Ebook, el muerto útil (o como el sector editorial encontró su excusa)

Siendo ya un veterano, el libro electrónico sigue siendo un desconocido. Todos, de forma profunda o aproximada, saben que un libro impreso tiene sus cubiertas, sus lomos cosidos o pegados y es capaz de reconocerlos. Con el libro electrónico no sucede lo mismo.

El libro electrónico es un constructo inmaterial, formado por líneas de código capaces de transmitirnos información en modos muy variados: texto, imágenes, sonidos. Realizar un libro electrónico supone tener un bagaje de conocimientos técnicos diferentes. Supone respetar unos estándares. El problema es que no ocurre así. Afirmo la constatación del escaso interés, por no decir nulo, del sector editorial hacia la implementación de estándares o del desarrollo formal del libro electrónico en este país. El índice de esta despreocupación lo hallo en:

  • la no pertenencia de ningún gran grupo editorial español al IDPF,
  • la no participación a de ningún gran grupo editorial español a los grupos del BISG
  • la no pertenecía de de ningún gran (o pequeño) grupo editorial español a la oficina española del W3C

O lo que es lo mismo la desvinculación del sector editorial, de sus grupos más potentes sin excusa y con excusa para los pequeños editores, de los organismos internacionales y por tanto de las tendencias de desarrollo del libro electrónico. Es difícil imaginar una “industria” que decida no decidir sobre el futuro de su desarrollo, sobre que base desarrollará sus presentes y futuras formas y tecnologías; ¿podemos imaginar a la industria del automóvil dejando en manos de los constructores de neumáticos o de las gasolineras decidir sobre la base de desarrollo de los coches? Personalmente no. Este parece ser el caso del sector editorial.

La calidad del libro electrónico resiente de estas (im)pertenencias.

Esto no es exclusivo del mundillo peninsular: desde los albores de la irrupción de la digitalización en el mundo editorial, la iniciativa del desarrollo editorial ya no está en manos de los editores.

Un resumen de una encuesta a editores realizada en la edición de 2015 de la feria del Libro de Frankfurt y publicado por Smartbook ofrece una imagen de la situación.

120 editores de un variado universo de pertenencia de los casi 1000 presentes, respondieron a un cuestionario de esta forma:

  • 16% no dedica ningún recurso a la I+D
  • 18% tiene un departamento I+D
  • 41% cubre la I+D en la propia sede aunque la desarrollan departamentos como el de ventas o business development (es decir, está en mano de un departamento comercial, no de decisión, no de producción)
  • 8% confía en servicios externos (es decir, externaliza sus funciones naturales)

No hay desarrollo del libro electrónico dentro de las empresas que realizan el libro electrónico. Y esto se refleja en la tendencia a externalizar la realización del libro electrónico, cuya consecuencia inmediata es la imposibilidad de comprender, por parte del editor y las editoriales que así hacen, qué es y cómo es un libro electrónico. Y es que en muchos casos no poseen personal competente y no invierten en formación, resultado de la política de externalización iniciada en los años ochenta. La consecuencia es por un lado la precarización del personal y por otro la pérdida de competencias internas sobre las cuales desarrollar nuevos formatos, nuevas metodologías, nuevas formas. El desastroso resultado final es que las editoriales pierden iniciativa, capacidad de innovar y autonomía. Es inevitable que este modo de hacer conduzca a la externalización creciente de las tareas editoriales, con consecuente depauperación de los profesionales del campo y alcance su ápice con el libro electrónico. Editoriales deprofesionalizadas aumentan quizá la rentabilidad, seguro aumentan los errores (que alcanzan el rango de sistémicos) y el desconocimiento general del libro electrónico (o producto), del medio en que se mueve y sus posibilidades de promoción (entre las cuales está la comercial).

Es comprensible pues que en ámbito digital el desapego por el producto, el desprecio por la obra, sean una constante porque no existe posibilidad de realizar un trabajo digno sin tener los conocimientos ni los instrumentos para ello.

Es comprensible que el resultado final sea el que es: un libro electrónico depotenciado.

Me refiero a la posibilidad real que los editores de libros electrónicos tienen de adaptar sus obras a lectores con problemas como dislexia o daltonismo.

El libro impreso está en este aspecto muy por debajo del libro electrónico en cuanto a potencialidad. Una vez editado y elegido el tipo en que se publicará, la fijeza del libro impreso no deja espacio alguno a su modificación y su adaptabilidad a diferentes lectores, especialmente los que tienen problemas de lectura, es nulo. Es ahí donde el libro electrónico puede desarrollar todas sus virtudes, ensanchando el horizonte del libro.

