Cuestiones prácticas de ética

En estos días he seguido un debate interesante que partía de una simple pregunta, ¿al lector debería importarle si el el libro que compra ha sido imprimido en un país extranjero? De hecho la pregunta es ¿al lector debe comprar un libro imprimido en el extranjero?

Salta a la vista que la pregunta tiene muchas e interesantes implicaciones.

Intentaré exponerlas y como siempre dar mi opinión: aquí hago un apunte, visto que los ánimos del sector editorial últimamente está muy soliviantados y son muy susceptibles, no trato de realizar una crítica sobre la opinión de nadie sino, más bien, dar mi punto de vista que será o no coincidente con otros, que gustará o menos pero que no es un ataque “personal”.

En primer lugar la identificación de extranjero es vaga, la pregunta original daba un localización precisa, pero suficiente. Se entiende que ese extranjero es capaz de imprimir libros a costos reducidísimos en comparación con los patrios. Esos costos reducidos son expresión de condiciones laborales inhumanas, opresivas e injustas, por lo tanto poco éticas para el sector cultural. Me pregunto cuántas editoriales se preocupan por saber los horarios que practican o los sueldos que tienen, o los contratos que han firmado los trabajadores patrios. Sin duda son mejores que sistemas semi esclavistas, pero la cuestión es que la identificación tout court entre extranjero y malo es necesariamente maniquea y no ética. Los mismo que es maniquea la asimilación entre libro barato = malo y libro caro = bueno: ¿en qué sentido sería bueno o malo el uno u el otro, éticamente, literariamente, respecto a un edición bien realizada? Mientras en el sector editorial aumenta el nivel y el número de errores sistémicos para reducir costos, esta distinción carece de sentido. Más aún desde un punto de vista ético.

Una cuestión que se ponesobre el tapete durante el debate al abordar la pregunta expuesta, es que la búsqueda del provecho no justifica todas las acciones, que existe un nexo ideal entre el libro y su territorio que el lector debe reconocer y que el editor debe respetar. Debe ser, sin embargo, un nexo elástico y si los libros imprimidos en el extranjero llegan a nuestras librerías. Una editorial es, con altísima frecuencia, una empresa de lucro. Busca por tanto maximizar la inversión reduciendo costos. El conflicto entre ética y empresa parece radicarse en la idea de que la supervivencia de la misma depende de la competitividad desarrollar. No deja de ser oportuno recordar que las editoriales usan o podrían usar muchos mecanismos de este tipo: del marketing a la externalización, aspectos estos que no son visibles en (casi) ningún debate planteado por las editoriales y que tienen evidente aspectos éticos e ideales.

Otra cuestión es la intervención de las instituciones ante esta situación. Es decir, si las instituciones establecen criterios de ayuda y subvención al sector editorial, un aspecto penalizador sería la impresión del libro fuera de ciertos territorios, con mayor o menos amplitud, colijo, dependiendo de la institución. O lo que es lo mismo premiar la radicación de la editorial en el territorio mientras despliega su actividad. En principio parece una medida oportuna y justa. Se me ocurre que tal medida, de ser aplicada, constituiría un incentivo solo en la medida en que los beneficios de acogerse a estas prácticas fuesen iguales o superiores (o cuanto menos no sensiblemente inferiores) a los beneficios obtenibles de buscar servicios a mejor precio en el extranjero. Me pregunto si no sería mejor que un incentivo una desgravación fiscal para aquellos que ya realizan estas actividades en este modo de forma regular: en ese caso quizá sería más eficiente solicitar una disposición fiscal en este sentido más que ayudas directas. Tengo mis dudas en lo referente a la eticidad de ayudar o premiar directamente a empresas con ánimo de lucro, especialmente en actividades culturales: ¿por qué no ayudar a otro tipo de actividades culturales, por ejemplo sin ánimo de lucro, en vez de a empresas? ¿no se genera un círculo vicioso, un cierto clientelismo, una visión instrumental de los fondos públicos? Antes de responder recuerdo que para el las instituciones sector editorial la promoción de la lectura pasa por la compra directa de libros a las editoriales, que a mi juicio es una forma de subvención directa, mientras no hay dinero para bibliotecas o no se no subvencionan (o se infrasubvencionan) actividades culturales colectivas sin ánimo de lucro. De hecho la cuestión manifiesta que por encima de los cultural esta lo crematístico y por encima de la ética la bolsa.

