Cuestiones prácticas de ética

En estos días he seguido un debate interesante que partía de una simple pregunta, ¿al lector debería importarle si el el libro que compra ha sido imprimido en un país extranjero? De hecho la pregunta es ¿al lector debe comprar un libro imprimido en el extranjero?

Salta a la vista que la pregunta tiene muchas e interesantes implicaciones.

Intentaré exponerlas y como siempre dar mi opinión: aquí hago un apunte, visto que los ánimos del sector editorial últimamente está muy soliviantados y son muy susceptibles, no trato de realizar una crítica sobre la opinión de nadie sino, más bien, dar mi punto de vista que será o no coincidente con otros, que gustará o menos pero que no es un ataque “personal”.

En primer lugar la identificación de extranjero es vaga, la pregunta original daba un localización precisa, pero suficiente. Se entiende que ese extranjero es capaz de imprimir libros a costos reducidísimos en comparación con los patrios. Esos costos reducidos son expresión de condiciones laborales inhumanas, opresivas e injustas, por lo tanto poco éticas para el sector cultural. Me pregunto cuántas editoriales se preocupan por saber los horarios que practican o los sueldos que tienen, o los contratos que han firmado los trabajadores patrios. Sin duda son mejores que sistemas semi esclavistas, pero la cuestión es que la identificación tout court entre extranjero y malo es necesariamente maniquea y no ética. Los mismo que es maniquea la asimilación entre libro barato = malo y libro caro = bueno: ¿en qué sentido sería bueno o malo el uno u el otro, éticamente, literariamente, respecto a un edición bien realizada? Mientras en el sector editorial aumenta el nivel y el número de errores sistémicos para reducir costos, esta distinción carece de sentido. Más aún desde un punto de vista ético.

Una cuestión que se ponesobre el tapete durante el debate al abordar la pregunta expuesta, es que la búsqueda del provecho no justifica todas las acciones, que existe un nexo ideal entre el libro y su territorio que el lector debe reconocer y que el editor debe respetar. Debe ser, sin embargo, un nexo elástico y si los libros imprimidos en el extranjero llegan a nuestras librerías. Una editorial es, con altísima frecuencia, una empresa de lucro. Busca por tanto maximizar la inversión reduciendo costos. El conflicto entre ética y empresa parece radicarse en la idea de que la supervivencia de la misma depende de la competitividad desarrollar. No deja de ser oportuno recordar que las editoriales usan o podrían usar muchos mecanismos de este tipo: del marketing a la externalización, aspectos estos que no son visibles en (casi) ningún debate planteado por las editoriales y que tienen evidente aspectos éticos e ideales.

Otra cuestión es la intervención de las instituciones ante esta situación. Es decir, si las instituciones establecen criterios de ayuda y subvención al sector editorial, un aspecto penalizador sería la impresión del libro fuera de ciertos territorios, con mayor o menos amplitud, colijo, dependiendo de la institución. O lo que es lo mismo premiar la radicación de la editorial en el territorio mientras despliega su actividad. En principio parece una medida oportuna y justa. Se me ocurre que tal medida, de ser aplicada, constituiría un incentivo solo en la medida en que los beneficios de acogerse a estas prácticas fuesen iguales o superiores (o cuanto menos no sensiblemente inferiores) a los beneficios obtenibles de buscar servicios a mejor precio en el extranjero. Me pregunto si no sería mejor que un incentivo una desgravación fiscal para aquellos que ya realizan estas actividades en este modo de forma regular: en ese caso quizá sería más eficiente solicitar una disposición fiscal en este sentido más que ayudas directas. Tengo mis dudas en lo referente a la eticidad de ayudar o premiar directamente a empresas con ánimo de lucro, especialmente en actividades culturales: ¿por qué no ayudar a otro tipo de actividades culturales, por ejemplo sin ánimo de lucro, en vez de a empresas? ¿no se genera un círculo vicioso, un cierto clientelismo, una visión instrumental de los fondos públicos? Antes de responder recuerdo que para el las instituciones sector editorial la promoción de la lectura pasa por la compra directa de libros a las editoriales, que a mi juicio es una forma de subvención directa, mientras no hay dinero para bibliotecas o no se no subvencionan (o se infrasubvencionan) actividades culturales colectivas sin ánimo de lucro. De hecho la cuestión manifiesta que por encima de los cultural esta lo crematístico y por encima de la ética la bolsa.

Una cuestión que aletean sobre las anteriores es, si el editor reconoce que tiene un vínculo cultural a través de su labor y si este mismo reconoce que su ética profesional le lleva a realizar su actividad de modo ético, ¿por qué es necesario premiarle? Es decir, si hace las cosas como considera que deben hacerse y que esta es la llave para garantizar al público lector lo mejor que puede realizar al mejor precio que puede proponer, o se la llave del éxito comercial desarrollando su propia ética profesional, ¿qué otro premio merece? Ya sé que se dirá que debe premiarsele porque otros lo harán mal y se llevarán el gato de los beneficios al agua arruinando la imagen corporativa (un dia alguien deberá explicarme si esta existe y en que se cristaliza). pero el principio es equivocado, porque si por un lado significa que reputamos al lector incapaz de valorar (pero, ¿y la crisis? Ah, porque todo esto es fruto de la crisi, ¿de verdad?) y por otro se vuelca el principio social según el cual se castiga al infractor, al que hace mal, pero no se premia a quien hace lo que debe: y todos pensamos que cuando nos ofrecen un artículo y/o servicio nos deben dar lo mejor al precio justo y no otra cosa, motivo por el cual resulta obsceno pensar que vale solo para los demás y no para nosotros mismos.