El libro electrónico tiene capacidad de adaptación de la tipografía, lo cual es destacable y sobre todo útil para los disléxicos. Hay tipografías (y hablo solo de alfabetos latinos, porque desconozco el estado de la cuestión en otros alfabetos) especialmente diseñadas para disléxicos, cuya percepción de la grafía va desde la dificultad de lectura a la barrera de compresión y aprendizaje (por tanto de desarrollo personal). No es una cuestión baladí. Si las futuras generaciones harán uso de instrumentos de lectura electrónicos sería especialmente triste que les pusiésemos a disposición para su lectura textos que reproducen los mismos límites y errores de sus parientes impresos.

Todo estupendo hasta que no nos acercamos demasiado al muro de la realidad. Los límites a los lectores de libros electrónicos representan una seria cortapisa al desarrollo de todos los potenciales del ebook. Una vez más las limitaciones que los fabricantes de ereaders imponen con la proyectación y construcción de sus aparatos desvirtúan el crecimiento potencial del libro electrónico, sobre todo del formato ePUB, un formato abierto que reclama el estatuto de estándar de publicación del ebook: ¿por qué debemos contentarnos de aparatos cercenados en sus capacidades y libros electrónicos que dan menos de los podrían dar a los lectores en términos de calidad de lectura?

Los resultados de esta estrategia constructiva son dos, ninguno bueno: frena el desarrollo de una formato, el ePUB, que está ya ahora por debajo de sus potencialidades y de la capacidad de éste de ofrecer a los lectores, incluidos los que tienen problemas de lectura, una experiencia más rica y plena en su afición favorita; frena el impulso al libro electrónico imponiendo medidas que de hecho tienden a dar al libro electrónico la misma dimensionalidad del libro impreso.

Ante esta situación me permito sugerir que editores, asociaciones de editores (y también el gremio, claro), desarrolladores, maquetadores, lectores y autores se sumen a un campaña en que se solicite a los constructores de ereaders (y a los distribuidores también en algunos casos) la inclusión de una serie de medidas algunas de la cuales son:

  • inclusión tipografías alternativas a las que usan como estándar interno;
  • aceptación plena de CSS en la hoja de estilo y de HTML, especialmente en las etiquetas.

En mi opinión merece la pena perder algo de control para ganar lectores, a menos que el libro electrónico de hecho no le interese a nadie. Y es posible que sea eso lo que sucede. Tanto desapego y desidia pueden explicarse con dos consideraciones iniciales:

  • la rentabilidad del ebook es menor que la del libro impreso y en un sector en crisis conceptual y estructural una mayor rentabilidad inmediata supera cualquier calculo de supervivencia futura;
  • la nula exploración de la revolución digital en el sector y también entre todos nosotros, ciudadanos de a pie, ha dado sin embargo con un culpable: la piratería. Siempre ha sido más fácil hallar un enemigo que una solución.

Luego toda profecía incumplida es fácil presa, toda previsión cumplida es de rigor ignorarla; y en cada uno de los casos se cruzan intereses que nada tiene que ver ni con el libro, ni con la cultura, ni con la edición ni mucho menos con los lectores.

Si todo esto no dibuja un futuro halagüeño, la convergencia entre web y libro electrónico, que se vislumbra en el horizonte temporal próximo, representa un reto conceptual y práctico para el cual muchos editores no parecen estar preparados, especialmente los que han decidido anclar sus posiciones en la negación de la realidad de la edición, escritura y lectura hoy y mañana.

Personalmente creo que a pesar de la desidia generalizada existe una porción de editores que han comprendido la necesidad de apostar por la calidad de edición no solo como signo distintivo, sino también como ejercicio de responsabilidad y de compromiso ético con el lector. No me cabe duda de que la dimensión general de este tipo de editor no sobrepasa la de pequeño y rara avis si alcanza la de mediano. Se argumentará que los costes de la propuesta que se lee entrelíneas son inasumibles; de hecho son inasumibles por la erosión que han sufrido en su capital a través de las externalizaciones de décadas. Pues bien, editores , consórciense. No solo porque puede ayudar a reducir costes sino porque ayuda a encontrar soluciones comunes, aprender y colaborar. Pongan a trabajar su imaginación, acepten riesgos, piensen en medio y no en corto plazo, aúnen fuerzas, consideren ganar menos para ganar más tiempo.

Mientras tanto el sector editorial es eso, un sector, nada de industria porque como tal no se comporta salvo para pedir subvenciones.

Claro que todo esto no es solo patrimonio de las editoriales. Como ya he apuntado los constructores y fabricantes de dispositivos de lectura también se desentienden de estándares y potencialidades pues ni siguen estándares, ni innovan, ni incluyen muchas de las potencialidades del libro electrónico entre las capacidades reales de sus dispositivos; la lentitud en la inclusión de carácteres, la lentitud de aceptación de los ePub recientes, la inclusión de sistemas de control a través de DRM o la colaboración a la creación de “jardines vallados” o mercados protegidos. Es difícil establecer si los fabricantes de dispositivos no se actualizan porque los editores no lo hacen o viceversa, o si es solo la suma de desidias grupales diferentes pero coincidentes.

