En constante confusión: ¿falta terminología o es descuido?

Este blog inició su camino hace casi tres años y tiene, con esta, 98 entradas en su haber. Digo esto porque trazando un balance, incluso provisional, de cuanto dicho, hecho y visto (no digamos escrito) en este tiempo, cunde un cierto desánimo. Bien se vio en la última entrada.

En efecto, la revolución digital todavía está verde y no porque sea difícil de entender a estas alturas, sino porque no hay intención de ponerla en marcha en toda su extensión. Habría que decir sin embargo que existen editores, editoriales, autores que se han puesto a ello en la medida que les consienten sus propias capacidades y en algunos casos, demasiado pocos, colaborando entre si.

Lo peor, creo, es que sigue difundiéndose confusión. la semana de la cita de escritores de Euskadi contiene perlas como «…hoy en día no necesitas a editores profesionales, sino que hay redes descentralizadas que permiten publicar a cualquiera». Ignoro si es un error en la traducción de las palabras de Bashkar  o si él mismo no ve la confusión: aunque soy favorable a las redes descentralizadas y colaborativas la profesionalidad de la edición está tuteada por el acerbo de competencias y no por la centralización/descentralización de la labor. Del mismo modo editar y publicar no son sinónimos y, nota final, la edición sin editores es imposible ya en la propia naturaleza de las palabras que usamos. ¿Se confunde publicación y edición con un objetivo o por carencia de rigor? ¿Se confunden editores y editoriales? ¿De verdad creemos que en este, o otros países, se hace uso sistemático de editores y correctores en los procesos de autopublicación? Mi experiencia indica lo exacto contrario y nadie en el ramo de «servicios para el autor» ha dado jamás cifras sobre este particular, al menos que yo sepa. Sin terminología precisa, sin rigor expositivo (y no sugiero que yo sea un dechado de virtud en materia), poco vamos a avanzar en la divulgación de la exacta naturaleza, importancia, desarrollo de la edición digital y de los futuros del libro.

Otra canción es esa que habla de que futuro estamos construyendo, y no solo en referencia al sector editorial, los que trabajamos o nos apasionamos por los libros y la cultura.

Y llego pues al punto final de hoy que es la penuria de lectores. Qué difícil es pensar que seguiremos vendiendo libros si no hay quien los lea. Solo en el último año he visto, en Valencia, una iniciativa, coordinada y de medio plazo, para construcción de un universo de lectores. Veremos como va. Mientras tanto quizá sería útil que las editoriales animasen a sus escritores a ir a las escuelas e institutos a hablar de libros (no de sus libros, sino de libros en general, de su pasión), allí donde estén los autores. Quizá sería útil que las bibliotecas escolares hiciesen hablar de los libros que les gustan a los chicos además de incitar a la lectura. Quizá sería bueno que los editores fuesen a donde les llamasen a explicar cómo se hacen los libros (prefiero correr el riesgo de hallarme ante un editor honesto pero hostil a la digitalización que no hacer nada), cómo se  harán en el futuro.

Ps: voy a tomarme una pausa en este blog y por tanto el número de entradas en el futuro inmediato no será significativo, que se dice ahora. Los motivos son dos. Uno que desánimo cunde al ver que, en relación al libro digital, el sector editorial o se mueve muy despacio o no se mueve en absoluto. La segunda, parcial consecuencia de la primera, es que estoy encontrando gran satisfacción en mi nueva faceta de autor/escritor (por favor, siempre todo en minúsculas) y voy a dedicarle más tiempo y mayores esfuerzos.

 

Ebook, el muerto útil (o como el sector editorial encontró su excusa)

Siendo ya un veterano, el libro electrónico sigue siendo un desconocido. Todos, de forma profunda o aproximada, saben que un libro impreso tiene sus cubiertas, sus lomos cosidos o pegados y es capaz de reconocerlos. Con el libro electrónico no sucede lo mismo.

El libro electrónico es un constructo inmaterial, formado por líneas de código capaces de transmitirnos información en modos muy variados: texto, imágenes, sonidos. Realizar un libro electrónico supone tener un bagaje de conocimientos técnicos diferentes. Supone respetar unos estándares. El problema es que no ocurre así. Afirmo la constatación del escaso interés, por no decir nulo, del sector editorial hacia la implementación de estándares o del desarrollo formal del libro electrónico en este país. El índice de esta despreocupación lo hallo en:

  • la no pertenencia de ningún gran grupo editorial español al IDPF,
  • la no participación a de ningún gran grupo editorial español a los grupos del BISG
  • la no pertenecía de de ningún gran (o pequeño) grupo editorial español a la oficina española del W3C

O lo que es lo mismo la desvinculación del sector editorial, de sus grupos más potentes sin excusa y con excusa para los pequeños editores, de los organismos internacionales y por tanto de las tendencias de desarrollo del libro electrónico. Es difícil imaginar una “industria” que decida no decidir sobre el futuro de su desarrollo, sobre que base desarrollará sus presentes y futuras formas y tecnologías; ¿podemos imaginar a la industria del automóvil dejando en manos de los constructores de neumáticos o de las gasolineras decidir sobre la base de desarrollo de los coches? Personalmente no. Este parece ser el caso del sector editorial.

La calidad del libro electrónico resiente de estas (im)pertenencias.

Esto no es exclusivo del mundillo peninsular: desde los albores de la irrupción de la digitalización en el mundo editorial, la iniciativa del desarrollo editorial ya no está en manos de los editores.

Un resumen de una encuesta a editores realizada en la edición de 2015 de la feria del Libro de Frankfurt y publicado por Smartbook ofrece una imagen de la situación.

