5 años después: los inexistentes derechos del lector de libros digitales

Han pasado ya 5 años de cuando se discutía sobre los derechos del lector de libros digitales. La discusión llevó a un dodecálogo de derechos. A día de hoy, ¿cómo se ha respetado e implementado ese dodecálogo? ¿Podemos afirmar que ha sido un documento inspirador para el sector editorial, fabricantes de dispositivos de lectura incluidos?

Repasemos el documento (aparecido el 30 de mayo de 2010 en Dosdoce).

  1. Las plataformas de acceso y venta de eBooks no deben comerciar con el historial de compra de los lectores sin su consentimiento previo.

    La evolución normativa y las sucesivas leyes de protección de datos ofrecen hoy el marco jurídico para estas prácticas, así que ya tienen defensa. También abusos. Si la situación es o no satisfactoria me parece difícil de establecer, porque en la mayor parte de los casos las definición del uso de los datos personales no se consulta por parte del cliente o bien está disponible solo tras la firma de la aceptación o bien incluso aparece en modo tan parcial, fragmentada y confusa que el cliente jamás tiene una idea clara. Me parece significativo que fuese este el punto de partida del documento, reflejo fiel de la consciencia de la importancia del uso de los datos personales en un entorno digital.

  1. Aquellas plataformas que quieran reutilizar con fines comerciales el historial de compra de los lectores para mejorar sus sistemas de recomendación de libros o generar ingresos publicitarios relacionados con las compras realizadas deberán comunicar previamente a los lectores qué tipo de información guardan en sus plataformas, por cuánto tiempo y para qué fines comerciales.

    Idem como el punto anterior.

  2. El lector de libros digitales podrá acceder a esta información personal en cualquier momento y borrar su historial en caso de considerarlo oportuno.

    Idem como el punto anterior.

  1. Las plataformas de acceso y venta de eBooks deberán garantizar que los eBooks adquiridos son propiedad de aquellas personas que los han comprado. Tras la polémica decisión de Amazon de entrar en la cuenta de sus usuarios y eliminar los ejemplares digitales vendidos del libro

    de George Orwell 1984 por discrepancias con su proveedor, se justifica que exijamos que las plataformas de comercialización de eBooks se comprometan a respetar nuestros derechos como consumidores. Ninguna plataforma o librería virtual debería ser capaz de eliminar de mi cuenta un libro ya adquirido o limitar el acceso al mismo sin mi consentimiento expreso.

    Resulta evidente la dificultad de este punto.

    En primer lugar porque No solo porque el marco legal define el libro electrónico como servicio, sino porque esta práctica pondría fin a los cotos verticales exclusivos y excluyentes en los que se han convertido numerosos distribuidores que actúan como proveedores de contenidos, sistemas de almacenamiento con las propias claves de restricción de usos (DRM y otras lindezas) y dispositivo lector. El sueño del jardín vertical, del lector cautivo y la falta de una definición legal de este aspecto hacen en conjunto que la única forma de realizar este punto sea la compra directa al editor, especialmente si no implementa mecanismos restrictivos.

  2. En caso de alquiler, pago por lectura o subscripción de cualquier contenido digital, el usuario debería tener una opción a compra perpetua.

    Me arriesgo a errar, pero no conozco ninguna plataforma de este tipo de servicio que dé esta opción.

  1. Al igual que en el mundo analógico podemos prestar un libro comprado a un amigo, en el mundo digital deberíamos preservar el derecho a realizar préstamos de libros en cualquier formato y sin coste adicional.

    Actualmente esta posibilidad queda, en términos generales, como una reivindicación jamás oída.

  2. Se nos debe garantizar la posibilidad de leer cualquier libro de nuestra

    biblioteca en la nube o plataforma en cualquier dispositivo, sin restricciones ni limitaciones por sistemas, derechos, fronteras, etc., y siempre de una forma amable y legible.

    Mientras se debate la creación de un espacio único europea las restricciones geográficas y de interoperabilidad (por citar las mencionadas) siguen en pie, vigentes y activas. Los derechos del lector no coinciden con las expectativas del sector editorial,

  3. Las plataformas de acceso y venta de eBooks deberían permitir que las

    personas que deseen hacer sus compras en un entorno plenamente

    privado puedan hacerlo sin que sus datos de compra sean

    almacenados en ningún momento ni comercializados a terceros.

    Ampliación de los tres primeros puntos. No obstante el marco legal la tentación de Big Data y Data Mining corrompe cualquier idea que nos hagamos a cerca de nuestros datos como compradores aun cuando no son indispensables.

  4. Los compradores de libros digitales podrán eliminar su historial de compra o alquiler, así como destruir los propios libros adquiridos, en cualquier momento y de forma definitiva sin dejar rastro alguno de su previa existencia en ninguna memoria virtual.

    De vuelta al marco legal. Acciones fraudulentas sobre estos puntos no están, por regla general, eliminadas. Lo que es más grave es que están asimismo más allá de la capacidad del comprador medio de verificar su cumplimiento.

  5. Los lectores podrán regalar o revender cualquier libro adquirido que ya no se quiera mantener en su biblioteca digital.

    Subpunto ampliativo del carácter del punto número 8. Como el precedente, inaplicado e inaudito.