(A modo de) Conclusiones

El libro electrónico es la forma más evidente en que cristaliza la edición digital. En su mayor parte la edición digital no ha sido comprendida por los editores y en el caso más optimista empieza a serlo ahora. Es consecuencia de ello la escasa compresión de qué es el libro electrónico, cuales sus formas y dinámicas, cual su construcción. La escasa calidad no es casual, sino una realidad por voluntaria omisión de acción.

Ignorando todo esto el producto final, el libro electrónico, no ha sido desarrollado como producto óptimo, sino como sucedáneo. La diversa naturaleza de la codificación del texto, las posibilidades de extensión del libro electrónico, todo ha quedado relegado al subdesarrollo tecnológico, creativo, conceptual y mercantil. Los editores han sido, son y serán los primeros responsables y a ellos corresponde tomar el timón. La situación actual deja poco espacio al optimismo porque la infravaloración del libro electrónico consecuente a la escasa calidad, hija de la escasa atención y comprensión, ha contagiado a todos los miembros de la red en la que se apoya el libro. No es algo casual sino el reflejo de una cultura de rechazo e ignorancia interesada en mantener un sistema productivo conocido en vez de adaptarse y desarrollar un sistema nuevo y diverso.

El libro electrónico hoy es un infralibro, un producto de mínimos, en términos de calidad, proyectación, creatividad y políticas comerciales. El por qué de este arrinconamiento que va desde su origen, el editor, al lector, pasando por todos los demás sujetos estriba en que solo mediante su ostracismo factual puede seguir defendiéndose un sistema inadecuado, ineficiente e ineficaz; se ha creado un sistema combinado en el que cada sujeto implicado colabora en mantener un escudo artificial y justamente por artificial acabará cediendo incrementando la potencia del impacto.

El libro electrónico hoy necesita una revolución.

Como colofón dejo estas otras reflexiones conectadas en un modo u otro a cuanto expuesto:

de José Antonio Millán “Calidades en eBooks

de Jiminy Panoz “Lets talk about ebook performance”

de Guillermo Schavelzon “Seis problemas del mundo del libro”

 

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Big Data y la reducción de la realidad

Ya en otras ocasiones me he ocupado de Big Data señalando sus límites, sus dificultades y, sobre todo, sus implicaciones de fondo. Resulta obvio que los datos disponibles lo son en función del universo de origen disponible: en otras palabras lo datos proceden de las cosas que hay a disposición y además a de su peso en nuestra cotidianidad. De ese universo extraemos datos que a su vez dibujan el futuro próximo.

Por ejemplo si nuestra cotidianidad lectora nos indica que la exposición mediática, real y virtual, y de las librerías y de los lectores medios próximos es alta y relatan la obra x, con Big Data tendremos que x es un libro codiciado, aún más en la medida que otros libros son desconocidos y que estos lo son en la medida en que Big Data no los señala. La consecuencia es que veremos proliferar obras similares a x, mientras otras quedarán en el silencio de los datos.

Todo esto parece una burda explicación, pero la realidad es que Big Data reduce la variedad de elementos aumentando la profundidad de la indagación, restringe la realidad. Big Data computa lo existente, que procede de decisiones previas (condideraciones que nacen de una visión de futuro y que tal futuro puede quedar limitado al solo provecho comercial inmediato), que reflejan una dirección; los cambios se construyen o anticipan en base a la creciente combinación de Big Data con decisiones previas.

La bibliodiversidad, la variedad de lo existente, las propuestas futuras nacen de decisiones que prescinden de Big Data (que resultan viceversa empobrecedores) porque apuntan al futuro sobre la base de ideas y conceptos que persiguen la creación de la diversidad.

Si los editores desean usar Big Data deberían tener esto bien presente, especialmente si anhelan contribuir al desarrollo intelectual de la sociedad.

Como si el libro siempre hubiese sido así

Es tentador pensar que las cosas son como las vemos, contemporizar el pasado es una de las consecuencias de caer en esta tentación. Sobre todo es fácil explicar entonces como nuestros favoritos son mejores que las novedades que los sustituyen o completan.

Pensemos, por ejemplo, en los libros.

Es frecuente usar como argumentación sobre la superioridad (y ya el término no me gusta) del libro impreso sobre el libro electrónico, la mayor calidad caligráfica, de definición y de detalle en el libro impreso. Se reportan entonces ejemplos de magníficos libros desde muchos años atrás (inútil especificar si del s. XIX o de 1989) hasta hoy.