120 editores de un variado universo de pertenencia de los casi 1000 presentes, respondieron a un cuestionario de esta forma:

  • 16% no dedica ningún recurso a la I+D
  • 18% tiene un departamento I+D
  • 41% cubre la I+D en la propia sede aunque la desarrollan departamentos como el de ventas o business development (es decir, está en mano de un departamento comercial, no de decisión, no de producción)
  • 8% confía en servicios externos (es decir, externaliza sus funciones naturales)

No hay desarrollo del libro electrónico dentro de las empresas que realizan el libro electrónico. Y esto se refleja en la tendencia a externalizar la realización del libro electrónico, cuya consecuencia inmediata es la imposibilidad de comprender, por parte del editor y las editoriales que así hacen, qué es y cómo es un libro electrónico. Y es que en muchos casos no poseen personal competente y no invierten en formación, resultado de la política de externalización iniciada en los años ochenta. La consecuencia es por un lado la precarización del personal y por otro la pérdida de competencias internas sobre las cuales desarrollar nuevos formatos, nuevas metodologías, nuevas formas. El desastroso resultado final es que las editoriales pierden iniciativa, capacidad de innovar y autonomía. Es inevitable que este modo de hacer conduzca a la externalización creciente de las tareas editoriales, con consecuente depauperación de los profesionales del campo y alcance su ápice con el libro electrónico. Editoriales deprofesionalizadas aumentan quizá la rentabilidad, seguro aumentan los errores (que alcanzan el rango de sistémicos) y el desconocimiento general del libro electrónico (o producto), del medio en que se mueve y sus posibilidades de promoción (entre las cuales está la comercial).

Es comprensible pues que en ámbito digital el desapego por el producto, el desprecio por la obra, sean una constante porque no existe posibilidad de realizar un trabajo digno sin tener los conocimientos ni los instrumentos para ello.

Es comprensible que el resultado final sea el que es: un libro electrónico depotenciado.

Me refiero a la posibilidad real que los editores de libros electrónicos tienen de adaptar sus obras a lectores con problemas como dislexia o daltonismo.

El libro impreso está en este aspecto muy por debajo del libro electrónico en cuanto a potencialidad. Una vez editado y elegido el tipo en que se publicará, la fijeza del libro impreso no deja espacio alguno a su modificación y su adaptabilidad a diferentes lectores, especialmente los que tienen problemas de lectura, es nulo. Es ahí donde el libro electrónico puede desarrollar todas sus virtudes, ensanchando el horizonte del libro.

El libro electrónico tiene capacidad de adaptación de la tipografía, lo cual es destacable y sobre todo útil para los disléxicos. Hay tipografías (y hablo solo de alfabetos latinos, porque desconozco el estado de la cuestión en otros alfabetos) especialmente diseñadas para disléxicos, cuya percepción de la grafía va desde la dificultad de lectura a la barrera de compresión y aprendizaje (por tanto de desarrollo personal). No es una cuestión baladí. Si las futuras generaciones harán uso de instrumentos de lectura electrónicos sería especialmente triste que les pusiésemos a disposición para su lectura textos que reproducen los mismos límites y errores de sus parientes impresos.

Todo estupendo hasta que no nos acercamos demasiado al muro de la realidad. Los límites a los lectores de libros electrónicos representan una seria cortapisa al desarrollo de todos los potenciales del ebook. Una vez más las limitaciones que los fabricantes de ereaders imponen con la proyectación y construcción de sus aparatos desvirtúan el crecimiento potencial del libro electrónico, sobre todo del formato ePUB, un formato abierto que reclama el estatuto de estándar de publicación del ebook: ¿por qué debemos contentarnos de aparatos cercenados en sus capacidades y libros electrónicos que dan menos de los podrían dar a los lectores en términos de calidad de lectura?

Los resultados de esta estrategia constructiva son dos, ninguno bueno: frena el desarrollo de una formato, el ePUB, que está ya ahora por debajo de sus potencialidades y de la capacidad de éste de ofrecer a los lectores, incluidos los que tienen problemas de lectura, una experiencia más rica y plena en su afición favorita; frena el impulso al libro electrónico imponiendo medidas que de hecho tienden a dar al libro electrónico la misma dimensionalidad del libro impreso.

Ante esta situación me permito sugerir que editores, asociaciones de editores (y también el gremio, claro), desarrolladores, maquetadores, lectores y autores se sumen a un campaña en que se solicite a los constructores de ereaders (y a los distribuidores también en algunos casos) la inclusión de una serie de medidas algunas de la cuales son:

  • inclusión tipografías alternativas a las que usan como estándar interno;
  • aceptación plena de CSS en la hoja de estilo y de HTML, especialmente en las etiquetas.

En mi opinión merece la pena perder algo de control para ganar lectores, a menos que el libro electrónico de hecho no le interese a nadie. Y es posible que sea eso lo que sucede. Tanto desapego y desidia pueden explicarse con dos consideraciones iniciales:

  • la rentabilidad del ebook es menor que la del libro impreso y en un sector en crisis conceptual y estructural una mayor rentabilidad inmediata supera cualquier calculo de supervivencia futura;
  • la nula exploración de la revolución digital en el sector y también entre todos nosotros, ciudadanos de a pie, ha dado sin embargo con un culpable: la piratería. Siempre ha sido más fácil hallar un enemigo que una solución.

Luego toda profecía incumplida es fácil presa, toda previsión cumplida es de rigor ignorarla; y en cada uno de los casos se cruzan intereses que nada tiene que ver ni con el libro, ni con la cultura, ni con la edición ni mucho menos con los lectores.

