Editoriales y moneda social

hay un concepto en el último artículo de Roger Domingo (este) que me ha llamado la atención: moneda social, es decir el prestigio social que se adquiere ante pares (que nadie la confunda en este artículo con la moneda social como expresión de redes económicas locales con moneda propia, aunque quizá sería interesante explorar la confluencia).

La cuestión es como funciona en el mundo de los libros, de los editores y los lectores. En general parece que como actividad de prestigio la lectura cuenta muy limitadamente, pues en general las actividades intelectuales no gozan de reconocimiento público; el círculo en el cual funciona la moneda social es restringido, no digo elitista sino restringido. Por ejemplo, entre los lectores de Harry Potter, mucho antes de Pottermore, esta moneda social funcionaba según cantidad de lectura, velocidad de lectura y profundidad del conocimiento de los entresijos del mundo fabntastico de Rowling. Caso similar es el de Tolkien y sus mundos fabulosos; promemoria, eran los ’80 cuando despegó el fenómeno, lejos de las redes sociales virtuales. Podemos pensar que hoy este mismo prestigio sigue vigente porque es así. Existen hoy muchos cículos de lectores, clubes de lectura, foros y debates en al red y fuera de ella. Se trata sin embargo de algo circunscrito a pequeños nucleos heterogéneos. Leer, como corresponde a una realidad con un escaso porcentaje de lectores habituales (digitales o no, es una distinción inoperante) , es una actividad sectaria, la moneda social circula en pequeñas cantidades.

Ante esta penuria las editoriales pueden favorecer los lectores vagos, los lectores de best sellers, los fieles de un autor, los lectores ocasionales o…o pueden dedicarse a fomentar la moneda social que liga a la lectura. Los hay que lo hacen, más incluso de lo que parece pero menos de lo necesario. El problema es, con frecuencia, la falta de continuidad de la empresa. Recuperar esa moneda social para la lectura puede ser una clave de la recuperación del prestigio y también un recurso a explorar por parte de las editoriales “de nicho”, aquellas que cultivan ciertos campos y ciertos lectores. Ojalá sean fructíferos.

Europa, Europa, libro de doble filo

 

Tenía un amigo muy aficionado a la política-ficción que es algo que ni de lejos me apasiona. Sin embargo hoy quisiera jugar un poco a adivina adivinanza a propósito del #ebook y de la posible disolución de la Unión Europea (y si me apuráis incluso de Europa, pero ahí entramos en un debate de veras muy serio).

Hoy como hoy el #ebook en Europa tiene una serie de restricciones activas que van de los distintos tipos de #DRM en uso por parte de los distribuidores y editoriales, a la imposible interoperabilidad de los formatos para llegar al bloqueo por geolocalización; esta ultima restricción siempre me ha parecido particularmente odiosa.

Este último punto ha sido puesto sobre el tapete de las discusiones sobre el #ebook y las políticas editoriales europeas en el pasado reciente. Parecía, y el uso del incondicional aquí es obligatorio, que se tenía la intención de desarrollar o instituir un marco geográfico en el cual las restricciones por geolocalización quedasen inactivas. Tras el anuncio poco o nada se ha sabido de esta iniciativa. De llevarse a cabo sería algo por lo cual felicitarse, si bien otras iniciativas restrictivas no van en la misma dirección.

La situación política general no da muchas esperanzas, por contra. Admitiendo que la iniciativa prosperase y fuese ejecutada, las amenazas de salida de la Unión Europea por parte del Reino Unido, de llevarse finalmente a cabo, o las amenazas de expulsión de esta organización dirigidas a otros países, si se transformasen en actos ejecutivos, acabarían con ella. Desde luego no sería la única. Por ejemplo, dejaría en un sueño la armonización europea del IVA aplicado al libro electrónico. Y hablo solo del libros.

Ahora imaginemos que la Unión Europea, a pesar de todo proceso centrifugo, se mantuviese como tal y se aprobase la desaparición de la restricción por geolocalización. En ese caso si aprobase el TTPI tal y como parece estar redactado, sé tanto como cualquiera de vosotros, muy poco por tanto, quizá se estaría abriendo el cofre de Pandora. Imaginemos a Amazon o Apple abriendo una sucursal europea en la cual verter la totalidad de títulos americanos y del resto del mundo. En inglés decís. Si claro, al menos al inicio. Y no porque una parte de los títulos de Amazon EE.UU están en castellano. Imaginemos que ambos actores pusiesen en marcha un programa de traducción del catálogo, inicialmente para autopublicados. ¿Os imagináis el impacto?

Todo esto es solo política-ficción, evidentemente, pero quisiera que sirviese para señalar que pasar por alto lo que ocurre en toda América o en Europa no puede conducir al éxito. Es necesario que los editores de todo tamaño y tipo hoy piensen en múltiples dimensiones, incluyendo la geografía entre ellas, pero sin olvidar las lenguas, los formatos, los derechos.

 

¿Por qué la red debe incitar a la lectura?

Dando lectura a una de las últimas entradas de Txetxu Barandiarán en su blog, no he podido por menos que hacerme esta pregunta, ¿por qué la red debe incitar a la lectura?

Dejando a parte el énfasis en el fracaso de la red como vector de lectura, dejando a un lado la confusión entre lectura online y lectura de libros electrónicos o revistas digitales, digo dejando todo esto para otra ocasión, me pregunto ¿por qué la red debe rescatar del fracaso al libro impreso como vector de lectura como parece que algunos de una parte le reclaman y por otra avisan de su imposible cumplimiento?, ¿por qué la red debe incitar a la lectura?

Partimos de una serie de infinitas lagunas:

  • no sabemos cuantos libros se venden: porque no todos tienen isbn, porque quienes saben cuanto se vende callan, porque cada día salen a la luz datos contrastantes que se dan de inmediato por veraces para luego dudar de ellos, porque el sistema está ideado para ser opaco.
  • no sabemos cuantos leen, ni qué leen; aproximamos, imaginamos, conjeturamos, hipotizamos, pero saber no se sabe.
  • partimos del hecho que el ebook no ha saneado las cuentas de las editoriales para concluir que la red no es la salvación de la lectura ni de las editoriales; no entro aquí en la polémica de cuanto han hecho estas mismas por desarrollar o por obstaculizar el camino del libro electrónico.