Una cuestión que aletean sobre las anteriores es, si el editor reconoce que tiene un vínculo cultural a través de su labor y si este mismo reconoce que su ética profesional le lleva a realizar su actividad de modo ético, ¿por qué es necesario premiarle? Es decir, si hace las cosas como considera que deben hacerse y que esta es la llave para garantizar al público lector lo mejor que puede realizar al mejor precio que puede proponer, o se la llave del éxito comercial desarrollando su propia ética profesional, ¿qué otro premio merece? Ya sé que se dirá que debe premiarsele porque otros lo harán mal y se llevarán el gato de los beneficios al agua arruinando la imagen corporativa (un dia alguien deberá explicarme si esta existe y en que se cristaliza). pero el principio es equivocado, porque si por un lado significa que reputamos al lector incapaz de valorar (pero, ¿y la crisis? Ah, porque todo esto es fruto de la crisi, ¿de verdad?) y por otro se vuelca el principio social según el cual se castiga al infractor, al que hace mal, pero no se premia a quien hace lo que debe: y todos pensamos que cuando nos ofrecen un artículo y/o servicio nos deben dar lo mejor al precio justo y no otra cosa, motivo por el cual resulta obsceno pensar que vale solo para los demás y no para nosotros mismos.

La cuestión final que expongo es está, ¿tiene sentido transferir al lector la obligación ética de corregir al editor allá donde el mismo editor no siente como propia su ética laboral?

Me parece una transferencia muy propia de estos tiempos nuestros: si tú quieres que yo sea virtuoso oblígame (y yo te diré que lo soy pero no te daré todos los medios necesarios para verificarlo). Me parece una forma muy liberal de cargar a otros con una responsabilidad que no es suya, una forma de deshacerse de la propia ética. En el caso de una editorial es la forma más clara en que puede expresarse la disolución de cualquier vínculo ético entre edición y cultura. Una editorial debe de ser capaz de mantener un pacto ético consigo misma. Luego puede explicarlo al público pedir que les apoyen, solicitar al lector que se sume a su proyecto, etc. Me parece fuera de lugar ligar la ética a la ayuda, la edición a la subvención: el ánimo de lucro comporta riesgo, o se asume o mejor pasar a otra cosa porque la cultura es cosa seria y no siempre se vende o se compra pero siempre refleja las ideas de fondo que le han dado vida.

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En constante confusión: ¿falta terminología o es descuido?

Este blog inició su camino hace casi tres años y tiene, con esta, 98 entradas en su haber. Digo esto porque trazando un balance, incluso provisional, de cuanto dicho, hecho y visto (no digamos escrito) en este tiempo, cunde un cierto desánimo. Bien se vio en la última entrada.

En efecto, la revolución digital todavía está verde y no porque sea difícil de entender a estas alturas, sino porque no hay intención de ponerla en marcha en toda su extensión. Habría que decir sin embargo que existen editores, editoriales, autores que se han puesto a ello en la medida que les consienten sus propias capacidades y en algunos casos, demasiado pocos, colaborando entre si.

Lo peor, creo, es que sigue difundiéndose confusión. la semana de la cita de escritores de Euskadi contiene perlas como “…hoy en día no necesitas a editores profesionales, sino que hay redes descentralizadas que permiten publicar a cualquiera”. Ignoro si es un error en la traducción de las palabras de Bashkar  o si él mismo no ve la confusión: aunque soy favorable a las redes descentralizadas y colaborativas la profesionalidad de la edición está tuteada por el acerbo de competencias y no por la centralización/descentralización de la labor. Del mismo modo editar y publicar no son sinónimos y, nota final, la edición sin editores es imposible ya en la propia naturaleza de las palabras que usamos. ¿Se confunde publicación y edición con un objetivo o por carencia de rigor? ¿Se confunden editores y editoriales? ¿De verdad creemos que en este, o otros países, se hace uso sistemático de editores y correctores en los procesos de autopublicación? Mi experiencia indica lo exacto contrario y nadie en el ramo de “servicios para el autor” ha dado jamás cifras sobre este particular, al menos que yo sepa. Sin terminología precisa, sin rigor expositivo (y no sugiero que yo sea un dechado de virtud en materia), poco vamos a avanzar en la divulgación de la exacta naturaleza, importancia, desarrollo de la edición digital y de los futuros del libro.

Otra canción es esa que habla de que futuro estamos construyendo, y no solo en referencia al sector editorial, los que trabajamos o nos apasionamos por los libros y la cultura.

Y llego pues al punto final de hoy que es la penuria de lectores. Qué difícil es pensar que seguiremos vendiendo libros si no hay quien los lea. Solo en el último año he visto, en Valencia, una iniciativa, coordinada y de medio plazo, para construcción de un universo de lectores. Veremos como va. Mientras tanto quizá sería útil que las editoriales animasen a sus escritores a ir a las escuelas e institutos a hablar de libros (no de sus libros, sino de libros en general, de su pasión), allí donde estén los autores. Quizá sería útil que las bibliotecas escolares hiciesen hablar de los libros que les gustan a los chicos además de incitar a la lectura. Quizá sería bueno que los editores fuesen a donde les llamasen a explicar cómo se hacen los libros (prefiero correr el riesgo de hallarme ante un editor honesto pero hostil a la digitalización que no hacer nada), cómo se  harán en el futuro.