La cuestión final que expongo es está, ¿tiene sentido transferir al lector la obligación ética de corregir al editor allá donde el mismo editor no siente como propia su ética laboral?

Me parece una transferencia muy propia de estos tiempos nuestros: si tú quieres que yo sea virtuoso oblígame (y yo te diré que lo soy pero no te daré todos los medios necesarios para verificarlo). Me parece una forma muy liberal de cargar a otros con una responsabilidad que no es suya, una forma de deshacerse de la propia ética. En el caso de una editorial es la forma más clara en que puede expresarse la disolución de cualquier vínculo ético entre edición y cultura. Una editorial debe de ser capaz de mantener un pacto ético consigo misma. Luego puede explicarlo al público pedir que les apoyen, solicitar al lector que se sume a su proyecto, etc. Me parece fuera de lugar ligar la ética a la ayuda, la edición a la subvención: el ánimo de lucro comporta riesgo, o se asume o mejor pasar a otra cosa porque la cultura es cosa seria y no siempre se vende o se compra pero siempre refleja las ideas de fondo que le han dado vida.

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Los datos del sector editorial.

¡Que batiburrillo de números!

Han salido a la luz los datos del 2015 referidos a la edición en España y la verdad es que son un claro ejemplo de la imposibilidad de tener datos unívocos sobre la materia.

En cualquier caso y como Manuel Gil Espín y Bernat Ruiz Domènec ya anuncian artículos bien meditados sobre estos números, yo solo voy a apuntar algunas cuestiones generales para la reflexión.

Datos

En esta fuente, y con los datos de la Agencia del ISBN, la FGEE habla de 73.144 títulos en 2015. En el Análisis del mercado editorial en España (accesible desde aquí) habla de 80.181 títulos. Por su parte el MECD en su Avance de panorámica de la edición española de libros 2015 partiendo de datos obtenidos de DILVE y la Agencia del ISBN da el número de 79.397.

Aunque el Análisis del mercado editorial en España no cita la fuente de lso datos (al menos en la nota de prensa) supongo que la fuente es la misma para los dos entes. Datos en entredicho o en conflicto o confusos, pero no deja de ser curioso que hablando del mismo dato para el mismo año las cifras sean dispares.

Último apunte, los autores autopublicados que han presscindido del ISBN, cuántos son, qué han generado en facturación y demás índices.

Crecimiento

Para poder mantener el parangón utilizo los datos de la FGEE (últimos datos en el caso del 2015, o sea los de Análisis del mercado editorial en España).

Aumento del número de títulos 10%, es decir 1.673 títulos más, 32 títulos nuevos por semana (que en su mayor parte pertenecen a los grandes grupos editoriales).

Aumento del facturado 2,8%.

Restando al facturado del 2015 (2.257 millones de euros) el facturado del 2014 (2.195 millones de euros) la cifra es más clara: 62 millones de euros más, en realidad y teniendo en cuenta el volumen del sector y la cantidad de títulos disponibles, es poca cosa.

Cuando hablamos de crecimiento, ¿a qué crecimiento nos referimos? Al parecer al aumento de producción, como si esto fuese ya un valor positivo, cosa que dudo. Tengámoslo en cuenta porque en las próximas semanas oiremos hablar mucho de crecimiento.

Valga esto también para el libro electrónico, si bien la variación de títulos ofrecidos de un año a otro el del 1,7% mientras el número de ejemplares vendidos subió un 13% y el incremento en la facturación global del sector fuese un 4,9% superior al 2014. El que quiera entender que entienda.

Sería apetecible saber cual es la inversión en desarrollo (i+d, desarrollo tecnológico, actualización de saberes profesionales) realizada por el sector. Eso podría ser crecimiento.

Sería apetecible saber, pero la FGEE no nos lo dice, cuantos empleos ha creado o perdido el sector editorial y de que calidad. Eso podría ser crecimiento.

Títulos

80181 títulos con una tirada media de 2810 ejemplares por título (en 2014 era de 2886 ejemplares por título) dan 225.308.610 ejemplares o 4,8 libros por cabeza (más o menos). Si tan solo se comprasen 3 libros por cabeza (138 millones de ejemplares vendidos, el 60% de la producción) y año sería imposible tener la crisis de devoluciones que tiene el sector y tendríamos otro país, quizá. Pero soy consciente de que estos números contienen errores aunque quizá no mayores de los que ofrece la FGEE, pues habla de ventas de 155.430.000 ejemplares (68% de la producción) en 2015. distribuidores y libreros puede que no estén tan de acuerdo con estas cifras. Y es que el 35% de los españoles no lee nunca. El sector editorial reposa sobre los hombros de 27 millones de lectores, en realidad sobre un número mucho más exiguo.

Por otro lado la reducción del número de ejemplares por título, aunque solo sea de 76 copias, indica dos cosas:

  • como es siempre más difícil vender libros,
  • el paso paulatino crecimiento del peso de la impresión bajo demanda.

Conclusión este crecimiento en el número de títulos no corresponde a un valor positivo de por si aunque así se vende al público; el sector no se recupera solo porque edita más títulos.

Adiós a las armas

Han pasado pocos años y es visible para cualquiera que el nivel de combatividad de las pequeñas editoriales digitales ha desaparecido de la escena. Las editoriales que a partir de 2009-2010 nacieron y pelearon, en el ámbito que les era propio y consiguiendo la visibilidad y notoriedad que era posible, por la dignidad y la calidad del libro electrónico, sacándolo de la zona umbría en que estaba relegado.

¿Qué ha pasado en este tiempo?, ¿por qué estas editoriales han cesado de dar batalla pública?

En mi opinión, como siempre, han ocurrido varias cosas.