Y todo esto no es más que un colosal contrasentido.

La red no es un ente autónomo y si un instrumento. Nada se hace ni se ha hecho hasta hoy para incitar a la lectura, que no es lo mismo que impulsar el sector editorial: lectura y edición no son lo mismo, lectura y venta de libros o revistas no son lo mismo. Esta mixtificación es letal, ofusca la visión del cuadro, confunde.

La red no es un ente autónomo y si un instrumento. No se ha decidido que la red es un instrumento de inclusión o democrático. La deriva es que la red tiene razón de ser en cuanto vector de consumo y sobre todo de cierto consumo; las visiones divergentes y la posibilidad de hacer que estas visiones sean visibles se restringe progresivamente en modo fraudulento.

La red no es un ente autónomo y si un instrumento. La red no se autodefine. Los procesos culturales no se definen en la red en modo descentralizado, autónomo y colaborativo, estos residen en varios centros físicos, poblados por personas que mantienen relaciones físicas y virtuales y que resultan de procesos complejos con múltiples niveles de interacción y con la intervención de múltiples factores. En estas prácticas la lectura no está contemplada como actividad fundamental, me parece claro, como no lo están muchas otras actividades físicas y virtuales, individuales y colectivas que no tiendan a reforzar jerarquías ya existentes. La lectura está devaluada, pero no por la red, no en la red, en el mundo real y virtual. Continuemos discutiendo sobre la irrelevancia de la red, sobre la inconsistencia del libro electrónico, sobre la primacía del papel y olvidemos que lo que necesitamos, como sociedad, individuo e incluso como sector de actividad (el sector editorial), son lectores y el futuro será peor que el presente en lo real y lo virtual.

Necesitamos lectores. ¿Qué estamos haciendo para tener más lectores? A ver si dejamos de mirar a otro lado o solo nuestro ombligo, quizá así veamos las cosas como están.

Avinyonet de Puigventòs, imagen perfecta de las políticas culturales

Avinyonet de Puigventòs es muy a su pesar, quiero imaginarme, la imagen fiel de una cultural que se afirma por encima y a costa de la cultura del libro y de lo común.

La noticia refería como este pueblo de 874 habitantes no solo había cerrado la biblioteca municipal sino que además había tirado el fondo bibliotecario al contenedor del papel para reciclar (al menos esto manifiesta cierta conciencia).

La modalidad con que se gestiona un bien común, en parte fruto de cesión de un particular, es indicadora del valor que se le otorga: 0. Ningún listado de documentos “a eliminar”, ninguna valoración seria del fondo (a cosa hecha se ha descubierto que incluían 2.000 documentos); ningún procedimiento sistemático de intento de cesión, ninguna comunicación a los donantes, ninguna evaluación del impacto del desmantelamiento o del procedimiento de desmantelamiento de la biblioteca: de hecho se amenazan querellas por malversación del caudales públicos y prevaricación administrativa. Todo porque había ido poca gente.

Voy un poco más a fondo. En el artículo no se menciona que la biblioteca haya tenido dotación de fondos para ampliar sus colecciones ni para fomentar la lectura, ni para organizar actos o eventos con la biblioteca como fulcro. El consistorio ha concebido la biblioteca, así se deja entender por la palabras del mismo consistorio en el artículo, no como un bien común e instrumental para el bienestar de la población, sino como contenedor. Un contenedor relativamente lleno de libros y vacío de sentido si no ha habido recursos ni iniciativas vinculadas a la biblioteca.

Mucho más sentido ha debido verle entonces el consistorio al proyecto impulsado por el Departamento de Agricultura de Generalitat catalana, Cowocat Rural, para la constitución de una red coworking en ambientes rurales. Esto es ha visto más sentido a incentivar la iniciativa privada con espacios públicos (el reglamento de funcionamiento no especifica el precio a pagar). Ahora hay 3 usuarios del espacio.

Al consistorio en pleno no se le pasó por la cabeza que el espacio podía ser subdividido.

La cuestión de fondo es que merece mucho más hacer una inversión que difícilmente se amortizará con esta tasa de utilización y porque si ha de ser apetecible no puede caro, a realizar una inversión en la dinamización y enriquecimiento de la vida común de sus habitantes. La biblioteca era un gasto, el espacio es una inversión. Se juega con palabras para esconder que de hecho la cultural no interesa a menos que genere beneficios económicos directos, rápidos, tangibles. No es la cultura lo que interesa sino el dinero de la cultura. Avinyonet de Puigventòs es la imagen de una concepción de política cultural muy extendida, no anecdótica como se querría pensar. Volcar los fondos en un contenedor es la consecuencia lógica de quien no ve en lo común e intangible un elemento de fuerza estructural de la comunidad.

Lo peor sin embargo es que a nadie pareció importarle el destino de la biblioteca, la ejecución chapucera de su desmantelamiento y sus consecuencias, pero ahora hay quien se mesa la cabellera y quien pide una biblioteca.

Sobre la propiedad del libro electrónico

Desde el inicio una cuestión ligada al libro electrónico que me ha inquietado es la cuestión de propiedad del mismo (por si hay un lector nuevo, lo que sigue son mis opiniones personales, discutibles.

Hablar de propiedad siempre es peliagudo, cuanto menos desde mi punto de vista. Con frecuencia propiedad y exclusividad van de la mano y el hecho de que A sea propietario de algo excluye que B pueda serlo también; la propiedad se convierte en un factor excluyente. Pero no siempre. Una propiedad también puede ser compartida, regalada, prestada. Hay instituciones que incluso son porque basan su existencia en la socialización de la propiedad: las bibliotecas, por ejemplo.