Si todo esto no dibuja un futuro halagüeño, la convergencia entre web y libro electrónico, que se vislumbra en el horizonte temporal próximo, representa un reto conceptual y práctico para el cual muchos editores no parecen estar preparados, especialmente los que han decidido anclar sus posiciones en la negación de la realidad de la edición, escritura y lectura hoy y mañana.

Personalmente creo que a pesar de la desidia generalizada existe una porción de editores que han comprendido la necesidad de apostar por la calidad de edición no solo como signo distintivo, sino también como ejercicio de responsabilidad y de compromiso ético con el lector. No me cabe duda de que la dimensión general de este tipo de editor no sobrepasa la de pequeño y rara avis si alcanza la de mediano. Se argumentará que los costes de la propuesta que se lee entrelíneas son inasumibles; de hecho son inasumibles por la erosión que han sufrido en su capital a través de las externalizaciones de décadas. Pues bien, editores , consórciense. No solo porque puede ayudar a reducir costes sino porque ayuda a encontrar soluciones comunes, aprender y colaborar. Pongan a trabajar su imaginación, acepten riesgos, piensen en medio y no en corto plazo, aúnen fuerzas, consideren ganar menos para ganar más tiempo.

Mientras tanto el sector editorial es eso, un sector, nada de industria porque como tal no se comporta salvo para pedir subvenciones.

Claro que todo esto no es solo patrimonio de las editoriales. Como ya he apuntado los constructores y fabricantes de dispositivos de lectura también se desentienden de estándares y potencialidades pues ni siguen estándares, ni innovan, ni incluyen muchas de las potencialidades del libro electrónico entre las capacidades reales de sus dispositivos; la lentitud en la inclusión de carácteres, la lentitud de aceptación de los ePub recientes, la inclusión de sistemas de control a través de DRM o la colaboración a la creación de “jardines vallados” o mercados protegidos. Es difícil establecer si los fabricantes de dispositivos no se actualizan porque los editores no lo hacen o viceversa, o si es solo la suma de desidias grupales diferentes pero coincidentes.

(A modo de) Conclusiones

El libro electrónico es la forma más evidente en que cristaliza la edición digital. En su mayor parte la edición digital no ha sido comprendida por los editores y en el caso más optimista empieza a serlo ahora. Es consecuencia de ello la escasa compresión de qué es el libro electrónico, cuales sus formas y dinámicas, cual su construcción. La escasa calidad no es casual, sino una realidad por voluntaria omisión de acción.

Ignorando todo esto el producto final, el libro electrónico, no ha sido desarrollado como producto óptimo, sino como sucedáneo. La diversa naturaleza de la codificación del texto, las posibilidades de extensión del libro electrónico, todo ha quedado relegado al subdesarrollo tecnológico, creativo, conceptual y mercantil. Los editores han sido, son y serán los primeros responsables y a ellos corresponde tomar el timón. La situación actual deja poco espacio al optimismo porque la infravaloración del libro electrónico consecuente a la escasa calidad, hija de la escasa atención y comprensión, ha contagiado a todos los miembros de la red en la que se apoya el libro. No es algo casual sino el reflejo de una cultura de rechazo e ignorancia interesada en mantener un sistema productivo conocido en vez de adaptarse y desarrollar un sistema nuevo y diverso.

El libro electrónico hoy es un infralibro, un producto de mínimos, en términos de calidad, proyectación, creatividad y políticas comerciales. El por qué de este arrinconamiento que va desde su origen, el editor, al lector, pasando por todos los demás sujetos estriba en que solo mediante su ostracismo factual puede seguir defendiéndose un sistema inadecuado, ineficiente e ineficaz; se ha creado un sistema combinado en el que cada sujeto implicado colabora en mantener un escudo artificial y justamente por artificial acabará cediendo incrementando la potencia del impacto.

El libro electrónico hoy necesita una revolución.

Como colofón dejo estas otras reflexiones conectadas en un modo u otro a cuanto expuesto:

de José Antonio Millán “Calidades en eBooks

de Jiminy Panoz “Lets talk about ebook performance”

de Guillermo Schavelzon “Seis problemas del mundo del libro”

 

El eco y el sector editorial: autocomplacencia y distorsión

Tras el último EditaBCN, del que leo diversas fuentes y, pues no pude asistir, me hago un balance personal que me lleva a ser poco optimista. Pero que nadie crea que éste es solo por EditaBCN, es fruto de un largo camino con muchas piedras y guijarros.

Al sector editorial le encanta oírse. Tanto que desde hace ya tiempo va repitiendo por ahí las mismas cosas año tras año a través de los mismos portavoces. La cosa es más preocupante que aburrida, que ya lo es rato largo. Es una reiteración que supone inmovilismo. O peor es una reiteración que pretende convencer, por repetición ad infinito, de una realidad muy distinta a la real. Ante esto cabe pensar que: o hay un interés por sepultar cualquier disenso y práctica de la realidad en favor de un modelo con muchas grietas y que favorece solo a algunos; o se comulga profundamente con el espíritu neoliberal y los dominadores de hoy creen que serán los dominadores del mañana ocurra lo que ocurra y muy especialmente si convencen a los demás de nada debe ocurrir.

Ambas visiones no se excluyen, pero implican diferentes dosis de terror y diferentes focos de irradiación del terror; el error, sin embargo permanece.

Quisiera recordar sin embargo que pocos grandes grupos suponen no solo una pérdida real de diversidad bibliográfica sino que suponen también grandes deudas financieras.

