Ebook, el muerto útil (o como el sector editorial encontró su excusa)

Siendo ya un veterano, el libro electrónico sigue siendo un desconocido. Todos, de forma profunda o aproximada, saben que un libro impreso tiene sus cubiertas, sus lomos cosidos o pegados y es capaz de reconocerlos. Con el libro electrónico no sucede lo mismo.

El libro electrónico es un constructo inmaterial, formado por líneas de código capaces de transmitirnos información en modos muy variados: texto, imágenes, sonidos. Realizar un libro electrónico supone tener un bagaje de conocimientos técnicos diferentes. Supone respetar unos estándares. El problema es que no ocurre así. Afirmo la constatación del escaso interés, por no decir nulo, del sector editorial hacia la implementación de estándares o del desarrollo formal del libro electrónico en este país. El índice de esta despreocupación lo hallo en:

  • la no pertenencia de ningún gran grupo editorial español al IDPF,
  • la no participación a de ningún gran grupo editorial español a los grupos del BISG
  • la no pertenecía de de ningún gran (o pequeño) grupo editorial español a la oficina española del W3C

O lo que es lo mismo la desvinculación del sector editorial, de sus grupos más potentes sin excusa y con excusa para los pequeños editores, de los organismos internacionales y por tanto de las tendencias de desarrollo del libro electrónico. Es difícil imaginar una “industria” que decida no decidir sobre el futuro de su desarrollo, sobre que base desarrollará sus presentes y futuras formas y tecnologías; ¿podemos imaginar a la industria del automóvil dejando en manos de los constructores de neumáticos o de las gasolineras decidir sobre la base de desarrollo de los coches? Personalmente no. Este parece ser el caso del sector editorial.

La calidad del libro electrónico resiente de estas (im)pertenencias.

Esto no es exclusivo del mundillo peninsular: desde los albores de la irrupción de la digitalización en el mundo editorial, la iniciativa del desarrollo editorial ya no está en manos de los editores.

Un resumen de una encuesta a editores realizada en la edición de 2015 de la feria del Libro de Frankfurt y publicado por Smartbook ofrece una imagen de la situación.

120 editores de un variado universo de pertenencia de los casi 1000 presentes, respondieron a un cuestionario de esta forma:

  • 16% no dedica ningún recurso a la I+D
  • 18% tiene un departamento I+D
  • 41% cubre la I+D en la propia sede aunque la desarrollan departamentos como el de ventas o business development (es decir, está en mano de un departamento comercial, no de decisión, no de producción)
  • 8% confía en servicios externos (es decir, externaliza sus funciones naturales)

No hay desarrollo del libro electrónico dentro de las empresas que realizan el libro electrónico. Y esto se refleja en la tendencia a externalizar la realización del libro electrónico, cuya consecuencia inmediata es la imposibilidad de comprender, por parte del editor y las editoriales que así hacen, qué es y cómo es un libro electrónico. Y es que en muchos casos no poseen personal competente y no invierten en formación, resultado de la política de externalización iniciada en los años ochenta. La consecuencia es por un lado la precarización del personal y por otro la pérdida de competencias internas sobre las cuales desarrollar nuevos formatos, nuevas metodologías, nuevas formas. El desastroso resultado final es que las editoriales pierden iniciativa, capacidad de innovar y autonomía. Es inevitable que este modo de hacer conduzca a la externalización creciente de las tareas editoriales, con consecuente depauperación de los profesionales del campo y alcance su ápice con el libro electrónico. Editoriales deprofesionalizadas aumentan quizá la rentabilidad, seguro aumentan los errores (que alcanzan el rango de sistémicos) y el desconocimiento general del libro electrónico (o producto), del medio en que se mueve y sus posibilidades de promoción (entre las cuales está la comercial).

Es comprensible pues que en ámbito digital el desapego por el producto, el desprecio por la obra, sean una constante porque no existe posibilidad de realizar un trabajo digno sin tener los conocimientos ni los instrumentos para ello.

Es comprensible que el resultado final sea el que es: un libro electrónico depotenciado.

Me refiero a la posibilidad real que los editores de libros electrónicos tienen de adaptar sus obras a lectores con problemas como dislexia o daltonismo.

El libro impreso está en este aspecto muy por debajo del libro electrónico en cuanto a potencialidad. Una vez editado y elegido el tipo en que se publicará, la fijeza del libro impreso no deja espacio alguno a su modificación y su adaptabilidad a diferentes lectores, especialmente los que tienen problemas de lectura, es nulo. Es ahí donde el libro electrónico puede desarrollar todas sus virtudes, ensanchando el horizonte del libro.

El libro electrónico tiene capacidad de adaptación de la tipografía, lo cual es destacable y sobre todo útil para los disléxicos. Hay tipografías (y hablo solo de alfabetos latinos, porque desconozco el estado de la cuestión en otros alfabetos) especialmente diseñadas para disléxicos, cuya percepción de la grafía va desde la dificultad de lectura a la barrera de compresión y aprendizaje (por tanto de desarrollo personal). No es una cuestión baladí. Si las futuras generaciones harán uso de instrumentos de lectura electrónicos sería especialmente triste que les pusiésemos a disposición para su lectura textos que reproducen los mismos límites y errores de sus parientes impresos.