  • el ebook ya no es una novedad. Y esto tiene dos lecturas:
    • no hay que seguir promoviendo y divulgando el ebook porque ya es conocido por muchos. En que forma, con que distribución y demás es algo que convendría analizar con calma pero resulta innegable que ya no es un desconocido.
    • El ebook ha llegado para quedarse, como se decía una vez, es una frase hecha realidad y sigue habiendo quien tolera mal la realidad
  • la progresión del ebook como realidad comercial ha seguido una camino razonable; los datos sobre su camino presente y futuro son, como siempre, interpretables de un modo u otro, favorable o menos, con mayor o menor tiempo, pero sobre los datos del pasado no hay discusión posible. Este dato ha hecho que las editoriales digitales sean más cautas y sobre todo han tenido que pechar con las previsiones que no hicieron ellas, sino otros sujetos en general no pertenecientes al sector editorial y que tenían y tienen sus propios intereses más allá del libro (en cualquier formato). El ataque frontal al libro electrónico desatado por algunos sectores del mundo editorial y afines ante el incumplimiento de las previsiones (o profecías) de ventas, ha producido un mutismo sobre las posibilidades reales del ebook, sobre sus problemas de distribución (cuando se quisiera prescindir de geolocalización o drm), sobre las dificultades de codificación, sobre las cortapisas efectivas por parte de los e-readers a determinados formatos, sobre las posibilidades narrativas del libro electrónico, etc… todo ha caído ante los libros contables y las palabras de terceros. No puedo sin embargo callar que si el libro electrónico no ha sido el salvador de las editoriales (que en términos generales poco o nada han hecho para comprenderlo, realizarlo adecuadamente y desarrollarlo), el libro impreso no ha cesado de caer y nadie a dicho nada en su contra, aunque tampoco salve los libros contables; véase el cierre de librerías y editoriales (o la compra de estas por grupos mayores).
  • Se han reducido los espacios de debate sobre el libro electrónico. Aquí es muy difícil distinguir causa de efecto: se han reducido porque paulatinamente ha caído el nivel de participación o este ha caído porque paulatinamente se han ido cerrando estos espacios (desapareciendo en número o cerrándose a la interacción). Hay que meditar sobre estas dinámicas. Sea como sea la realidad es que el silencio a cerca del libro electrónico es enorme y se rompe solo para atacarlo puntualmente.

En realidad este grupo batallador era pequeño pero aguerrido. Quizá era demasiado el peso que sostenían sus hombros. Y el problema es que era pequeño y que sus preocupaciones y sus debates no alcanzaron jamás a las editoriales más grandes, punto este que es fácil comprobar en base a la participación de las editoriales en organismos como el W3C o el IDPF que afrontan cuestiones relativas a la estandardización el libro electrónico y su desarrollo. No quiere decir esto que todos los debates fuesen improductivos, quiere decir que los resultados han sido parciales o muy reducidos.

Por otro lado la digitalización en el sector editorial ha quedado claro que no era solo cuestión de producto final (el #ebook) sino de flujo de trabajo y quizá también en esto hay que lamentar que no se haya avanzado tanto como habría sido deseable.

En cualquier caso el libro electrónico, su debate público y su desarrollo mueren de inanición. Este adiós a las armas está siendo muy amargo.

El espejismo de la profesionalización del escritor

La figura del escritor retoma de tanto en tanto cierta relevancia en el debate general sobre el libro. Lo más frecuente es que la cuestión se centre en el auge de los autores autopublicados y el la calidad e la escritura. A mi me gustaría abordar la cuestión desde otra angulación.

El autor desde el adviento de la modernidad es un profesional. Algo que en la antigüedad no era pensable: cualquier persona era artista. La escritura y la relativa especialización ya pusieron el papel de escritor en otra dimensión, que sin embargo no consiguió distanciar en demasía la mayor parte de la gente gracias a la pervivencia de la literatura oral. La edad digital junto con la extensión de la alfabetización ha vuelto a facultar a cualquier persona de la capacidad de ejercer su creatividad a través de la escritura; merece sin embargo detenerse y anotar que la extensión de la capacidad escribir por apropiación de los medios de la escritura, la difusión de los recursos necesarios para hacerlo, la extensión de las posibilidades de lectura han tenido como otro efecto simultáneo la aparición de formas de analfabetismo de retorno y de analfabetismo funcional, que de hecho merma el ejercicio potencial de la escritura. Así pues, verso y reverso.

La edad moderna trajo consigo el concepto de profesionalización de la escritura y el espejismo de la “vida de escritor”; una espejismo sustancialmente cierto en economías como la estadounidense o la inglesa, menos en la nuestra donde si el fenómeno se afirmó para unos pocos ahora está en franca regresión. La actividad expansiva de las editoriales encuentra desde hace varios años diferentes obstáculos que pueden definirse como estructurales y más allá de la crisis actual: superproducción, bajos índices de lectura, búsqueda de rentabilidad inmediata, modelos productivos predigitales. Las posibilidades de vivir del libro o de profesionalizar la actividad de escritura cambian.

Ante este cuadro la era digital proponía un modelo de cultura libre, de ética hacker como algunos la han llamado, que suponía el retorno de la actividad de la escritura a la participación individual en fenómenos culturales colectivos cuyo fin era la “realización de si”, es decir una contribución creativa no mercantilizada o no exclusivamente mercantilizada. En otras palabras, la edad digital desarticula los mecanismos de profesionalización de la escritura gracias a la difusión de instrumentos de masa cuyo coste es relativamente bajo y cuya difusión se beneficia de los mismos mecanismos de mercado (a otro rato las posibles contradicciones).