Un amigo me ha dicho durante una conversación, “Es curioso como las nuevas editoriales españolas desdeñan a los editores veteranos y expertos, y ni siquiera se asocian para hacer cosas efectivas (salvo contadas excepciones). Tienen un potencial enorme si se unieran, aunque sea al margen del Gremio. Eso no pasa en Chile ni en Argentina, donde enseguida han visto las ventajas de unirse.” (sic). Mucho mejor los gurús. Poco más me queda por decir a mi. He predicado desde este blog la consorciación en muchas formas y maneras sin que haya podido ver una traducción. También he predicado la necesidad de un debate público sobre la edición, la edición digital y el libro electrónico. Con el mismo resultado. Empiezo a pensar que es mejor que me calle (y ya habrá alguno por ahí que aplaude y piensa que ya era hora). Quizá lo haga, quizá no.

El sector editorial es el primer responsable de su destino y de las formas que decide aplicar a su forma de actuar el propio pensamiento. Ningún otro sujeto, sino el mismo sector editorial. La cuestión es si el sector editorial tiene un pensamiento propio, un regla de actuación definida. La cuestión es si quien disiente es capaz de organizarse colectivamente para salir adelante en un ambiente y una época hostil; ¿es posible que una parte de la innovación sea social, sea oponerse a un modelo totalizador, excluyente, devastador, empobrecedor, irresponsable? Si es así, si tú editor que lees piensas que es así, entonces muévete porque salvarle la piel hoy no es bastante para mañana, para ti y para mi.

Con este post cierro el mes de julio. Quizá escriba en agosto. Quizá lo haga con otra piel encima. En todo caso, buen verano.

Adiós a las armas

Han pasado pocos años y es visible para cualquiera que el nivel de combatividad de las pequeñas editoriales digitales ha desaparecido de la escena. Las editoriales que a partir de 2009-2010 nacieron y pelearon, en el ámbito que les era propio y consiguiendo la visibilidad y notoriedad que era posible, por la dignidad y la calidad del libro electrónico, sacándolo de la zona umbría en que estaba relegado.

¿Qué ha pasado en este tiempo?, ¿por qué estas editoriales han cesado de dar batalla pública?

En mi opinión, como siempre, han ocurrido varias cosas.

  • el ebook ya no es una novedad. Y esto tiene dos lecturas:
    • no hay que seguir promoviendo y divulgando el ebook porque ya es conocido por muchos. En que forma, con que distribución y demás es algo que convendría analizar con calma pero resulta innegable que ya no es un desconocido.
    • El ebook ha llegado para quedarse, como se decía una vez, es una frase hecha realidad y sigue habiendo quien tolera mal la realidad
  • la progresión del ebook como realidad comercial ha seguido una camino razonable; los datos sobre su camino presente y futuro son, como siempre, interpretables de un modo u otro, favorable o menos, con mayor o menor tiempo, pero sobre los datos del pasado no hay discusión posible. Este dato ha hecho que las editoriales digitales sean más cautas y sobre todo han tenido que pechar con las previsiones que no hicieron ellas, sino otros sujetos en general no pertenecientes al sector editorial y que tenían y tienen sus propios intereses más allá del libro (en cualquier formato). El ataque frontal al libro electrónico desatado por algunos sectores del mundo editorial y afines ante el incumplimiento de las previsiones (o profecías) de ventas, ha producido un mutismo sobre las posibilidades reales del ebook, sobre sus problemas de distribución (cuando se quisiera prescindir de geolocalización o drm), sobre las dificultades de codificación, sobre las cortapisas efectivas por parte de los e-readers a determinados formatos, sobre las posibilidades narrativas del libro electrónico, etc… todo ha caído ante los libros contables y las palabras de terceros. No puedo sin embargo callar que si el libro electrónico no ha sido el salvador de las editoriales (que en términos generales poco o nada han hecho para comprenderlo, realizarlo adecuadamente y desarrollarlo), el libro impreso no ha cesado de caer y nadie a dicho nada en su contra, aunque tampoco salve los libros contables; véase el cierre de librerías y editoriales (o la compra de estas por grupos mayores).
  • Se han reducido los espacios de debate sobre el libro electrónico. Aquí es muy difícil distinguir causa de efecto: se han reducido porque paulatinamente ha caído el nivel de participación o este ha caído porque paulatinamente se han ido cerrando estos espacios (desapareciendo en número o cerrándose a la interacción). Hay que meditar sobre estas dinámicas. Sea como sea la realidad es que el silencio a cerca del libro electrónico es enorme y se rompe solo para atacarlo puntualmente.

En realidad este grupo batallador era pequeño pero aguerrido. Quizá era demasiado el peso que sostenían sus hombros. Y el problema es que era pequeño y que sus preocupaciones y sus debates no alcanzaron jamás a las editoriales más grandes, punto este que es fácil comprobar en base a la participación de las editoriales en organismos como el W3C o el IDPF que afrontan cuestiones relativas a la estandardización el libro electrónico y su desarrollo. No quiere decir esto que todos los debates fuesen improductivos, quiere decir que los resultados han sido parciales o muy reducidos.

Por otro lado la digitalización en el sector editorial ha quedado claro que no era solo cuestión de producto final (el #ebook) sino de flujo de trabajo y quizá también en esto hay que lamentar que no se haya avanzado tanto como habría sido deseable.

En cualquier caso el libro electrónico, su debate público y su desarrollo mueren de inanición. Este adiós a las armas está siendo muy amargo.

El espejismo de la profesionalización del escritor

La figura del escritor retoma de tanto en tanto cierta relevancia en el debate general sobre el libro. Lo más frecuente es que la cuestión se centre en el auge de los autores autopublicados y el la calidad e la escritura. A mi me gustaría abordar la cuestión desde otra angulación.

