoriales han cesado de dar batalla pública?

En mi opinión, como siempre, han ocurrido varias cosas.

  • el ebook ya no es una novedad. Y esto tiene dos lecturas:
    • no hay que seguir promoviendo y divulgando el ebook porque ya es conocido por muchos. En que forma, con que distribución y demás es algo que convendría analizar con calma pero resulta innegable que ya no es un desconocido.
    • El ebook ha llegado para quedarse, como se decía una vez, es una frase hecha realidad y sigue habiendo quien tolera mal la realidad
  • la progresión del ebook como realidad comercial ha seguido una camino razonable; los datos sobre su camino presente y futuro son, como siempre, interpretables de un modo u otro, favorable o menos, con mayor o menor tiempo, pero sobre los datos del pasado no hay discusión posible. Este dato ha hecho que las editoriales digitales sean más cautas y sobre todo han tenido que pechar con las previsiones que no hicieron ellas, sino otros sujetos en general no pertenecientes al sector editorial y que tenían y tienen sus propios intereses más allá del libro (en cualquier formato). El ataque frontal al libro electrónico desatado por algunos sectores del mundo editorial y afines ante el incumplimiento de las previsiones (o profecías) de ventas, ha producido un mutismo sobre las posibilidades reales del ebook, sobre sus problemas de distribución (cuando se quisiera prescindir de geolocalización o drm), sobre las dificultades de codificación, sobre las cortapisas efectivas por parte de los e-readers a determinados formatos, sobre las posibilidades narrativas del libro electrónico, etc… todo ha caído ante los libros contables y las palabras de terceros. No puedo sin embargo callar que si el libro electrónico no ha sido el salvador de las editoriales (que en términos generales poco o nada han hecho para comprenderlo, realizarlo adecuadamente y desarrollarlo), el libro impreso no ha cesado de caer y nadie a dicho nada en su contra, aunque tampoco salve los libros contables; véase el cierre de librerías y editoriales (o la compra de estas por grupos mayores).
  • Se han reducido los espacios de debate sobre el libro electrónico. Aquí es muy difícil distinguir causa de efecto: se han reducido porque paulatinamente ha caído el nivel de participación o este ha caído porque paulatinamente se han ido cerrando estos espacios (desapareciendo en número o cerrándose a la interacción). Hay que meditar sobre estas dinámicas. Sea como sea la realidad es que el silencio a cerca del libro electrónico es enorme y se rompe solo para atacarlo puntualmente.

En realidad este grupo batallador era pequeño pero aguerrido. Quizá era demasiado el peso que sostenían sus hombros. Y el problema es que era pequeño y que sus preocupaciones y sus debates no alcanzaron jamás a las editoriales más grandes, punto este que es fácil comprobar en base a la participación de las editoriales en organismos como el W3C o el IDPF que afrontan cuestiones relativas a la estandardización el libro electrónico y su desarrollo. No quiere decir esto que todos los debates fuesen improductivos, quiere decir que los resultados han sido parciales o muy reducidos.

Por otro lado la digitalización en el sector editorial ha quedado claro que no era solo cuestión de producto final (el #ebook) sino de flujo de trabajo y quizá también en esto hay que lamentar que no se haya avanzado tanto como habría sido deseable.

En cualquier caso el libro electrónico, su debate público y su desarrollo mueren de inanición. Este adiós a las armas está siendo muy amargo.

El espejismo de la profesionalización del escritor

La figura del escritor retoma de tanto en tanto cierta relevancia en el debate general sobre el libro. Lo más frecuente es que la cuestión se centre en el auge de los autores autopublicados y el la calidad e la escritura. A mi me gustaría abordar la cuestión desde otra angulación.