Ps: voy a tomarme una pausa en este blog y por tanto el número de entradas en el futuro inmediato no será significativo, que se dice ahora. Los motivos son dos. Uno que desánimo cunde al ver que, en relación al libro digital, el sector editorial o se mueve muy despacio o no se mueve en absoluto. La segunda, parcial consecuencia de la primera, es que estoy encontrando gran satisfacción en mi nueva faceta de autor/escritor (por favor, siempre todo en minúsculas) y voy a dedicarle más tiempo y mayores esfuerzos.

 

Big Data y la reducción de la realidad

Ya en otras ocasiones me he ocupado de Big Data señalando sus límites, sus dificultades y, sobre todo, sus implicaciones de fondo. Resulta obvio que los datos disponibles lo son en función del universo de origen disponible: en otras palabras lo datos proceden de las cosas que hay a disposición y además a de su peso en nuestra cotidianidad. De ese universo extraemos datos que a su vez dibujan el futuro próximo.

Por ejemplo si nuestra cotidianidad lectora nos indica que la exposición mediática, real y virtual, y de las librerías y de los lectores medios próximos es alta y relatan la obra x, con Big Data tendremos que x es un libro codiciado, aún más en la medida que otros libros son desconocidos y que estos lo son en la medida en que Big Data no los señala. La consecuencia es que veremos proliferar obras similares a x, mientras otras quedarán en el silencio de los datos.

Todo esto parece una burda explicación, pero la realidad es que Big Data reduce la variedad de elementos aumentando la profundidad de la indagación, restringe la realidad. Big Data computa lo existente, que procede de decisiones previas (condideraciones que nacen de una visión de futuro y que tal futuro puede quedar limitado al solo provecho comercial inmediato), que reflejan una dirección; los cambios se construyen o anticipan en base a la creciente combinación de Big Data con decisiones previas.

La bibliodiversidad, la variedad de lo existente, las propuestas futuras nacen de decisiones que prescinden de Big Data (que resultan viceversa empobrecedores) porque apuntan al futuro sobre la base de ideas y conceptos que persiguen la creación de la diversidad.

Si los editores desean usar Big Data deberían tener esto bien presente, especialmente si anhelan contribuir al desarrollo intelectual de la sociedad.

El eco y el sector editorial: autocomplacencia y distorsión

Tras el último EditaBCN, del que leo diversas fuentes y, pues no pude asistir, me hago un balance personal que me lleva a ser poco optimista. Pero que nadie crea que éste es solo por EditaBCN, es fruto de un largo camino con muchas piedras y guijarros.

Al sector editorial le encanta oírse. Tanto que desde hace ya tiempo va repitiendo por ahí las mismas cosas año tras año a través de los mismos portavoces. La cosa es más preocupante que aburrida, que ya lo es rato largo. Es una reiteración que supone inmovilismo. O peor es una reiteración que pretende convencer, por repetición ad infinito, de una realidad muy distinta a la real. Ante esto cabe pensar que: o hay un interés por sepultar cualquier disenso y práctica de la realidad en favor de un modelo con muchas grietas y que favorece solo a algunos; o se comulga profundamente con el espíritu neoliberal y los dominadores de hoy creen que serán los dominadores del mañana ocurra lo que ocurra y muy especialmente si convencen a los demás de nada debe ocurrir.

Ambas visiones no se excluyen, pero implican diferentes dosis de terror y diferentes focos de irradiación del terror; el error, sin embargo permanece.

Quisiera recordar sin embargo que pocos grandes grupos suponen no solo una pérdida real de diversidad bibliográfica sino que suponen también grandes deudas financieras.

Un amigo me ha dicho durante una conversación, “Es curioso como las nuevas editoriales españolas desdeñan a los editores veteranos y expertos, y ni siquiera se asocian para hacer cosas efectivas (salvo contadas excepciones). Tienen un potencial enorme si se unieran, aunque sea al margen del Gremio. Eso no pasa en Chile ni en Argentina, donde enseguida han visto las ventajas de unirse.” (sic). Mucho mejor los gurús. Poco más me queda por decir a mi. He predicado desde este blog la consorciación en muchas formas y maneras sin que haya podido ver una traducción. También he predicado la necesidad de un debate público sobre la edición, la edición digital y el libro electrónico. Con el mismo resultado. Empiezo a pensar que es mejor que me calle (y ya habrá alguno por ahí que aplaude y piensa que ya era hora). Quizá lo haga, quizá no.