El libro impreso por sus características también hace que contenedor y contenido sean inescindibles, salvo che se fotocopie, se fotografíe, se escanee. Claro está que jamás podremos apropiarnos de la paternidad y por tanto de futuras explotaciones comerciales del contenido, al menos no lícitamente, porque ese es propiedad de su autor. Un razonamiento que vale para cualquier soporte y manifestación (en línea de principio).

El libro electrónico por su entidad inmaterial y su fácil reproducibilidad (ya hemos visto lo difícil que había sido antes reproducir el libro impreso) pone en jaque el concepto de propiedad, según algunos, precisamente por sus características, porque contenedor y contenido son separables y separados. Hay algo en este razonamiento baladí que no me cuadra.

En todo caso la defensa del contenido es primaria en esta visión y por ello se han adoptado medidas de seguridad: DRM, imposibilidad de interoperabilidad en los formatos, mercados verticales y lectura en la nube; el principio imperante es, en la mayor parte de estos casos, la no-propiedad de lo adquirido, el libro electrónico como licencia, si bien no aparezca explicitado en ningún lado.

La verdad, temo, es que el libro electrónico ha permitido dar un paso que antes no podía darse: afirmar el derecho a consumir y prohibir el derecho a la propiedad.

La paradoja es que mientras teníamos la propiedad del libro, y en cuanto propiedad era un factor excluyente, podíamos socializar contenido y continente. Ahora y para el libro electrónico, no.

Separar compra de propiedad hace imposible compartir un #ebook, prestarlo, realizar bibliotecas temporales, etc. Curiosamente mientras el sistema actual hace esto imposible, estimula el uso de servicios de consumo del libro en la nube; no puedo dejar de preguntarme si esto no es una banalización del libro, que pasa de bien de formación (de todo tipo) a bien de consumo y si esto no tiene después un reflejo en la apreciación del libro y de su valor, incluyendo el libro impreso. Decía que es una paradoja, porque era impensable que defender la socialización posible de un bien pudiese pasar por la propiedad. La paradoja es que más allá de consideraciones histórico-legales no se está protegiendo el contenido ni los derechos del autor, sino la obligación del lector a recurrir obligatoriamente a un cauce blindado de consumo (y no entro en cuestiones como los datos personales y su comercio, por ejemplo).

Y ojo, digo consumo, no lectura, ni otra cosa, consumo.

El consumo está desposeyendo al lector no ya de la propiedad sino de los usos alternativos y sociales que de la propiedad puede hacerse.

Estando así las cosas obtener que el libro (electrónico o menos) sea mio abre la posibilidad a la socialización en el cauce que prefiera el lector, a formas de compartición temporal, a formas que damos por descontadas y que no necesariamente van en detrimento de los derechos del autor, en cuya defensa las formas hasta ahora defendidas no solo no son efectivas sino ni siquiera la tienen como eje: lo que se está defendiendo aquí y ahora es el valor de la intermediación, ni derechos, ni valor del libro.

Dos lecturas de postre (siempre en este blog)

Sobre “espotifai” como modelo de lectura

Imaginando las bibliotecas

El presunto fracaso de “lo digital”

En un lustro he leído y oído tantas veces que lo digital ha fracasado o triunfado, con datos y estadísticas de todo pelaje y oscura raíz, que me resulta hastioso el tema. Sin embargo he decidido abordar la cuestión.

La sentencia de Roy Amara, “Sobrevaloramos el efecto de la tecnología a corto plazo e infravaloramos el cambio a largo plazo” calza perfectamente cuando hablamos del impacto de lo digital en la edición.

Me pregunto si el fracaso de lo digital como algunos vocean no es sino que el miedo al éxito de lo digital les había puesto excesivamente nerviosos: hablo de librerías, editores y autores que no se veían capaces, algunos siguen sin serlo aunque estén convencidos de lo contrario, de gestionar, dirigir y digerir la revolución digital. Como no se ahogaron de inmediato es que la ola fracasó.

La realidad es otra y aún están a tiempo de ahogarse.

El impacto de lo digital es profundo porque ha cambiado muchas pequeñas prácticas y hábitos cuyo impacto es mucho mayor del aparente: comercialización, exposición, prácticas de marketing, pero cuya comprensión quizá sea superficial y contentándose de prácticas comerciales no se vea justamente la profundidad del cambio.

Por otro lado la confusión terminológica y metodológica juega también a favor o contra el fracaso de digital: quien cuenta como comercio electrónico solo el referente al libro electrónico o ebook y no la venta del libro físico a través de plataformas digitales, quien confunde el incremento del volumen de ventas del ebook con el volumen económico de estas ventas, quien mezcla la lectura online con el libro electrónico (como mezclar el libro de bolsillo con la edición para coleccionistas); todas estas formas pueden leerse como claves del fracaso o del éxito de lo digital en al edición, según la perspectiva que aplique a la observación.

En realidad el impacto de lo digital en la edición estriba en el método de edición, que irremediablemente ha cambiado aunque sea un cambio que no todos han o están gestionando en modo óptimo, y que trae consigo otros muchos, de la escritura a al lectura pasando por la venta.

Las cortapisas al desarrollo del libro electrónico (DRM, precio excesivo, mala calidad de edición, consideración de subproducto, negación), eran las que había que esperarse. La cuestión es que lo digital vivirá un éxito seguro como tantas otras formas de revolución tecnológica.

El punto principal sin embargo, para mi, es que uso damos y daremos a esta revolución. Por un lado urge que nos hagamos cargo de que el cambio es profundo, que el sector editorial, que no es una industria por mucho que perore serlo, decida actualizar métodos de trabajo, actualizar sus conocimientos, perfeccionarlos.

Por otro lado, realizar los puntos elencados un poco antes implica que esto ocurra gracias a la consideración de los profesionales de la edición como tales y de los lectores como sus necesarios jueces y aliados; no podemos tratar a los unos y a los otros a patadas, negando derechos laborales y derechos del lector. Dicho de otro modo, implica una ética de edición puesta en marcha, defendida y actuada por editores, no por directores comerciales; no es que los números no cuentes, pero no se puede ir por la vida clamando en defensa de una “industria cultural” que ni actúa como industria ni guarda relación con la cultura (a menos que no sea la cultura del dinero).