El autor desde el adviento de la modernidad es un profesional. Algo que en la antigüedad no era pensable: cualquier persona era artista. La escritura y la relativa especialización ya pusieron el papel de escritor en otra dimensión, que sin embargo no consiguió distanciar en demasía la mayor parte de la gente gracias a la pervivencia de la literatura oral. La edad digital junto con la extensión de la alfabetización ha vuelto a facultar a cualquier persona de la capacidad de ejercer su creatividad a través de la escritura; merece sin embargo detenerse y anotar que la extensión de la capacidad escribir por apropiación de los medios de la escritura, la difusión de los recursos necesarios para hacerlo, la extensión de las posibilidades de lectura han tenido como otro efecto simultáneo la aparición de formas de analfabetismo de retorno y de analfabetismo funcional, que de hecho merma el ejercicio potencial de la escritura. Así pues, verso y reverso.

La edad moderna trajo consigo el concepto de profesionalización de la escritura y el espejismo de la “vida de escritor”; una espejismo sustancialmente cierto en economías como la estadounidense o la inglesa, menos en la nuestra donde si el fenómeno se afirmó para unos pocos ahora está en franca regresión. La actividad expansiva de las editoriales encuentra desde hace varios años diferentes obstáculos que pueden definirse como estructurales y más allá de la crisis actual: superproducción, bajos índices de lectura, búsqueda de rentabilidad inmediata, modelos productivos predigitales. Las posibilidades de vivir del libro o de profesionalizar la actividad de escritura cambian.

Ante este cuadro la era digital proponía un modelo de cultura libre, de ética hacker como algunos la han llamado, que suponía el retorno de la actividad de la escritura a la participación individual en fenómenos culturales colectivos cuyo fin era la “realización de si”, es decir una contribución creativa no mercantilizada o no exclusivamente mercantilizada. En otras palabras, la edad digital desarticula los mecanismos de profesionalización de la escritura gracias a la difusión de instrumentos de masa cuyo coste es relativamente bajo y cuya difusión se beneficia de los mismos mecanismos de mercado (a otro rato las posibles contradicciones).

Tomado nota de esto nuestro sistema productivo a desplazado el eje y ha propuesto una identificación de actividad con profesión y por tanto profesionalización, marca personal, beneficio directo. En síntesis se ha propuesto un nuevo espejismo en el cual la editorial ha perdido fuerza en aras de los intermediadores tecnológicos y el escritor ha asumido su actividad como profesión, olvidando cualquier veleidad anterior, y reproduciendo los esquemas de producción editorial a menor escala, con mayor esfuerzo y en un panorama donde la superproducción de la escritura amenaza con alcanzar niveles jamás pensados antes.

Está claro que esta actividad como actividad de lucro (con lucro se entiende el pretendido por el autor como resultado de su actividad “profesional de escritor”) pone sobre la mesa algunos problemas como, por ejemplo, la profesionalidad del resultado y el mercado, la asunción de las actividades paralelas (el marketing) por parte del autor o la mercantilización de la “fanfiction” y los posibles litigios debidos al copyright.

Pero no son los únicos.

La terciarización iniciada por las editoriales ha pasado ahora a los autores en la medida que estos optan por prescindir de las primeras. Si las editoriales substituían los profesionales internos con otros externos en un intento de abaratar costes y/o aumentar la rentabilidad, los autores tienden a prescindir de las figuras profesionales de editores, correctores, etc. La conclusión es, lamentablemente, la pérdida de saberes implícitos y explícitos que acumulaban estas figuras profesionales. También se produce, consecuentemente, una pérdida de calidad formal del producto, ya sea en su presentación, uso y goce, ya sea en las características de estilo de las obras (sobreentendido queda que se trata de una generalización razonable).

Nos hallamos en una fase de desestabilización de un sistema que no se ha adaptado a nuevos esquemas digitales sino ante un sistema que por un lado ha adaptado los productos digitales a un esquema predigital y por otro ha aprovechado de un clima social e ideológico para reducir el papel de la creación de la escritura a un fenómeno de mercadeo personal, donde el “escritor” se reduce a marca personal y se le adosa, sin que desempeñe en modo efectivo después en la mayor parte de los casos, todos los procesos editoriales a excepción de la distribución y su control, donde se juega la partida.

