Matrimonios forzados

 

La era del matrimonio forzado está periclitada, salvo que hablemos de negocios. Al menos eso parece.

Cuando hablamos de negocios en la era globalizada, donde reza el dicho que no estar en todos sitios es como no estar, una era que se presume desintermediada y de constante diálogo entre productor y comprador, donde se difuminan los contornos de los papeles tradicionales asociados al círculo de venta y compra, digo, en esa era sin embargo existen clamorosas excepciones. La mayor es el canal de venta asociado a un megadistribuidor. Es obligatorio estar dentro del megadistribuidor. ¿De verdad? La argumentación para fundamentar esta máxima es que la dimensión del megadistribuidor favorece al vendedor porque incrementa su visibilidad, aumenta su impacto y su número de ventas.

Casos como el de Hachette Vs Amazon, o las prácticas de Walmart ponen algunas preguntas.

¿Qué ventaja tengo yo al vender a través del megadistribuidor si este me impone márgenes de ganancia siempre más reducidos? La teoría dice que el incremento de las compensa la reducción del margen (en el peor de los casos) y creciendo las ventas aumenta mi ganancia a pesar de la reducción (en la mejor de las hipótesis). Lamentablemente no se trata de un producto único, que solo yo produzco aunque yo produzca productos únicos (hablando de libros para entendernos, edito libros como muchos otros, pero estos otros no editan mis títulos)., así que tengo que hacer frente a mis competidores. Curiosamente mis competidores se esperan que les ocurra exactamente los mismo. Imposible que ocurra a todos. La fórmula “todos ganan” se revela infundada a menos que creamos ingenuamente en un crecimiento infinito para todos.

Y llega otra pregunta. ¿cuánto puede seguir creciendo nuestro megadistribuidor y a costo de qué o quién?

En fin, parece que nuestro megadistribuidor tiene bastante hambre y posiblemente pocos escrúpulos. ¿Cuántos escrúpulos y cuánta hambre tiene nuestra editorial?

Más preguntas. Nuestro megadistribuidor nos propone recortar nuestro margen de ganancia, en su favor claro, pero ¿que obtenemos en cambio de esta reducción a parte promesas? Se dice que el bien más apreciado es la información que podemos obtener de nuestros clientes y gracias a Big Data afinar nuestra comercialización (si bien para mi se trata solo de saber exprimir más a quien ya nos compra, lo que me plantea una serie de preguntas bastante incómodas, pero ya hablé de eso aquí). Personalmente me parece poco probable que el mismo agente que impone su peso para inducirnos a recortar márgenes se dedique ahora a compartir información, mucho menos si amenazamos con irnos. Así pues, el peso de nuestro megadistribuidor que nos obliga a estar dentro, porque es una ventaja, tiene lados oscuros que a decir poco merman nuestra capacidad de entender lo que nos pasa alrededor y recorta nuestra iniciativa mucho más que nuestros márgenes. Cuanto más aceptamos sus condiciones menos estamos en condiciones de rescindir nuestros lazos con él.

Ahora bien, la cuestión no secundaria de la competencia nos obliga a hacernos otra pregunta. Si nuestro megadistribuidor es también nuestro competidor (y de ese en relación concretamente a Amazon escribí aquí), ¿podemos esperar competir en las mismas condiciones que se da a si mismo nuestro megadistribuidor?

Más preguntas. El objetivo de nuestro distribuidor es distribuir/vender y probablemente sigue el sueño de ser “líder del sector” o “número 1 mundial”. ¿Es ese nuestro objetivo también? ¿Nuestro megadistribuidor nos acerca a él o no?

Sé que a algunos estas preguntas pueden parecerles retóricas, pero interrogan sobre lo que se denomina ahora la “misión” y la “visión” de nuestra empresa, una editorial en este caso. Y eso no me parece en modo alguno retórico, mucho menos un detalle. Se encierra en ello todo los por qué y todos los cómo que están detrás de la decisión de dar vida a nuestra editorial.