Todo estupendo hasta que no nos acercamos demasiado al muro de la realidad. Los límites a los lectores de libros electrónicos representan una seria cortapisa al desarrollo de todos los potenciales del ebook. Una vez más las limitaciones que los fabricantes de ereaders imponen con la proyectación y construcción de sus aparatos desvirtúan el crecimiento potencial del libro electrónico, sobre todo del formato ePUB, un formato abierto que reclama el estatuto de estándar de publicación del ebook: ¿por qué debemos contentarnos de aparatos cercenados en sus capacidades y libros electrónicos que dan menos de los podrían dar a los lectores en términos de calidad de lectura?

Los resultados de esta estrategia constructiva son dos, ninguno bueno: frena el desarrollo de una formato, el ePUB, que está ya ahora por debajo de sus potencialidades y de la capacidad de éste de ofrecer a los lectores, incluidos los que tienen problemas de lectura, una experiencia más rica y plena en su afición favorita; frena el impulso al libro electrónico imponiendo medidas que de hecho tienden a dar al libro electrónico la misma dimensionalidad del libro impreso.

Ante esta situación me permito sugerir que editores, asociaciones de editores (y también el gremio, claro), desarrolladores, maquetadores, lectores y autores se sumen a un campaña en que se solicite a los constructores de ereaders (y a los distribuidores también en algunos casos) la inclusión de una serie de medidas algunas de la cuales son:

  • inclusión tipografías alternativas a las que usan como estándar interno;
  • aceptación plena de CSS en la hoja de estilo y de HTML, especialmente en las etiquetas.

En mi opinión merece la pena perder algo de control para ganar lectores, a menos que el libro electrónico de hecho no le interese a nadie. Y es posible que sea eso lo que sucede. Tanto desapego y desidia pueden explicarse con dos consideraciones iniciales:

  • la rentabilidad del ebook es menor que la del libro impreso y en un sector en crisis conceptual y estructural una mayor rentabilidad inmediata supera cualquier calculo de supervivencia futura;
  • la nula exploración de la revolución digital en el sector y también entre todos nosotros, ciudadanos de a pie, ha dado sin embargo con un culpable: la piratería. Siempre ha sido más fácil hallar un enemigo que una solución.

Luego toda profecía incumplida es fácil presa, toda previsión cumplida es de rigor ignorarla; y en cada uno de los casos se cruzan intereses que nada tiene que ver ni con el libro, ni con la cultura, ni con la edición ni mucho menos con los lectores.

Si todo esto no dibuja un futuro halagüeño, la convergencia entre web y libro electrónico, que se vislumbra en el horizonte temporal próximo, representa un reto conceptual y práctico para el cual muchos editores no parecen estar preparados, especialmente los que han decidido anclar sus posiciones en la negación de la realidad de la edición, escritura y lectura hoy y mañana.

Personalmente creo que a pesar de la desidia generalizada existe una porción de editores que han comprendido la necesidad de apostar por la calidad de edición no solo como signo distintivo, sino también como ejercicio de responsabilidad y de compromiso ético con el lector. No me cabe duda de que la dimensión general de este tipo de editor no sobrepasa la de pequeño y rara avis si alcanza la de mediano. Se argumentará que los costes de la propuesta que se lee entrelíneas son inasumibles; de hecho son inasumibles por la erosión que han sufrido en su capital a través de las externalizaciones de décadas. Pues bien, editores , consórciense. No solo porque puede ayudar a reducir costes sino porque ayuda a encontrar soluciones comunes, aprender y colaborar. Pongan a trabajar su imaginación, acepten riesgos, piensen en medio y no en corto plazo, aúnen fuerzas, consideren ganar menos para ganar más tiempo.

Mientras tanto el sector editorial es eso, un sector, nada de industria porque como tal no se comporta salvo para pedir subvenciones.

Claro que todo esto no es solo patrimonio de las editoriales. Como ya he apuntado los constructores y fabricantes de dispositivos de lectura también se desentienden de estándares y potencialidades pues ni siguen estándares, ni innovan, ni incluyen muchas de las potencialidades del libro electrónico entre las capacidades reales de sus dispositivos; la lentitud en la inclusión de carácteres, la lentitud de aceptación de los ePub recientes, la inclusión de sistemas de control a través de DRM o la colaboración a la creación de “jardines vallados” o mercados protegidos. Es difícil establecer si los fabricantes de dispositivos no se actualizan porque los editores no lo hacen o viceversa, o si es solo la suma de desidias grupales diferentes pero coincidentes.

(A modo de) Conclusiones

El libro electrónico es la forma más evidente en que cristaliza la edición digital. En su mayor parte la edición digital no ha sido comprendida por los editores y en el caso más optimista empieza a serlo ahora. Es consecuencia de ello la escasa compresión de qué es el libro electrónico, cuales sus formas y dinámicas, cual su construcción. La escasa calidad no es casual, sino una realidad por voluntaria omisión de acción.

Ignorando todo esto el producto final, el libro electrónico, no ha sido desarrollado como producto óptimo, sino como sucedáneo. La diversa naturaleza de la codificación del texto, las posibilidades de extensión del libro electrónico, todo ha quedado relegado al subdesarrollo tecnológico, creativo, conceptual y mercantil. Los editores han sido, son y serán los primeros responsables y a ellos corresponde tomar el timón. La situación actual deja poco espacio al optimismo porque la infravaloración del libro electrónico consecuente a la escasa calidad, hija de la escasa atención y comprensión, ha contagiado a todos los miembros de la red en la que se apoya el libro. No es algo casual sino el reflejo de una cultura de rechazo e ignorancia interesada en mantener un sistema productivo conocido en vez de adaptarse y desarrollar un sistema nuevo y diverso.