Tomado nota de esto nuestro sistema productivo a desplazado el eje y ha propuesto una identificación de actividad con profesión y por tanto profesionalización, marca personal, beneficio directo. En síntesis se ha propuesto un nuevo espejismo en el cual la editorial ha perdido fuerza en aras de los intermediadores tecnológicos y el escritor ha asumido su actividad como profesión, olvidando cualquier veleidad anterior, y reproduciendo los esquemas de producción editorial a menor escala, con mayor esfuerzo y en un panorama donde la superproducción de la escritura amenaza con alcanzar niveles jamás pensados antes.

Está claro que esta actividad como actividad de lucro (con lucro se entiende el pretendido por el autor como resultado de su actividad “profesional de escritor”) pone sobre la mesa algunos problemas como, por ejemplo, la profesionalidad del resultado y el mercado, la asunción de las actividades paralelas (el marketing) por parte del autor o la mercantilización de la “fanfiction” y los posibles litigios debidos al copyright.

Pero no son los únicos.

La terciarización iniciada por las editoriales ha pasado ahora a los autores en la medida que estos optan por prescindir de las primeras. Si las editoriales substituían los profesionales internos con otros externos en un intento de abaratar costes y/o aumentar la rentabilidad, los autores tienden a prescindir de las figuras profesionales de editores, correctores, etc. La conclusión es, lamentablemente, la pérdida de saberes implícitos y explícitos que acumulaban estas figuras profesionales. También se produce, consecuentemente, una pérdida de calidad formal del producto, ya sea en su presentación, uso y goce, ya sea en las características de estilo de las obras (sobreentendido queda que se trata de una generalización razonable).

Nos hallamos en una fase de desestabilización de un sistema que no se ha adaptado a nuevos esquemas digitales sino ante un sistema que por un lado ha adaptado los productos digitales a un esquema predigital y por otro ha aprovechado de un clima social e ideológico para reducir el papel de la creación de la escritura a un fenómeno de mercadeo personal, donde el “escritor” se reduce a marca personal y se le adosa, sin que desempeñe en modo efectivo después en la mayor parte de los casos, todos los procesos editoriales a excepción de la distribución y su control, donde se juega la partida.

El autor pues ha aceptado ponerse unas orejeras, ha colaborado a desmontar un sistema sin substituirlo, ha aceptado las ventajas de la digitalización sin preguntarse en qué consiste y qué puede ofrecer y puede ofrecer él a cambio.

Las editoriales se están convirtiendo en contenedores de gestión limitada (puesto que en su mayor parte ni poseen flujos de trabajo digitales aptos a manejar una era digital ni controlan la distribución digital) de títulos que potencialmente entran en las corrientes de lectura, definiendo y realizando nuevas corrientes y nuevas segmentaciones en los gustos (supuesto o reales, para mi tan reales en algunos casos como las previsiones nixonianas de la guerra del Vietnam) que con frecuencia tienen por resultado el incremento de la superproducción de títulos reduciendo la tirada media de los mismos.

¿Existen alternativas? Existen. Desde luego pasan por no aceptar este estado de cosas. En cualquier caso hoy me he limitado a exponer una cuestión.

Como si el libro siempre hubiese sido así

Es tentador pensar que las cosas son como las vemos, contemporizar el pasado es una de las consecuencias de caer en esta tentación. Sobre todo es fácil explicar entonces como nuestros favoritos son mejores que las novedades que los sustituyen o completan.

Pensemos, por ejemplo, en los libros.

Es frecuente usar como argumentación sobre la superioridad (y ya el término no me gusta) del libro impreso sobre el libro electrónico, la mayor calidad caligráfica, de definición y de detalle en el libro impreso. Se reportan entonces ejemplos de magníficos libros desde muchos años atrás (inútil especificar si del s. XIX o de 1989) hasta hoy.

La cuestión sin embargo es falaz. Lo es por dos motivos. Uno, porque el libro electrónico no es ni debe ser una transposición digital de un formato impreso: reducirlo a este concepto es muestra de pereza factual y conceptual, pero también manifiesta el grado de maltratamiento que el libro electrónico recibe desde su concepción en el sector editorial. Dos, porque presenta y propone el libro impreso desde un punto de su desarrollo tecnológico y formal, mientras el libro electrónico se halla, por diferentes motivos, en un estado aún incipiente; basta pensar a cuánto tiempo ha sido necesario en esta veloz situación tecnológica para que los comunes dispositivos lectores aceptasen el formato 3.o del ePub. Es inútil mencionar la diferente velocidad de las revoluciones tecnológicas sin aportar una escala razonada con datos verificables y porque además habría que incluir la escala del esfuerzo en innovación tecnológica en ambos tipos de libro a lo largo del tiempo y cuantificarlos, empresa que más que ardua me parece imposible y en cierto modo irrelevante.

Es mi modesta opinión que más que centrarse en estos debates estériles, en estas denigraciones insustanciales, sería mucho más productivo para el sector editorial reflexionar sobre la dimensión total de la revolución digital en el proceso de edición, sobre la naturaleza del libro electrónico y sus necesidades específicas, una reflexión sobre su tipografía y la definición de una terminología nueva y para terminar sobre la dirección que se desea imprimir de un modelo económico en transformación, porque también hay algo que decir en este campo y no conviene dejar que las decisiones las tomen siempre otros.

La gestión de los originales

Un problema recurrente en las editoriales es la gestión de los originales (prefiero no usar el término manuscrito por razones obvias). Las grandes editoriales por lo general no aceptan el envío de originales no solicitados, lo mismo que algunas editoriales medianas. Entre las editoriales medianas existen las que no los aceptan y las que sí y en este caso la gestión de los originales incluye la práctica análoga al silencio administrativo negativo en un lapso de tiempo determinado (tres o seis meses, según), es decir que al no responder no existe interés.