  6. Los lectores podrán subrayar, marcar y hacer anotaciones de forma anónima en sus libros adquiridos. Aquellos lectores que quieran compartir con otros lectores sus anotaciones personales deberán poder hacerlo, pero si en cualquier momento cambian de opinión también podrán retirar las aportaciones prestadas.

    Una gran idea, que de hecho supone interoperabilidad, estándares, formatos, sistemas compatibles, derechos de cancelación. Podríamos incluso incluir la cuestión de la propiedad intelectual de los comentarios. Todo en saco roto. Es incluso difícil transportar los comentarios de un dispositivo a otro de un libro de nuestra propiedad.

  7. Al igual que podemos mantener nuestro número de teléfono móvil si nos cambiamos de operador, las plataformas deberán garantizar la portabilidad de los datos de los usuarios. Si por cualquier motivo un lector abandona una plataforma deberá poder transportar los libros adquiridos, notas e historial de compra a la nueva plataforma de forma fácil y eficiente.

    Más de lo mismo.Misma solución. Es decir, nada.

Conclusiones

Las conclusiones de este rápido repaso son desalentadoras.

En primer lugar, el sector editorial ha hecho caso omiso de este dodecálogo. Nada o casi de cuanto se expone, reivindica en él se ha llevado a la practica. Nadie en el sector editorial (y con sector editorial doy la definición más amplia, que va del editor y la editorial a los fabricantes de dispositivos lectores, pasando por programadores, autopublicadores y distribuidores) ha pensado que el lector no tiene más derecho que el de comprar libros, eso sí, el que guste de entre los propuestos, faltaría más.

Salta a la vista que en el momento de la redacción de este documento, la preocupación por el tratamiento de los datos personales estaba muy viva y se avanzan de consecuencia peticiones muy concretas que aseguran el control de los datos por parte del lector. Al sector editorial el lector importa, al parecer, menos del cliente. Y sobre todo menos de los datos del cliente. La eclosión de Big Data ha seducido a tal punto que cualquier derecho ha quedado supeditado a la realización de un beneficio potencial, como en cualquier industria: lástima que el comportamiento como industria se limite a sus aspectos menos edificantes. Interoperabilidad, estándares abiertos, compatibilidad de sistemas, portabilidad de datos, control, todos los aspectos en los cuales una industria respetuosa del lector podría haber realizado una inversión e incardinado políticas de edición, creación y distribución, han quedado arrinconadas e inefectivas, demostrando, de facto, que la industria editorial no existe.

Personalmente hallo reiterativo este dodecálogo. Reiterativo e incompleto. No existe un punto en el cual el lector exprese su derecho a leer y poseer libros publicados con estándares de calidad, que justifiquen el precio que se solicita por ellos. Hecho en falta referencias a las bibliotecas y al derecho de hallar en ellas los libros electrónicos favoritos.

Resulta sin embargo imprescindible, para que un decálogo (o dodecálogo) más completo de este tipo pueda construirse y llegar a ser efectivo, que el sector entero se implique, que los lectores, que no deseen ser colo clientes, exijan su cumplimiento.

Una brevísima reseña a propósito de “El libro como sistema: hacia un nuevo concepto de libro.”

Reflexiono brevemente sobre el libro (el libro electrónico) a raíz de la salida de Alonso-Arévalo, J. and J. A. Cordón-García. “El libro como sistema: hacia un nuevo concepto de libro.” Cuadernos de documentación multimedia vol. 26. (2015) (accédase desde aquí). 23 páginas interesantes.

Lejos de mi entrar en una discusión docta sobre aspectos de calado sin tener a mis espaldas un estudio de investigación serio. Sin embargo me quedan algunas cuestiones en el aire tras la lectura del trabajo. Vaya pues por delante que lo que siguen otra cosa no son sino mis personales opiniones.

Una primera cuestión que evidencio es que la edición electrónica lleve directamente a un incremento del número de lectores: ninguna conexión directa parece avalar esta tesis sino un gran optimismo (“de ahí que no resulte baladí la hipótesis de si la reducción de los costes de producción, imputable al entorno digital, implicará una ampliación del número de lectores.” p. 27). Cuando algunas líneas más tarde leo “Muchas formas de ebooks son relativamente baratas de producir, ya que no requieren de una gran infraestructura de producción y edición.” empiezo a tener claro que existe una gran desinformación y que la visión optimista de antes no obedecía a un cálculo que incluyese le web sino y solo el optimismo radical tecnológico. ¿Cómo es posible que se piense que la edición no tiene coste a no ser que no se sepa que es la edición de libro? Podré coincidir conque sea menor (con un adecuado flujo de trabajo), pero no que este sea inexistente a menos que la edición sea inexistente.

No mejora la situación que se proceda a cierta confusión más tarde (pocas líneas y sin punto y parte, por ejemplo) se declara “Son muchas las empresas y sistemas que favorecen la autopublicación,…” coincido, hacen posible la (auto)publicación, no la edición. Reitero la necesidad e esclarecer los términos y usar una terminología correcta (que para empezar nos ayudará a entender de qué hablamos), clara y distinta.

Muy interesante es la reflexión bajo el epígrafe “Las nuevas características de los libros”. Creo sin embargo que la identidad e las editoriales digitales, las que ofrecen libros electrónicos editados, se crea partiendo de la inclusión de muchos de los elementos que el párrafo menciona, haciéndolos usables, conformando una identidad que pasa a basarse en el contenido y en su edición, además del uso de la coherencia-cohesión temática y formal de la edición en la constitución de colecciones, que por muy intangibles que sean se identifican en los nuevos conceptos que expresan en si.