El libro electrónico hoy es un infralibro, un producto de mínimos, en términos de calidad, proyectación, creatividad y políticas comerciales. El por qué de este arrinconamiento que va desde su origen, el editor, al lector, pasando por todos los demás sujetos estriba en que solo mediante su ostracismo factual puede seguir defendiéndose un sistema inadecuado, ineficiente e ineficaz; se ha creado un sistema combinado en el que cada sujeto implicado colabora en mantener un escudo artificial y justamente por artificial acabará cediendo incrementando la potencia del impacto.

El libro electrónico hoy necesita una revolución.

Como colofón dejo estas otras reflexiones conectadas en un modo u otro a cuanto expuesto:

de José Antonio Millán “Calidades en eBooks

de Jiminy Panoz “Lets talk about ebook performance”

de Guillermo Schavelzon “Seis problemas del mundo del libro”

 

Adiós a las armas

Han pasado pocos años y es visible para cualquiera que el nivel de combatividad de las pequeñas editoriales digitales ha desaparecido de la escena. Las editoriales que a partir de 2009-2010 nacieron y pelearon, en el ámbito que les era propio y consiguiendo la visibilidad y notoriedad que era posible, por la dignidad y la calidad del libro electrónico, sacándolo de la zona umbría en que estaba relegado.

¿Qué ha pasado en este tiempo?, ¿por qué estas editoriales han cesado de dar batalla pública?

En mi opinión, como siempre, han ocurrido varias cosas.

  • el ebook ya no es una novedad. Y esto tiene dos lecturas:
    • no hay que seguir promoviendo y divulgando el ebook porque ya es conocido por muchos. En que forma, con que distribución y demás es algo que convendría analizar con calma pero resulta innegable que ya no es un desconocido.
    • El ebook ha llegado para quedarse, como se decía una vez, es una frase hecha realidad y sigue habiendo quien tolera mal la realidad
  • la progresión del ebook como realidad comercial ha seguido una camino razonable; los datos sobre su camino presente y futuro son, como siempre, interpretables de un modo u otro, favorable o menos, con mayor o menor tiempo, pero sobre los datos del pasado no hay discusión posible. Este dato ha hecho que las editoriales digitales sean más cautas y sobre todo han tenido que pechar con las previsiones que no hicieron ellas, sino otros sujetos en general no pertenecientes al sector editorial y que tenían y tienen sus propios intereses más allá del libro (en cualquier formato). El ataque frontal al libro electrónico desatado por algunos sectores del mundo editorial y afines ante el incumplimiento de las previsiones (o profecías) de ventas, ha producido un mutismo sobre las posibilidades reales del ebook, sobre sus problemas de distribución (cuando se quisiera prescindir de geolocalización o drm), sobre las dificultades de codificación, sobre las cortapisas efectivas por parte de los e-readers a determinados formatos, sobre las posibilidades narrativas del libro electrónico, etc… todo ha caído ante los libros contables y las palabras de terceros. No puedo sin embargo callar que si el libro electrónico no ha sido el salvador de las editoriales (que en términos generales poco o nada han hecho para comprenderlo, realizarlo adecuadamente y desarrollarlo), el libro impreso no ha cesado de caer y nadie a dicho nada en su contra, aunque tampoco salve los libros contables; véase el cierre de librerías y editoriales (o la compra de estas por grupos mayores).
  • Se han reducido los espacios de debate sobre el libro electrónico. Aquí es muy difícil distinguir causa de efecto: se han reducido porque paulatinamente ha caído el nivel de participación o este ha caído porque paulatinamente se han ido cerrando estos espacios (desapareciendo en número o cerrándose a la interacción). Hay que meditar sobre estas dinámicas. Sea como sea la realidad es que el silencio a cerca del libro electrónico es enorme y se rompe solo para atacarlo puntualmente.

En realidad este grupo batallador era pequeño pero aguerrido. Quizá era demasiado el peso que sostenían sus hombros. Y el problema es que era pequeño y que sus preocupaciones y sus debates no alcanzaron jamás a las editoriales más grandes, punto este que es fácil comprobar en base a la participación de las editoriales en organismos como el W3C o el IDPF que afrontan cuestiones relativas a la estandardización el libro electrónico y su desarrollo. No quiere decir esto que todos los debates fuesen improductivos, quiere decir que los resultados han sido parciales o muy reducidos.

Por otro lado la digitalización en el sector editorial ha quedado claro que no era solo cuestión de producto final (el #ebook) sino de flujo de trabajo y quizá también en esto hay que lamentar que no se haya avanzado tanto como habría sido deseable.

En cualquier caso el libro electrónico, su debate público y su desarrollo mueren de inanición. Este adiós a las armas está siendo muy amargo.

Como si el libro siempre hubiese sido así

Es tentador pensar que las cosas son como las vemos, contemporizar el pasado es una de las consecuencias de caer en esta tentación. Sobre todo es fácil explicar entonces como nuestros favoritos son mejores que las novedades que los sustituyen o completan.

Pensemos, por ejemplo, en los libros.

Es frecuente usar como argumentación sobre la superioridad (y ya el término no me gusta) del libro impreso sobre el libro electrónico, la mayor calidad caligráfica, de definición y de detalle en el libro impreso. Se reportan entonces ejemplos de magníficos libros desde muchos años atrás (inútil especificar si del s. XIX o de 1989) hasta hoy.