Muchos dirán que si existen megadistribuidores como Amazon (y otros que aspiran a ser otros colosos, como ha dejado de manifiesto el First European Digital Meeting, con Fande en el papel de organizador y Casa del Lector en el de huésped, durante la última feria del Libros de Madrid) es porque en su momento las editoriales permitieron con sus decisiones que estos surgieran. La afirmación es válida y cierta. La aceptación de que la externalización de determinadas actividades consideradas no estratégicas por parte de la editoriales ha tenido como consecuencia (juntamente con la progresiva digitalización de las actividades productivas que también han afectado al mundo de la edición, que ilusión hubiese sido pensar que iba a escaparse de ello, es la causa primera de la situación. Una medida a corto plazo para generar caja o flujo de caja y que ha terminado con costar una enormidad a editores y lectores (ese es otro tema del otros pueden hablar mejor). Hachette hubiese podido, junto a otro editores, hallarse en otras circunstancias invirtiendo e incluso hoy en día podría planteárselo sino fuese porque, creo, el dinero tiene miedo.

Si no lo tuviese podríamos ver casos con el Lektu, que agrega a pequeñas editoriales con ideas parecidas pero libros muy distintos. Estos editores no se disputan el cinturón de campeón, conviven entre si con la idea de editar en cierto modo, ciertos libros, en ciertas circunstancias. No es Lektu, claro está, una caso de consorciación sino el de una identificación entre distribuidor y distribuido (y lector también).

Si no tuviese miedo el dinero, poco o mucho o distribuido en modos no predeterminables ahora por mi, Contrabandos podría construir un distribuidor especializado, con un público fuertemente caracterizado. Por ejemplo.

Retomando el hilo inicial creo que es más que posible rehusar el matrimonio forzado que se basa en una serie de presunciones en su mayor parte indemostradas o indemostrables. Creo que antes de casarse es necesario preguntarse si existe una sintonía, si los objetivos son comunes, si las formas de actuación son compartibles o al contrario opuestas y luego responder sí o no. Los matrimonios forzosos no son obligatorios, ni siquiera estamos obligados a casarnos.

 ¿Y si eres un autor? En ese caso recomiendo la lectura de este artículo para cambiar el tercio, por ejemplo.

 

 

 

 

 

 

Balcells-Wylie: ¿notas sobre el Cretácico editorial?

 

La noticia de la mueva megagencia furto de la unión de la agencia de carmen Balcells con Andrew Wylie ha causado revuelo aquí, en este país.

Creo que es una noticia que tiene su importancia y peso, pero solo en ciertas dimensiones y ciertos modos de entender la edición y aun diría el mundo.

Voy por partes.

La primera cosa que parece demostrar esta unión (poco importa si se trata de una fusión, de una compra de una vez o en tramos) es que la desintermediación no existe, al menos no en ciertas escalas dimensionales y de prestigio.

Los enormes grupos editoriales prefieren un solo interlocutor a varios para negociar los derechos de autor (esto viene a ser lo que infiero de las palabras de Lamadrid), aunque eso represente, en principio, negociaciones más duras. Esto parece que debería marcar una actitud de mayor prudencia hacia una agencia tan grande, y sin embargo…

Quizá esto se explica porque las plataformas de autopublicación que los grandes grupos editoriales están creando fomentan viveros de fácil acceso para estos grupos, menos para las agencias, que por otro lado deben hacer frente a un número de potenciales escritores que resulta inabarcable. En cierto modo, creo, los grupos editoriales esperan que la superabundancia juegue a su favor. A menos que no se produzca un cambio de orientación entre los autores. Un cambio que tampoco debe, por fuerza, favorecer a los agentes. En cualquier caso, como no tengo la bola de cristal ni predigo el futuro, no puedo decir como avanzará y se desarrollará o si lo hará siquiera la desintermediación, ese aspecto en el que la era digital ha influido tanto y por tanto que resultados veremos.

La paradoja es que a los autores con agente, sobre todo a los menos notos, la cuestión les deja en un terreno más incómodo: el temor de pertenecer a una gran escuadra donde son autores de segunda división.

Y resulta más parodójico aún que la fuerza o mejor el prestigio (que da fuerza simbólica y real) de esta megagencia resida el su nómina de autores muertos.