El autor desde el adviento de la modernidad es un profesional. Algo que en la antigüedad no era pensable: cualquier persona era artista. La escritura y la relativa especialización ya pusieron el papel de escritor en otra dimensión, que sin embargo no consiguió distanciar en demasía la mayor parte de la gente gracias a la pervivencia de la literatura oral. La edad digital junto con la extensión de la alfabetización ha vuelto a facultar a cualquier persona de la capacidad de ejercer su creatividad a través de la escritura; merece sin embargo detenerse y anotar que la extensión de la capacidad escribir por apropiación de los medios de la escritura, la difusión de los recursos necesarios para hacerlo, la extensión de las posibilidades de lectura han tenido como otro efecto simultáneo la aparición de formas de analfabetismo de retorno y de analfabetismo funcional, que de hecho merma el ejercicio potencial de la escritura. Así pues, verso y reverso.

La edad moderna trajo consigo el concepto de profesionalización de la escritura y el espejismo de la “vida de escritor”; una espejismo sustancialmente cierto en economías como la estadounidense o la inglesa, menos en la nuestra donde si el fenómeno se afirmó para unos pocos ahora está en franca regresión. La actividad expansiva de las editoriales encuentra desde hace varios años diferentes obstáculos que pueden definirse como estructurales y más allá de la crisis actual: superproducción, bajos índices de lectura, búsqueda de rentabilidad inmediata, modelos productivos predigitales. Las posibilidades de vivir del libro o de profesionalizar la actividad de escritura cambian.

Ante este cuadro la era digital proponía un modelo de cultura libre, de ética hacker como algunos la han llamado, que suponía el retorno de la actividad de la escritura a la participación individual en fenómenos culturales colectivos cuyo fin era la “realización de si”, es decir una contribución creativa no mercantilizada o no exclusivamente mercantilizada. En otras palabras, la edad digital desarticula los mecanismos de profesionalización de la escritura gracias a la difusión de instrumentos de masa cuyo coste es relativamente bajo y cuya difusión se beneficia de los mismos mecanismos de mercado (a otro rato las posibles contradicciones).

Tomado nota de esto nuestro sistema productivo a desplazado el eje y ha propuesto una identificación de actividad con profesión y por tanto profesionalización, marca personal, beneficio directo. En síntesis se ha propuesto un nuevo espejismo en el cual la editorial ha perdido fuerza en aras de los intermediadores tecnológicos y el escritor ha asumido su actividad como profesión, olvidando cualquier veleidad anterior, y reproduciendo los esquemas de producción editorial a menor escala, con mayor esfuerzo y en un panorama donde la superproducción de la escritura amenaza con alcanzar niveles jamás pensados antes.

Está claro que esta actividad como actividad de lucro (con lucro se entiende el pretendido por el autor como resultado de su actividad “profesional de escritor”) pone sobre la mesa algunos problemas como, por ejemplo, la profesionalidad del resultado y el mercado, la asunción de las actividades paralelas (el marketing) por parte del autor o la mercantilización de la “fanfiction” y los posibles litigios debidos al copyright.

Pero no son los únicos.

La terciarización iniciada por las editoriales ha pasado ahora a los autores en la medida que estos optan por prescindir de las primeras. Si las editoriales substituían los profesionales internos con otros externos en un intento de abaratar costes y/o aumentar la rentabilidad, los autores tienden a prescindir de las figuras profesionales de editores, correctores, etc. La conclusión es, lamentablemente, la pérdida de saberes implícitos y explícitos que acumulaban estas figuras profesionales. También se produce, consecuentemente, una pérdida de calidad formal del producto, ya sea en su presentación, uso y goce, ya sea en las características de estilo de las obras (sobreentendido queda que se trata de una generalización razonable).

Nos hallamos en una fase de desestabilización de un sistema que no se ha adaptado a nuevos esquemas digitales sino ante un sistema que por un lado ha adaptado los productos digitales a un esquema predigital y por otro ha aprovechado de un clima social e ideológico para reducir el papel de la creación de la escritura a un fenómeno de mercadeo personal, donde el “escritor” se reduce a marca personal y se le adosa, sin que desempeñe en modo efectivo después en la mayor parte de los casos, todos los procesos editoriales a excepción de la distribución y su control, donde se juega la partida.

El autor pues ha aceptado ponerse unas orejeras, ha colaborado a desmontar un sistema sin substituirlo, ha aceptado las ventajas de la digitalización sin preguntarse en qué consiste y qué puede ofrecer y puede ofrecer él a cambio.

Las editoriales se están convirtiendo en contenedores de gestión limitada (puesto que en su mayor parte ni poseen flujos de trabajo digitales aptos a manejar una era digital ni controlan la distribución digital) de títulos que potencialmente entran en las corrientes de lectura, definiendo y realizando nuevas corrientes y nuevas segmentaciones en los gustos (supuesto o reales, para mi tan reales en algunos casos como las previsiones nixonianas de la guerra del Vietnam) que con frecuencia tienen por resultado el incremento de la superproducción de títulos reduciendo la tirada media de los mismos.

¿Existen alternativas? Existen. Desde luego pasan por no aceptar este estado de cosas. En cualquier caso hoy me he limitado a exponer una cuestión.

Como si el libro siempre hubiese sido así

Es tentador pensar que las cosas son como las vemos, contemporizar el pasado es una de las consecuencias de caer en esta tentación. Sobre todo es fácil explicar entonces como nuestros favoritos son mejores que las novedades que los sustituyen o completan.

Pensemos, por ejemplo, en los libros.