La cuestión sin embargo es falaz. Lo es por dos motivos. Uno, porque el libro electrónico no es ni debe ser una transposición digital de un formato impreso: reducirlo a este concepto es muestra de pereza factual y conceptual, pero también manifiesta el grado de maltratamiento que el libro electrónico recibe desde su concepción en el sector editorial. Dos, porque presenta y propone el libro impreso desde un punto de su desarrollo tecnológico y formal, mientras el libro electrónico se halla, por diferentes motivos, en un estado aún incipiente; basta pensar a cuánto tiempo ha sido necesario en esta veloz situación tecnológica para que los comunes dispositivos lectores aceptasen el formato 3.o del ePub. Es inútil mencionar la diferente velocidad de las revoluciones tecnológicas sin aportar una escala razonada con datos verificables y porque además habría que incluir la escala del esfuerzo en innovación tecnológica en ambos tipos de libro a lo largo del tiempo y cuantificarlos, empresa que más que ardua me parece imposible y en cierto modo irrelevante.

Es mi modesta opinión que más que centrarse en estos debates estériles, en estas denigraciones insustanciales, sería mucho más productivo para el sector editorial reflexionar sobre la dimensión total de la revolución digital en el proceso de edición, sobre la naturaleza del libro electrónico y sus necesidades específicas, una reflexión sobre su tipografía y la definición de una terminología nueva y para terminar sobre la dirección que se desea imprimir de un modelo económico en transformación, porque también hay algo que decir en este campo y no conviene dejar que las decisiones las tomen siempre otros.

Sobre el libro impreso y el ebook

Me enzarzo esta mañana en Tuiter en un amable intercambio de puntos de vista con Jorge Carrión (@jorgecarrion21) y Josep Mengual (negritasycursiv), a quienes saludo cordialmente, a propósito del libro electrónico y de ello surge esta entrada.

El punto de partida para la polémica o cuestión a debate era el libro impreso como objeto que encarna el deseo, mientras el #ebook es solo la idea de deseo, desmaterialización del deseo que en realidad anhela una forma tangible.

En realidad se ha transformado en un debate sobre que podemos definir como libro, partiendo de la idea de que este encierra un texto (poco, mucho, dentro de imágenes). Ahora quisiera resumir el viaje mental en que me ha sumido y que he intentado condensar el los 140 carácteres que permite Tuiter.

El libro impreso es heredero de otras formas anteriores en las que el libro (un concepto que define un conjunto de textos unidos por una categorización predefinida o bien un solo texto de mayor o menor longitud) había cristalizado: las tabletas, los papiros, etc… En nuestra mente y durante casi cinco siglos la forma del libro se ha unido al contenido del libro. Hemos elegido una forma, a la que el contenido se ha adaptado en muchos casos y en otros ha sondado sus límites, de entre las muchas disponibles o posibles y le hemos conferido una serie de atributos supramateriales. Lo curioso del caso es que si preguntamos ¿Usted por qué lee? El objeto en si, el libro impreso, no es la primera ni la segunda, acaso ni la tercera motivación para la lectura. La transmisión de conocimientos, emociones, ideas, van por delante. Mayoritariamente compramos libros para acceder a conocimientos, emociones, ideas, como objeto vector. Luego podemos enamorarnos del objeto en algunos casos, pero sobre todo, creo, transferimos al objeto los atributos supramateriales que distinguen nuestra afición a la lectura. El matrimonio parece perfecto al punto que libro es contenido y continente.

Bien, ahora sin embargo podemos tener acceso a otras formas del libro, formas inmateriales. Los motivos que nos inducían a la lectura no han desaparecido pero el continente ha cambiado sin que desaparezca el libro. Esta inmaterialidad posee además la característica de poder virtualizar el libro en varios modos y la reciente convergencia entre ebook y web lo demuestra. ¿Desnaturaliza el libro? Aunque no me gusta respondo con otra pregunta ¿por qué debiera?

De hecho estas consideraciones a lo largo del debato nos han conducido a la peor de las pesadillas del libro, el vacío, la posibilidad de encontrarnos ante un formato del libro que nos conduzca a un contenido huero. Es, considero, inevitable en cierto modo que la inmaterialidad del ebook lleve al temor del vacío del contenido, un fenómeno por asociación. Si lo que apreciamos en un libro es el contenido la forma pasa a un segundo plano; la obra es una y los formatos varios, como suelo decir.

La dificultad que emerge del debate, pienso interpretar bien, es la definición del contenido. Por que si bien todo estamos intuitivamente de acuerdo con la afirmación “no todo texto o conjunto de textos es un libro”, resulta complicado definir el libro en base al contenido. Habiendo conferido al libro una serie de atributos que en su mayor parte hacen hincapié en la capacidad del texto/contenido de transformarnos en uno u otro grado, y en la medida en que ahora el contenido se desliga de la materialidad y la unidad esto queda inconscientemente subrayado, no hay acuerdo. Quizá no puede haberlo y nunca lo hubo mientras seguimos manejando cierta idea elitista del libro. Un libro puede cumplir muchas funciones según su contenido. Personalmente solo puedo decir que me turba el libro cuyo contenido y objetivo es solo consumir tiempo. Eso sí que no es un libro, considero.