Insostenible el párrafo titulado “La disrupción”

Asumir que analógico es privativo y digital social es definitivamente erróneo. De la creación literaria del Renacimiento a experimentos de creación conjunta, de liberación de contenidos o de socialización de los mismos hay abundante bibliografía, pero bastaría pensar en las experiencias realizadas en primera persona para comprobar que no es así. Se podrá rebatir diciendo que se trata de algo marginal, pero no que no es posible: “…lo social, lo abierto y el remezcla, valores que estaban ausentes en el contexto analógico.” Es cierto que estos “valores” pueden ejercerse en el ámbito digital, pero no son necesariamente mayoritarios. En cualquier caso parece no tenerse en cuenta las múltiples restricciones al uso y acceso a los contenidos así como las legislaciones restrictivas (que han fomentado la creación de licencias de explotación alternativas, aplicables también a contextos analógicos). Me resulta asimismo curioso que después se aborden los modelos de negocio como si estos fuesen una expresión de la creatividad. Sobre todo porque cuando se ha mencionado el ecosistema del libro (en la introducción) estos modelos estaban ausentes y temo que hubiese ya modelos de negocio en los remotos tiempos de Gutenberg.

Menos de acuerdo me encuentro poco más adelante cuando la reimaginación tecnológica tiende a excluir al lector del control del contenido pues accede a él a través de programas o apps; programas propietarios por lo general, que excluyen al lector a menos que no tenga habilidades de programación; cualquier otro caso es, sin más, las opciones que el programador ha habilitado para el lector y por lo tanto, consciente o inconscientemente, más limitadas y limitadoras que las que el lector podría imaginar por su parte.

Desintermediación”, qué mito

El mito más resistente es el de la desintermediación, que precisamente cultivan los nuevos intermediarios.

Cualquier examen somero de la realidad confirma que las plataformas de intermediación crecen y que el autor que autopublica lejos de estas lucha en condiciones que son otras respecto a las que se suelen publicitar.

La edición electrónica no ha producido ninguna desintermediación, lo que ha hecho, en el caso de la autopublicación, es trasladar los papeles del editor al autor, pero conservando una dinámica de acceso al mercado o a los lectores diferente (nuevos son los sujetos, no siempre) pero idéntica a la anterior (sustancialmente iguales son los mecanismos). Que el autor asuma ahora los papeles del editor y que siga precisando del editor (aunque por lo general ignora esta figura), no le libera de encontrar nuevos sujetos que realicen parte del trabajo (de la reseña de la prensa al youtuber: un nuevo salto que refleja sin embargo el mismo concepto de base, que una auctoritas, cuyo reconocimiento se asentará sobre bases otras o nuevas, sancione que su libro es X; bueno, malo, excelente, divertido,imprescindible, una obra maestra, etc…). No podrá ignorar que deberá entonces gestionar el ISNB. No podrá ignorar que no podrá comercializar sin un distribuidor a la plataforma de autopublicación. El salto no puedo esconder que el mecanismo permanece casi inmutado aunque sujetos actuantes y modalidades sean distintas.

La socialización

Que para defender el concepto se cite a Borges, que no conoció el fenómeno digital, revela buena parte de la vacuidad del concepto que se quiere expresar con “lectura social”. Me hallo en desacuerdo completo. En primer lugar porque la virtualización de la lectura se realiza en al lectura misma y cualquier discusión en un foro, físico o virtual, entre lectores normales no se hará con el libro presente (y entre lectores doctos tampoco, porque entonces, por regla general, se saben el libro del que hablan al dedillo)

Conclusiones.

A pesar de todo esta es una lectura estimulante.

No puedo decir que no se estén escribiendo libros electrónicos que suponen un nuevo modo de leerlo, ni tan siquiera que que la normal lectura de hoy no implique un modo diverso de leer. Estoy sin embargo en desacuerdo a que esto ocurra siempre para todo lector, que los escritores hayan comprendido las posibilidades y que el mercado acoja de inmediato estas novedades.

Lamento no haber hallado en el texto una sola referencia a las limitaciones que el hardware impone hoy a la edición del libro electrónico así como referencias a estándares de publicación: estos puntos presentan notables carencias. Creo también que se sobrevalora la capacidad el auto autopublicador se comprender, actuar y controla su obra así como en general la tendencia a lo colaborativo y social, que el mercado combate con toda la fuerza que le es posible ejercer.

5 definiciones para una terminología clara

La reflexión que me ocupa estos días (es decir los momentos en que no estoy ocupado en otra cosa) tiene como objeto la claridad terminológica alrededor del mundo del libro electrónico. De hecho el panorama es algo turbio y se debe, a mi juicio, a factores como:

  • El uso de los mismos términos con acepciones radicalmente diferentes por parte de sujetos diferentes: por ejemplo ebook, en referencia al libro electrónico en si o al dispositivo lector;
  • la diferencia en la velocidad de desarrollo y comunicación de los distintos sujetos: muchos más rápido el de los fabricantes de dispositivos (más llamativo y tangible también), respecto a al velocidad de desarrollo y comunicación de
  • los editores y codificadores del libro electrónico;
  • la búsqueda de un mensaje simplificado que primaba cierto sentido evolucionista respecto (y en cierta medida de oposición y resistencia al cambio de lo viejo respecto) al nuevo y creaba una retórica de tradición versus innovación que implicaba también a los lectores.