Esto es, creo, el motivo por el cual a largo plazo los grandes grupos editoriales tienen poco que temer de la suma Balcells-Wylie. Si resisten claro, porque las principales preocupaciones hoy vienen por otro lado.

Impactos

La patrulla de salvación ha puesto de relieve que el impacto mediático de la fusión ha sido enorme aquí y nulo plus ultra. Se me ocurren dos razones. Una es que Wylie es más grande que Balcells y por lo tanto sorprende poco lo del grande y el chico. Otra es que teniendo en cuenta los índices de traducciones sobre el total de títulos publicados hace de esta fusión algo relativo. Cierto que Wylei tendrá más autores ‘hispánicos’, pero eso allende el Atlántico tiene un peso menor. Al contrario con los índices de traducciones sobre el total de títulos publicados de las editoriales locales, Wylei tiende a incrementar su capacidad de pegada.

Luego no estaría de más comprobar que los pesos relativos y las edades de los principales sujetos implicados para hacer sospechoso de chovinismo el término fusión.

A quienes no están dentro de estas agencias y no están en la órbita de los grandes grupos editoriales este movimiento no parece que vaya a tener excesiva importancia, aunque si relativo impacto. A fin de cuentas juegan en potra división.

Los espacios

Es impacto disminuye si existe la capacidad o voluntad de esos autores y sus pequeños editores de seguir una línea de resistencia, de edición pobre (como la define Gabriela Torregrossa).

No mucho ha Wylei declaraba su antipatía por el libro electrónico, que en algunas lecturas esconde su antipatía por Amazon. Podría. También podría ser que en la visión de Wylei la lectura sigue constituyendo una señal de pertenencia clasista (viene de donde viene, se educó donde lo hizo, hace lo que hace, como diría una conocida mía, blanco y botella: leche). El libro electrónico no reúne ninguno de los rasgos distintivos que le permiten constituir su mundo simbólico alrededor del libro. En todo caso y al menos en corto plazo (a medio plazo dependerá, creo, de como resiste a los embites de estos tiempos) el impacto de la fusión en la edición digital no parece que vaya a ser significativo.

El cretácico editorial

En el cretácico los dinasaurios aumentaron sus dimensiones por motivos defensivos ante depredadores potentes y por motivos ofensivos ante presas más grandes. Y lo que parecía una estrategia vencedora no lo fue.

Es fácil ver como se están produciendo movimientos agregativos, que consienten ganar peso, ya sea entre editores, distribuidores o agentes. Se presenta esto como una estrategia defensiva ante otros grandes grupos (fundamentalmente más avanzados en aplicación tecnológica). Editoriales gigantescas, agencias gigantescas y distribuidores gigantescos. Un cretácico editorial.

Es igualmente fácil ver que las analogías se terminan en este punto. Pero…pero en una época como esta las deudas arrastradas, el peso de la financiación, la volatilidad de los mercados en sociedades que cotizan en la bolsa, la superproducción editorial, la velocidad de rotación de los títulos, los costes estructurales de semejantes corporaciones…en definitiva su propio tamaño, parecen ser más un obstáculo que una ventaja: un cretácico editorial.

Sigo creyendo que la edición no es, ni será, un negocio de grandes márgenes económicos y me convenzo siempre más que el futuro reserva un lugar para los editores pequeños que sepan hacer una red de información, de intereses, de acciones. Los gigantes antes o después desaparecen hasta de los cuentos. Dicen.

No deja de ser una opinión, desde luego, la mia en particular.

 

 

 

Venta de libros en las bibliotecas, ¿una buena idea?

 

La entrada de las editoriales en las bibliotecas con puntos de venta o la conversión parcial de las bibliotecas en puntos de venta de libros es, a mi juicio, un tema caliente.

A día de hoy las bibliotecas han sido centros difusores, creadores de lectores, creadores de redes de lectores, centros de acceso para sectores de población con limitaciones (sea por cuestión de renta, sea por dificultad de acceso a internet, por ejemplo). En otras palabras, era un centro de agregación social basado en los libros y que se extendía más allá de estos.