El autor pues ha aceptado ponerse unas orejeras, ha colaborado a desmontar un sistema sin substituirlo, ha aceptado las ventajas de la digitalización sin preguntarse en qué consiste y qué puede ofrecer y puede ofrecer él a cambio.

Las editoriales se están convirtiendo en contenedores de gestión limitada (puesto que en su mayor parte ni poseen flujos de trabajo digitales aptos a manejar una era digital ni controlan la distribución digital) de títulos que potencialmente entran en las corrientes de lectura, definiendo y realizando nuevas corrientes y nuevas segmentaciones en los gustos (supuesto o reales, para mi tan reales en algunos casos como las previsiones nixonianas de la guerra del Vietnam) que con frecuencia tienen por resultado el incremento de la superproducción de títulos reduciendo la tirada media de los mismos.

¿Existen alternativas? Existen. Desde luego pasan por no aceptar este estado de cosas. En cualquier caso hoy me he limitado a exponer una cuestión.

Como si el libro siempre hubiese sido así

Es tentador pensar que las cosas son como las vemos, contemporizar el pasado es una de las consecuencias de caer en esta tentación. Sobre todo es fácil explicar entonces como nuestros favoritos son mejores que las novedades que los sustituyen o completan.

Pensemos, por ejemplo, en los libros.

Es frecuente usar como argumentación sobre la superioridad (y ya el término no me gusta) del libro impreso sobre el libro electrónico, la mayor calidad caligráfica, de definición y de detalle en el libro impreso. Se reportan entonces ejemplos de magníficos libros desde muchos años atrás (inútil especificar si del s. XIX o de 1989) hasta hoy.

La cuestión sin embargo es falaz. Lo es por dos motivos. Uno, porque el libro electrónico no es ni debe ser una transposición digital de un formato impreso: reducirlo a este concepto es muestra de pereza factual y conceptual, pero también manifiesta el grado de maltratamiento que el libro electrónico recibe desde su concepción en el sector editorial. Dos, porque presenta y propone el libro impreso desde un punto de su desarrollo tecnológico y formal, mientras el libro electrónico se halla, por diferentes motivos, en un estado aún incipiente; basta pensar a cuánto tiempo ha sido necesario en esta veloz situación tecnológica para que los comunes dispositivos lectores aceptasen el formato 3.o del ePub. Es inútil mencionar la diferente velocidad de las revoluciones tecnológicas sin aportar una escala razonada con datos verificables y porque además habría que incluir la escala del esfuerzo en innovación tecnológica en ambos tipos de libro a lo largo del tiempo y cuantificarlos, empresa que más que ardua me parece imposible y en cierto modo irrelevante.

Es mi modesta opinión que más que centrarse en estos debates estériles, en estas denigraciones insustanciales, sería mucho más productivo para el sector editorial reflexionar sobre la dimensión total de la revolución digital en el proceso de edición, sobre la naturaleza del libro electrónico y sus necesidades específicas, una reflexión sobre su tipografía y la definición de una terminología nueva y para terminar sobre la dirección que se desea imprimir de un modelo económico en transformación, porque también hay algo que decir en este campo y no conviene dejar que las decisiones las tomen siempre otros.

Sobre el libro impreso y el ebook

Me enzarzo esta mañana en Tuiter en un amable intercambio de puntos de vista con Jorge Carrión (@jorgecarrion21) y Josep Mengual (negritasycursiv), a quienes saludo cordialmente, a propósito del libro electrónico y de ello surge esta entrada.

El punto de partida para la polémica o cuestión a debate era el libro impreso como objeto que encarna el deseo, mientras el #ebook es solo la idea de deseo, desmaterialización del deseo que en realidad anhela una forma tangible.