Otra parte de este debate y que originalmente era mi primera reflexión, pertenece, al menos en forma parcial, a otra esfera.

El deseo del objeto, en este caso el libro impreso, como emblema de una época que prefiere poseer cosas a saber cosas, la preferencia material por encima de todo. Si bien no era eso lo que indicaba Jorge Carrión en su tuit, de inmediato mi primer pensamiento ha ido en esa dirección y por tanto no me parecía extraño el rechazo del #ebook. Desear objetos es uno de las impelentes “necesidades” que nuestra sociedad crea y que en el caso de la edición explica también los números de la hiperabundancia de títulos, una parte de ellos vacíos más allá del formato.

Libros, textos, formatos, vacío, objetos y deseo: podrían ser estas las claves del debate sostenido. Que no haya más que conclusiones parciales es normal, todo está en devenir, pero por encima de todo yo me quedo con conocimientos, emociones e ideas.

El libro electrónico y la brecha digital

En la antepenúltima entrada de este blog me interrogaba sobre la posibilidad real de la red de ser un acicate a la lectura en un modo mayor o distinto de otras formas de lectura. Sostuve y sostengo que la red es un instrumento cuya mera existencia no supone nada: no justifica por si sola ni ciberutopías ni ciberdistopías.

Si ahondamos la cuestión hacia la brecha digital (o también llamada pobreza digital, que es todavía más clara como denominación), podemos ver como existe una tendencia a señalar a la red y al libro electrónico como un factor que no hace desaparecer tal brecha. Y creo que existe también en esto cierta confusión.

La brecha digital, qué es

La brecha digital es la (im)posibilidad de uso, acceso y apropiación de tecnología ya sea a nivel geográfico, socioeconómico o por género y está en relación a la calidad de las infraestructuras tecnológicas, a los dispositivos de uso, a la conexión y al capital cultural necesario a la transformación de información en conocimiento relevante; esto es lo que en otras palabras dice también el sector de la tecnología móvil mediante los informes y estudios de GSMA (aquí y aquí).

La brecha digital relación inversión, capacidad de gasto y nivel de instrucción de una comunidad: una reflexión sobre ello y los programas para la escuela de Nate Hoffelder.

Libro electrónico y brecha digital

Apostrofar al libro digital como (co)responsable de no atajar la pobreza digital es injusto. En primer lugar el libro electrónico no constituye una infraestructura de acceso, ni es un punto de conexión ni determina la existencia del punto o de conexión o su precio, ni representa, creo, una apropiación de tecnología que no represente por ejemplo un videojuego, un libro impreso o un par de zapatos. Si puede crear imposibilidad de uso al no ser interoperable, al poseer un DRM, al estar geolocalizado, al ser caro o al estar vinculado dispositivos (léase limitación a la interoperabilidad). Sobre todo el libro electrónico no es responsable del nivel de instrucción necesario a hacer de la simple información algo más. O sea no es responsable de la creación del capital cultural. Si así fuere, habría que considerar el libro impreso como (co)responsable de los niveles de analfabetismo (ya sea como tal que el funcional); teniendo en cuenta los impresionantes números de la superproducción editorial sería incluso vergonzante este parangón.

El libro electrónico como instrumento de difusión conocimiento, de las capacidades inclusivas de la tecnología, de superación de clichés culturales (la brecha digital vive en la discriminación por género, como cualquier otro fenómeno discriminatorio de la vida), depende de la construcción social a su alrededor, es decir de la construcción cultural: la economía, las interrelaciones personales, las creencias, las discriminaciones, las ideologías, las limitaciones físicas, etc…No tiene el libro electrónico de por si mayores capacidades de cualquier otro instrumento: todo uso de lo que construimos está decidido de antemano en función de una visión de sociedad, de la cual el instrumento en si tiene pocas o ninguna posibilidad de huir.

Lo que se olvida decir

Se olvida decir que estos datos están necesariamente radicados en las experiencias codificadas y clasificadas por editoriales, distribuidores, libreros, etc…en otras palabras la realidad que hay ahí fuera y que no se acoge a las convenciones del sistema no están recogidas, valoradas, analizadas y contabilizadas, en parte porque no sus ideadores y usuarios no lo desean, en parte porque un sector económico crece en ese cono de sombra, cuya dimensión real es desconocida y ese desconocimiento permite valoraciones económicas arbitrarias o sospechosas.

La parte colaborativa y abierta, cuyos circuitos de difusión no se hayan codificados o no hallan exclusivamente su modus vivendi en la red, esa parte, mantiene viva la mejor esencia del libro electrónico con todas las limitaciones que una situación de penuria puede conllevar en el consumo de bienes digitales; falta dinero para comprar un e-reader, por ejemplo, o existen dificultades en conseguir abastecimiento de energía eléctrica.

El pobre libro electrónico no es Superlibro, ni San Libro, haríamos bien en no pedirle los milagros que no ha cumplido el libro impreso.

Europa, Europa, libro de doble filo

 

Tenía un amigo muy aficionado a la política-ficción que es algo que ni de lejos me apasiona. Sin embargo hoy quisiera jugar un poco a adivina adivinanza a propósito del #ebook y de la posible disolución de la Unión Europea (y si me apuráis incluso de Europa, pero ahí entramos en un debate de veras muy serio).

Hoy como hoy el #ebook en Europa tiene una serie de restricciones activas que van de los distintos tipos de #DRM en uso por parte de los distribuidores y editoriales, a la imposible interoperabilidad de los formatos para llegar al bloqueo por geolocalización; esta ultima restricción siempre me ha parecido particularmente odiosa.