Su carácter super partes le ha dejado hasta hoy fuera de la lógica de mercado.

La editoriales sin embargo han perdido fe en el carácter formativo y prescriptivo de las bibliotecas, al menos eso parece. Una pérdida de fe que debe hacer frente al incremento del número de usuarios de las redes de bibliotecas.

El sector editorial se encuentra en una posición complicada, ya sea por la coyuntura general que por deméritos propios. Una de las preocupaciones recurrentes es la encontrar nuevos lectores (compradores). Para ello se hace esfuerzo de diferentes tipo. La biblioteca, con su número de usuarios, es un punto ambicionable, algo comparable a una mina.

Por otro lado los recortes presupuestarios han dejado a la red de bibliotecas en los huesos justo cuando hubiese sido necesario aumentar las partidas.

Ante esta situación se han unido el hambre y las ganas de comer.

La posibilidad de vender libros directamente donde está el lector y el prescriptor es para las editoriales una ocasiones que parece imperdible. La posibilidad de obtener una fuente de financiación ahora que esta es escasa, representa una ocasión que parece imperdible para las bibliotecas. Todo bajo la apariencia de una ventaja mutua o como dirían los emprendedores más anglófilos, una jugada win-win.

Se me ocurre sin embargo que no todos ganan.

La posibilidad de acceso a la red de bibliotecas no es igual para todos. Sea que la venta se realice por acuerdo directo con las editoriales, sea que se llegue a él con las distribuidoras, con las condiciones de compra como ejemplo del pasado como telón de fondo, no dibujan un cuadro conde se compite en igualdad de condiciones. Se dirá que tampoco el mercado refleja condiciones de igualdad y es cierto. Y personalmente creo que este es el punto crucial, que las bibliotecas pasan a ser, con este solución, un engranaje del mercado que hasta ahora había quedado sustancialmente fuera.

Reflexiono a propósito del espacio expositivo de los libros en venta dentro de las bibliotecas y veo en ciernes una reproducción de los mecanismos que hemos visto en las librerías. Reflexiono si esto no tendrá reflejos también en la rotación de los préstamos y si esto no terminará con arrinconar el fondo también en las bibliotecas en favor de libros del momento. Reflexiono sobre el tipo de vínculos que se establecerán entre editorial/distribuidores y bibliotecas, ¿serán sanos? Reflexiono si merece la penas correr el riesgo de librerizar las bibliotecas justo cuando se defiende que las librerías retomen una papel activo en favor de la actividad cultural. (Aquí abro una paréntesis a propósito de lo cultural, pues temo que lleguen acusaciones de elitismo. No se trata de tildar ciertos libros de culturales y otro como lo contrario, se trata de crear las condiciones de acceso crítico al tipo de libro que se desea leer, lo cual incluye al libro crítico. Con acceso crítico entiendo un acceso meditado y motivado más allá de listas y publicidad, razonado en función de expectativas, gustos y afinidades y capacidad de lo que una vez se entendía como ‘comentario de un texto’, capacidad en la que se tejían otras lecturas y otros conocimientos, y que el lector sea capaz de exponer. Se dirá que pocos son capaces de exponer. Temo que no es cierto. No tratemos a la gente como idiotas, pero démosle las herramientas y la oportunidad. Ahí trabajan editores, bibliotecas y libreros. No todos, per deberían y por ello apuesto. Por cierto, no tengo la pretensión de haber dicho la última palabra en un debate arduo, era una declaración).

Además temo que esta actividad termine con la ambición de reconversión de la biblioteca en un espacio público abierto y polifuncional, una red de centros de creación, algo que ya expuse en otra entrada.

Si las bibliotecas venden libros, ¿las librerías entrarán en el sector del préstamo librario, en el sector de la lectura de consulta? Dicho de otro modo, me pregunto si no es una invasión de campo, si acaso no es un inútil pisarse los pies los unos con los otros.