En realidad se ha transformado en un debate sobre que podemos definir como libro, partiendo de la idea de que este encierra un texto (poco, mucho, dentro de imágenes). Ahora quisiera resumir el viaje mental en que me ha sumido y que he intentado condensar el los 140 carácteres que permite Tuiter.

El libro impreso es heredero de otras formas anteriores en las que el libro (un concepto que define un conjunto de textos unidos por una categorización predefinida o bien un solo texto de mayor o menor longitud) había cristalizado: las tabletas, los papiros, etc… En nuestra mente y durante casi cinco siglos la forma del libro se ha unido al contenido del libro. Hemos elegido una forma, a la que el contenido se ha adaptado en muchos casos y en otros ha sondado sus límites, de entre las muchas disponibles o posibles y le hemos conferido una serie de atributos supramateriales. Lo curioso del caso es que si preguntamos ¿Usted por qué lee? El objeto en si, el libro impreso, no es la primera ni la segunda, acaso ni la tercera motivación para la lectura. La transmisión de conocimientos, emociones, ideas, van por delante. Mayoritariamente compramos libros para acceder a conocimientos, emociones, ideas, como objeto vector. Luego podemos enamorarnos del objeto en algunos casos, pero sobre todo, creo, transferimos al objeto los atributos supramateriales que distinguen nuestra afición a la lectura. El matrimonio parece perfecto al punto que libro es contenido y continente.

Bien, ahora sin embargo podemos tener acceso a otras formas del libro, formas inmateriales. Los motivos que nos inducían a la lectura no han desaparecido pero el continente ha cambiado sin que desaparezca el libro. Esta inmaterialidad posee además la característica de poder virtualizar el libro en varios modos y la reciente convergencia entre ebook y web lo demuestra. ¿Desnaturaliza el libro? Aunque no me gusta respondo con otra pregunta ¿por qué debiera?

De hecho estas consideraciones a lo largo del debato nos han conducido a la peor de las pesadillas del libro, el vacío, la posibilidad de encontrarnos ante un formato del libro que nos conduzca a un contenido huero. Es, considero, inevitable en cierto modo que la inmaterialidad del ebook lleve al temor del vacío del contenido, un fenómeno por asociación. Si lo que apreciamos en un libro es el contenido la forma pasa a un segundo plano; la obra es una y los formatos varios, como suelo decir.

La dificultad que emerge del debate, pienso interpretar bien, es la definición del contenido. Por que si bien todo estamos intuitivamente de acuerdo con la afirmación “no todo texto o conjunto de textos es un libro”, resulta complicado definir el libro en base al contenido. Habiendo conferido al libro una serie de atributos que en su mayor parte hacen hincapié en la capacidad del texto/contenido de transformarnos en uno u otro grado, y en la medida en que ahora el contenido se desliga de la materialidad y la unidad esto queda inconscientemente subrayado, no hay acuerdo. Quizá no puede haberlo y nunca lo hubo mientras seguimos manejando cierta idea elitista del libro. Un libro puede cumplir muchas funciones según su contenido. Personalmente solo puedo decir que me turba el libro cuyo contenido y objetivo es solo consumir tiempo. Eso sí que no es un libro, considero.

Otra parte de este debate y que originalmente era mi primera reflexión, pertenece, al menos en forma parcial, a otra esfera.

El deseo del objeto, en este caso el libro impreso, como emblema de una época que prefiere poseer cosas a saber cosas, la preferencia material por encima de todo. Si bien no era eso lo que indicaba Jorge Carrión en su tuit, de inmediato mi primer pensamiento ha ido en esa dirección y por tanto no me parecía extraño el rechazo del #ebook. Desear objetos es uno de las impelentes “necesidades” que nuestra sociedad crea y que en el caso de la edición explica también los números de la hiperabundancia de títulos, una parte de ellos vacíos más allá del formato.