No espero gran eco de esto que escribo entre los grupos afianzados en la edición, pero me satisface saber que en la periferia del sistema, prescindiendo en cierta medida del sistema mismo, esto se está actuando y demuestra su valor no solo sobreviviendo sino creciendo y expandiéndose (y no por que yo lo diga, sino porque hay quien lo cree y lo realiza).

A margen de estas consideración consigno aquí tres artículos cuya lectura aborda algún otro aspecto del “fracaso de lo digital”:

The future of FutureBook

John Makinson | “Readers don’t want content to change very much”

The book that talks back

Sin lectores: previsiones de un sector imprevidente

Con el año nuevo llegan siempre con profusión las previsiones de desarrollo de la agenda del sector editorial. Como todos, quien más quien menos, he leído una cierta cantidad de previsiones, encontrando a faltar siempre la misma: una política general para la lectura y una reflexión del sector editorial sobre cómo ganar lectores.

Aprovecho entonces para hacer un inciso: ¿es algo casual o pertenece a ese área programática del sector que consiste en sentarse a esperar que otros trabajen para él? ¿Entiende el sector editorial que sin lectores que les compre libros no tiene algún futuro?

Hago mías entonces las palabras de Julieta Lionetti en los comentarios de los comentarios de este post de Bernat Ruiz Domènech:

¿Cuánto tardaremos en darnos cuenta de que el libro es para cuatro locos, aunque se cuenten por decenas de miles? En eso reside la reconversión anhelada…

¿Cómo piensa seguir adelante el sector editorial? ¿Pondremos toda nuestra confianza en exprimir los datos de los (pocos) lectores para exprimirles aún más? ¿Pondremos toda nuestra confianza en la tecnología? ¿Pondremos toda nuestra confianza en la gamificación de la lectura o en cualquier otro factor?

Cobran sentido entonces las once preguntas que Manuel Gil Espín realizaba en su página Facebook a raíz del simposio valenciano sobre lectura, libros y demás (sobre el mencionado simposio aquí). Un simposio que presenta bases interesantes de trabajo, pero que deberá demostrar que ese trabajo va a hacerse con continuidad y que no quedará todo en agua de borrajas, en un país que entiende una campaña de lectura como algún anuncio en televisión y algunos pósters en las bibliotecas.

Ojalá estemos ante un cambio de ruta. El siguiente paso será, en mi opinión. una puesta en común de todas las experiencias rotuladas “campañas de lectura”, buscando ideas que funcionan, creando colaboraciones, postulando desarrollos que tengan mucho de social y sostenible. Y lo que hará el sector editorial está por verse, pero si no hace nada, si el sector se cruza de brazos esperando resultados que tenga en cuenta que lo harán sin esperarle.

Hiperabundancia: una reflexión

(Como siempre anticipo que las líneas que siguen, tantas esta vez, son únicamente mi opinión, que espero se comparta o sirva para iniciar un debate)

Hoy en día existe una hiperabundancia de oferta de lectura: a la hiperproducción del sector editorial hay que sumar la cantidad inmensa de autores autopublicados y, además, otros contenidos accesibles con los mismos aparatos con que leemos. La cuestión pone en serías dificultades al cualquier editorial (e incluso a los autopublicados, aunque prefieran ignorarlo).
Para discurrir sobre este tema me he hecho un rudimentario gráfico que ayudará mucho a entender la situación actual, cómo influye en las políticas de las editoriales, que consecuencias tiene y que alternativas pueden plantearse (o al menos yo me las planteo y aquí las dejo por si alguien más tiene interés).

grafico1

Internet es hoy referencia para el acceso a las lecturas y que ese universo de referencia esta en expansión (internet será en cinco años cinco veces mayor que hoy). No hace falta mucho para darse cuenta que el número de lecturas (o de contenidos que se relacionan con la lectura, como reseñas, críticas, promociones, materiales añadidos, etc) ha crecido en modo exponencial respecto a hace una década. Sin embargo nuestro tiempo dedicado a la lectura y al acceso a contenidos que podemos englobar en la lectura es sustancialmente estable. De hecho el punto de encuentro entre oferta y demanda ha quedado ya rebasado en el tiempo, es algo que pertenece al pasado.

La zona que en el gráfico se halla antes y por debajo del punto de contacto muestra el tiempo en que el sector editorial podía crecer porque el tiempo que podía ser destinado a la lectura era mayor respecto a los contenidos producidos.
La zona posterior y por encima al punto de encuentro muestra en vez la situación actual, donde la cantidad de lecturas y contenidos asociados es muchísimo mayor a la capacidad de lectura de cada uno de nosotros.
Un efecto de esta sobreabundancia es que se prefieren los las formas más rápidas, que no siempre las más breves; entre un libro y un trailer del libro (que nos dé la información principal y relevante de us contenido) o la película del mismo tenderemos a elegir las formas más visuales y menos costosas desde el punto de vista utilitarista. Dicho de otro modo e infiero cuanto sigue de una forma de empirismo, es tal el alud de lecturas propuestas en proporción al tiempo disponible que la lectura pasa al último lugar de las preferencias pues no somos capaces de determinar cuales serán las que no satisfagan más a la vez que se constata que es imposible consumirlas (terminarlas) todas. Cualquier otra forma más accesible de información o entretenimiento es mejor: la imagen resulta imbatible.
¿Las editoriales deben pensar/hacer/editar libros como videojuegos? Algunos piensan que sí. La inferencia, en mi opinión falsa, es que la lectura compite con otras formas de entretenimiento audiovisual y que si quiere, al menos, establecer la paridad debe proponer formas igualmente audiovisuales. En realidad no; si así fuese hace casi un siglo que compite sin caer derrotada con la radio y/o el cine. En realidad compite contra si misma: la lectura sufre de la sobreabundancia que el mismo sector editorial ha creado.