El sector editorial es el primer responsable de su destino y de las formas que decide aplicar a su forma de actuar el propio pensamiento. Ningún otro sujeto, sino el mismo sector editorial. La cuestión es si el sector editorial tiene un pensamiento propio, un regla de actuación definida. La cuestión es si quien disiente es capaz de organizarse colectivamente para salir adelante en un ambiente y una época hostil; ¿es posible que una parte de la innovación sea social, sea oponerse a un modelo totalizador, excluyente, devastador, empobrecedor, irresponsable? Si es así, si tú editor que lees piensas que es así, entonces muévete porque salvarle la piel hoy no es bastante para mañana, para ti y para mi.

Con este post cierro el mes de julio. Quizá escriba en agosto. Quizá lo haga con otra piel encima. En todo caso, buen verano.

Adiós a las armas

Han pasado pocos años y es visible para cualquiera que el nivel de combatividad de las pequeñas editoriales digitales ha desaparecido de la escena. Las editoriales que a partir de 2009-2010 nacieron y pelearon, en el ámbito que les era propio y consiguiendo la visibilidad y notoriedad que era posible, por la dignidad y la calidad del libro electrónico, sacándolo de la zona umbría en que estaba relegado.

¿Qué ha pasado en este tiempo?, ¿por qué estas editoriales han cesado de dar batalla pública?

En mi opinión, como siempre, han ocurrido varias cosas.

  • el ebook ya no es una novedad. Y esto tiene dos lecturas:
    • no hay que seguir promoviendo y divulgando el ebook porque ya es conocido por muchos. En que forma, con que distribución y demás es algo que convendría analizar con calma pero resulta innegable que ya no es un desconocido.
    • El ebook ha llegado para quedarse, como se decía una vez, es una frase hecha realidad y sigue habiendo quien tolera mal la realidad
  • la progresión del ebook como realidad comercial ha seguido una camino razonable; los datos sobre su camino presente y futuro son, como siempre, interpretables de un modo u otro, favorable o menos, con mayor o menor tiempo, pero sobre los datos del pasado no hay discusión posible. Este dato ha hecho que las editoriales digitales sean más cautas y sobre todo han tenido que pechar con las previsiones que no hicieron ellas, sino otros sujetos en general no pertenecientes al sector editorial y que tenían y tienen sus propios intereses más allá del libro (en cualquier formato). El ataque frontal al libro electrónico desatado por algunos sectores del mundo editorial y afines ante el incumplimiento de las previsiones (o profecías) de ventas, ha producido un mutismo sobre las posibilidades reales del ebook, sobre sus problemas de distribución (cuando se quisiera prescindir de geolocalización o drm), sobre las dificultades de codificación, sobre las cortapisas efectivas por parte de los e-readers a determinados formatos, sobre las posibilidades narrativas del libro electrónico, etc… todo ha caído ante los libros contables y las palabras de terceros. No puedo sin embargo callar que si el libro electrónico no ha sido el salvador de las editoriales (que en términos generales poco o nada han hecho para comprenderlo, realizarlo adecuadamente y desarrollarlo), el libro impreso no ha cesado de caer y nadie a dicho nada en su contra, aunque tampoco salve los libros contables; véase el cierre de librerías y editoriales (o la compra de estas por grupos mayores).
  • Se han reducido los espacios de debate sobre el libro electrónico. Aquí es muy difícil distinguir causa de efecto: se han reducido porque paulatinamente ha caído el nivel de participación o este ha caído porque paulatinamente se han ido cerrando estos espacios (desapareciendo en número o cerrándose a la interacción). Hay que meditar sobre estas dinámicas. Sea como sea la realidad es que el silencio a cerca del libro electrónico es enorme y se rompe solo para atacarlo puntualmente.

En realidad este grupo batallador era pequeño pero aguerrido. Quizá era demasiado el peso que sostenían sus hombros. Y el problema es que era pequeño y que sus preocupaciones y sus debates no alcanzaron jamás a las editoriales más grandes, punto este que es fácil comprobar en base a la participación de las editoriales en organismos como el W3C o el IDPF que afrontan cuestiones relativas a la estandardización el libro electrónico y su desarrollo. No quiere decir esto que todos los debates fuesen improductivos, quiere decir que los resultados han sido parciales o muy reducidos.

Por otro lado la digitalización en el sector editorial ha quedado claro que no era solo cuestión de producto final (el #ebook) sino de flujo de trabajo y quizá también en esto hay que lamentar que no se haya avanzado tanto como habría sido deseable.

En cualquier caso el libro electrónico, su debate público y su desarrollo mueren de inanición. Este adiós a las armas está siendo muy amargo.

El espejismo de la profesionalización del escritor

La figura del escritor retoma de tanto en tanto cierta relevancia en el debate general sobre el libro. Lo más frecuente es que la cuestión se centre en el auge de los autores autopublicados y el la calidad e la escritura. A mi me gustaría abordar la cuestión desde otra angulación.