Sin duda hay otros más. Yo me quedo con estos porque me parecen bastante significativos y fundamentalmente son los pilares sobre los que se han desarrollado los mensajes, la comunicación y la retórica en el sector editorial sobre el libro electrónico.

Naturalmente este universo cerrado se ha roto en la medida que se han desarrollado mensajes diferentes y se han diseminado mensajes más completos en los que se describía el libro electrónico como objeto intangible pero real, es decir sujeto a construcción. En otras palabras, todo lo anterior se ha quedado corto y superado al menos parcialmente. Y eso está bien porque la confusión nutre la falta de desarrollo y la desconfianza, terreno en que abunda el menosprecio por el libro (por el libro electrónico más aún) y florecen modelos excluyentes, limitados y limitadores.

Me parece por tanto que es imprescindible iniciar a dar definiciones claras y distintas que eviten la confusión y ayuden a la comprensión de qué pasa en el sector editorial, quien es qué, qué es que cosa y así hasta lo último.

Así pues he aquí algunas definiciones:

  1. Libro electrónico o ebook: es el libro fruto de un trabajo digital, de correcta codificación y con estructura semántica cuyo resultado es un libro accesible, sostenible, convertible y compatible.
  2. E-reader: es el dispositivo pensado para que podamos leer el libro electrónico o ebook, sin que esto indique que es el único dispositivo capaz de hacer este trabajo. También puede leerse el libro electrónico en tabletas, móviles inteligentes u ordenadores.
  3. Editorial tradicional: se entiende una editorial que trabaja con un flujo pre-digital y publica libros en cualquier formato.
  4. Editorial digital: es la que sigue un proceso de edición digital
  5. Edición digital: es un flujo de trabajo que lleva a la edición eficiente de un libro en un formato cualquiera, pero especialmente el electrónico.

Es cierto que cinco definiciones no pueden constituir por si solas toda la claridad que necesita el sector editorial, pero es un inicio necesario para evitar ambigüedades (queridas o menos). Espero poder ir, no yo solo que no soy tan pretencioso, seguir dando otras definiciones, pero lo que más espero es que se adopten (estas u otras que sean válidas) y se acabe deshaciendo la madeja del error para seguir el hilo de un edición correcta, clara y de la calidad.

De la política a la edición: notas comunes y sugestiones

Durante estas vacaciones he tenido tiempo de leer algunas cosas interesantes. Entre estas está el informe titulado “Ya nada será lo mismo. Los efectos del cambio tecnológico en la política, los partidos y el activismo juvenil ”, editado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud (disponible aquí, por ejemplo). El tema del informe es jóvenes y política, pero he notado algunas cuestiones que me parece, acertando o no, pueden trasponerse a otros ámbitos, como por el ejemplo el mundillo editorial, en función de su carácter general, de actitud y por su calado conceptual.

Si algo determina fundamentalmente la actitud de los jóvenes hacia la política es la funcionalidad de esta: qué funciona de hecho y no se cuestiona (ni a si misma ni con carácter general).

De este modo se valora la transparencia de la gestión y se cuestionan las estructuras de mediación. ¿Hablamos un poco de la imagen de las editoriales como agentes mediadores? ¿Hablamos del cuestionamiento de los jóvenes editores hacia el gremio? ¿Podemos trazar un cuadro sobre la estima de las distribuidoras y en general del acceso a los libros? Consideremos que por contra la notable aceptación de estructuras colaborativas para la solución de los problemas y podremos entrever la consideración positiva que tienen las bibliotecas como espacios abiertos y alternativos al margen de las instituciones; tanto menos “institucional” será la actitud de la biblioteca tanto mayor su éxito comunitario, parece sugerir esta ecuación, pues redistribuyen socialmente espacio y literatura. Pregunta: ¿Cuándo las bibliotecas presentan un perfil potencialmente atractivo, las editoriales acompañan a las bibliotecas con políticas más abiertas? Pienso al caso el ebook en particular. Tengamos en cuenta que hoy por hoy la constitución de bibliotecas al margen de las instituciones es una realidad (que con frecuencia se saluda solo por parte de las editoriales micro e independientes y aún en ocasiones como simple medida publicitaria). Hay mucho que repensar aquí.

Abundo en que hay mucho que repensar si al anterior punto sumamos estas otras características de los jóvenes frente a la política (o en este caso frente al mundo editorial):

  • radicalidad democrática
  • colaboración
  • conectividad
  • presión e implementación
  • glocalización

¿cómo se coloca el sector editorial frente a estas posiciones más allá de acciones comerciales? Están hablando de ética, no solo de servicios.