Así pues el problema de la gestión de los originales queda muy circunscrito a aquellas editoriales que desean mantener una contacto muy estrecho con los autores. Y es un problema porque por o general se gestiona mal. Veamos un par ejemplos.

  1. La editorial envía un mensaje de recepción del original y promete responder en unos meses, no pocos porque son una editorial pequeña, escriben, y no pueden responder siempre con la celeridad que desearían. De hecho no responden.

    El problema es que el flujo de trabajo no corresponde con los deseos de la editorial. Las tareas son muchas, el personal poco y la gestión de muchos originales que necesitan valoración genera un cuello de botella que al final se retuerce contra la editorial en la valoración que el autor realiza. Es un problema muy común. Si no podemos gestionar el tiempo y el flujo de trabajo en modo de dar una respuesta cierta en un tiempo límite, porque no es posible solicitar al autor una espera infinita, es mucho mejor optar por la política del silencio administrativo negativo. No es la opción que se ambicionaba ni refleja la voluntad de la editorial de establecer buenas relaciones con todos, pero dejar las relaciones incumplidas, en el aire, resulta peor y con relativa frecuencia afecta también a otros campos relaciones de la editorial.

  2. La editorial envía un mensaje de recepción del original y promete responder pasado un tiempo prudencial, ten paciencia. La editorial responde negativamente, pero en términos vagos e invita a enviar otro originales en el futuro. Si el autor a su vez responde solicitando que motivos han llevado al rechazo y que tipo de obras debería enviar en el futuro para evitar comunes pérdidas de tiempo, el autor choca con un muro de silencio.

    Aquí el problema de la gestión del original en el flujo de trabajo tiene otra vertiente. La valoración del original no incluye la redacción de un informe de tal valoración sobre el que basar respuestas y futuras relaciones. Los motivos son idénticos, casi siempre, a los del caso anterior: las tareas son muchas, el personal poco y la gestión de muchos originales que necesitan valoración genera un cuello de botella.

La ambición de mantener un contacto fluido choca con la realidad de las disponibilidades y con un flujo de trabajo infraestructurado en relación a estas o sobredimensionado en relación a las capacidades efectivas de la editorial: hay que ser realistas.

Podríamos pensar que la solución óptima sería responder en modo personalizado y detallado a cada uno de los autores. Error. Existe la misma proporción de respuestas airadas en el caso de una respuesta genérica que en el de una detallada (pero no solicitada).

Una respuesta genérica es, en mi opinión, la primera respuesta. En la mayor parte de los casos el autor acepta la respuesta genérica sin más, en pocos casos solicitará explicaciones; jamás he entendido bien por qué pues las críticas de un editor podría ser muy útiles para revisar la obra y mejorarla o entender la orientación del mundo editorial en general. Si el autor solicita mayor detalle hay que saber dar un respuesta que incluya las motivaciones basadas en un informe de lectura; cada editorial puede estructurar este informe en el modo que crea oportuno y funcional. Aquí la definición de un flujo de trabajo y gestión de los originales es la clave: si no puede darse no invitemos al autor en algún modo a proseguir el intercambio de correo, es mejor buscar una alternativa elegante y que no consuma energías.

En definitiva, ser realistas en el momento de establecer cual va a ser la gestión de originales recibidos dentro del flujo de trabajo de la editorial es fundamental. Definir el mismo flujo de trabajo, sus pasos, responsables y responsabilidades, las modalidades de comunicación interna y externa, por esenciales que sean, constituye un aspecto esencial de la vida de la editorial y debe atenerse a la disponibilidad real más que a ambiciones de carácter ideal que pueden acabar por retorcerse contra la editorial y en el peor de los casos envenenar nuestro trabajo.

Hiperabundancia: una reflexión

(Como siempre anticipo que las líneas que siguen, tantas esta vez, son únicamente mi opinión, que espero se comparta o sirva para iniciar un debate)

Hoy en día existe una hiperabundancia de oferta de lectura: a la hiperproducción del sector editorial hay que sumar la cantidad inmensa de autores autopublicados y, además, otros contenidos accesibles con los mismos aparatos con que leemos. La cuestión pone en serías dificultades al cualquier editorial (e incluso a los autopublicados, aunque prefieran ignorarlo).
Para discurrir sobre este tema me he hecho un rudimentario gráfico que ayudará mucho a entender la situación actual, cómo influye en las políticas de las editoriales, que consecuencias tiene y que alternativas pueden plantearse (o al menos yo me las planteo y aquí las dejo por si alguien más tiene interés).

grafico1

Internet es hoy referencia para el acceso a las lecturas y que ese universo de referencia esta en expansión (internet será en cinco años cinco veces mayor que hoy). No hace falta mucho para darse cuenta que el número de lecturas (o de contenidos que se relacionan con la lectura, como reseñas, críticas, promociones, materiales añadidos, etc) ha crecido en modo exponencial respecto a hace una década. Sin embargo nuestro tiempo dedicado a la lectura y al acceso a contenidos que podemos englobar en la lectura es sustancialmente estable. De hecho el punto de encuentro entre oferta y demanda ha quedado ya rebasado en el tiempo, es algo que pertenece al pasado.