El autor desde el adviento de la modernidad es un profesional. Algo que en la antigüedad no era pensable: cualquier persona era artista. La escritura y la relativa especialización ya pusieron el papel de escritor en otra dimensión, que sin embargo no consiguió distanciar en demasía la mayor parte de la gente gracias a la pervivencia de la literatura oral. La edad digital junto con la extensión de la alfabetización ha vuelto a facultar a cualquier persona de la capacidad de ejercer su creatividad a través de la escritura; merece sin embargo detenerse y anotar que la extensión de la capacidad escribir por apropiación de los medios de la escritura, la difusión de los recursos necesarios para hacerlo, la extensión de las posibilidades de lectura han tenido como otro efecto simultáneo la aparición de formas de analfabetismo de retorno y de analfabetismo funcional, que de hecho merma el ejercicio potencial de la escritura. Así pues, verso y reverso.

La edad moderna trajo consigo el concepto de profesionalización de la escritura y el espejismo de la “vida de escritor”; una espejismo sustancialmente cierto en economías como la estadounidense o la inglesa, menos en la nuestra donde si el fenómeno se afirmó para unos pocos ahora está en franca regresión. La actividad expansiva de las editoriales encuentra desde hace varios años diferentes obstáculos que pueden definirse como estructurales y más allá de la crisis actual: superproducción, bajos índices de lectura, búsqueda de rentabilidad inmediata, modelos productivos predigitales. Las posibilidades de vivir del libro o de profesionalizar la actividad de escritura cambian.

Ante este cuadro la era digital proponía un modelo de cultura libre, de ética hacker como algunos la han llamado, que suponía el retorno de la actividad de la escritura a la participación individual en fenómenos culturales colectivos cuyo fin era la “realización de si”, es decir una contribución creativa no mercantilizada o no exclusivamente mercantilizada. En otras palabras, la edad digital desarticula los mecanismos de profesionalización de la escritura gracias a la difusión de instrumentos de masa cuyo coste es relativamente bajo y cuya difusión se beneficia de los mismos mecanismos de mercado (a otro rato las posibles contradicciones).

Tomado nota de esto nuestro sistema productivo a desplazado el eje y ha propuesto una identificación de actividad con profesión y por tanto profesionalización, marca personal, beneficio directo. En síntesis se ha propuesto un nuevo espejismo en el cual la editorial ha perdido fuerza en aras de los intermediadores tecnológicos y el escritor ha asumido su actividad como profesión, olvidando cualquier veleidad anterior, y reproduciendo los esquemas de producción editorial a menor escala, con mayor esfuerzo y en un panorama donde la superproducción de la escritura amenaza con alcanzar niveles jamás pensados antes.

Está claro que esta actividad como actividad de lucro (con lucro se entiende el pretendido por el autor como resultado de su actividad “profesional de escritor”) pone sobre la mesa algunos problemas como, por ejemplo, la profesionalidad del resultado y el mercado, la asunción de las actividades paralelas (el marketing) por parte del autor o la mercantilización de la “fanfiction” y los posibles litigios debidos al copyright.

Pero no son los únicos.

La terciarización iniciada por las editoriales ha pasado ahora a los autores en la medida que estos optan por prescindir de las primeras. Si las editoriales substituían los profesionales internos con otros externos en un intento de abaratar costes y/o aumentar la rentabilidad, los autores tienden a prescindir de las figuras profesionales de editores, correctores, etc. La conclusión es, lamentablemente, la pérdida de saberes implícitos y explícitos que acumulaban estas figuras profesionales. También se produce, consecuentemente, una pérdida de calidad formal del producto, ya sea en su presentación, uso y goce, ya sea en las características de estilo de las obras (sobreentendido queda que se trata de una generalización razonable).

Nos hallamos en una fase de desestabilización de un sistema que no se ha adaptado a nuevos esquemas digitales sino ante un sistema que por un lado ha adaptado los productos digitales a un esquema predigital y por otro ha aprovechado de un clima social e ideológico para reducir el papel de la creación de la escritura a un fenómeno de mercadeo personal, donde el “escritor” se reduce a marca personal y se le adosa, sin que desempeñe en modo efectivo después en la mayor parte de los casos, todos los procesos editoriales a excepción de la distribución y su control, donde se juega la partida.

El autor pues ha aceptado ponerse unas orejeras, ha colaborado a desmontar un sistema sin substituirlo, ha aceptado las ventajas de la digitalización sin preguntarse en qué consiste y qué puede ofrecer y puede ofrecer él a cambio.