Libros, textos, formatos, vacío, objetos y deseo: podrían ser estas las claves del debate sostenido. Que no haya más que conclusiones parciales es normal, todo está en devenir, pero por encima de todo yo me quedo con conocimientos, emociones e ideas.

La gestión de los originales

Un problema recurrente en las editoriales es la gestión de los originales (prefiero no usar el término manuscrito por razones obvias). Las grandes editoriales por lo general no aceptan el envío de originales no solicitados, lo mismo que algunas editoriales medianas. Entre las editoriales medianas existen las que no los aceptan y las que sí y en este caso la gestión de los originales incluye la práctica análoga al silencio administrativo negativo en un lapso de tiempo determinado (tres o seis meses, según), es decir que al no responder no existe interés.

Así pues el problema de la gestión de los originales queda muy circunscrito a aquellas editoriales que desean mantener una contacto muy estrecho con los autores. Y es un problema porque por o general se gestiona mal. Veamos un par ejemplos.

  1. La editorial envía un mensaje de recepción del original y promete responder en unos meses, no pocos porque son una editorial pequeña, escriben, y no pueden responder siempre con la celeridad que desearían. De hecho no responden.

    El problema es que el flujo de trabajo no corresponde con los deseos de la editorial. Las tareas son muchas, el personal poco y la gestión de muchos originales que necesitan valoración genera un cuello de botella que al final se retuerce contra la editorial en la valoración que el autor realiza. Es un problema muy común. Si no podemos gestionar el tiempo y el flujo de trabajo en modo de dar una respuesta cierta en un tiempo límite, porque no es posible solicitar al autor una espera infinita, es mucho mejor optar por la política del silencio administrativo negativo. No es la opción que se ambicionaba ni refleja la voluntad de la editorial de establecer buenas relaciones con todos, pero dejar las relaciones incumplidas, en el aire, resulta peor y con relativa frecuencia afecta también a otros campos relaciones de la editorial.

  2. La editorial envía un mensaje de recepción del original y promete responder pasado un tiempo prudencial, ten paciencia. La editorial responde negativamente, pero en términos vagos e invita a enviar otro originales en el futuro. Si el autor a su vez responde solicitando que motivos han llevado al rechazo y que tipo de obras debería enviar en el futuro para evitar comunes pérdidas de tiempo, el autor choca con un muro de silencio.

    Aquí el problema de la gestión del original en el flujo de trabajo tiene otra vertiente. La valoración del original no incluye la redacción de un informe de tal valoración sobre el que basar respuestas y futuras relaciones. Los motivos son idénticos, casi siempre, a los del caso anterior: las tareas son muchas, el personal poco y la gestión de muchos originales que necesitan valoración genera un cuello de botella.

La ambición de mantener un contacto fluido choca con la realidad de las disponibilidades y con un flujo de trabajo infraestructurado en relación a estas o sobredimensionado en relación a las capacidades efectivas de la editorial: hay que ser realistas.

Podríamos pensar que la solución óptima sería responder en modo personalizado y detallado a cada uno de los autores. Error. Existe la misma proporción de respuestas airadas en el caso de una respuesta genérica que en el de una detallada (pero no solicitada).

Una respuesta genérica es, en mi opinión, la primera respuesta. En la mayor parte de los casos el autor acepta la respuesta genérica sin más, en pocos casos solicitará explicaciones; jamás he entendido bien por qué pues las críticas de un editor podría ser muy útiles para revisar la obra y mejorarla o entender la orientación del mundo editorial en general. Si el autor solicita mayor detalle hay que saber dar un respuesta que incluya las motivaciones basadas en un informe de lectura; cada editorial puede estructurar este informe en el modo que crea oportuno y funcional. Aquí la definición de un flujo de trabajo y gestión de los originales es la clave: si no puede darse no invitemos al autor en algún modo a proseguir el intercambio de correo, es mejor buscar una alternativa elegante y que no consuma energías.