La tecnología es cotidiana para todos, lo jóvenes sin embargo tienen un concepto distinto de su aplicación. Mientras las instituciones las usan para hacer lo mismo de antes en modo más eficiente, se esperan de estas que las usen para organizarse de otro modo, para actuar de otro modo. El sector editorial vive idéntica confusión a las instituciones políticas del país: hacemos lo mismo, pero con mayor eficiencia, ni siquiera mejor. Sobre todo no usamos las tecnologías para acercarnos a ninguno de los cinco puntos anteriores. No entendemos y no usamos la tecnología en el modo que se espera de nosotros y así cavamos un surco más profundo. Donde se piensa recoger beneficios de un mercado mejor arado y roturado, más intensivamente explotado hallaremos solo malas hierbas, cosechas más pobres (en cantidad y calidad).

Cierro con una afirmación final. Lo jóvenes no se acercan a las instituciones ni participan de la vida política institucional, pero si hacen política: ¿en que medida estos jóvenes si leen pero no nos leen? La cuestión de fondo es que no coinciden los temas de la política tradicional con los suyos y por ello desconfían y muestran un profundo desinterés partidaria. Mutatis mutandis sospecho que el mundo editorial ni comprende ni sabe cuales son los intereses de futuros y presentes lectores más allá de los sondeos de mercado, que lógicamente ignoran y son ignorados por esta porción de ciudadanos.

Si esta situación es en la que se va a desarrollar no una sino varias generaciones creo poder afirmar que en poco tiempo el sector editorial vivirá de canibalizarse, sin haber creado, ni creído ni apostado por nuevos lectores: la ley de Liebig no miente nunca.

PS: como siempre, pero lo repito, estas son opiniones y lecturas personales.

El #ebook en Europa, con #ebookspain

Concluido el fin de semana del Salone Internazionale del Libro de Torino, en el que he tenido la suerte de participar. Mucha gente: el sábado las máquinas expendedoras del metro se quedaron sin billetes y hubo que recurrir a los empleados en la inédita función de billeteros (y es que el metro es completamente automático). Y lo mejor no fue que hubiese mucha ente sino que era gente con gran interés por el #ebook: la mesa redonda en que participé tenía como título «Como distinguir un ebook bien hecho» y las intervenciones y preguntas del público presente (empezamos con 30 y acabamos con 50 personas arracimadas entorno a un espacio algo reducido para tantos) fueron puntuales y bien pensadas, lo que me induce a creer que si no hay más lectores no es porque en si el #ebook no interese.

Otro motivo de satisfacción fue que mi participación en esta mesa abrió la colaboración activa de #ebookspain con otros sujetos a nivel internacional y eso siempre se celebra: más información sobre esto en el blog de #ebookspain.

Ahora a seguir trabajando.

Cuando el respeto decaiga, el lector os abandonará

«Non crediate che le Vostre edizioni si vendano perché lo Struzzo è simpatico alla gente: si vendono perché sono accurate e leggibili: quando ci siano libro mezzi corretti e mezzi scorretti, quando il rispetto per la gente venga a meno, il lettore Vi abbandonerà»

Leone Ginzburg, una carta a Giulio Einaudi.

(No creáis que vuestras ediciones se vendan porque el Avestruz cae simpático a la gente: se venden porque están cuidadas y son legibles: cuando haya libros medio correctos y medio incorrectos, cuando el respeto por la gente decaiga, el lector os abandonará».)

Leía ayer este fragmento de una carta de Leone Ginsburg a Giulio Einaudi (pensad que se sentaban uno junto a otro en la gran buhardilla que fue el primer cuartel general de Einaudi) y no pude evitar que me asaltasen una serie de preguntas y algunas constataciones.

La primera y más obvia es que la calidad del trabajo editorial es una preocupación constante del editor. La segunda es que la unión calidad de la edición – fidelidad del lector se ha roto en algún momento.

La responsabilidad de esa ruptura recae en el editor, sin duda. Y aquí me asaltan las preguntas: ¿Qué ha motivado esa decisión? ¿Por qué, al menos en apariencia y contrariamente a la opinión de Ginsburg, el lector no penaliza con fuerza esta práctica?

Tampoco sería justo decir que se trata de una práctica universal. Si bien es cierto que ha aumentado esta falta de rigor, entre grandes, medianas y pequeñas editoriales, especialmente en el caso del libro electrónico. Creo que esa desidia, en fondo, obedece no solo a un factor generacional o cultural, sino también a una cuestión económica: mientras el volumen de ventas del #ebook crece, el valor unitario menor no crece cuanto el volumen. En otras palabras se vende más por menos y el sistema apuesta por agotarse antes de ceder. La pregunta es si no lo hará demasiado tarde. Yo estoy convencido de que esta práctica es un error.

Confio pues en la revolución callada de los pequeños editores que quieran hacer suyas la palabras de Ginzburg y las prácticas mejores sobre la calidad de la edición, impresa o electrónica. A la par no queda sino esperar que los lectores sean tan exigentes efectivamente como creen ser, edite quien edite. Quizá sea hora de que los editores expliquen a los lectores cómo es una libro bien hecho, especialmente un libro electrónico.

Vivir de prestado

Se insiste mucho en que las editoriales deben conocer a sus clientes y establecer con ellos una relación y un diálogo constantes.

Sobre todo ello tengo algo que decir.

En primer lugar que existe en todo esto dos esferas distintas.

La primera tiene que ver con la relación del triángulo editor-autor-lector y del papel del editor.

La segunda con la estrategia de venta en una dimensión digital (y por consiguiente del objetivo o visión, como se le ha dado en llamar en los últimos años) de la editorial.