He dejado por último el público usuario o lo público. ¿Qué gana el usuario y lo público con la venta de libros en la biblioteca? No sé que gana. ¿Qué pierde? Un espacio público y abierto. Una biblioteca que vende libros en un espacio colonizado por el mercado cuando crece la presión por tener y defender espacios libres, autónomos, públicos que queden fuera de dinámicas de mercado, que atiendan a otros criterios. Creo que no pocos bibliotecarios pueden dar fe de ello.

En definitiva el haber transformado una necesidad en una ocasión que favorece sobre todo a una de las partes, las editoriales, no es un triunfo sino más bien una derrota. El sector editorial sigue sin rumbo estratégico y sin un plan para fomentar la lectura y crear lectores. Otras soluciones que palien la incapacidad de compra de la editoriales pueden hallarse, destaca al respecto la inoperancia y el mutismo del Gremio de Editores, tan activo en otros frentes.

 

Libro electrónico: los datos y el retorno de inversión.

 

Resulta curioso, tal y como señala hoy mismo J.M. Barandiarán, que algo de lo cual se habla tanto como el libro electrónico, sea a la vez algo de lo cual poseemos muy pocos datos o datos contrastantes.

Examino por partes la cuestión.

Cualquier dato sobre la venta de libros electrónicos viene del extranjero y pertenece a empresas con políticas opacas. En lo bueno y en lo malo no tenemos datos suficientes para saber que dirección efectiva está tomando el mundo de la edición y de la lectura en relación al libro electrónico.

Cualquier encuestas sobre la cuestión señala, como el caso anterior, todo y su contrario:

  • nadie quiere el #ebook;
  • la gente se pirra por el #ebook

Cualquier trabajo sobre la aceptación del libro electrónico en las aulas arroja resultados idénticos a los dos primeros:

  • los alumnos lo aman;
  • los alumnos los detestan.

A qué se debe.

Me resulta difícil establecerlo, pero hago algunas consideraciones.

La industria editorial (en general, no solo la connacional) sigue implementando mayoritariamente medidas restrictivas en el uso del libro electrónico, algo que no soñaría hacer en el mundo analógico.

La industria editorial (en general, no solo la connacional) ve el libro electrónico como una oportunidad para, por fin, cautivar el lector, en el sentido de hacer reo, con políticas de cortos vedados.

La industria editorial (y en especial la connacional) no invierte en el desarrollo de formatos como el ePUB.  No es de extrañar por que la industrial editorial ha depuesto las armas y lejos de ver oportunidades estratégicas ve oportunidades a corto plazo.

La industria editorial (en general, no solo la connacional) sigue considerando el libro electrónico como un primo inoportuno. En particular, la industria editorial española demuestra tener una ruta errática al respecto.

¿Toda la industria editorial? No. Pero resulta excesivamente optimista pensar que las pequeñas editoriales puedan ellas solas subvertir un estado de cosas que les ve relegadas a un papel marginal. Quizá, en el fondo, esto no es malo, pero impone esta visión considerar un desdoblamiento de la realidad, el establecimiento de realidades paralelas con cuadros referenciales completamente diversos cuando no antitéticos.

Retorno de inversión.

En este cuadro general, cabe preguntarse, y para ello habría que interpelar también a los profesionales independientes que trabajan par a el sector editorial en el área digital, cual es la envergadura real de la inversión y que política persigue esta inversión, qué objetivo se ha marcado en el corto, medio y largo plazo. Personalmente temo que la respuesta es poco halagüeña.

La inversión real es mucho menor a la pensada y se encamina, con mayor evidencia desde fines de 2013 a la creación de cotos vedados en manos a los grande grupos editoriales, convergiendo o no, con otros grupos industriales.

La cuestión de fondo sobre el retorno de inversión está puesta en términos que, entiendo, no responden a la realidad. Hoy los grupos editoriales buscan un rentabilidad irreal en la actividad que desarrollan. El sector editorial fue siempre un sector de rentabilidad baja; periodos de alta rentabilidad han sido excepcionales, en todos sus sentidos. Encorrer pues una rentabilidad ficticia en el mundo de la ficción/no-ficción resulta fatal. Como pretender que la industria editorial usando herramientas 2.0 es por ello industria 2.o, es decir, industria de alta especulación y volatilidad. Creo que empezando por este punto la cuestión del retorno de inversión en el libro electrónico debería verse de otra forma, en un perspectiva de inversión estratégica a medio y largo plazo.