Hiperabundancia y visibilidad, aspectos prácticos
Queda claro que en un contexto como este la posibilidad de que la lectura propuesta sea invisible en el proceloso mar de las posibles lecturas es mucha más elevada. La editorial se preocupa pues de la visibilidad de sus propuestas. Mientras una vez esto quedaba en manos de circuitos cerrados y determinados incluidos en la publicidad y las relaciones con los medios de prensa, ahora estos circuitos son amplios y difusos. El esfuerzo pues ha cambiado y el rendimiento también, de nuevo la amplitud de la red constituye una dificultad. Me explico con una imagen: si una vez echábamos una piedra en el estaque la dimensión de la piedra producía encrespaduras más o menos grandes, según el tamaño de la piedra, que podían alcanzar los bordes de un estanque. Ahora tenemos un enorme lago y para alcanzar los bordes deberíamos lanzar auténticos meños, algo siempre más fuera de alcanza de la inmensa mayoría. Si hace un tiempo el ingenio podía suplir la falta de medios la creciente sofisticación del público y las siempre más exhaustivas segmentaciones imponen crear paracontenidos siempre más sofisticados y con mayor uso de medios reales o virtuales con mayor número de horas dedicadas a estos paracontenidos. Y además promoción, publicidad y distribución finalmente eclipsan el contenido mismo que publicitan, promocionan y distribuyen.

El resultado es que con la ampliación de la red los más pequeños quedan siempre más arrinconados o como decía una canción “los últimos serán los últimos si los primeros son inalcanzables”. A pesar de todo la continua expansión de la red amenaza con hacer vanos incluso los esfuerzos de las grandes corporaciones porque los costes de la inversión crecen y el rendimiento se reduce. Y no es lo único que se reduce en las grandes corporaciones: para que la inversión sea rentables en los posible la oferta se reduce en variedad, que no en número, y se globaliza. Se elimina, en otras palabras, la producción local.

Un resultado perverso de este giro de las estrategias mediáticas es que mientras se clama que “el contenido es el rey” en realidad este ha pasado a ser un instrumento. Contenidos y paracontenidos, cuyo coste de producción sale mientras su margen se reduce en un contexto hipercompetitivo y extremamente saturado, pierden valor real y simbólico y devienen instrumentos para la adquisición de datos. Estos datos o bien entran en un comercio más o menos lícito o bien tras su análisis sirven para dirigir sea el gusto del lector sea la producción de nuevos contenidos y paracontenidos. La jugada termina por ser perversa porque por un lado impone seguir un gusto cambiante y por otro anticiparlo y a ser posible imponerle nuevas lecturas o contenidos audiovisuales. Resulta obvio que la primera de las dos opciones es la que radicalmente cambia el sector editorial. De hecho supone un cambio completo de la orientación del sector editorial que pasa de ocuparse de textos (en cualquiera de sus formas y con relativos complementos) a ocuparse de datos: de comercializar textos a comercializar datos. No es un cambio baladí. Tiene implicaciones prácticas y éticas.

Considerando exclusivamente el aspecto práctico no lo es porque recoger y tratar estos datos (con o sin su comercialización posterior) hace necesaria una inversión. En la situación actual solo grandes grupos con recursos financieros propios o con acceso al crédito pueden acometer la cuestión. En otro caso es necesario que esto recaiga en una empresa externa a la editorial. Este proceso de externalización que tuvo inicio en el sector editorial a inicio de los ’80, que de hecho supuso no haber entendido el alcance estratégico de la digitalización, se ahonda y determina un debilidad estructural mayor para los más pequeños del sector. Si los datos se convierten en un recurso de las editoriales poner este recurso en manos ajenas no puede llevar a ningún fortalecimiento ni estratégico ni estructural. En realidad esta obsesión por los datos refleja la incapacidad de generar relaciones reales y/o virtuales con los lectores (propios o ajenos) pues el famoso internet 2.0, aquel de las conversaciones y la principalidad del usuario/cliente jamás despegó y a los usuarios/clientes se les pidió únicamente asentimiento, construyendo espacios que solo daban lugar a quien reforzaba positivamente el mensaje que las editoriales querían hacernos llegar. No habiendo debate, no preguntando, no escuchando, no proponiendo ni acogiendo ideas salvo en casos limitados, el sector no ha construido relaciones. Sin relaciones quedan los datos. O, alternativamente, el fichaje de quien las relaciones si las ha construido: el autor autopublicado que posee esa red de relaciones que avala luego con su compras el fichaje por parte de una editorial (dejo para otro día el análisis económico de ese esfuerzo y el auténtico ROI de las ventas para los grandes éxitos autopublicados).
Dejo al margen consideraciones éticas como la expansión de datos de los compradores entre diferentes empresas (la editorial y la empresa que efectivamente trata los datos), la invasión de la intimidad incluso sin adecuada información sobre el alcance de la profundidad del tratamiento de los datos (por ejemplo, dónde paró de leer, cuándo lee, etc…), el reflejo que este cambio de interés tiene en la producción del libro y sus reflejos editoriales y otras más que el lector puede ir poniendo tras su propia reflexión. Pero no puedo no hacer notar que basta un buen análisis de los metadatos de los libros vendidos para obtener buenas indicaciones de las preferencias de los lectores, datos simples nada invasivos y que son más efectivos si las ventas se hacen en la propia página web.

En definitiva, el sector editorial pasa por un momento de transición en gran parte porque en su momento ignoró la realidad circunstante, porque ha debilitado su propia posición estratégica, porque sin ser industria piensa serlo, porque no en general no invierte ni en tecnología, ni en formación ni en relaciones, porque ha intentando una salida hacia adelante generando una hiperproducción de contenido que provoca su propia asfixia. Y las dimensiones futuras hacen peligrar toda editorial de la grande a la pequeña, aunque las pequeñas corren el riesgo de caer las primeras.