En realidad los lectores buscan libros de sus autores. Cuando encuentran el libro que buscan no se detienen a examinar quien es el editor, de que editorial es el libro que tienen entre las manos y probablemente comprarán: es un libro del autor que quieren leer. Compra pues el libro del autor que X ha editado. Cuando el autor cambie de editorial y pase de X a Z, nuestro lector comprará los libros de Z y o porque prefiera Z a X sino porque comprará los libros de su autor que edita ahora Z. Si queremos pensar que pasando de autores a temas la cosa cambia, nos engañamos: el modelo es idéntico.

El editor vive de prestado, el cliente no es suyo sino en forma temporal.

Sin embargo todos conocemos editoriales.

Las editoriales, los editores editan y publican a los autores casi siempre en forma temporal; algún caso hay de relación monógama, pero son muy raras.

Lo que el editor hace es mantener su relación con los lectores cuidando su relación con los autores: una relación mediada. ¿Por qué algunas editoriales tienen un reconocimiento? Porque han dotado a estas relaciones de sentido y lo ha hecho de dos maneras: estableciendo relaciones cuidadas y respetuosas con el autor y su trabajo; estableciendo un nexo de sentido entre las obras que publica y su visión del mundo, hecho que cobra expresión en el catálogo de obras editadas. A mi entender este es la cristalización de todos los saberes activos de un editor y constituye su valor intangible principal. En cierto modo esto es lo que da sentido al editor y a la editorial.

Los lectores reconocen en este trabajo a la editorial y le otorgan consecuentemente un marchamo de seriedad, un sello de calidad implícito que reconoce el mérito de este trabajo y el valor que de él se desprende, transfiriendo a los libros que edita este sello o reconocimiento, sin importar que autores sean los que publica en ese momento. En todo caso ese catálogo le valdrá la estima o la repulsa según la orientación que revele y cual sea la orientación del lector; la cosa no excluye que si la editorial edita el autor que ese lector hostil busca el libro se compre lo mismo. Dicho de otro modo, la relación mediada que se encarna en la editorial ni activa y desincentiva la venta del libro, todo lo más aprovecha o no de ella sin que interfieran otros méritos o deméritos.

Si cuanto expuesto hasta es aquí es cierto o al menos tiene visos de serlo, ¿en qué manera y qué sentido tiene hablar de clientes de una editorial?

La segunda cuestión se refería a la estrategia de venta en un ámbito digital. Aquí, creo, es donde la mayor parte de las empresas ha entendido el “paradigma digital” como los gigantes, por la bragueta. Internet 2.0 se basaba en el diálogo, pero las empresas (incluidas las editoriales) mantienen monólogos. Esto se debe en parte a no haber entendido la base 2.0 y a no haberla querido entender, haber tomado internet por un gran expositor, como otra pieza de una mecanismo comercial y por otro lado al hecho que las personas se han vuelto reticentes a intervenir en este tipo de comunicación; el resultado es una audiencia fundamentalmente pasiva y la confusión entre número de “me gusta” recibidos y ventas auspiciables.

La necesidad de Big Data nace no solo de la dimensión digital sino también de la incomprensión digital. Cuanto yo pienso de Big Data ya es conocida. El problema es que estos datos no son accesibles a los editores pues también esta es una relación mediada, con el distribuidor en este caso. Y no son gente que de datos.

Así pues el editor es una figura de mediación y construcción de sentido, a la par de una iniciativa privada que debe sostenerse con sus propias fuerzas. Sus activos radican en su capacidad de gestionar la percepción subjetiva de la editorial, su reputación y prestigio. Excavar en datos ajenos no puede conducir a ningún sitio, explorar y explotar datos ajenos no nos dirá nada sobre nuestra actividad. Creo que es justamente ahí, en indagar en la propia actividad en la percepción que se tiene de nuestra editorial que se debe partir, en la coincidencia de la idea que el editor tiene de la misma y su divergencia en la percepción de los lectores, en lo que los lectores esperan de la editorial. Me parece una via más honesta e igualmente rica, pero más respetuosa. No me escondo que para una editorial que empieza esto es más difícil y entraña ciertos riesgos, pero, repito, me parece más honesto y más cercano a la realidad que imaginar que nuestra editorial tiene clientes: nuestra editorial es un catalizador.

¿Libros o modelos de negocio?

Cada vez que a propósito de libros y del sector editorial leo “modelo de negocio” pienso que algo se va torciendo, porque es frecuente, y en algunos círculos casi constante, que este sea el debate sobre el futuro del libro.

Para mi es un error.

Volviendo a la base de toda actividad lo que un lector compra (cuando lo compra) es un libro, no un modelo de negocio. Me pregunto varias cosas entonces.

La piratería del libro y del libro electrónico en particular (que no considero que sea un problema tan grande como lo pintan o incluso un problema real), ¿nace del libro en si o de modelos de negocio entorno al libro que se perciben como abuso?

¿Por qué existen editores que publican libros sin editar, por qué se baja la calidad de la edición, en especial en el libro electrónico?

¿Por qué hablar tanto del modelo y tan poco del objeto?

¿Por qué hablar tanto de interactividad y tan poco de los lectores?

He llegado a algunas conclusiones personales, entre las cuales señalo como concausas (no exclusivas) la conversión del libro y de los lectores en producto de consumo.