Las editoriales se están convirtiendo en contenedores de gestión limitada (puesto que en su mayor parte ni poseen flujos de trabajo digitales aptos a manejar una era digital ni controlan la distribución digital) de títulos que potencialmente entran en las corrientes de lectura, definiendo y realizando nuevas corrientes y nuevas segmentaciones en los gustos (supuesto o reales, para mi tan reales en algunos casos como las previsiones nixonianas de la guerra del Vietnam) que con frecuencia tienen por resultado el incremento de la superproducción de títulos reduciendo la tirada media de los mismos.

¿Existen alternativas? Existen. Desde luego pasan por no aceptar este estado de cosas. En cualquier caso hoy me he limitado a exponer una cuestión.

La gestión de los originales

Un problema recurrente en las editoriales es la gestión de los originales (prefiero no usar el término manuscrito por razones obvias). Las grandes editoriales por lo general no aceptan el envío de originales no solicitados, lo mismo que algunas editoriales medianas. Entre las editoriales medianas existen las que no los aceptan y las que sí y en este caso la gestión de los originales incluye la práctica análoga al silencio administrativo negativo en un lapso de tiempo determinado (tres o seis meses, según), es decir que al no responder no existe interés.

Así pues el problema de la gestión de los originales queda muy circunscrito a aquellas editoriales que desean mantener una contacto muy estrecho con los autores. Y es un problema porque por o general se gestiona mal. Veamos un par ejemplos.

  1. La editorial envía un mensaje de recepción del original y promete responder en unos meses, no pocos porque son una editorial pequeña, escriben, y no pueden responder siempre con la celeridad que desearían. De hecho no responden.

    El problema es que el flujo de trabajo no corresponde con los deseos de la editorial. Las tareas son muchas, el personal poco y la gestión de muchos originales que necesitan valoración genera un cuello de botella que al final se retuerce contra la editorial en la valoración que el autor realiza. Es un problema muy común. Si no podemos gestionar el tiempo y el flujo de trabajo en modo de dar una respuesta cierta en un tiempo límite, porque no es posible solicitar al autor una espera infinita, es mucho mejor optar por la política del silencio administrativo negativo. No es la opción que se ambicionaba ni refleja la voluntad de la editorial de establecer buenas relaciones con todos, pero dejar las relaciones incumplidas, en el aire, resulta peor y con relativa frecuencia afecta también a otros campos relaciones de la editorial.

  2. La editorial envía un mensaje de recepción del original y promete responder pasado un tiempo prudencial, ten paciencia. La editorial responde negativamente, pero en términos vagos e invita a enviar otro originales en el futuro. Si el autor a su vez responde solicitando que motivos han llevado al rechazo y que tipo de obras debería enviar en el futuro para evitar comunes pérdidas de tiempo, el autor choca con un muro de silencio.

    Aquí el problema de la gestión del original en el flujo de trabajo tiene otra vertiente. La valoración del original no incluye la redacción de un informe de tal valoración sobre el que basar respuestas y futuras relaciones. Los motivos son idénticos, casi siempre, a los del caso anterior: las tareas son muchas, el personal poco y la gestión de muchos originales que necesitan valoración genera un cuello de botella.

La ambición de mantener un contacto fluido choca con la realidad de las disponibilidades y con un flujo de trabajo infraestructurado en relación a estas o sobredimensionado en relación a las capacidades efectivas de la editorial: hay que ser realistas.

Podríamos pensar que la solución óptima sería responder en modo personalizado y detallado a cada uno de los autores. Error. Existe la misma proporción de respuestas airadas en el caso de una respuesta genérica que en el de una detallada (pero no solicitada).

Una respuesta genérica es, en mi opinión, la primera respuesta. En la mayor parte de los casos el autor acepta la respuesta genérica sin más, en pocos casos solicitará explicaciones; jamás he entendido bien por qué pues las críticas de un editor podría ser muy útiles para revisar la obra y mejorarla o entender la orientación del mundo editorial en general. Si el autor solicita mayor detalle hay que saber dar un respuesta que incluya las motivaciones basadas en un informe de lectura; cada editorial puede estructurar este informe en el modo que crea oportuno y funcional. Aquí la definición de un flujo de trabajo y gestión de los originales es la clave: si no puede darse no invitemos al autor en algún modo a proseguir el intercambio de correo, es mejor buscar una alternativa elegante y que no consuma energías.

En definitiva, ser realistas en el momento de establecer cual va a ser la gestión de originales recibidos dentro del flujo de trabajo de la editorial es fundamental. Definir el mismo flujo de trabajo, sus pasos, responsables y responsabilidades, las modalidades de comunicación interna y externa, por esenciales que sean, constituye un aspecto esencial de la vida de la editorial y debe atenerse a la disponibilidad real más que a ambiciones de carácter ideal que pueden acabar por retorcerse contra la editorial y en el peor de los casos envenenar nuestro trabajo.