Es frecuente usar como argumentación sobre la superioridad (y ya el término no me gusta) del libro impreso sobre el libro electrónico, la mayor calidad caligráfica, de definición y de detalle en el libro impreso. Se reportan entonces ejemplos de magníficos libros desde muchos años atrás (inútil especificar si del s. XIX o de 1989) hasta hoy.

La cuestión sin embargo es falaz. Lo es por dos motivos. Uno, porque el libro electrónico no es ni debe ser una transposición digital de un formato impreso: reducirlo a este concepto es muestra de pereza factual y conceptual, pero también manifiesta el grado de maltratamiento que el libro electrónico recibe desde su concepción en el sector editorial. Dos, porque presenta y propone el libro impreso desde un punto de su desarrollo tecnológico y formal, mientras el libro electrónico se halla, por diferentes motivos, en un estado aún incipiente; basta pensar a cuánto tiempo ha sido necesario en esta veloz situación tecnológica para que los comunes dispositivos lectores aceptasen el formato 3.o del ePub. Es inútil mencionar la diferente velocidad de las revoluciones tecnológicas sin aportar una escala razonada con datos verificables y porque además habría que incluir la escala del esfuerzo en innovación tecnológica en ambos tipos de libro a lo largo del tiempo y cuantificarlos, empresa que más que ardua me parece imposible y en cierto modo irrelevante.

Es mi modesta opinión que más que centrarse en estos debates estériles, en estas denigraciones insustanciales, sería mucho más productivo para el sector editorial reflexionar sobre la dimensión total de la revolución digital en el proceso de edición, sobre la naturaleza del libro electrónico y sus necesidades específicas, una reflexión sobre su tipografía y la definición de una terminología nueva y para terminar sobre la dirección que se desea imprimir de un modelo económico en transformación, porque también hay algo que decir en este campo y no conviene dejar que las decisiones las tomen siempre otros.

Sobre el libro impreso y el ebook

Me enzarzo esta mañana en Tuiter en un amable intercambio de puntos de vista con Jorge Carrión (@jorgecarrion21) y Josep Mengual (negritasycursiv), a quienes saludo cordialmente, a propósito del libro electrónico y de ello surge esta entrada.

El punto de partida para la polémica o cuestión a debate era el libro impreso como objeto que encarna el deseo, mientras el #ebook es solo la idea de deseo, desmaterialización del deseo que en realidad anhela una forma tangible.

En realidad se ha transformado en un debate sobre que podemos definir como libro, partiendo de la idea de que este encierra un texto (poco, mucho, dentro de imágenes). Ahora quisiera resumir el viaje mental en que me ha sumido y que he intentado condensar el los 140 carácteres que permite Tuiter.

El libro impreso es heredero de otras formas anteriores en las que el libro (un concepto que define un conjunto de textos unidos por una categorización predefinida o bien un solo texto de mayor o menor longitud) había cristalizado: las tabletas, los papiros, etc… En nuestra mente y durante casi cinco siglos la forma del libro se ha unido al contenido del libro. Hemos elegido una forma, a la que el contenido se ha adaptado en muchos casos y en otros ha sondado sus límites, de entre las muchas disponibles o posibles y le hemos conferido una serie de atributos supramateriales. Lo curioso del caso es que si preguntamos ¿Usted por qué lee? El objeto en si, el libro impreso, no es la primera ni la segunda, acaso ni la tercera motivación para la lectura. La transmisión de conocimientos, emociones, ideas, van por delante. Mayoritariamente compramos libros para acceder a conocimientos, emociones, ideas, como objeto vector. Luego podemos enamorarnos del objeto en algunos casos, pero sobre todo, creo, transferimos al objeto los atributos supramateriales que distinguen nuestra afición a la lectura. El matrimonio parece perfecto al punto que libro es contenido y continente.

Bien, ahora sin embargo podemos tener acceso a otras formas del libro, formas inmateriales. Los motivos que nos inducían a la lectura no han desaparecido pero el continente ha cambiado sin que desaparezca el libro. Esta inmaterialidad posee además la característica de poder virtualizar el libro en varios modos y la reciente convergencia entre ebook y web lo demuestra. ¿Desnaturaliza el libro? Aunque no me gusta respondo con otra pregunta ¿por qué debiera?

De hecho estas consideraciones a lo largo del debato nos han conducido a la peor de las pesadillas del libro, el vacío, la posibilidad de encontrarnos ante un formato del libro que nos conduzca a un contenido huero. Es, considero, inevitable en cierto modo que la inmaterialidad del ebook lleve al temor del vacío del contenido, un fenómeno por asociación. Si lo que apreciamos en un libro es el contenido la forma pasa a un segundo plano; la obra es una y los formatos varios, como suelo decir.

La dificultad que emerge del debate, pienso interpretar bien, es la definición del contenido. Por que si bien todo estamos intuitivamente de acuerdo con la afirmación “no todo texto o conjunto de textos es un libro”, resulta complicado definir el libro en base al contenido. Habiendo conferido al libro una serie de atributos que en su mayor parte hacen hincapié en la capacidad del texto/contenido de transformarnos en uno u otro grado, y en la medida en que ahora el contenido se desliga de la materialidad y la unidad esto queda inconscientemente subrayado, no hay acuerdo. Quizá no puede haberlo y nunca lo hubo mientras seguimos manejando cierta idea elitista del libro. Un libro puede cumplir muchas funciones según su contenido. Personalmente solo puedo decir que me turba el libro cuyo contenido y objetivo es solo consumir tiempo. Eso sí que no es un libro, considero.

Otra parte de este debate y que originalmente era mi primera reflexión, pertenece, al menos en forma parcial, a otra esfera.