Este último punto ha sido puesto sobre el tapete de las discusiones sobre el #ebook y las políticas editoriales europeas en el pasado reciente. Parecía, y el uso del incondicional aquí es obligatorio, que se tenía la intención de desarrollar o instituir un marco geográfico en el cual las restricciones por geolocalización quedasen inactivas. Tras el anuncio poco o nada se ha sabido de esta iniciativa. De llevarse a cabo sería algo por lo cual felicitarse, si bien otras iniciativas restrictivas no van en la misma dirección.

La situación política general no da muchas esperanzas, por contra. Admitiendo que la iniciativa prosperase y fuese ejecutada, las amenazas de salida de la Unión Europea por parte del Reino Unido, de llevarse finalmente a cabo, o las amenazas de expulsión de esta organización dirigidas a otros países, si se transformasen en actos ejecutivos, acabarían con ella. Desde luego no sería la única. Por ejemplo, dejaría en un sueño la armonización europea del IVA aplicado al libro electrónico. Y hablo solo del libros.

Ahora imaginemos que la Unión Europea, a pesar de todo proceso centrifugo, se mantuviese como tal y se aprobase la desaparición de la restricción por geolocalización. En ese caso si aprobase el TTPI tal y como parece estar redactado, sé tanto como cualquiera de vosotros, muy poco por tanto, quizá se estaría abriendo el cofre de Pandora. Imaginemos a Amazon o Apple abriendo una sucursal europea en la cual verter la totalidad de títulos americanos y del resto del mundo. En inglés decís. Si claro, al menos al inicio. Y no porque una parte de los títulos de Amazon EE.UU están en castellano. Imaginemos que ambos actores pusiesen en marcha un programa de traducción del catálogo, inicialmente para autopublicados. ¿Os imagináis el impacto?

Todo esto es solo política-ficción, evidentemente, pero quisiera que sirviese para señalar que pasar por alto lo que ocurre en toda América o en Europa no puede conducir al éxito. Es necesario que los editores de todo tamaño y tipo hoy piensen en múltiples dimensiones, incluyendo la geografía entre ellas, pero sin olvidar las lenguas, los formatos, los derechos.

 

¿Por qué la red debe incitar a la lectura?

Dando lectura a una de las últimas entradas de Txetxu Barandiarán en su blog, no he podido por menos que hacerme esta pregunta, ¿por qué la red debe incitar a la lectura?

Dejando a parte el énfasis en el fracaso de la red como vector de lectura, dejando a un lado la confusión entre lectura online y lectura de libros electrónicos o revistas digitales, digo dejando todo esto para otra ocasión, me pregunto ¿por qué la red debe rescatar del fracaso al libro impreso como vector de lectura como parece que algunos de una parte le reclaman y por otra avisan de su imposible cumplimiento?, ¿por qué la red debe incitar a la lectura?

Partimos de una serie de infinitas lagunas:

  • no sabemos cuantos libros se venden: porque no todos tienen isbn, porque quienes saben cuanto se vende callan, porque cada día salen a la luz datos contrastantes que se dan de inmediato por veraces para luego dudar de ellos, porque el sistema está ideado para ser opaco.
  • no sabemos cuantos leen, ni qué leen; aproximamos, imaginamos, conjeturamos, hipotizamos, pero saber no se sabe.
  • partimos del hecho que el ebook no ha saneado las cuentas de las editoriales para concluir que la red no es la salvación de la lectura ni de las editoriales; no entro aquí en la polémica de cuanto han hecho estas mismas por desarrollar o por obstaculizar el camino del libro electrónico.

Y todo esto no es más que un colosal contrasentido.

La red no es un ente autónomo y si un instrumento. Nada se hace ni se ha hecho hasta hoy para incitar a la lectura, que no es lo mismo que impulsar el sector editorial: lectura y edición no son lo mismo, lectura y venta de libros o revistas no son lo mismo. Esta mixtificación es letal, ofusca la visión del cuadro, confunde.

La red no es un ente autónomo y si un instrumento. No se ha decidido que la red es un instrumento de inclusión o democrático. La deriva es que la red tiene razón de ser en cuanto vector de consumo y sobre todo de cierto consumo; las visiones divergentes y la posibilidad de hacer que estas visiones sean visibles se restringe progresivamente en modo fraudulento.

La red no es un ente autónomo y si un instrumento. La red no se autodefine. Los procesos culturales no se definen en la red en modo descentralizado, autónomo y colaborativo, estos residen en varios centros físicos, poblados por personas que mantienen relaciones físicas y virtuales y que resultan de procesos complejos con múltiples niveles de interacción y con la intervención de múltiples factores. En estas prácticas la lectura no está contemplada como actividad fundamental, me parece claro, como no lo están muchas otras actividades físicas y virtuales, individuales y colectivas que no tiendan a reforzar jerarquías ya existentes. La lectura está devaluada, pero no por la red, no en la red, en el mundo real y virtual. Continuemos discutiendo sobre la irrelevancia de la red, sobre la inconsistencia del libro electrónico, sobre la primacía del papel y olvidemos que lo que necesitamos, como sociedad, individuo e incluso como sector de actividad (el sector editorial), son lectores y el futuro será peor que el presente en lo real y lo virtual.