La zona que en el gráfico se halla antes y por debajo del punto de contacto muestra el tiempo en que el sector editorial podía crecer porque el tiempo que podía ser destinado a la lectura era mayor respecto a los contenidos producidos.
La zona posterior y por encima al punto de encuentro muestra en vez la situación actual, donde la cantidad de lecturas y contenidos asociados es muchísimo mayor a la capacidad de lectura de cada uno de nosotros.
Un efecto de esta sobreabundancia es que se prefieren los las formas más rápidas, que no siempre las más breves; entre un libro y un trailer del libro (que nos dé la información principal y relevante de us contenido) o la película del mismo tenderemos a elegir las formas más visuales y menos costosas desde el punto de vista utilitarista. Dicho de otro modo e infiero cuanto sigue de una forma de empirismo, es tal el alud de lecturas propuestas en proporción al tiempo disponible que la lectura pasa al último lugar de las preferencias pues no somos capaces de determinar cuales serán las que no satisfagan más a la vez que se constata que es imposible consumirlas (terminarlas) todas. Cualquier otra forma más accesible de información o entretenimiento es mejor: la imagen resulta imbatible.
¿Las editoriales deben pensar/hacer/editar libros como videojuegos? Algunos piensan que sí. La inferencia, en mi opinión falsa, es que la lectura compite con otras formas de entretenimiento audiovisual y que si quiere, al menos, establecer la paridad debe proponer formas igualmente audiovisuales. En realidad no; si así fuese hace casi un siglo que compite sin caer derrotada con la radio y/o el cine. En realidad compite contra si misma: la lectura sufre de la sobreabundancia que el mismo sector editorial ha creado.

Hiperabundancia y visibilidad, aspectos prácticos
Queda claro que en un contexto como este la posibilidad de que la lectura propuesta sea invisible en el proceloso mar de las posibles lecturas es mucha más elevada. La editorial se preocupa pues de la visibilidad de sus propuestas. Mientras una vez esto quedaba en manos de circuitos cerrados y determinados incluidos en la publicidad y las relaciones con los medios de prensa, ahora estos circuitos son amplios y difusos. El esfuerzo pues ha cambiado y el rendimiento también, de nuevo la amplitud de la red constituye una dificultad. Me explico con una imagen: si una vez echábamos una piedra en el estaque la dimensión de la piedra producía encrespaduras más o menos grandes, según el tamaño de la piedra, que podían alcanzar los bordes de un estanque. Ahora tenemos un enorme lago y para alcanzar los bordes deberíamos lanzar auténticos meños, algo siempre más fuera de alcanza de la inmensa mayoría. Si hace un tiempo el ingenio podía suplir la falta de medios la creciente sofisticación del público y las siempre más exhaustivas segmentaciones imponen crear paracontenidos siempre más sofisticados y con mayor uso de medios reales o virtuales con mayor número de horas dedicadas a estos paracontenidos. Y además promoción, publicidad y distribución finalmente eclipsan el contenido mismo que publicitan, promocionan y distribuyen.

El resultado es que con la ampliación de la red los más pequeños quedan siempre más arrinconados o como decía una canción “los últimos serán los últimos si los primeros son inalcanzables”. A pesar de todo la continua expansión de la red amenaza con hacer vanos incluso los esfuerzos de las grandes corporaciones porque los costes de la inversión crecen y el rendimiento se reduce. Y no es lo único que se reduce en las grandes corporaciones: para que la inversión sea rentables en los posible la oferta se reduce en variedad, que no en número, y se globaliza. Se elimina, en otras palabras, la producción local.

Un resultado perverso de este giro de las estrategias mediáticas es que mientras se clama que “el contenido es el rey” en realidad este ha pasado a ser un instrumento. Contenidos y paracontenidos, cuyo coste de producción sale mientras su margen se reduce en un contexto hipercompetitivo y extremamente saturado, pierden valor real y simbólico y devienen instrumentos para la adquisición de datos. Estos datos o bien entran en un comercio más o menos lícito o bien tras su análisis sirven para dirigir sea el gusto del lector sea la producción de nuevos contenidos y paracontenidos. La jugada termina por ser perversa porque por un lado impone seguir un gusto cambiante y por otro anticiparlo y a ser posible imponerle nuevas lecturas o contenidos audiovisuales. Resulta obvio que la primera de las dos opciones es la que radicalmente cambia el sector editorial. De hecho supone un cambio completo de la orientación del sector editorial que pasa de ocuparse de textos (en cualquiera de sus formas y con relativos complementos) a ocuparse de datos: de comercializar textos a comercializar datos. No es un cambio baladí. Tiene implicaciones prácticas y éticas.

Considerando exclusivamente el aspecto práctico no lo es porque recoger y tratar estos datos (con o sin su comercialización posterior) hace necesaria una inversión. En la situación actual solo grandes grupos con recursos financieros propios o con acceso al crédito pueden acometer la cuestión. En otro caso es necesario que esto recaiga en una empresa externa a la editorial. Este proceso de externalización que tuvo inicio en el sector editorial a inicio de los ’80, que de hecho supuso no haber entendido el alcance estratégico de la digitalización, se ahonda y determina un debilidad estructural mayor para los más pequeños del sector. Si los datos se convierten en un recurso de las editoriales poner este recurso en manos ajenas no puede llevar a ningún fortalecimiento ni estratégico ni estructural. En realidad esta obsesión por los datos refleja la incapacidad de generar relaciones reales y/o virtuales con los lectores (propios o ajenos) pues el famoso internet 2.0, aquel de las conversaciones y la principalidad del usuario/cliente jamás despegó y a los usuarios/clientes se les pidió únicamente asentimiento, construyendo espacios que solo daban lugar a quien reforzaba positivamente el mensaje que las editoriales querían hacernos llegar. No habiendo debate, no preguntando, no escuchando, no proponiendo ni acogiendo ideas salvo en casos limitados, el sector no ha construido relaciones. Sin relaciones quedan los datos. O, alternativamente, el fichaje de quien las relaciones si las ha construido: el autor autopublicado que posee esa red de relaciones que avala luego con su compras el fichaje por parte de una editorial (dejo para otro día el análisis económico de ese esfuerzo y el auténtico ROI de las ventas para los grandes éxitos autopublicados).
Dejo al margen consideraciones éticas como la expansión de datos de los compradores entre diferentes empresas (la editorial y la empresa que efectivamente trata los datos), la invasión de la intimidad incluso sin adecuada información sobre el alcance de la profundidad del tratamiento de los datos (por ejemplo, dónde paró de leer, cuándo lee, etc…), el reflejo que este cambio de interés tiene en la producción del libro y sus reflejos editoriales y otras más que el lector puede ir poniendo tras su propia reflexión. Pero no puedo no hacer notar que basta un buen análisis de los metadatos de los libros vendidos para obtener buenas indicaciones de las preferencias de los lectores, datos simples nada invasivos y que son más efectivos si las ventas se hacen en la propia página web.