La cuestión sin embargo es falaz. Lo es por dos motivos. Uno, porque el libro electrónico no es ni debe ser una transposición digital de un formato impreso: reducirlo a este concepto es muestra de pereza factual y conceptual, pero también manifiesta el grado de maltratamiento que el libro electrónico recibe desde su concepción en el sector editorial. Dos, porque presenta y propone el libro impreso desde un punto de su desarrollo tecnológico y formal, mientras el libro electrónico se halla, por diferentes motivos, en un estado aún incipiente; basta pensar a cuánto tiempo ha sido necesario en esta veloz situación tecnológica para que los comunes dispositivos lectores aceptasen el formato 3.o del ePub. Es inútil mencionar la diferente velocidad de las revoluciones tecnológicas sin aportar una escala razonada con datos verificables y porque además habría que incluir la escala del esfuerzo en innovación tecnológica en ambos tipos de libro a lo largo del tiempo y cuantificarlos, empresa que más que ardua me parece imposible y en cierto modo irrelevante.

Es mi modesta opinión que más que centrarse en estos debates estériles, en estas denigraciones insustanciales, sería mucho más productivo para el sector editorial reflexionar sobre la dimensión total de la revolución digital en el proceso de edición, sobre la naturaleza del libro electrónico y sus necesidades específicas, una reflexión sobre su tipografía y la definición de una terminología nueva y para terminar sobre la dirección que se desea imprimir de un modelo económico en transformación, porque también hay algo que decir en este campo y no conviene dejar que las decisiones las tomen siempre otros.

Dos cuestiones no resueltas en la London Book Fair

London Book Fair suena imponente. Sin embargo la edición en curso ya ha planteado dos cuestiones no resueltas en el mundo de la edición, que son, más o menos, las mismas por doquier.

Cuestión 1

Big Data. En pie ha quedado la reflexión ¿Para qué Big Data? ¿Qué Big Data?  que en inglés quizá suene mejor según sea el propio grado de anglofilia.

Bajo la falsa pregunta ¿qué hacemos con los datos? la #LBF ha planteado sin más el uso intensivo y extensivo de Big Data, en la línea que ya se ha defendido esto precedentemente. Esta línea prefiere pensar que los editores no saben aún cómo usar Big Data y que por lo tanto se fían de viejos métodos acientíficos, lo que relega al editor a una era anterior, predigital (y aún atecnológica): significativo el cierre del artículo con su pregunta retórica ¿quieres ser una dinosaurio o una dinamo? (y hasta aquí pensaba que la dinamo era de verdad algo del pasado).

La pregunta que no se ha respondido es: ¿Ha habido una reflexión sobre qué datos y para qué? No es moco de pavo. Una reflexión así es necesaria para saber exactamente qué se desea saber: la programación, la informática, es predeterminante. Quien haya errado una vez en este campo sabe que modificaciones importantes equivalen a volver a empezar o casi. Responder a estas preguntas previas significa asimismo haber reflexionado sobre qué modelo de edición se persigue. No se trata pues de algo sin valor e intrascendente. Y no hay aun respuesta a esto, que yo sepa, o en el peor de los casos no se quiere explicar el modelo escogido.

Cuestión 2

Los autores autopublicados siguen siendo un problema para el sector y quizá incluso para los autores, más o menos, afirmados.

The Bookseller y GoodEreader dan voz al descontento. Falta de respeto, escritores de segunda división y otras lindezas de esta risma. #LBF no es la única feria que ha manifestado la incapacidad de gestionar la cuestión. Tras esto están: las editoriales que no desean o prefieren o no ver autores que campan a sus anchas si ellos; autores que ponen mala cara pues ven en la edición tradicional la garantía de haber pasado un filtro, mientras la autopublicación permite a cualquiera publicar cualquier cosa (lo cual es cierto también entre las editoriales); una combinación que prefiere poner un coto a las plataformas digitales, especialmente Amazon, y que escoge el eslabón más débil como objetivo; la falta de un interlocutor colectivo al cual dirigirse institucionalmente, como prefiere cualquier feria.

Habrá sin dudas más motivos, pero estos son, creo, los recurrentes y evidentes. la cuestión de fondo es que el sector editorial aún está digiriendo su transformación, pero también que los grandes grupos y actores del sector tiene visiones contrapuestas sobre el desarrollo futuro y no aceptarán más jugadores hasta que las nuevas reglas no se hayan fijado en un sentido u otro.

Epílogo

No soy optimista sobre la institucionalización de los autores autopublicados y quizá siquiera tiene sentido pensar en ello. No creo que una sede como la #LBF sea la mejor para los autores autopublicados. Hay algunas cosas creo que sí podrían hacer los autores autopublicados para defender las propias posiciones, por ejemplo:

  • una red efectiva de colaboración entre autores sería mucho más eficaz que colocarse bajo el ala protectora de una distribuidora digital o una falsa editorial;
  • definir buenas prácticas tendentes a garantizar, al menos, la calidad formal de las obras;
  • buscar formas ágiles de coordinación por temáticas, por ejemplo, si se pretende poder sentarse en foros institucionales;
  • entender que entrar en un mundo profesional requiere profesionalizarse.