Se convierte el libro en un bien de consumo cualquiera a través de:

  • la asimilación del libro con un bien de consumo masivo (aunque no da rendimientos asimilables)
  • la asimilación del libro al entretenimiento (aunque no coinciden sus naturalezas por mucho que el libro entretenga)
  • la forzatura del libro mediante la tecnología: esto eón del libro es evidente en la distorsión del libro electrónico como medio para otras cosas y no desarrollando el libro mediante la tecnología para introducir mejorías en su legibilidad, en su accesibilidad o en el desarrollo de nuevas formas narrativas que la tecnología hace posible.

El libro tiene poco futuro si queremos hacerlo pasar por otra cosa o decir que puede consumirse. Mucho menos futuro aún si lo convertimos en un vector de consumo de otros bienes (estoy pensando en la idea de los compras sugeridas dentro del libro).

Como bien de consumo masivo el libros es un problema: el número de lectores es bajo y es demasiado alto para que el libro sea un lujo y a le vez demasiado bajo para que sea masivo: ni sexy ni barato, en definitiva.

Poco tiene que ver la revolución digital con esto. Es más bien las formas en que un sector que ha empobrecido su capital simbólico y cree salvar los muebles arrojándose a las llamas: la liquidación de cualquier vínculo inmaterial con el imaginario colectivo, con valores compartidos entre editores, autores y lectores (sin olvidar a los libreros), la cancelación de cualquier mesura, ha generado la hybris que ha empeorado la fiebre de mercado. Y esto es evidente en la relación con el lector. O se le trata como un vector de publicidad: hoy la relación 2.0 es para muchos y únicamente la forma en que lectores aplauden una marca: eso no es 2.0 eso es su desvirtuación, del mismo modo que con anterioridad se han desvirtuado otras prácticas en nombre de la obsesión mercantilista.O bien se le trata como mercancía en si: lector, recuerda que si el libro es gratis la mercancía eres tú.

Ya abundando existen otro par de ideas torticeras disfrazadas de modelo de negocio: que ser sostenible es crecer siempre, que no existe otro modo de hacer las cosas (palabras clave: crecimiento sostenible, modelo de negocio).

El libro ha de recuperar su dimensión simbólica, que no tiene por fuerza que ser elitista. En esa recuperación abandona su ser mercancía

Esto significa también, a mi juicio, no me canso de repetirlo, reanudar relaciones. Por ejemplo, realojarse en el territorio: editores que editen autores de su zona, que radiquen en su zona acciones de lectura, no por fuerza de los propios libros, editores que anuden relaciones reales con los lectores en espacios reales a propósitos de libros reales (y realmente editados, en cualquier formato); Lo repito, esto de la edición es una actividad de márgenes residuales, por tanto adapta a realidades pequeñas con autolimitación de crecimiento y además estoy convencido de que los será aún más en el futuro.

Sobre las estadísticas de lectura, los lectores y el libro electrónico

Ha revueltas vamos con las estadísticas de lectura de este país y eso que ya se ha señalado (lo ha hecho J. M. Barandiarán) que la serie histórica no contiene las mismas preguntas y por lo tanto la imagen final que obtenemos está algo desdibujada si queremos verla en perspectiva.

A margen de eso, hay dos cifras y un dato que me impactan y que tienen lecturas muy distintas.

El dato es que se asimila ladinamente lectura con compra de libros. Mezclar manzanas y peras no da buenos frutos. Ese sesgo es peligroso e induce luego a encarrilar una campaña de promoción de la lectura con una campaña de venta de libros, como si se tratase de la misma cosa. Y no.

En cuanto a las cifras la una es la cantidad de gente que no lee (o casi nunca lo hace): 35%. A la mayoría de estos no lectores simplemente no les gusta leer.

Preocupante, pero más lo es que entre quienes leen la cantidad de libros leídos es bajísima: 4-5 libros al año. Lo grandes lectores son de veras un puñado.

La cifra de lectores que leen libros electrónicos es baja pero al parecer, esto es difícil saberlo cuando no hay datos fiables para comparar, más alta de la cifra de ventas. Y esto es otra forma de ver que esa vinculación entre venta y lectura es impropia e incorrecta, sin duda interesada. Y a pesar de todo la inmensa mayoría conoce libro en este formato, un porcentaje relevante piensa que es probable que en el compre libros electrónicos (el 28%) e incluso que este formato acabe por ser hegemónico (33%).

Y a la luz de todo esto pienso cuanto sigue.

Que es bastante insensato pensar en hacer campañas de promoción de la lectura entre quien lee en vez de proceder a cultivar el campo de quien no lee.

Que entre quienes leen se lee prevalentemente poco. Convertirlos en grandes lectores será tan difícil como hacer que lea quien no lo hace, pero ya que han dado el primer paso no les abandonemos.

Pensar que bastará quien lee para salvar a los editores es un error, pero pensar que bastan quienes leen hoy para asegurar el futuro de la lectura en este país es aún peor (ya dije algo al respecto en este otro artículo La Ley de Liebig aplicada a la edición). Reitero, es necesario un plan de lectura de largo plazo y respiro, estratégico no de urgencia para una situación urgente desde hace una década o más.