¿Confusión, opacidad, fragmentariedad sobre el libro electrónico? Seguro, será así mientras el entero sector no cambie de óptica, lo cual implica una posición asaz diferente por parte de los grandes grupos editoriales. Y si no es así, id buscando más allá, fuera, donde están las pequeñas editoriales que se mojan, arriesgan y a veces sucumben.

Aquí dejo un apunte semiserio sobre el valor de las encuestas y el modo en que se hacen

 

Amazon, ese editor.

Debo reconocer que Amazon tiene un brillante equipo de comunicación o admitir que las restantes plataformas de autopublicación no tienen ni siquiera un equipo.
Digo esto porque en Amazon está jugando fuerte y muy bien sus bazas en el año en que se ha pronostica en aumento de la autopublicación (obviamente cabe pensar que la misma proclamación de este pronóstico no es ajena a Amazon).
Antes de continuar he de declarar que no soy un especialista en Amazon, nunca me interesó mucho lo que Amazon hiciese, ni lo que hace, así que lo que se leerá a continuación son impresiones y deducciones.
No me detengo en los orígenes de Amazon ni en su, en teoría, innovador modelo de negocio. Voy al grano.
Son notables lo esfuerzos que ha realizado esta empresa para atraer a los autores que han decidido autopublicarse. Y un esfuerzo debe obtener necesariamente una recompensa, que en el caso específico que nos ocupa es la obtención de una cuota de mercado lo más amplia posible. Sin ofrecer datos incontrovertibles, mezclando datos totales con otros sin especificar y sin categorizar (se traza una burda identidad entre descarga y venta y entre venta y venta de ebook ) y sin poder comparar la importancia de su impacto con una escala global que no está a disposición, Amazon consigue crear la idea de nos hallamos una magnitud considerable. Lo hace a través de noticias como la que ofrece La Vanguardia, que recoge un despacho de agencia y lo publica sin más (o con tan poco más que no me resulta apreciable). Y hasta aquí el juego de recitación del propio papel.
Lo que se explica peor es porque nos agitamos todos tanto ante un comunicado de prensa tan poco preciso.

Ventas de autores autopublicados
En una entrada del blog The Passive Voice (esta entrada) vemos unos gráficos muy ilustrativos.

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Lo primero que destaco es la ambigua forma de presentación entre Amazon Published y Uncategorized – Author Publisher.

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Apenas un 3% del total publicado y un 9% de las ventas diarias.
El por qué es fácil de entender. Amazon hace ya un tiempo que actúa como editor y nada le impide que sus algoritmos ofrezcan una ventaja a sus propios títulos. En otras palabras, Amazon no vende autopublicados, vende Amazon.
Lanzo una hipótesis: las actuales condiciones de de retribución de los autores autopublicados van a ser modificadas en breve en formas más o menos radicales. Esto por dos motivos: porque la casa que Amazon se lleva a cuestas cuesta siempre más, porque en breve estará en condiciones de imponer nuevas condiciones toda vez que habrá creado vínculos fuertes entre Amazon y los compradores y quien salga del corral verá que vende menos.

 

 

DRM o el Control

Bien puede decirse que el control es una obsesión moderna. Y lo paradójico del caso es que por otro lado afirmamos sin rubor que esta es la era de la incertidumbre. Si, con estas premisas, hablásemos de personas estaríamos hablando de desdoblamiento de personalidad. A las empresas, que tienen también una psique colectiva les pasa lo mismo.

Se oscila invariablemente entre la necesidad de establecer una comunicación más libre, más 2.0 y la tensión por obtener mayores datos de los compradores, mayor fidelización de estos, en una urgencia dictada por el temor de perder cuota de mercado. Dicho de otro modo, se corre en un vaivén constante entre la participación en la atmosfera mental de la revolución 2.0 y la angustiante control del riesgo de absolutamente todo: ilustrativo de ello es el escrito de Michael Power, The Risk Management of Everything, Demos 2004). Y todo esto se vive igualmente en el mundo editorial. 