En definitiva, ser realistas en el momento de establecer cual va a ser la gestión de originales recibidos dentro del flujo de trabajo de la editorial es fundamental. Definir el mismo flujo de trabajo, sus pasos, responsables y responsabilidades, las modalidades de comunicación interna y externa, por esenciales que sean, constituye un aspecto esencial de la vida de la editorial y debe atenerse a la disponibilidad real más que a ambiciones de carácter ideal que pueden acabar por retorcerse contra la editorial y en el peor de los casos envenenar nuestro trabajo.

Dos cuestiones no resueltas en la London Book Fair

London Book Fair suena imponente. Sin embargo la edición en curso ya ha planteado dos cuestiones no resueltas en el mundo de la edición, que son, más o menos, las mismas por doquier.

Cuestión 1

Big Data. En pie ha quedado la reflexión ¿Para qué Big Data? ¿Qué Big Data?  que en inglés quizá suene mejor según sea el propio grado de anglofilia.

Bajo la falsa pregunta ¿qué hacemos con los datos? la #LBF ha planteado sin más el uso intensivo y extensivo de Big Data, en la línea que ya se ha defendido esto precedentemente. Esta línea prefiere pensar que los editores no saben aún cómo usar Big Data y que por lo tanto se fían de viejos métodos acientíficos, lo que relega al editor a una era anterior, predigital (y aún atecnológica): significativo el cierre del artículo con su pregunta retórica ¿quieres ser una dinosaurio o una dinamo? (y hasta aquí pensaba que la dinamo era de verdad algo del pasado).

La pregunta que no se ha respondido es: ¿Ha habido una reflexión sobre qué datos y para qué? No es moco de pavo. Una reflexión así es necesaria para saber exactamente qué se desea saber: la programación, la informática, es predeterminante. Quien haya errado una vez en este campo sabe que modificaciones importantes equivalen a volver a empezar o casi. Responder a estas preguntas previas significa asimismo haber reflexionado sobre qué modelo de edición se persigue. No se trata pues de algo sin valor e intrascendente. Y no hay aun respuesta a esto, que yo sepa, o en el peor de los casos no se quiere explicar el modelo escogido.

Cuestión 2

Los autores autopublicados siguen siendo un problema para el sector y quizá incluso para los autores, más o menos, afirmados.

The Bookseller y GoodEreader dan voz al descontento. Falta de respeto, escritores de segunda división y otras lindezas de esta risma. #LBF no es la única feria que ha manifestado la incapacidad de gestionar la cuestión. Tras esto están: las editoriales que no desean o prefieren o no ver autores que campan a sus anchas si ellos; autores que ponen mala cara pues ven en la edición tradicional la garantía de haber pasado un filtro, mientras la autopublicación permite a cualquiera publicar cualquier cosa (lo cual es cierto también entre las editoriales); una combinación que prefiere poner un coto a las plataformas digitales, especialmente Amazon, y que escoge el eslabón más débil como objetivo; la falta de un interlocutor colectivo al cual dirigirse institucionalmente, como prefiere cualquier feria.

Habrá sin dudas más motivos, pero estos son, creo, los recurrentes y evidentes. la cuestión de fondo es que el sector editorial aún está digiriendo su transformación, pero también que los grandes grupos y actores del sector tiene visiones contrapuestas sobre el desarrollo futuro y no aceptarán más jugadores hasta que las nuevas reglas no se hayan fijado en un sentido u otro.

Epílogo

No soy optimista sobre la institucionalización de los autores autopublicados y quizá siquiera tiene sentido pensar en ello. No creo que una sede como la #LBF sea la mejor para los autores autopublicados. Hay algunas cosas creo que sí podrían hacer los autores autopublicados para defender las propias posiciones, por ejemplo:

  • una red efectiva de colaboración entre autores sería mucho más eficaz que colocarse bajo el ala protectora de una distribuidora digital o una falsa editorial;
  • definir buenas prácticas tendentes a garantizar, al menos, la calidad formal de las obras;
  • buscar formas ágiles de coordinación por temáticas, por ejemplo, si se pretende poder sentarse en foros institucionales;
  • entender que entrar en un mundo profesional requiere profesionalizarse.