En definitiva, el sector editorial pasa por un momento de transición en gran parte porque en su momento ignoró la realidad circunstante, porque ha debilitado su propia posición estratégica, porque sin ser industria piensa serlo, porque no en general no invierte ni en tecnología, ni en formación ni en relaciones, porque ha intentando una salida hacia adelante generando una hiperproducción de contenido que provoca su propia asfixia. Y las dimensiones futuras hacen peligrar toda editorial de la grande a la pequeña, aunque las pequeñas corren el riesgo de caer las primeras.

Posibilidades y soluciones

Y sin embargo creo que hay soluciones, especialmente para las pequeñas editoriales.
La sostenibilidad de una iniciativa editorial en un mundo saturado de contenidos no pasa por competir con otros contenidos de más rápida adquisición; quizá habría que considerar si esa competición que el sector parece empeñado en suscribir no ha conllevado la suscripción de una rotación de títulos imposible de sostener y si no es una de las razones de abandono de lectura de esos mismos títulos de rotación vertiginosa.
La sostenibilidad de un proyecto editorial pasa, a mi juicio, por:

  • Olvidar el sueño de una rentabilidad que se eleve por encima del 5%: todo lo demás es una entelequia y un espejismo especulativo.
  • Atraer, generar y conservar lectores: demasiado la hiperproducción de contenido se reversa en un exiguo número de lectores. Si no se realiza un esfuerzo por aumentar esta base cualquier otra política, cualquier ulterior esfuerzo está condenado de antemano a la insuficiencia y la irrelevancia.
    Existen muchas posibilidades de realizar esto, algunas de la cuales fueron puestas marcha en el pasado y después acantonadas y olvidadas. Habría que volver a repensarlas.
  • Crear relaciones con los lectores, relaciones físicas y virtuales. Olvidar cualquier relación instrumental con los lectores es la única via para generar confianza. Apostar por formas abiertas que incluyan a las editoriales, que no hable solo de editoriales y en las que no hablen solo las editoriales. El respeto del lector vale su fidelidad a la lectura y este beneficio recae también sobre “nuestro” proyecto editorial, especialmente si se significa en este campo.
  • Generar vínculos locales: personal local, imprentas locales, libreros locales, lectores, bares, autores, bibliotecas, clubes de lectura, escuelas: ser motor de la vida cultural y social refuerza la comunidad en la que se encuentra la editorial y consolida la editorial misma. En la medida en que los grandes grupos apuestan por lo global, lo local vuelve a ser punto de arranque de nuevas realidades. Local no excluye una dimensión planetaria, pero refocaliza las prácticas e impone nuevas estrategias.
  • Crear vínculos con otros editores para co-editar, generar un circuito de ediciones locales (traducciones) basado en el intercambio de títulos, co-ediciones y otras formas de colaboración.
  • Editar y publicar libros en multiformato.
  • Editar, publicar y fomentar el debate sobre la edición.
  • Editar con la vista puesta en estándares abiertos que puedan asegurar desarrollos futuros de los títulos ya publicados en nuevas formas.
  • Editar reduciendo el número de títulos y contenidos a un número realista: no solo debemos contemplar el nivel de ventas sino también las posibilidad real de ser leído, el esfuerzo que supone alimentar un máquina bulímica.

Redes, relaciones, vínculos, respeto, innovación, inversión, internalización son palabras que con su significado reflejan la vertebración de un proyecto editorial, de los contenidos que genera y que colocan más allá de la especulación y de la búsqueda compulsiva de éxitos a corto plazo.

Qué es una editorial digital

Como ya anuncié en la entrada anterior, un debate reciente me ha dejado claro que existe diversidad de opiniones sobre qué es una editorial digital, así que introduzco aquí esta pequeña encuesta para obtener, espero, algún dato clarificador sobre la cuestión.

Edición y lectura: una identidad falsa.

Lo que sigue son apuntes sin sistematización y parciales  sobre la identidad lectura-edición. No se tomen por otra cosa.

Datos igual a realidad, es ya una identidad que algunos no discuten. Para mi datos siguen siendo una descripción parcial de una realidad codificada.

Por ejemplo, crece el número de librerías cerradas, por tanto se pone de manifiesto la crisis de la lectura.

Por ejemplo, la apertura de nuevas librerías pone de manifiesto el renacido vigor del libro impreso.

Pues ni lo uno ni lo otro.

¿Qué deberíamos deducir de un número mayor de distribuidores, o menor, o del impacto de la venta directa?

La verdad es que la realidad del mundo de la edición y el mundo de la lectura no coinciden, por mucho que se hagan esfuerzos para crear esta identidad, y muy probablemente nunca han coincidido plenamente. La verdad es que nos movemos entre hipótesis mejor o peor fundamentadas sobre la dimensión de la edición y de la lectura.