El deseo del objeto, en este caso el libro impreso, como emblema de una época que prefiere poseer cosas a saber cosas, la preferencia material por encima de todo. Si bien no era eso lo que indicaba Jorge Carrión en su tuit, de inmediato mi primer pensamiento ha ido en esa dirección y por tanto no me parecía extraño el rechazo del #ebook. Desear objetos es uno de las impelentes “necesidades” que nuestra sociedad crea y que en el caso de la edición explica también los números de la hiperabundancia de títulos, una parte de ellos vacíos más allá del formato.

Libros, textos, formatos, vacío, objetos y deseo: podrían ser estas las claves del debate sostenido. Que no haya más que conclusiones parciales es normal, todo está en devenir, pero por encima de todo yo me quedo con conocimientos, emociones e ideas.

Dos cuestiones no resueltas en la London Book Fair

London Book Fair suena imponente. Sin embargo la edición en curso ya ha planteado dos cuestiones no resueltas en el mundo de la edición, que son, más o menos, las mismas por doquier.

Cuestión 1

Big Data. En pie ha quedado la reflexión ¿Para qué Big Data? ¿Qué Big Data?  que en inglés quizá suene mejor según sea el propio grado de anglofilia.

Bajo la falsa pregunta ¿qué hacemos con los datos? la #LBF ha planteado sin más el uso intensivo y extensivo de Big Data, en la línea que ya se ha defendido esto precedentemente. Esta línea prefiere pensar que los editores no saben aún cómo usar Big Data y que por lo tanto se fían de viejos métodos acientíficos, lo que relega al editor a una era anterior, predigital (y aún atecnológica): significativo el cierre del artículo con su pregunta retórica ¿quieres ser una dinosaurio o una dinamo? (y hasta aquí pensaba que la dinamo era de verdad algo del pasado).

La pregunta que no se ha respondido es: ¿Ha habido una reflexión sobre qué datos y para qué? No es moco de pavo. Una reflexión así es necesaria para saber exactamente qué se desea saber: la programación, la informática, es predeterminante. Quien haya errado una vez en este campo sabe que modificaciones importantes equivalen a volver a empezar o casi. Responder a estas preguntas previas significa asimismo haber reflexionado sobre qué modelo de edición se persigue. No se trata pues de algo sin valor e intrascendente. Y no hay aun respuesta a esto, que yo sepa, o en el peor de los casos no se quiere explicar el modelo escogido.

Cuestión 2

Los autores autopublicados siguen siendo un problema para el sector y quizá incluso para los autores, más o menos, afirmados.

The Bookseller y GoodEreader dan voz al descontento. Falta de respeto, escritores de segunda división y otras lindezas de esta risma. #LBF no es la única feria que ha manifestado la incapacidad de gestionar la cuestión. Tras esto están: las editoriales que no desean o prefieren o no ver autores que campan a sus anchas si ellos; autores que ponen mala cara pues ven en la edición tradicional la garantía de haber pasado un filtro, mientras la autopublicación permite a cualquiera publicar cualquier cosa (lo cual es cierto también entre las editoriales); una combinación que prefiere poner un coto a las plataformas digitales, especialmente Amazon, y que escoge el eslabón más débil como objetivo; la falta de un interlocutor colectivo al cual dirigirse institucionalmente, como prefiere cualquier feria.

Habrá sin dudas más motivos, pero estos son, creo, los recurrentes y evidentes. la cuestión de fondo es que el sector editorial aún está digiriendo su transformación, pero también que los grandes grupos y actores del sector tiene visiones contrapuestas sobre el desarrollo futuro y no aceptarán más jugadores hasta que las nuevas reglas no se hayan fijado en un sentido u otro.

Epílogo

No soy optimista sobre la institucionalización de los autores autopublicados y quizá siquiera tiene sentido pensar en ello. No creo que una sede como la #LBF sea la mejor para los autores autopublicados. Hay algunas cosas creo que sí podrían hacer los autores autopublicados para defender las propias posiciones, por ejemplo:

  • una red efectiva de colaboración entre autores sería mucho más eficaz que colocarse bajo el ala protectora de una distribuidora digital o una falsa editorial;
  • definir buenas prácticas tendentes a garantizar, al menos, la calidad formal de las obras;
  • buscar formas ágiles de coordinación por temáticas, por ejemplo, si se pretende poder sentarse en foros institucionales;
  • entender que entrar en un mundo profesional requiere profesionalizarse.

Todo esto, claro está, son solo mis opiniones.

 

El libro electrónico y la brecha digital

En la antepenúltima entrada de este blog me interrogaba sobre la posibilidad real de la red de ser un acicate a la lectura en un modo mayor o distinto de otras formas de lectura. Sostuve y sostengo que la red es un instrumento cuya mera existencia no supone nada: no justifica por si sola ni ciberutopías ni ciberdistopías.

Si ahondamos la cuestión hacia la brecha digital (o también llamada pobreza digital, que es todavía más clara como denominación), podemos ver como existe una tendencia a señalar a la red y al libro electrónico como un factor que no hace desaparecer tal brecha. Y creo que existe también en esto cierta confusión.

La brecha digital, qué es

La brecha digital es la (im)posibilidad de uso, acceso y apropiación de tecnología ya sea a nivel geográfico, socioeconómico o por género y está en relación a la calidad de las infraestructuras tecnológicas, a los dispositivos de uso, a la conexión y al capital cultural necesario a la transformación de información en conocimiento relevante; esto es lo que en otras palabras dice también el sector de la tecnología móvil mediante los informes y estudios de GSMA (aquí y aquí).

La brecha digital relación inversión, capacidad de gasto y nivel de instrucción de una comunidad: una reflexión sobre ello y los programas para la escuela de Nate Hoffelder.