Todo esto, claro está, son solo mis opiniones.

 

El libro electrónico y la brecha digital

En la antepenúltima entrada de este blog me interrogaba sobre la posibilidad real de la red de ser un acicate a la lectura en un modo mayor o distinto de otras formas de lectura. Sostuve y sostengo que la red es un instrumento cuya mera existencia no supone nada: no justifica por si sola ni ciberutopías ni ciberdistopías.

Si ahondamos la cuestión hacia la brecha digital (o también llamada pobreza digital, que es todavía más clara como denominación), podemos ver como existe una tendencia a señalar a la red y al libro electrónico como un factor que no hace desaparecer tal brecha. Y creo que existe también en esto cierta confusión.

La brecha digital, qué es

La brecha digital es la (im)posibilidad de uso, acceso y apropiación de tecnología ya sea a nivel geográfico, socioeconómico o por género y está en relación a la calidad de las infraestructuras tecnológicas, a los dispositivos de uso, a la conexión y al capital cultural necesario a la transformación de información en conocimiento relevante; esto es lo que en otras palabras dice también el sector de la tecnología móvil mediante los informes y estudios de GSMA (aquí y aquí).

La brecha digital relación inversión, capacidad de gasto y nivel de instrucción de una comunidad: una reflexión sobre ello y los programas para la escuela de Nate Hoffelder.

Libro electrónico y brecha digital

Apostrofar al libro digital como (co)responsable de no atajar la pobreza digital es injusto. En primer lugar el libro electrónico no constituye una infraestructura de acceso, ni es un punto de conexión ni determina la existencia del punto o de conexión o su precio, ni representa, creo, una apropiación de tecnología que no represente por ejemplo un videojuego, un libro impreso o un par de zapatos. Si puede crear imposibilidad de uso al no ser interoperable, al poseer un DRM, al estar geolocalizado, al ser caro o al estar vinculado dispositivos (léase limitación a la interoperabilidad). Sobre todo el libro electrónico no es responsable del nivel de instrucción necesario a hacer de la simple información algo más. O sea no es responsable de la creación del capital cultural. Si así fuere, habría que considerar el libro impreso como (co)responsable de los niveles de analfabetismo (ya sea como tal que el funcional); teniendo en cuenta los impresionantes números de la superproducción editorial sería incluso vergonzante este parangón.

El libro electrónico como instrumento de difusión conocimiento, de las capacidades inclusivas de la tecnología, de superación de clichés culturales (la brecha digital vive en la discriminación por género, como cualquier otro fenómeno discriminatorio de la vida), depende de la construcción social a su alrededor, es decir de la construcción cultural: la economía, las interrelaciones personales, las creencias, las discriminaciones, las ideologías, las limitaciones físicas, etc…No tiene el libro electrónico de por si mayores capacidades de cualquier otro instrumento: todo uso de lo que construimos está decidido de antemano en función de una visión de sociedad, de la cual el instrumento en si tiene pocas o ninguna posibilidad de huir.

Lo que se olvida decir

Se olvida decir que estos datos están necesariamente radicados en las experiencias codificadas y clasificadas por editoriales, distribuidores, libreros, etc…en otras palabras la realidad que hay ahí fuera y que no se acoge a las convenciones del sistema no están recogidas, valoradas, analizadas y contabilizadas, en parte porque no sus ideadores y usuarios no lo desean, en parte porque un sector económico crece en ese cono de sombra, cuya dimensión real es desconocida y ese desconocimiento permite valoraciones económicas arbitrarias o sospechosas.