Todo esto, claro está, son solo mis opiniones.

 

Europa, Europa, libro de doble filo

 

Tenía un amigo muy aficionado a la política-ficción que es algo que ni de lejos me apasiona. Sin embargo hoy quisiera jugar un poco a adivina adivinanza a propósito del #ebook y de la posible disolución de la Unión Europea (y si me apuráis incluso de Europa, pero ahí entramos en un debate de veras muy serio).

Hoy como hoy el #ebook en Europa tiene una serie de restricciones activas que van de los distintos tipos de #DRM en uso por parte de los distribuidores y editoriales, a la imposible interoperabilidad de los formatos para llegar al bloqueo por geolocalización; esta ultima restricción siempre me ha parecido particularmente odiosa.

Este último punto ha sido puesto sobre el tapete de las discusiones sobre el #ebook y las políticas editoriales europeas en el pasado reciente. Parecía, y el uso del incondicional aquí es obligatorio, que se tenía la intención de desarrollar o instituir un marco geográfico en el cual las restricciones por geolocalización quedasen inactivas. Tras el anuncio poco o nada se ha sabido de esta iniciativa. De llevarse a cabo sería algo por lo cual felicitarse, si bien otras iniciativas restrictivas no van en la misma dirección.

La situación política general no da muchas esperanzas, por contra. Admitiendo que la iniciativa prosperase y fuese ejecutada, las amenazas de salida de la Unión Europea por parte del Reino Unido, de llevarse finalmente a cabo, o las amenazas de expulsión de esta organización dirigidas a otros países, si se transformasen en actos ejecutivos, acabarían con ella. Desde luego no sería la única. Por ejemplo, dejaría en un sueño la armonización europea del IVA aplicado al libro electrónico. Y hablo solo del libros.

Ahora imaginemos que la Unión Europea, a pesar de todo proceso centrifugo, se mantuviese como tal y se aprobase la desaparición de la restricción por geolocalización. En ese caso si aprobase el TTPI tal y como parece estar redactado, sé tanto como cualquiera de vosotros, muy poco por tanto, quizá se estaría abriendo el cofre de Pandora. Imaginemos a Amazon o Apple abriendo una sucursal europea en la cual verter la totalidad de títulos americanos y del resto del mundo. En inglés decís. Si claro, al menos al inicio. Y no porque una parte de los títulos de Amazon EE.UU están en castellano. Imaginemos que ambos actores pusiesen en marcha un programa de traducción del catálogo, inicialmente para autopublicados. ¿Os imagináis el impacto?

Todo esto es solo política-ficción, evidentemente, pero quisiera que sirviese para señalar que pasar por alto lo que ocurre en toda América o en Europa no puede conducir al éxito. Es necesario que los editores de todo tamaño y tipo hoy piensen en múltiples dimensiones, incluyendo la geografía entre ellas, pero sin olvidar las lenguas, los formatos, los derechos.

 

Avinyonet de Puigventòs, imagen perfecta de las políticas culturales

Avinyonet de Puigventòs es muy a su pesar, quiero imaginarme, la imagen fiel de una cultural que se afirma por encima y a costa de la cultura del libro y de lo común.

La noticia refería como este pueblo de 874 habitantes no solo había cerrado la biblioteca municipal sino que además había tirado el fondo bibliotecario al contenedor del papel para reciclar (al menos esto manifiesta cierta conciencia).

La modalidad con que se gestiona un bien común, en parte fruto de cesión de un particular, es indicadora del valor que se le otorga: 0. Ningún listado de documentos “a eliminar”, ninguna valoración seria del fondo (a cosa hecha se ha descubierto que incluían 2.000 documentos); ningún procedimiento sistemático de intento de cesión, ninguna comunicación a los donantes, ninguna evaluación del impacto del desmantelamiento o del procedimiento de desmantelamiento de la biblioteca: de hecho se amenazan querellas por malversación del caudales públicos y prevaricación administrativa. Todo porque había ido poca gente.

Voy un poco más a fondo. En el artículo no se menciona que la biblioteca haya tenido dotación de fondos para ampliar sus colecciones ni para fomentar la lectura, ni para organizar actos o eventos con la biblioteca como fulcro. El consistorio ha concebido la biblioteca, así se deja entender por la palabras del mismo consistorio en el artículo, no como un bien común e instrumental para el bienestar de la población, sino como contenedor. Un contenedor relativamente lleno de libros y vacío de sentido si no ha habido recursos ni iniciativas vinculadas a la biblioteca.