Libro electrónico y brecha digital

Apostrofar al libro digital como (co)responsable de no atajar la pobreza digital es injusto. En primer lugar el libro electrónico no constituye una infraestructura de acceso, ni es un punto de conexión ni determina la existencia del punto o de conexión o su precio, ni representa, creo, una apropiación de tecnología que no represente por ejemplo un videojuego, un libro impreso o un par de zapatos. Si puede crear imposibilidad de uso al no ser interoperable, al poseer un DRM, al estar geolocalizado, al ser caro o al estar vinculado dispositivos (léase limitación a la interoperabilidad). Sobre todo el libro electrónico no es responsable del nivel de instrucción necesario a hacer de la simple información algo más. O sea no es responsable de la creación del capital cultural. Si así fuere, habría que considerar el libro impreso como (co)responsable de los niveles de analfabetismo (ya sea como tal que el funcional); teniendo en cuenta los impresionantes números de la superproducción editorial sería incluso vergonzante este parangón.

El libro electrónico como instrumento de difusión conocimiento, de las capacidades inclusivas de la tecnología, de superación de clichés culturales (la brecha digital vive en la discriminación por género, como cualquier otro fenómeno discriminatorio de la vida), depende de la construcción social a su alrededor, es decir de la construcción cultural: la economía, las interrelaciones personales, las creencias, las discriminaciones, las ideologías, las limitaciones físicas, etc…No tiene el libro electrónico de por si mayores capacidades de cualquier otro instrumento: todo uso de lo que construimos está decidido de antemano en función de una visión de sociedad, de la cual el instrumento en si tiene pocas o ninguna posibilidad de huir.

Lo que se olvida decir

Se olvida decir que estos datos están necesariamente radicados en las experiencias codificadas y clasificadas por editoriales, distribuidores, libreros, etc…en otras palabras la realidad que hay ahí fuera y que no se acoge a las convenciones del sistema no están recogidas, valoradas, analizadas y contabilizadas, en parte porque no sus ideadores y usuarios no lo desean, en parte porque un sector económico crece en ese cono de sombra, cuya dimensión real es desconocida y ese desconocimiento permite valoraciones económicas arbitrarias o sospechosas.

La parte colaborativa y abierta, cuyos circuitos de difusión no se hayan codificados o no hallan exclusivamente su modus vivendi en la red, esa parte, mantiene viva la mejor esencia del libro electrónico con todas las limitaciones que una situación de penuria puede conllevar en el consumo de bienes digitales; falta dinero para comprar un e-reader, por ejemplo, o existen dificultades en conseguir abastecimiento de energía eléctrica.

El pobre libro electrónico no es Superlibro, ni San Libro, haríamos bien en no pedirle los milagros que no ha cumplido el libro impreso.

Europa, Europa, libro de doble filo

 

Tenía un amigo muy aficionado a la política-ficción que es algo que ni de lejos me apasiona. Sin embargo hoy quisiera jugar un poco a adivina adivinanza a propósito del #ebook y de la posible disolución de la Unión Europea (y si me apuráis incluso de Europa, pero ahí entramos en un debate de veras muy serio).

Hoy como hoy el #ebook en Europa tiene una serie de restricciones activas que van de los distintos tipos de #DRM en uso por parte de los distribuidores y editoriales, a la imposible interoperabilidad de los formatos para llegar al bloqueo por geolocalización; esta ultima restricción siempre me ha parecido particularmente odiosa.

Este último punto ha sido puesto sobre el tapete de las discusiones sobre el #ebook y las políticas editoriales europeas en el pasado reciente. Parecía, y el uso del incondicional aquí es obligatorio, que se tenía la intención de desarrollar o instituir un marco geográfico en el cual las restricciones por geolocalización quedasen inactivas. Tras el anuncio poco o nada se ha sabido de esta iniciativa. De llevarse a cabo sería algo por lo cual felicitarse, si bien otras iniciativas restrictivas no van en la misma dirección.

La situación política general no da muchas esperanzas, por contra. Admitiendo que la iniciativa prosperase y fuese ejecutada, las amenazas de salida de la Unión Europea por parte del Reino Unido, de llevarse finalmente a cabo, o las amenazas de expulsión de esta organización dirigidas a otros países, si se transformasen en actos ejecutivos, acabarían con ella. Desde luego no sería la única. Por ejemplo, dejaría en un sueño la armonización europea del IVA aplicado al libro electrónico. Y hablo solo del libros.

Ahora imaginemos que la Unión Europea, a pesar de todo proceso centrifugo, se mantuviese como tal y se aprobase la desaparición de la restricción por geolocalización. En ese caso si aprobase el TTPI tal y como parece estar redactado, sé tanto como cualquiera de vosotros, muy poco por tanto, quizá se estaría abriendo el cofre de Pandora. Imaginemos a Amazon o Apple abriendo una sucursal europea en la cual verter la totalidad de títulos americanos y del resto del mundo. En inglés decís. Si claro, al menos al inicio. Y no porque una parte de los títulos de Amazon EE.UU están en castellano. Imaginemos que ambos actores pusiesen en marcha un programa de traducción del catálogo, inicialmente para autopublicados. ¿Os imagináis el impacto?

Todo esto es solo política-ficción, evidentemente, pero quisiera que sirviese para señalar que pasar por alto lo que ocurre en toda América o en Europa no puede conducir al éxito. Es necesario que los editores de todo tamaño y tipo hoy piensen en múltiples dimensiones, incluyendo la geografía entre ellas, pero sin olvidar las lenguas, los formatos, los derechos.