Europa, Europa, libro de doble filo

 

Tenía un amigo muy aficionado a la política-ficción que es algo que ni de lejos me apasiona. Sin embargo hoy quisiera jugar un poco a adivina adivinanza a propósito del #ebook y de la posible disolución de la Unión Europea (y si me apuráis incluso de Europa, pero ahí entramos en un debate de veras muy serio).

Hoy como hoy el #ebook en Europa tiene una serie de restricciones activas que van de los distintos tipos de #DRM en uso por parte de los distribuidores y editoriales, a la imposible interoperabilidad de los formatos para llegar al bloqueo por geolocalización; esta ultima restricción siempre me ha parecido particularmente odiosa.

Este último punto ha sido puesto sobre el tapete de las discusiones sobre el #ebook y las políticas editoriales europeas en el pasado reciente. Parecía, y el uso del incondicional aquí es obligatorio, que se tenía la intención de desarrollar o instituir un marco geográfico en el cual las restricciones por geolocalización quedasen inactivas. Tras el anuncio poco o nada se ha sabido de esta iniciativa. De llevarse a cabo sería algo por lo cual felicitarse, si bien otras iniciativas restrictivas no van en la misma dirección.

La situación política general no da muchas esperanzas, por contra. Admitiendo que la iniciativa prosperase y fuese ejecutada, las amenazas de salida de la Unión Europea por parte del Reino Unido, de llevarse finalmente a cabo, o las amenazas de expulsión de esta organización dirigidas a otros países, si se transformasen en actos ejecutivos, acabarían con ella. Desde luego no sería la única. Por ejemplo, dejaría en un sueño la armonización europea del IVA aplicado al libro electrónico. Y hablo solo del libros.

Ahora imaginemos que la Unión Europea, a pesar de todo proceso centrifugo, se mantuviese como tal y se aprobase la desaparición de la restricción por geolocalización. En ese caso si aprobase el TTPI tal y como parece estar redactado, sé tanto como cualquiera de vosotros, muy poco por tanto, quizá se estaría abriendo el cofre de Pandora. Imaginemos a Amazon o Apple abriendo una sucursal europea en la cual verter la totalidad de títulos americanos y del resto del mundo. En inglés decís. Si claro, al menos al inicio. Y no porque una parte de los títulos de Amazon EE.UU están en castellano. Imaginemos que ambos actores pusiesen en marcha un programa de traducción del catálogo, inicialmente para autopublicados. ¿Os imagináis el impacto?

Todo esto es solo política-ficción, evidentemente, pero quisiera que sirviese para señalar que pasar por alto lo que ocurre en toda América o en Europa no puede conducir al éxito. Es necesario que los editores de todo tamaño y tipo hoy piensen en múltiples dimensiones, incluyendo la geografía entre ellas, pero sin olvidar las lenguas, los formatos, los derechos.

 

Paradojas del libro electrónico

Sin lectores y con pocos fondos para las bibliotecas, es decir para que quien no pueda comprarlos pueda leer libros, las políticas de las editoriales son restrictivas en lo referente al libro electrónico: ¿quien será lector mañana?

Sin lectores y con pocos fondos para las bibliotecas, que crea lectores, el sector editorial pretende remontar el vuelo: ¿estamos seguros?

El sector editorial se fagocita creando el mismo ciclo de ventas de una película en cartelera: ¿Acierta?

El sector apunta con el dedo al libro electrónico por no mantener las promesas: ¿las promesas hechas por quien y actuadas por quien?

En realidad los libros electrónicos marcan el fin de las editoriales como posesoras de un estándar de edición y su nuevo papel como receptores de estándares pensados por otras industrias: adiós al lector como centro porque ya no es él para quien se piensa en producto.

Las editoriales no desarrollan el libro electrónico porque no pueden establecer sus características, su marco de uso, su transmisión (en algunos casos ni siquiera comprenden que siendo la misma obra no es el mismo libro). Ante estas circunstancias, donde diversos otros actores (distribuidores, codificadores, constructores de dispositivos lectores) juegan un papel tan o más importante del mismo editor, éste no ve porque añadir a sus tareas y competencias el libro electrónico, lo cual determina, de paso, una progresiva futura disminución de su papel; un síntoma es la autopublicación como alternativa. Estas mismas circunstancias determinan que el editor no sea el mayor beneficiario (ni el autor, desde luego) en el reparto de porcentajes de la venta del libro.

Así pues resulta extremamente paradójico que el libro electrónico haya llegado a ser una esperanza para el sector. Más bien, diría yo, ha servido como chivo expiatorio  ante una situación estructural resultante de una serie de decisiones e inacciones del sector durante los últimos veinte años. Una crisis estructural que subraya despiadada el hecho de estar ante un sector no industrial que actúa como si lo fuese; otra paradoja más al descubierto a propósito del libro electrónico.