Mucho más sentido ha debido verle entonces el consistorio al proyecto impulsado por el Departamento de Agricultura de Generalitat catalana, Cowocat Rural, para la constitución de una red coworking en ambientes rurales. Esto es ha visto más sentido a incentivar la iniciativa privada con espacios públicos (el reglamento de funcionamiento no especifica el precio a pagar). Ahora hay 3 usuarios del espacio.

Al consistorio en pleno no se le pasó por la cabeza que el espacio podía ser subdividido.

La cuestión de fondo es que merece mucho más hacer una inversión que difícilmente se amortizará con esta tasa de utilización y porque si ha de ser apetecible no puede caro, a realizar una inversión en la dinamización y enriquecimiento de la vida común de sus habitantes. La biblioteca era un gasto, el espacio es una inversión. Se juega con palabras para esconder que de hecho la cultural no interesa a menos que genere beneficios económicos directos, rápidos, tangibles. No es la cultura lo que interesa sino el dinero de la cultura. Avinyonet de Puigventòs es la imagen de una concepción de política cultural muy extendida, no anecdótica como se querría pensar. Volcar los fondos en un contenedor es la consecuencia lógica de quien no ve en lo común e intangible un elemento de fuerza estructural de la comunidad.

Lo peor sin embargo es que a nadie pareció importarle el destino de la biblioteca, la ejecución chapucera de su desmantelamiento y sus consecuencias, pero ahora hay quien se mesa la cabellera y quien pide una biblioteca.

Sobre la propiedad del libro electrónico

Desde el inicio una cuestión ligada al libro electrónico que me ha inquietado es la cuestión de propiedad del mismo (por si hay un lector nuevo, lo que sigue son mis opiniones personales, discutibles.

Hablar de propiedad siempre es peliagudo, cuanto menos desde mi punto de vista. Con frecuencia propiedad y exclusividad van de la mano y el hecho de que A sea propietario de algo excluye que B pueda serlo también; la propiedad se convierte en un factor excluyente. Pero no siempre. Una propiedad también puede ser compartida, regalada, prestada. Hay instituciones que incluso son porque basan su existencia en la socialización de la propiedad: las bibliotecas, por ejemplo.

El libro impreso por sus características también hace que contenedor y contenido sean inescindibles, salvo che se fotocopie, se fotografíe, se escanee. Claro está que jamás podremos apropiarnos de la paternidad y por tanto de futuras explotaciones comerciales del contenido, al menos no lícitamente, porque ese es propiedad de su autor. Un razonamiento que vale para cualquier soporte y manifestación (en línea de principio).

El libro electrónico por su entidad inmaterial y su fácil reproducibilidad (ya hemos visto lo difícil que había sido antes reproducir el libro impreso) pone en jaque el concepto de propiedad, según algunos, precisamente por sus características, porque contenedor y contenido son separables y separados. Hay algo en este razonamiento baladí que no me cuadra.

En todo caso la defensa del contenido es primaria en esta visión y por ello se han adoptado medidas de seguridad: DRM, imposibilidad de interoperabilidad en los formatos, mercados verticales y lectura en la nube; el principio imperante es, en la mayor parte de estos casos, la no-propiedad de lo adquirido, el libro electrónico como licencia, si bien no aparezca explicitado en ningún lado.

La verdad, temo, es que el libro electrónico ha permitido dar un paso que antes no podía darse: afirmar el derecho a consumir y prohibir el derecho a la propiedad.

La paradoja es que mientras teníamos la propiedad del libro, y en cuanto propiedad era un factor excluyente, podíamos socializar contenido y continente. Ahora y para el libro electrónico, no.

Separar compra de propiedad hace imposible compartir un #ebook, prestarlo, realizar bibliotecas temporales, etc. Curiosamente mientras el sistema actual hace esto imposible, estimula el uso de servicios de consumo del libro en la nube; no puedo dejar de preguntarme si esto no es una banalización del libro, que pasa de bien de formación (de todo tipo) a bien de consumo y si esto no tiene después un reflejo en la apreciación del libro y de su valor, incluyendo el libro impreso. Decía que es una paradoja, porque era impensable que defender la socialización posible de un bien pudiese pasar por la propiedad. La paradoja es que más allá de consideraciones histórico-legales no se está protegiendo el contenido ni los derechos del autor, sino la obligación del lector a recurrir obligatoriamente a un cauce blindado de consumo (y no entro en cuestiones como los datos personales y su comercio, por ejemplo).

Y ojo, digo consumo, no lectura, ni otra cosa, consumo.

El consumo está desposeyendo al lector no ya de la propiedad sino de los usos alternativos y sociales que de la propiedad puede hacerse.