Posibilidades y soluciones

Y sin embargo creo que hay soluciones, especialmente para las pequeñas editoriales.
La sostenibilidad de una iniciativa editorial en un mundo saturado de contenidos no pasa por competir con otros contenidos de más rápida adquisición; quizá habría que considerar si esa competición que el sector parece empeñado en suscribir no ha conllevado la suscripción de una rotación de títulos imposible de sostener y si no es una de las razones de abandono de lectura de esos mismos títulos de rotación vertiginosa.
La sostenibilidad de un proyecto editorial pasa, a mi juicio, por:

  • Olvidar el sueño de una rentabilidad que se eleve por encima del 5%: todo lo demás es una entelequia y un espejismo especulativo.
  • Atraer, generar y conservar lectores: demasiado la hiperproducción de contenido se reversa en un exiguo número de lectores. Si no se realiza un esfuerzo por aumentar esta base cualquier otra política, cualquier ulterior esfuerzo está condenado de antemano a la insuficiencia y la irrelevancia.
    Existen muchas posibilidades de realizar esto, algunas de la cuales fueron puestas marcha en el pasado y después acantonadas y olvidadas. Habría que volver a repensarlas.
  • Crear relaciones con los lectores, relaciones físicas y virtuales. Olvidar cualquier relación instrumental con los lectores es la única via para generar confianza. Apostar por formas abiertas que incluyan a las editoriales, que no hable solo de editoriales y en las que no hablen solo las editoriales. El respeto del lector vale su fidelidad a la lectura y este beneficio recae también sobre “nuestro” proyecto editorial, especialmente si se significa en este campo.
  • Generar vínculos locales: personal local, imprentas locales, libreros locales, lectores, bares, autores, bibliotecas, clubes de lectura, escuelas: ser motor de la vida cultural y social refuerza la comunidad en la que se encuentra la editorial y consolida la editorial misma. En la medida en que los grandes grupos apuestan por lo global, lo local vuelve a ser punto de arranque de nuevas realidades. Local no excluye una dimensión planetaria, pero refocaliza las prácticas e impone nuevas estrategias.
  • Crear vínculos con otros editores para co-editar, generar un circuito de ediciones locales (traducciones) basado en el intercambio de títulos, co-ediciones y otras formas de colaboración.
  • Editar y publicar libros en multiformato.
  • Editar, publicar y fomentar el debate sobre la edición.
  • Editar con la vista puesta en estándares abiertos que puedan asegurar desarrollos futuros de los títulos ya publicados en nuevas formas.
  • Editar reduciendo el número de títulos y contenidos a un número realista: no solo debemos contemplar el nivel de ventas sino también las posibilidad real de ser leído, el esfuerzo que supone alimentar un máquina bulímica.

Redes, relaciones, vínculos, respeto, innovación, inversión, internalización son palabras que con su significado reflejan la vertebración de un proyecto editorial, de los contenidos que genera y que colocan más allá de la especulación y de la búsqueda compulsiva de éxitos a corto plazo.

5 años después: los inexistentes derechos del lector de libros digitales

Han pasado ya 5 años de cuando se discutía sobre los derechos del lector de libros digitales. La discusión llevó a un dodecálogo de derechos. A día de hoy, ¿cómo se ha respetado e implementado ese dodecálogo? ¿Podemos afirmar que ha sido un documento inspirador para el sector editorial, fabricantes de dispositivos de lectura incluidos?

Repasemos el documento (aparecido el 30 de mayo de 2010 en Dosdoce).

  1. Las plataformas de acceso y venta de eBooks no deben comerciar con el historial de compra de los lectores sin su consentimiento previo.

    La evolución normativa y las sucesivas leyes de protección de datos ofrecen hoy el marco jurídico para estas prácticas, así que ya tienen defensa. También abusos. Si la situación es o no satisfactoria me parece difícil de establecer, porque en la mayor parte de los casos las definición del uso de los datos personales no se consulta por parte del cliente o bien está disponible solo tras la firma de la aceptación o bien incluso aparece en modo tan parcial, fragmentada y confusa que el cliente jamás tiene una idea clara. Me parece significativo que fuese este el punto de partida del documento, reflejo fiel de la consciencia de la importancia del uso de los datos personales en un entorno digital.

  1. Aquellas plataformas que quieran reutilizar con fines comerciales el historial de compra de los lectores para mejorar sus sistemas de recomendación de libros o generar ingresos publicitarios relacionados con las compras realizadas deberán comunicar previamente a los lectores qué tipo de información guardan en sus plataformas, por cuánto tiempo y para qué fines comerciales.

    Idem como el punto anterior.

  2. El lector de libros digitales podrá acceder a esta información personal en cualquier momento y borrar su historial en caso de considerarlo oportuno.

    Idem como el punto anterior.

  1. Las plataformas de acceso y venta de eBooks deberán garantizar que los eBooks adquiridos son propiedad de aquellas personas que los han comprado. Tras la polémica decisión de Amazon de entrar en la cuenta de sus usuarios y eliminar los ejemplares digitales vendidos del libro

    de George Orwell 1984 por discrepancias con su proveedor, se justifica que exijamos que las plataformas de comercialización de eBooks se comprometan a respetar nuestros derechos como consumidores. Ninguna plataforma o librería virtual debería ser capaz de eliminar de mi cuenta un libro ya adquirido o limitar el acceso al mismo sin mi consentimiento expreso.

    Resulta evidente la dificultad de este punto.

    En primer lugar porque No solo porque el marco legal define el libro electrónico como servicio, sino porque esta práctica pondría fin a los cotos verticales exclusivos y excluyentes en los que se han convertido numerosos distribuidores que actúan como proveedores de contenidos, sistemas de almacenamiento con las propias claves de restricción de usos (DRM y otras lindezas) y dispositivo lector. El sueño del jardín vertical, del lector cautivo y la falta de una definición legal de este aspecto hacen en conjunto que la única forma de realizar este punto sea la compra directa al editor, especialmente si no implementa mecanismos restrictivos.

  2. En caso de alquiler, pago por lectura o subscripción de cualquier contenido digital, el usuario debería tener una opción a compra perpetua.