Sumemos a esto resistencias metodológicas culturales, prácticas, retóricas (mis favoritas son el olor de los libros, benditos ácaros y hongos, y la herencia de la biblioteca, como si las casas las regalasen) y nos hallaremos ante una situación paradójica: siendo el libro electrónico un formato con futuro los editores han decidido desentenderse de su definición y práctica. El sector editorial busca con desesperación una rentabilidad que le saque del agujero que ha excavado comportándose como una industria sin serlo, tratando la cultura como un elemento retórico y no como un hecho sustancial, trabajando como otros sectores con otras premisas, usando la tecnología en modo superficial (casi creyendo que será la tecnología la que resuelva los problemas y no una estrategia que subyace a su uso; que nadie se sorprenda entonces de la pervivencia de programas de conversión y del concepto mismo de botón mágico porque revelan el marco conceptual en el que se mueve buena parte del sector editorial).

El libro electrónico es el libro que ha sacado a relucir todas las ineficiencias y vulgaridades de un sector incapaz de redefinirse y aún diría incapaz de trazar una estrategia de defensa de la cultura no económica.

El presunto fracaso de “lo digital”

En un lustro he leído y oído tantas veces que lo digital ha fracasado o triunfado, con datos y estadísticas de todo pelaje y oscura raíz, que me resulta hastioso el tema. Sin embargo he decidido abordar la cuestión.

La sentencia de Roy Amara, “Sobrevaloramos el efecto de la tecnología a corto plazo e infravaloramos el cambio a largo plazo” calza perfectamente cuando hablamos del impacto de lo digital en la edición.

Me pregunto si el fracaso de lo digital como algunos vocean no es sino que el miedo al éxito de lo digital les había puesto excesivamente nerviosos: hablo de librerías, editores y autores que no se veían capaces, algunos siguen sin serlo aunque estén convencidos de lo contrario, de gestionar, dirigir y digerir la revolución digital. Como no se ahogaron de inmediato es que la ola fracasó.

La realidad es otra y aún están a tiempo de ahogarse.

El impacto de lo digital es profundo porque ha cambiado muchas pequeñas prácticas y hábitos cuyo impacto es mucho mayor del aparente: comercialización, exposición, prácticas de marketing, pero cuya comprensión quizá sea superficial y contentándose de prácticas comerciales no se vea justamente la profundidad del cambio.

Por otro lado la confusión terminológica y metodológica juega también a favor o contra el fracaso de digital: quien cuenta como comercio electrónico solo el referente al libro electrónico o ebook y no la venta del libro físico a través de plataformas digitales, quien confunde el incremento del volumen de ventas del ebook con el volumen económico de estas ventas, quien mezcla la lectura online con el libro electrónico (como mezclar el libro de bolsillo con la edición para coleccionistas); todas estas formas pueden leerse como claves del fracaso o del éxito de lo digital en al edición, según la perspectiva que aplique a la observación.

En realidad el impacto de lo digital en la edición estriba en el método de edición, que irremediablemente ha cambiado aunque sea un cambio que no todos han o están gestionando en modo óptimo, y que trae consigo otros muchos, de la escritura a al lectura pasando por la venta.

Las cortapisas al desarrollo del libro electrónico (DRM, precio excesivo, mala calidad de edición, consideración de subproducto, negación), eran las que había que esperarse. La cuestión es que lo digital vivirá un éxito seguro como tantas otras formas de revolución tecnológica.

El punto principal sin embargo, para mi, es que uso damos y daremos a esta revolución. Por un lado urge que nos hagamos cargo de que el cambio es profundo, que el sector editorial, que no es una industria por mucho que perore serlo, decida actualizar métodos de trabajo, actualizar sus conocimientos, perfeccionarlos.

Por otro lado, realizar los puntos elencados un poco antes implica que esto ocurra gracias a la consideración de los profesionales de la edición como tales y de los lectores como sus necesarios jueces y aliados; no podemos tratar a los unos y a los otros a patadas, negando derechos laborales y derechos del lector. Dicho de otro modo, implica una ética de edición puesta en marcha, defendida y actuada por editores, no por directores comerciales; no es que los números no cuentes, pero no se puede ir por la vida clamando en defensa de una “industria cultural” que ni actúa como industria ni guarda relación con la cultura (a menos que no sea la cultura del dinero).

No espero gran eco de esto que escribo entre los grupos afianzados en la edición, pero me satisface saber que en la periferia del sistema, prescindiendo en cierta medida del sistema mismo, esto se está actuando y demuestra su valor no solo sobreviviendo sino creciendo y expandiéndose (y no por que yo lo diga, sino porque hay quien lo cree y lo realiza).

A margen de estas consideración consigno aquí tres artículos cuya lectura aborda algún otro aspecto del “fracaso de lo digital”:

The future of FutureBook

John Makinson | “Readers don’t want content to change very much”

The book that talks back