La parte colaborativa y abierta, cuyos circuitos de difusión no se hayan codificados o no hallan exclusivamente su modus vivendi en la red, esa parte, mantiene viva la mejor esencia del libro electrónico con todas las limitaciones que una situación de penuria puede conllevar en el consumo de bienes digitales; falta dinero para comprar un e-reader, por ejemplo, o existen dificultades en conseguir abastecimiento de energía eléctrica.

El pobre libro electrónico no es Superlibro, ni San Libro, haríamos bien en no pedirle los milagros que no ha cumplido el libro impreso.

¿Por qué la red debe incitar a la lectura?

Dando lectura a una de las últimas entradas de Txetxu Barandiarán en su blog, no he podido por menos que hacerme esta pregunta, ¿por qué la red debe incitar a la lectura?

Dejando a parte el énfasis en el fracaso de la red como vector de lectura, dejando a un lado la confusión entre lectura online y lectura de libros electrónicos o revistas digitales, digo dejando todo esto para otra ocasión, me pregunto ¿por qué la red debe rescatar del fracaso al libro impreso como vector de lectura como parece que algunos de una parte le reclaman y por otra avisan de su imposible cumplimiento?, ¿por qué la red debe incitar a la lectura?

Partimos de una serie de infinitas lagunas:

  • no sabemos cuantos libros se venden: porque no todos tienen isbn, porque quienes saben cuanto se vende callan, porque cada día salen a la luz datos contrastantes que se dan de inmediato por veraces para luego dudar de ellos, porque el sistema está ideado para ser opaco.
  • no sabemos cuantos leen, ni qué leen; aproximamos, imaginamos, conjeturamos, hipotizamos, pero saber no se sabe.
  • partimos del hecho que el ebook no ha saneado las cuentas de las editoriales para concluir que la red no es la salvación de la lectura ni de las editoriales; no entro aquí en la polémica de cuanto han hecho estas mismas por desarrollar o por obstaculizar el camino del libro electrónico.

Y todo esto no es más que un colosal contrasentido.

La red no es un ente autónomo y si un instrumento. Nada se hace ni se ha hecho hasta hoy para incitar a la lectura, que no es lo mismo que impulsar el sector editorial: lectura y edición no son lo mismo, lectura y venta de libros o revistas no son lo mismo. Esta mixtificación es letal, ofusca la visión del cuadro, confunde.

La red no es un ente autónomo y si un instrumento. No se ha decidido que la red es un instrumento de inclusión o democrático. La deriva es que la red tiene razón de ser en cuanto vector de consumo y sobre todo de cierto consumo; las visiones divergentes y la posibilidad de hacer que estas visiones sean visibles se restringe progresivamente en modo fraudulento.

La red no es un ente autónomo y si un instrumento. La red no se autodefine. Los procesos culturales no se definen en la red en modo descentralizado, autónomo y colaborativo, estos residen en varios centros físicos, poblados por personas que mantienen relaciones físicas y virtuales y que resultan de procesos complejos con múltiples niveles de interacción y con la intervención de múltiples factores. En estas prácticas la lectura no está contemplada como actividad fundamental, me parece claro, como no lo están muchas otras actividades físicas y virtuales, individuales y colectivas que no tiendan a reforzar jerarquías ya existentes. La lectura está devaluada, pero no por la red, no en la red, en el mundo real y virtual. Continuemos discutiendo sobre la irrelevancia de la red, sobre la inconsistencia del libro electrónico, sobre la primacía del papel y olvidemos que lo que necesitamos, como sociedad, individuo e incluso como sector de actividad (el sector editorial), son lectores y el futuro será peor que el presente en lo real y lo virtual.

Necesitamos lectores. ¿Qué estamos haciendo para tener más lectores? A ver si dejamos de mirar a otro lado o solo nuestro ombligo, quizá así veamos las cosas como están.