Estando así las cosas obtener que el libro (electrónico o menos) sea mio abre la posibilidad a la socialización en el cauce que prefiera el lector, a formas de compartición temporal, a formas que damos por descontadas y que no necesariamente van en detrimento de los derechos del autor, en cuya defensa las formas hasta ahora defendidas no solo no son efectivas sino ni siquiera la tienen como eje: lo que se está defendiendo aquí y ahora es el valor de la intermediación, ni derechos, ni valor del libro.

Dos lecturas de postre (siempre en este blog)

Sobre “espotifai” como modelo de lectura

Imaginando las bibliotecas

Paradojas del libro electrónico

Sin lectores y con pocos fondos para las bibliotecas, es decir para que quien no pueda comprarlos pueda leer libros, las políticas de las editoriales son restrictivas en lo referente al libro electrónico: ¿quien será lector mañana?

Sin lectores y con pocos fondos para las bibliotecas, que crea lectores, el sector editorial pretende remontar el vuelo: ¿estamos seguros?

El sector editorial se fagocita creando el mismo ciclo de ventas de una película en cartelera: ¿Acierta?

El sector apunta con el dedo al libro electrónico por no mantener las promesas: ¿las promesas hechas por quien y actuadas por quien?

En realidad los libros electrónicos marcan el fin de las editoriales como posesoras de un estándar de edición y su nuevo papel como receptores de estándares pensados por otras industrias: adiós al lector como centro porque ya no es él para quien se piensa en producto.

Las editoriales no desarrollan el libro electrónico porque no pueden establecer sus características, su marco de uso, su transmisión (en algunos casos ni siquiera comprenden que siendo la misma obra no es el mismo libro). Ante estas circunstancias, donde diversos otros actores (distribuidores, codificadores, constructores de dispositivos lectores) juegan un papel tan o más importante del mismo editor, éste no ve porque añadir a sus tareas y competencias el libro electrónico, lo cual determina, de paso, una progresiva futura disminución de su papel; un síntoma es la autopublicación como alternativa. Estas mismas circunstancias determinan que el editor no sea el mayor beneficiario (ni el autor, desde luego) en el reparto de porcentajes de la venta del libro.

Así pues resulta extremamente paradójico que el libro electrónico haya llegado a ser una esperanza para el sector. Más bien, diría yo, ha servido como chivo expiatorio  ante una situación estructural resultante de una serie de decisiones e inacciones del sector durante los últimos veinte años. Una crisis estructural que subraya despiadada el hecho de estar ante un sector no industrial que actúa como si lo fuese; otra paradoja más al descubierto a propósito del libro electrónico.

Sumemos a esto resistencias metodológicas culturales, prácticas, retóricas (mis favoritas son el olor de los libros, benditos ácaros y hongos, y la herencia de la biblioteca, como si las casas las regalasen) y nos hallaremos ante una situación paradójica: siendo el libro electrónico un formato con futuro los editores han decidido desentenderse de su definición y práctica. El sector editorial busca con desesperación una rentabilidad que le saque del agujero que ha excavado comportándose como una industria sin serlo, tratando la cultura como un elemento retórico y no como un hecho sustancial, trabajando como otros sectores con otras premisas, usando la tecnología en modo superficial (casi creyendo que será la tecnología la que resuelva los problemas y no una estrategia que subyace a su uso; que nadie se sorprenda entonces de la pervivencia de programas de conversión y del concepto mismo de botón mágico porque revelan el marco conceptual en el que se mueve buena parte del sector editorial).

El libro electrónico es el libro que ha sacado a relucir todas las ineficiencias y vulgaridades de un sector incapaz de redefinirse y aún diría incapaz de trazar una estrategia de defensa de la cultura no económica.

El presunto fracaso de “lo digital”

En un lustro he leído y oído tantas veces que lo digital ha fracasado o triunfado, con datos y estadísticas de todo pelaje y oscura raíz, que me resulta hastioso el tema. Sin embargo he decidido abordar la cuestión.

La sentencia de Roy Amara, “Sobrevaloramos el efecto de la tecnología a corto plazo e infravaloramos el cambio a largo plazo” calza perfectamente cuando hablamos del impacto de lo digital en la edición.

Me pregunto si el fracaso de lo digital como algunos vocean no es sino que el miedo al éxito de lo digital les había puesto excesivamente nerviosos: hablo de librerías, editores y autores que no se veían capaces, algunos siguen sin serlo aunque estén convencidos de lo contrario, de gestionar, dirigir y digerir la revolución digital. Como no se ahogaron de inmediato es que la ola fracasó.

La realidad es otra y aún están a tiempo de ahogarse.

El impacto de lo digital es profundo porque ha cambiado muchas pequeñas prácticas y hábitos cuyo impacto es mucho mayor del aparente: comercialización, exposición, prácticas de marketing, pero cuya comprensión quizá sea superficial y contentándose de prácticas comerciales no se vea justamente la profundidad del cambio.