Y retomo estas consideraciones a propósito del DRM y de la decisión (con marcha atrás incluida) de Adobe sobre la actualización y su programa para la lectura de libros electrónicos.

La creciente verticalización del mundo editorial digital, que significa una unidad de control del proceso de edición, venta y lectura, permite una mayor segmentación de los lectores según gustos, lo que se traduce en la posibilidad de sugerir lecturas y permitir, en algunos casos, que el lector sugiera a su vez. En la práctica la segmentación tiende a ser exhaustiva (al menos en línea teórica) y debe traducirse en mayor satisfacción del cliente: una satisfacción que se mide con la permanencia del lector. La parte oscura es una fidelidad forzada pues la biblioteca del lector depende de la permanencia en esta plataforma. De la relación 2.0 al control para forzar la permanencia. Una estrategia que tiene, a i modo de ver una faceta instrumental interpretativa (llámense Big Data) y otra instrumental coercitiva (llámese DRM).

La adopción de DRM obedece a un ansia de control del proceso de digitalización del libro. La inutilidad del DRM como medida disuasoria de la piratería no ha detenido su aplicación. Si no sirve para ese propósito, que es el declarado, ¿para qué ha servido hasta ahora el DRM?

De nuevo vemos una oscilación. Es imposible detener la digitalización e imposible para el autor renunciar a esa forma del libro, que crece, lentamente pero de forma inexorable. Ante esta situación de hecho la cuestión era el temor a perder el control de la cadena de difusión del libro.

Se entendió bien rápidamente que una fotocopiadora multifunción bastaba para socavar todos los mecanismos de control presentes hasta el momento. Contemporaneámente se desarrollaban los formatos digitales y con estos se agudizaba la sensación de pérdida de control, pues la mayor parte de los sujetos implicados en la producción del libro no entendían la digitalización.

La adopción del DRM creaba un placebo, una falsa sensación de seguridad, pero sobre todo creaba dificultades a la difusión del libro electrónico, especialmente entre sectores tecnológicamente incultos pero deseosos de innovación tecnológica también en la lectura (más o menos el mismo tipo que deseaba un móvil potente sin saber de telecomunicaciones).

En definitiva el DRM sirvió y ha servido solo para ganar tiempo, permitiendo años extra de supervivencia a quienes debían adecuarse al cambio del libro impreso al libro electrónico (incluyendo la gestión de ambos formatos). Superado el opunto de inflexión la aplicación del DRM podía cambiar: una muestra de esto puede verse en los cambios de actitud de grandes grupos editoriales españoles respecto al libro electrónico y al DRM.

Ahora bien, el control también se ejerce en modo indirecto adoptando formas analogas al DRM pero invisibles: la verticalización del mercado, la dependencia del formato y del dispositivo lector, como ha demostrado Amazon (y otros parecen aspirar a seguir esos pasos).

Esta última estrategia es hoy por hoy la más ambicionada por un simple motivo: reduce la exposición de la industria editorial hacia terceros. En otras palabras, la cuestión hoy es dejar de depender de plataformas y programas no propietarios, revertir hasta donde se puede la desidia del los años 80, esa que puso a distribuidores (que con frecuencia inplementan sus propios sistemas de DRM) y terceras partes al mando de aspectos estratégicos de la cadena de valor del libro.

Existen otras formas de control y monitorizaón de los libors electrónicos, como la necesidad constante de conexión a la red (no considero una casualidad que las compañías telefónicas hayan descubierto su amor por la literatura y la lectura) o la concesión de licencia de uso camuflada de acto de venta del libro.

En cualquier caso, con cualquier sistema, DRM es, a mi juicio, la forma en que se externaliza la obsesión del control de una industria que lo perdió hace décadas y que intenta recuperarlo.

Lo malo de todo ello es que en este seguimiento desaforado el mundillo editorial se salta a la torera los derechos del lector (¿recordamos aquel decálogo?), por lo general con el sistema “información cero”.