Necesitamos lectores. ¿Qué estamos haciendo para tener más lectores? A ver si dejamos de mirar a otro lado o solo nuestro ombligo, quizá así veamos las cosas como están.

Sobre la propiedad del libro electrónico

Desde el inicio una cuestión ligada al libro electrónico que me ha inquietado es la cuestión de propiedad del mismo (por si hay un lector nuevo, lo que sigue son mis opiniones personales, discutibles.

Hablar de propiedad siempre es peliagudo, cuanto menos desde mi punto de vista. Con frecuencia propiedad y exclusividad van de la mano y el hecho de que A sea propietario de algo excluye que B pueda serlo también; la propiedad se convierte en un factor excluyente. Pero no siempre. Una propiedad también puede ser compartida, regalada, prestada. Hay instituciones que incluso son porque basan su existencia en la socialización de la propiedad: las bibliotecas, por ejemplo.

El libro impreso por sus características también hace que contenedor y contenido sean inescindibles, salvo che se fotocopie, se fotografíe, se escanee. Claro está que jamás podremos apropiarnos de la paternidad y por tanto de futuras explotaciones comerciales del contenido, al menos no lícitamente, porque ese es propiedad de su autor. Un razonamiento que vale para cualquier soporte y manifestación (en línea de principio).

El libro electrónico por su entidad inmaterial y su fácil reproducibilidad (ya hemos visto lo difícil que había sido antes reproducir el libro impreso) pone en jaque el concepto de propiedad, según algunos, precisamente por sus características, porque contenedor y contenido son separables y separados. Hay algo en este razonamiento baladí que no me cuadra.

En todo caso la defensa del contenido es primaria en esta visión y por ello se han adoptado medidas de seguridad: DRM, imposibilidad de interoperabilidad en los formatos, mercados verticales y lectura en la nube; el principio imperante es, en la mayor parte de estos casos, la no-propiedad de lo adquirido, el libro electrónico como licencia, si bien no aparezca explicitado en ningún lado.

La verdad, temo, es que el libro electrónico ha permitido dar un paso que antes no podía darse: afirmar el derecho a consumir y prohibir el derecho a la propiedad.

La paradoja es que mientras teníamos la propiedad del libro, y en cuanto propiedad era un factor excluyente, podíamos socializar contenido y continente. Ahora y para el libro electrónico, no.

Separar compra de propiedad hace imposible compartir un #ebook, prestarlo, realizar bibliotecas temporales, etc. Curiosamente mientras el sistema actual hace esto imposible, estimula el uso de servicios de consumo del libro en la nube; no puedo dejar de preguntarme si esto no es una banalización del libro, que pasa de bien de formación (de todo tipo) a bien de consumo y si esto no tiene después un reflejo en la apreciación del libro y de su valor, incluyendo el libro impreso. Decía que es una paradoja, porque era impensable que defender la socialización posible de un bien pudiese pasar por la propiedad. La paradoja es que más allá de consideraciones histórico-legales no se está protegiendo el contenido ni los derechos del autor, sino la obligación del lector a recurrir obligatoriamente a un cauce blindado de consumo (y no entro en cuestiones como los datos personales y su comercio, por ejemplo).

Y ojo, digo consumo, no lectura, ni otra cosa, consumo.

El consumo está desposeyendo al lector no ya de la propiedad sino de los usos alternativos y sociales que de la propiedad puede hacerse.

Estando así las cosas obtener que el libro (electrónico o menos) sea mio abre la posibilidad a la socialización en el cauce que prefiera el lector, a formas de compartición temporal, a formas que damos por descontadas y que no necesariamente van en detrimento de los derechos del autor, en cuya defensa las formas hasta ahora defendidas no solo no son efectivas sino ni siquiera la tienen como eje: lo que se está defendiendo aquí y ahora es el valor de la intermediación, ni derechos, ni valor del libro.

Dos lecturas de postre (siempre en este blog)

Sobre “espotifai” como modelo de lectura

Imaginando las bibliotecas

Paradojas del libro electrónico

Sin lectores y con pocos fondos para las bibliotecas, es decir para que quien no pueda comprarlos pueda leer libros, las políticas de las editoriales son restrictivas en lo referente al libro electrónico: ¿quien será lector mañana?

Sin lectores y con pocos fondos para las bibliotecas, que crea lectores, el sector editorial pretende remontar el vuelo: ¿estamos seguros?

El sector editorial se fagocita creando el mismo ciclo de ventas de una película en cartelera: ¿Acierta?

El sector apunta con el dedo al libro electrónico por no mantener las promesas: ¿las promesas hechas por quien y actuadas por quien?

En realidad los libros electrónicos marcan el fin de las editoriales como posesoras de un estándar de edición y su nuevo papel como receptores de estándares pensados por otras industrias: adiós al lector como centro porque ya no es él para quien se piensa en producto.

Las editoriales no desarrollan el libro electrónico porque no pueden establecer sus características, su marco de uso, su transmisión (en algunos casos ni siquiera comprenden que siendo la misma obra no es el mismo libro). Ante estas circunstancias, donde diversos otros actores (distribuidores, codificadores, constructores de dispositivos lectores) juegan un papel tan o más importante del mismo editor, éste no ve porque añadir a sus tareas y competencias el libro electrónico, lo cual determina, de paso, una progresiva futura disminución de su papel; un síntoma es la autopublicación como alternativa. Estas mismas circunstancias determinan que el editor no sea el mayor beneficiario (ni el autor, desde luego) en el reparto de porcentajes de la venta del libro.