    Me arriesgo a errar, pero no conozco ninguna plataforma de este tipo de servicio que dé esta opción.

  1. Al igual que en el mundo analógico podemos prestar un libro comprado a un amigo, en el mundo digital deberíamos preservar el derecho a realizar préstamos de libros en cualquier formato y sin coste adicional.

    Actualmente esta posibilidad queda, en términos generales, como una reivindicación jamás oída.

  2. Se nos debe garantizar la posibilidad de leer cualquier libro de nuestra

    biblioteca en la nube o plataforma en cualquier dispositivo, sin restricciones ni limitaciones por sistemas, derechos, fronteras, etc., y siempre de una forma amable y legible.

    Mientras se debate la creación de un espacio único europea las restricciones geográficas y de interoperabilidad (por citar las mencionadas) siguen en pie, vigentes y activas. Los derechos del lector no coinciden con las expectativas del sector editorial,

  3. Las plataformas de acceso y venta de eBooks deberían permitir que las

    personas que deseen hacer sus compras en un entorno plenamente

    privado puedan hacerlo sin que sus datos de compra sean

    almacenados en ningún momento ni comercializados a terceros.

    Ampliación de los tres primeros puntos. No obstante el marco legal la tentación de Big Data y Data Mining corrompe cualquier idea que nos hagamos a cerca de nuestros datos como compradores aun cuando no son indispensables.

  4. Los compradores de libros digitales podrán eliminar su historial de compra o alquiler, así como destruir los propios libros adquiridos, en cualquier momento y de forma definitiva sin dejar rastro alguno de su previa existencia en ninguna memoria virtual.

    De vuelta al marco legal. Acciones fraudulentas sobre estos puntos no están, por regla general, eliminadas. Lo que es más grave es que están asimismo más allá de la capacidad del comprador medio de verificar su cumplimiento.

  5. Los lectores podrán regalar o revender cualquier libro adquirido que ya no se quiera mantener en su biblioteca digital.

    Subpunto ampliativo del carácter del punto número 8. Como el precedente, inaplicado e inaudito.

  6. Los lectores podrán subrayar, marcar y hacer anotaciones de forma anónima en sus libros adquiridos. Aquellos lectores que quieran compartir con otros lectores sus anotaciones personales deberán poder hacerlo, pero si en cualquier momento cambian de opinión también podrán retirar las aportaciones prestadas.

    Una gran idea, que de hecho supone interoperabilidad, estándares, formatos, sistemas compatibles, derechos de cancelación. Podríamos incluso incluir la cuestión de la propiedad intelectual de los comentarios. Todo en saco roto. Es incluso difícil transportar los comentarios de un dispositivo a otro de un libro de nuestra propiedad.

  7. Al igual que podemos mantener nuestro número de teléfono móvil si nos cambiamos de operador, las plataformas deberán garantizar la portabilidad de los datos de los usuarios. Si por cualquier motivo un lector abandona una plataforma deberá poder transportar los libros adquiridos, notas e historial de compra a la nueva plataforma de forma fácil y eficiente.

    Más de lo mismo.Misma solución. Es decir, nada.

Conclusiones

Las conclusiones de este rápido repaso son desalentadoras.

En primer lugar, el sector editorial ha hecho caso omiso de este dodecálogo. Nada o casi de cuanto se expone, reivindica en él se ha llevado a la practica. Nadie en el sector editorial (y con sector editorial doy la definición más amplia, que va del editor y la editorial a los fabricantes de dispositivos lectores, pasando por programadores, autopublicadores y distribuidores) ha pensado que el lector no tiene más derecho que el de comprar libros, eso sí, el que guste de entre los propuestos, faltaría más.

Salta a la vista que en el momento de la redacción de este documento, la preocupación por el tratamiento de los datos personales estaba muy viva y se avanzan de consecuencia peticiones muy concretas que aseguran el control de los datos por parte del lector. Al sector editorial el lector importa, al parecer, menos del cliente. Y sobre todo menos de los datos del cliente. La eclosión de Big Data ha seducido a tal punto que cualquier derecho ha quedado supeditado a la realización de un beneficio potencial, como en cualquier industria: lástima que el comportamiento como industria se limite a sus aspectos menos edificantes. Interoperabilidad, estándares abiertos, compatibilidad de sistemas, portabilidad de datos, control, todos los aspectos en los cuales una industria respetuosa del lector podría haber realizado una inversión e incardinado políticas de edición, creación y distribución, han quedado arrinconadas e inefectivas, demostrando, de facto, que la industria editorial no existe.

Personalmente hallo reiterativo este dodecálogo. Reiterativo e incompleto. No existe un punto en el cual el lector exprese su derecho a leer y poseer libros publicados con estándares de calidad, que justifiquen el precio que se solicita por ellos. Hecho en falta referencias a las bibliotecas y al derecho de hallar en ellas los libros electrónicos favoritos.

Resulta sin embargo imprescindible, para que un decálogo (o dodecálogo) más completo de este tipo pueda construirse y llegar a ser efectivo, que el sector entero se implique, que los lectores, que no deseen ser colo clientes, exijan su cumplimiento.

Una brevísima reseña a propósito de “El libro como sistema: hacia un nuevo concepto de libro.”

Reflexiono brevemente sobre el libro (el libro electrónico) a raíz de la salida de Alonso-Arévalo, J. and J. A. Cordón-García. “El libro como sistema: hacia un nuevo concepto de libro.” Cuadernos de documentación multimedia vol. 26. (2015) (accédase desde aquí). 23 páginas interesantes.

Lejos de mi entrar en una discusión docta sobre aspectos de calado sin tener a mis espaldas un estudio de investigación serio. Sin embargo me quedan algunas cuestiones en el aire tras la lectura del trabajo. Vaya pues por delante que lo que siguen otra cosa no son sino mis personales opiniones.