Por otro lado la confusión terminológica y metodológica juega también a favor o contra el fracaso de digital: quien cuenta como comercio electrónico solo el referente al libro electrónico o ebook y no la venta del libro físico a través de plataformas digitales, quien confunde el incremento del volumen de ventas del ebook con el volumen económico de estas ventas, quien mezcla la lectura online con el libro electrónico (como mezclar el libro de bolsillo con la edición para coleccionistas); todas estas formas pueden leerse como claves del fracaso o del éxito de lo digital en al edición, según la perspectiva que aplique a la observación.

En realidad el impacto de lo digital en la edición estriba en el método de edición, que irremediablemente ha cambiado aunque sea un cambio que no todos han o están gestionando en modo óptimo, y que trae consigo otros muchos, de la escritura a al lectura pasando por la venta.

Las cortapisas al desarrollo del libro electrónico (DRM, precio excesivo, mala calidad de edición, consideración de subproducto, negación), eran las que había que esperarse. La cuestión es que lo digital vivirá un éxito seguro como tantas otras formas de revolución tecnológica.

El punto principal sin embargo, para mi, es que uso damos y daremos a esta revolución. Por un lado urge que nos hagamos cargo de que el cambio es profundo, que el sector editorial, que no es una industria por mucho que perore serlo, decida actualizar métodos de trabajo, actualizar sus conocimientos, perfeccionarlos.

Por otro lado, realizar los puntos elencados un poco antes implica que esto ocurra gracias a la consideración de los profesionales de la edición como tales y de los lectores como sus necesarios jueces y aliados; no podemos tratar a los unos y a los otros a patadas, negando derechos laborales y derechos del lector. Dicho de otro modo, implica una ética de edición puesta en marcha, defendida y actuada por editores, no por directores comerciales; no es que los números no cuentes, pero no se puede ir por la vida clamando en defensa de una “industria cultural” que ni actúa como industria ni guarda relación con la cultura (a menos que no sea la cultura del dinero).

No espero gran eco de esto que escribo entre los grupos afianzados en la edición, pero me satisface saber que en la periferia del sistema, prescindiendo en cierta medida del sistema mismo, esto se está actuando y demuestra su valor no solo sobreviviendo sino creciendo y expandiéndose (y no por que yo lo diga, sino porque hay quien lo cree y lo realiza).

A margen de estas consideración consigno aquí tres artículos cuya lectura aborda algún otro aspecto del “fracaso de lo digital”:

The future of FutureBook

John Makinson | “Readers don’t want content to change very much”

The book that talks back

Europa, voluntariamente desmemoriada

Hoy no hablo de libros, aunque cite un par de ellos, sino de la idea de Europa que me (nos) rodea a raíz de la celebración del Día de la Memoria.

Han pasado 71 años de la liberación de Auschwitz, que constituye la fecha solemne de la memoria del holocausto en los campos de exterminio y tengo la sensación de que no obstante tanta aplicación mnemotécnica Europa no ha comprendido nada. Casi un siglo más tarde del inicio de las persecuciones nazistas en Europa hace uso una vez más de medidas que recuerdan mucho ese periodo. Expulsiones masa, requisición de bienes, clasificación de seres humanos por categorías que indican su aceptabilidad: todas formas seculares en la cuales Europa a lo largo de su historia ha gestionado y comprendido la propia identidad (a modo de resumen sugiero leer la primera parte del trabajo de R. Hillberg, La destrucción de los judíos europeos). Una identidad basada en criterios de exclusividad y exclusión. Europa se vio y se ve con un club exclusivo, capaz de par patentes de ciudadanía solo a quien sus propias clases dirigentes consideran adecuado. Europa arroja a sus hijos en emigraciones casi forzadas (quien no recuerda las palabras de Cecil Rhodes sobre la emigración británica, para hacerse una idea puede leerse E. J. HobsbwmanThe Age of Empire: 1875–1914): desde fines del s XIX al S. XX son millones de ciudadanos europeos los que han abandonado el viejo continente sin llegar jamás a ser visto con nuestro ojos como hordas o oleadas. Europa ha generado con esta política tragedias dentro y fuera de sus propias fronteras. Europa tiene una fobia tal al “otro” que la alteridad es siempre fuente de temor, desprecio, rechazo y finalmente odio: Europa no digiere a quien no es europeo, mejor dicho, cierto tipo de europeo. Europa no ve que ese europeo no es hoy el de hace tiempo, pero no le interesa tomar consciencia de ello porque no sabe y no puede generar una nueva identidad.

Han pasado 71 años de liberación de Auschwitz, que constituye la fecha solemne de la memoria del holocausto en los campos de exterminio, y tengo la sensación de que no obstante tanta aplicación mnemotécnica Europa no ha comprendido nada ni tiene voluntad de comprender y lo peor ha de llegar otra vez.