La realidad nos brinda N datos cuya lectura precisa de una interpretación. La línea interpretativa, el sesgo que le demos, ideológico, resulta determinante. En este sentido la acumulación de datos resulta inútil y lo que es más inquietante es que con frecuencia deriva en una falta de libertad de acción y decisión.

Volvamos a la lectura.

Estamos inundados de contenidos. Tiene razón M. Gil cuando dice que vivimos en la edad de oro de la lectura. Puede decirse que lo es técnicamente, que menguan en vez los contenidos de calidad, pero temo que eso es en el fondo, de nuevo, confundir lectura con edición.

Creo, por contra, que no se han creado lectores, esfuerzo en el que han confluido autores, editores, profesores, libreros, padres, hijos y en definitiva todos. Sobre todo no se hemos creado lectores críticos. En este punto, entonces, el soporte es lo de menos. No hay lector fuerte. Queda la evanescencia del mercado, de hay la locura por los datos. Digo locura porque sin el armazón previo de cómo vamos a leerlos y que vamos a ver, que imagen va a resultar, los datos son inútiles. Y después, con armazón, son las piedras sobre las que queremos apoyar una visión pre-constituida.

Sobrevaloramos los datos. Infravaloramos la visión del mundo en la que se apoyan para su interpretación. Olvidamos la necesidad de crecer lectores o personas (que son lo mismo).

Y la edición.

Así cualquier tiempo pasado fue mejor, cuando creíamos vivir en un mundo simple, por lo general en comparación con el mundo de hoy que es complejo y la edición y la lectura nos parecían la misma cosa y era solo que la segunda no nos parecía tener una dimensión suficiente para preocuparnos. La edición se autoengaña como cualquier otro sector, solo que a veces parece que se engaña más y mejor.

¿Qué conclusión podemos obtener?

Varias.

La fundamental, me parece, es que mientras sigamos haciendo silogismos facilones no vamos a darnos paz, ni vamos a tener razón.

Otra es que las posibilidades son muchas. Algunas visiones en la edición, con fuertes apoyos institucionales, con visos de ser hegemónicas. Otras no, pero no por ello van a desaparecer y al contrario van a ocupar los muchos rincones que la edición y la lectura tienen.

La lectura crítica podrías ser, un día, de nuevo, patrimonio de pocos y habríamos perdido mucho y francamente me preocupa más el reflejo de una lectura empobrecida sobre la edición (con el riesgo de un bucle perverso que tienda a perpetuar este estado), que una edición sin grandes nombres pero con muchos lectores (críticos).

Errores, ¿ocasionales o sistémicos?

Nada ni nadie está libre de cometer errores. En algunos casos son errores nimios, se te cae el vaso de agua sobre la mesa; habla de torpeza o de falta de atención o en el peor de los casos de ambas. Otros errores ponen en evidencia un sector productivo y los vicios que va contrayendo con el tiempo; en efecto, como el lector despierto habrá adivinado, estoy hablando del último resbalón editorial.

El caso de Grijalbo con el error de impresión de Grey (17,90 € en tapa blanda) pone de relieve lo que a mi juicio es siempre más frecuente: un descenso en el cuidado de la labor de edición y un decaimiento de la calidad del libro (no hablemos ya de las versiones del libro electrónico, donde estándares y otras cuestiones son hasta hoy no más de un accesorio). Como ya he declarado, no hay nadie que esté libre de haber editado y publicado un libro con errores, pero en algunos casos de ha corregido poniendo a disposición una versión depurada. Así el error de Grijalbo no pasaría de ser otro más en una cadena.

Lo lamentable es que el error se haya imputado al impresor, cierto o no que sea, y que la solución sea una página adjunta que imprimir en casa: página con el nombre de archivo y los cortes de imprenta bien visibles, es decir lo peor de la dejadez.

Lo lamentable es que este tipo de errores reflejan una tendencia creciente. Se reflejan aquí errores en el flujo de trabajo, en la contratación de personal externo sin controles sucesivos, en la desatención al producto final. Y no es solo un caso ibérico. Para muestra un botón de un libro publicado por Einaudi (por 14€, un error repetido varias veces a los largo de la novela).

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Ahora bien, si esto es lo que hay, si esto el lo que puedo esperar obtener en cambio de mi dinero, aquí hay algo que no funciona. No es posible que la diferencia entre edición profesional y autopublicación se difumine, no es aceptable que se aplique el adjetivo profesional a libros mal corregidos, mal traducidos, mal maquetados, mal imprimidos y mal codificados (en el caso del libro electrónico). Si se me exigen 17€ quiero que lo merezca. Si se me exige respeto por el editor y su labor, quiero ver sus frutos, quiero calidad. Eludir este compromiso (e insisto que el caso de Grijalbo me sirve como excusa para hablar de una tema general) es manifestar una falta de ética del editor, para con su trabajo, para con el autor y para con el lector. Eludir este compromiso es acercar al autor autopublicado a una centralidad y relevancia que el editor le niega por sistema, sin poner sobre la mesa lo que debería distinguirle positivamente; o en otras palabras sencillas pero no tiernas, el autopublicado avanza porque el editor retrocede.

Nada ni nadie está exento de errores, pero ocurren. La cuestión es si son ocasionales o sistémicos. Creo, quiero ser optimista, que nos estamos acercando a un punto de inflexión (no que estemos en en él) y que lo sistémico dejará paso a lo ocasional, especialmente en el libro electrónico.

Ps: Aquí dejo un enlace a un artículo recientísimo sobre la misma cuestión.