Así pues resulta extremamente paradójico que el libro electrónico haya llegado a ser una esperanza para el sector. Más bien, diría yo, ha servido como chivo expiatorio  ante una situación estructural resultante de una serie de decisiones e inacciones del sector durante los últimos veinte años. Una crisis estructural que subraya despiadada el hecho de estar ante un sector no industrial que actúa como si lo fuese; otra paradoja más al descubierto a propósito del libro electrónico.

Sumemos a esto resistencias metodológicas culturales, prácticas, retóricas (mis favoritas son el olor de los libros, benditos ácaros y hongos, y la herencia de la biblioteca, como si las casas las regalasen) y nos hallaremos ante una situación paradójica: siendo el libro electrónico un formato con futuro los editores han decidido desentenderse de su definición y práctica. El sector editorial busca con desesperación una rentabilidad que le saque del agujero que ha excavado comportándose como una industria sin serlo, tratando la cultura como un elemento retórico y no como un hecho sustancial, trabajando como otros sectores con otras premisas, usando la tecnología en modo superficial (casi creyendo que será la tecnología la que resuelva los problemas y no una estrategia que subyace a su uso; que nadie se sorprenda entonces de la pervivencia de programas de conversión y del concepto mismo de botón mágico porque revelan el marco conceptual en el que se mueve buena parte del sector editorial).

El libro electrónico es el libro que ha sacado a relucir todas las ineficiencias y vulgaridades de un sector incapaz de redefinirse y aún diría incapaz de trazar una estrategia de defensa de la cultura no económica.

El presunto fracaso de “lo digital”

En un lustro he leído y oído tantas veces que lo digital ha fracasado o triunfado, con datos y estadísticas de todo pelaje y oscura raíz, que me resulta hastioso el tema. Sin embargo he decidido abordar la cuestión.

La sentencia de Roy Amara, “Sobrevaloramos el efecto de la tecnología a corto plazo e infravaloramos el cambio a largo plazo” calza perfectamente cuando hablamos del impacto de lo digital en la edición.

Me pregunto si el fracaso de lo digital como algunos vocean no es sino que el miedo al éxito de lo digital les había puesto excesivamente nerviosos: hablo de librerías, editores y autores que no se veían capaces, algunos siguen sin serlo aunque estén convencidos de lo contrario, de gestionar, dirigir y digerir la revolución digital. Como no se ahogaron de inmediato es que la ola fracasó.

La realidad es otra y aún están a tiempo de ahogarse.

El impacto de lo digital es profundo porque ha cambiado muchas pequeñas prácticas y hábitos cuyo impacto es mucho mayor del aparente: comercialización, exposición, prácticas de marketing, pero cuya comprensión quizá sea superficial y contentándose de prácticas comerciales no se vea justamente la profundidad del cambio.

Por otro lado la confusión terminológica y metodológica juega también a favor o contra el fracaso de digital: quien cuenta como comercio electrónico solo el referente al libro electrónico o ebook y no la venta del libro físico a través de plataformas digitales, quien confunde el incremento del volumen de ventas del ebook con el volumen económico de estas ventas, quien mezcla la lectura online con el libro electrónico (como mezclar el libro de bolsillo con la edición para coleccionistas); todas estas formas pueden leerse como claves del fracaso o del éxito de lo digital en al edición, según la perspectiva que aplique a la observación.

En realidad el impacto de lo digital en la edición estriba en el método de edición, que irremediablemente ha cambiado aunque sea un cambio que no todos han o están gestionando en modo óptimo, y que trae consigo otros muchos, de la escritura a al lectura pasando por la venta.

Las cortapisas al desarrollo del libro electrónico (DRM, precio excesivo, mala calidad de edición, consideración de subproducto, negación), eran las que había que esperarse. La cuestión es que lo digital vivirá un éxito seguro como tantas otras formas de revolución tecnológica.

El punto principal sin embargo, para mi, es que uso damos y daremos a esta revolución. Por un lado urge que nos hagamos cargo de que el cambio es profundo, que el sector editorial, que no es una industria por mucho que perore serlo, decida actualizar métodos de trabajo, actualizar sus conocimientos, perfeccionarlos.

Por otro lado, realizar los puntos elencados un poco antes implica que esto ocurra gracias a la consideración de los profesionales de la edición como tales y de los lectores como sus necesarios jueces y aliados; no podemos tratar a los unos y a los otros a patadas, negando derechos laborales y derechos del lector. Dicho de otro modo, implica una ética de edición puesta en marcha, defendida y actuada por editores, no por directores comerciales; no es que los números no cuentes, pero no se puede ir por la vida clamando en defensa de una “industria cultural” que ni actúa como industria ni guarda relación con la cultura (a menos que no sea la cultura del dinero).

No espero gran eco de esto que escribo entre los grupos afianzados en la edición, pero me satisface saber que en la periferia del sistema, prescindiendo en cierta medida del sistema mismo, esto se está actuando y demuestra su valor no solo sobreviviendo sino creciendo y expandiéndose (y no por que yo lo diga, sino porque hay quien lo cree y lo realiza).

A margen de estas consideración consigno aquí tres artículos cuya lectura aborda algún otro aspecto del “fracaso de lo digital”:

The future of FutureBook

John Makinson | “Readers don’t want content to change very much”

The book that talks back