Por otro lado la popularidad de un formato como el digital se enfrenta a una escasa utilización. Se han mencionado infinidad de causas. Apunto una poco simpática: los editores no hemos dado ni estamos dando lo que esperaban los lectores. Cierto, podemos decir que los e-readers y tabletas no han acompañado, pero quizá ha llegado la hora de admitir que los editores no se han esforzado en desarrollar el libro electrónico y que una concausa de su escasa penetración está precisamente en esa desidia. Y es que intuyo, sin más base que esa intuición, que sea claro, que entre los lectores de libros electrónicos, por pocos que sean, están los lectores fuertes, individuos que han desarrolla a fuerza de costumbre lectora unos criterios claros de calidad y, por desgracia, el libro electrónico no ha estado a la altura. Quien sabe, quizá la expansión del #ebook empieza precisamente ahí, en la calidad el libro electrónico.

Ps: añado como nota final que la encuesta del barómetro no refleja las opiniones ni hábitos de niños y jóvenes, que son los segmentos de población que todo estudio reciente cita como el segmento más lector. Hubiese sido interesante saber más.

Cuántos lectores digitales

Un tema de reflexión que aparece últimamente es cuántos lectores digitales hay o dicho de otro modo si el #ebook tiene, de veras, algún futuro.

Antes, sin embargo, quiero fijar algunos puntos, unas premisas:

  • se lee más que antes, más que nunca. Es posible, no implica que se pague por lo que se lee o que lo que se lee esté editado. Una nota: ciertamente existen muchas más posibilidades de lectura, ¿alguien puede indicarme cómo se ha medido el incremento de lectura real o es solo un cálculo buenista sobre la base de las posibilidades?
  • El pirata no compra libros y la piratería existían aun antes de la revolución digital.
  • El lector medio de #ebooks no distingue entre calidades pero si entre precios.
  • sobre los datos del del #ebook en España reina la opacidad y fuera de aquí la parcialidad también es notable, no solo porque se desconoce la naturaleza de los datos y su dimensión completa sino porque falta asimismo una definición de ebook (quien incluye el pdf como un formato quien no, por ejemplo)

Con este cuadro hablar de la salud de la edición digital, de su influencia y alcance, de su futuro o del número de lectores es bastantes difícil, incluso porque el número de lectores en España es desconocido (porcentajes sí, los que se quieran)

Sin embargo, en un alarde de inconsciencia voy a intentar una aproximación a la cuestión cuántos lectores digitales existen y que futuro puede tener la edición digital.

El grupo más relevante de lectores frecuentes (datos del barómetro de la FGEE) es el de la franja demográfica entre 14 y 34: con los datos de población de 2007 calculo que son 8.730.799, algo más del 19% sobre el total de la población. Poco claros son los datos del barómetro, o eso me parecen, pero indican muy claramente que la penetración del #ebook entre los lectores frecuentes no tiene una pegada devastadora. Remitiendo esa tendencia a ese mismo grupo de edad (14-34) los últimos informes indican que no tiene como mayor interés la lectura en formato digital pues prefiere emplear su tiempo en otros menesteres digitales: con mis cálculos rudimentarios y no muy precisos me salen 213.904 españolitos entre 14 y 34 con interés en leer libros en formato electrónico (cualquier corrección de la cifra es bienvenida, mis dotes matemáticas son limitadas). Y sin embargo la lectura digital experimenta una tendencia sostenida al alza, aunque sea con guarismos de poco empaque. En otras palabras: el público objetivo del libro electrónico es exiguo, pero crece. Crece en dos formas: en cantidad de libros leídos y comprados; demográficamente en el tiempo. Este último aspecto debe ser estudiado: ¿se mantendrán como lectores digitales? ¿caerán con la edad? ¿crecerá su impacto porque las nuevas generaciones no verán el libro electrónico como las ven las actuales?

Si existe un estancamiento del #ebook no se debe a falta de lectores, se debe a que los lectores frecuentes son pocos y no han pasado, armas y bagajes, al libro electrónico ni hubieran tenido porque hacerlo. Pocos lectores frecuentes son un problemas para editores, autores y país. Las editoriales que editan en exclusiva o en forma prevalente libros electrónicos deben hallar soluciones porque su público es hoy menor al poco de los lectores frecuentes. Y si encuentran esas medidas es posible que mañana estén en condiciones mucho mejores para entender y practicar la edición del futuro

¿Qué hacer?

No soy pitoniso, propongo lo que creo puede dar resultado.

  • Sumar esfuerzos, y no hablo solo de la consorciación entre pequeños editores, con todos los sujetos implicados en la creación, edición, comercialización, lectura, difusión del libro: hay que crear lectores.
  • Experimentar alianzas con libreros para insistir en la compra local, también de libros electrónicos.
  • Aumentar la calidad editorial de los libros.
  • Gratificar al lector frecuente con lecturas a su altura.
  • Desarrollar formas de gestión compartida de recursos tangibles e intangibles.
  • Editar en formatos que garanticen la libertad personal del lector.
  • Editar en varias lenguas el propio catálogo.
  • Experimentar formas de coedición, de cesión mutua de derechos de autor, de traducciones del propio catálogo: fomentar una red internacional del libro electrónico en las condiciones de calidad, cercanía, libertad que se han enumerado más arriba.
  • Proponerse la creación de una feria del libro electrónico que rompa la pared invisible con el lector, lo traiga a la cercanía física del editor y del autor, que incite el debate, que fomente redes.