Se me ocurre entonces que hackear nuestros dispositivos de lectura con sistemas alternativos y con programas más respetuosos puede ser una solución viable. La otra es que productores de programas, de aparatos, distribuidores y editores entren en razón y abandonen este tembleque falso.

Y dejo aquí tres entradas que animo a que leáis

Adobe iacta est, de Bernat Ruiz Domenech

Adobe gana el mundial de tiro en el pie, de Juan Luis Chulilla

El nuevo DRM almán llamado SIDIM, Jaime Janer

(Para finalizar pido perdón a Polansky o el Ardor por la involuntaria asonancia del título)

Por que soy contrario a regalar el libro electrónico.

Para empezar declaro que libro electrónico es este artículo designa al formato de contenido y no al aparato para la lectura.

El libro electrónico como no-objeto (u objeto intangible) que participa en la promoción de un objeto (tangible) el libro se abre paso en las formas de marketing o promoción del libro: una especie del dos por uno. Digo una especie porque la forma en que esto se produce es “con el libro te regalo el libro electrónico”. Sutil cuanto se quiera, en la formula promocional no se trata de entregar dos copias en distinto formato, se trata de entregar un “bonus del libro” junto al libro, un además distinto del libro, pero no el libro.

De hecho, sutil cuanto se quiera, esta estrategia de marketing promocional de un título subraya e intensifica la idea de que el libro electrónico es, en todos los aspectos, un subproducto del original, es decir del libro impreso, una emanación del original en papel. En otras palabras, el libro electrónico no es una forma en al cual se organiza el contenido en un modo autónomo. Es por ello que puede regalarse como complemento del libro impreso. Otras formas en las que el contenido puede organizarse, contarse, gozarse pueden ser el audiolibro o como un film. ¿Algún editor se atrevería a regalar el filme de Ana Karenina, por ejemplo, con la última edición impresa de esta novela? No.

Uno de los motivos que se aducen para esta práctica es que el público debe ser educado al uso y lectura del libro electrónico. Me pregunto cómo y a qué se pretende educar a los lectores con la adopción de una estrategia de marketing que conlleva considerar el libro electrónico como subproducto del impreso, negar al libro electrónico una existencia autónoma, afianzar indirectamente la convicción según la cual el precio del libro electrónico se acerca a cero. De hecho no en estas ofertas no se explica al lector cómo leer (en el caso en que se lea algo distinto de la versión impresa) o qué hacer para leerlo o incluso dónde leerlo. Todo eso el lector debe saberlo ya. ¿A qué se le educa pues?

A estos elementos, que constituyen un substrato para la apreciación subjetiva del libro electrónico como un minusvalor del libro, se suma como un binomio peligroso la duda sobre la calidad de realización y edición del libro electrónico. En este sentido asistimos en el 1er Congreso de Libro Electrónico a una serie de reflexiones que es importante no olvidar (a estas y a la autonomía del libro electrónico he dedicado una artículo para el blog El Sillón de Montaigne que podéis hallar aqui).

 En definitiva, regalar el libro electrónico junto al libro impreso no conlleva una valoración positiva, a mi modo de ver, del libro electrónico. Es por todo ello que esta es una estrategia comercial que solo puede tener sentido para un editor de libros impresos que contempla el libro electrónico como un ejercicio menor, jamás para un editor de ebook (usaré por una vez el anglicismo). Si queremos una prueba observamos que en ningún caso la oferta se realiza intercambiando los términos: te regalamos el libro impreso junto al libro electrónico.

 No quiere decir esto que no puedan hacerse ofertas combinadas, pero es necesario dar buenos libros a precios justos y especificando el precio de cada uno de los componentes en la oferta. Buena me parece la idea de Juan Triviño de regalar una micronovela que presenta los personajes de la novela o un libro entrevista con el autor en que se explica la génesis del libro (esta era una idea que no pudimos llevar a cabo con nuestro título Salvo la culpa), por ejemplo, en formato electrónico. Existen formas en las cuales podemos potenciar el interés por el libro electrónico en combinación con la edición impresa a pacto de respetar dos condiciones fundamentales: que el libro electrónico es autónomo del impreso, su especificidad como soporte de contenido, con la consiguiente dignidad de edición.