Una primera cuestión que evidencio es que la edición electrónica lleve directamente a un incremento del número de lectores: ninguna conexión directa parece avalar esta tesis sino un gran optimismo (“de ahí que no resulte baladí la hipótesis de si la reducción de los costes de producción, imputable al entorno digital, implicará una ampliación del número de lectores.” p. 27). Cuando algunas líneas más tarde leo “Muchas formas de ebooks son relativamente baratas de producir, ya que no requieren de una gran infraestructura de producción y edición.” empiezo a tener claro que existe una gran desinformación y que la visión optimista de antes no obedecía a un cálculo que incluyese le web sino y solo el optimismo radical tecnológico. ¿Cómo es posible que se piense que la edición no tiene coste a no ser que no se sepa que es la edición de libro? Podré coincidir conque sea menor (con un adecuado flujo de trabajo), pero no que este sea inexistente a menos que la edición sea inexistente.

No mejora la situación que se proceda a cierta confusión más tarde (pocas líneas y sin punto y parte, por ejemplo) se declara “Son muchas las empresas y sistemas que favorecen la autopublicación,…” coincido, hacen posible la (auto)publicación, no la edición. Reitero la necesidad e esclarecer los términos y usar una terminología correcta (que para empezar nos ayudará a entender de qué hablamos), clara y distinta.

Muy interesante es la reflexión bajo el epígrafe “Las nuevas características de los libros”. Creo sin embargo que la identidad e las editoriales digitales, las que ofrecen libros electrónicos editados, se crea partiendo de la inclusión de muchos de los elementos que el párrafo menciona, haciéndolos usables, conformando una identidad que pasa a basarse en el contenido y en su edición, además del uso de la coherencia-cohesión temática y formal de la edición en la constitución de colecciones, que por muy intangibles que sean se identifican en los nuevos conceptos que expresan en si.

Insostenible el párrafo titulado “La disrupción”

Asumir que analógico es privativo y digital social es definitivamente erróneo. De la creación literaria del Renacimiento a experimentos de creación conjunta, de liberación de contenidos o de socialización de los mismos hay abundante bibliografía, pero bastaría pensar en las experiencias realizadas en primera persona para comprobar que no es así. Se podrá rebatir diciendo que se trata de algo marginal, pero no que no es posible: “…lo social, lo abierto y el remezcla, valores que estaban ausentes en el contexto analógico.” Es cierto que estos “valores” pueden ejercerse en el ámbito digital, pero no son necesariamente mayoritarios. En cualquier caso parece no tenerse en cuenta las múltiples restricciones al uso y acceso a los contenidos así como las legislaciones restrictivas (que han fomentado la creación de licencias de explotación alternativas, aplicables también a contextos analógicos). Me resulta asimismo curioso que después se aborden los modelos de negocio como si estos fuesen una expresión de la creatividad. Sobre todo porque cuando se ha mencionado el ecosistema del libro (en la introducción) estos modelos estaban ausentes y temo que hubiese ya modelos de negocio en los remotos tiempos de Gutenberg.

Menos de acuerdo me encuentro poco más adelante cuando la reimaginación tecnológica tiende a excluir al lector del control del contenido pues accede a él a través de programas o apps; programas propietarios por lo general, que excluyen al lector a menos que no tenga habilidades de programación; cualquier otro caso es, sin más, las opciones que el programador ha habilitado para el lector y por lo tanto, consciente o inconscientemente, más limitadas y limitadoras que las que el lector podría imaginar por su parte.

Desintermediación”, qué mito

El mito más resistente es el de la desintermediación, que precisamente cultivan los nuevos intermediarios.

Cualquier examen somero de la realidad confirma que las plataformas de intermediación crecen y que el autor que autopublica lejos de estas lucha en condiciones que son otras respecto a las que se suelen publicitar.

La edición electrónica no ha producido ninguna desintermediación, lo que ha hecho, en el caso de la autopublicación, es trasladar los papeles del editor al autor, pero conservando una dinámica de acceso al mercado o a los lectores diferente (nuevos son los sujetos, no siempre) pero idéntica a la anterior (sustancialmente iguales son los mecanismos). Que el autor asuma ahora los papeles del editor y que siga precisando del editor (aunque por lo general ignora esta figura), no le libera de encontrar nuevos sujetos que realicen parte del trabajo (de la reseña de la prensa al youtuber: un nuevo salto que refleja sin embargo el mismo concepto de base, que una auctoritas, cuyo reconocimiento se asentará sobre bases otras o nuevas, sancione que su libro es X; bueno, malo, excelente, divertido,imprescindible, una obra maestra, etc…). No podrá ignorar que deberá entonces gestionar el ISNB. No podrá ignorar que no podrá comercializar sin un distribuidor a la plataforma de autopublicación. El salto no puedo esconder que el mecanismo permanece casi inmutado aunque sujetos actuantes y modalidades sean distintas.

La socialización

Que para defender el concepto se cite a Borges, que no conoció el fenómeno digital, revela buena parte de la vacuidad del concepto que se quiere expresar con “lectura social”. Me hallo en desacuerdo completo. En primer lugar porque la virtualización de la lectura se realiza en al lectura misma y cualquier discusión en un foro, físico o virtual, entre lectores normales no se hará con el libro presente (y entre lectores doctos tampoco, porque entonces, por regla general, se saben el libro del que hablan al dedillo)

Conclusiones.

A pesar de todo esta es una lectura estimulante.

No puedo decir que no se estén escribiendo libros electrónicos que suponen un nuevo modo de leerlo, ni tan siquiera que que la normal lectura de hoy no implique un modo diverso de leer. Estoy sin embargo en desacuerdo a que esto ocurra siempre para todo lector, que los escritores hayan comprendido las posibilidades y que el mercado acoja de inmediato estas novedades.

Lamento no haber hallado en el texto una sola referencia a las limitaciones que el hardware impone hoy a la edición del libro electrónico así como referencias a estándares de publicación: estos puntos presentan notables carencias. Creo también que se sobrevalora la capacidad el auto autopublicador se comprender, actuar y controla su obra así como en general la tendencia a lo colaborativo y social, que el mercado combate con toda la fuerza que le es posible ejercer.