En constante confusión: ¿falta terminología o es descuido?

Este blog inició su camino hace casi tres años y tiene, con esta, 98 entradas en su haber. Digo esto porque trazando un balance, incluso provisional, de cuanto dicho, hecho y visto (no digamos escrito) en este tiempo, cunde un cierto desánimo. Bien se vio en la última entrada.

En efecto, la revolución digital todavía está verde y no porque sea difícil de entender a estas alturas, sino porque no hay intención de ponerla en marcha en toda su extensión. Habría que decir sin embargo que existen editores, editoriales, autores que se han puesto a ello en la medida que les consienten sus propias capacidades y en algunos casos, demasiado pocos, colaborando entre si.

Lo peor, creo, es que sigue difundiéndose confusión. la semana de la cita de escritores de Euskadi contiene perlas como “…hoy en día no necesitas a editores profesionales, sino que hay redes descentralizadas que permiten publicar a cualquiera”. Ignoro si es un error en la traducción de las palabras de Bashkar  o si él mismo no ve la confusión: aunque soy favorable a las redes descentralizadas y colaborativas la profesionalidad de la edición está tuteada por el acerbo de competencias y no por la centralización/descentralización de la labor. Del mismo modo editar y publicar no son sinónimos y, nota final, la edición sin editores es imposible ya en la propia naturaleza de las palabras que usamos. ¿Se confunde publicación y edición con un objetivo o por carencia de rigor? ¿Se confunden editores y editoriales? ¿De verdad creemos que en este, o otros países, se hace uso sistemático de editores y correctores en los procesos de autopublicación? Mi experiencia indica lo exacto contrario y nadie en el ramo de “servicios para el autor” ha dado jamás cifras sobre este particular, al menos que yo sepa. Sin terminología precisa, sin rigor expositivo (y no sugiero que yo sea un dechado de virtud en materia), poco vamos a avanzar en la divulgación de la exacta naturaleza, importancia, desarrollo de la edición digital y de los futuros del libro.

Otra canción es esa que habla de que futuro estamos construyendo, y no solo en referencia al sector editorial, los que trabajamos o nos apasionamos por los libros y la cultura.

Y llego pues al punto final de hoy que es la penuria de lectores. Qué difícil es pensar que seguiremos vendiendo libros si no hay quien los lea. Solo en el último año he visto, en Valencia, una iniciativa, coordinada y de medio plazo, para construcción de un universo de lectores. Veremos como va. Mientras tanto quizá sería útil que las editoriales animasen a sus escritores a ir a las escuelas e institutos a hablar de libros (no de sus libros, sino de libros en general, de su pasión), allí donde estén los autores. Quizá sería útil que las bibliotecas escolares hiciesen hablar de los libros que les gustan a los chicos además de incitar a la lectura. Quizá sería bueno que los editores fuesen a donde les llamasen a explicar cómo se hacen los libros (prefiero correr el riesgo de hallarme ante un editor honesto pero hostil a la digitalización que no hacer nada), cómo se  harán en el futuro.

Ps: voy a tomarme una pausa en este blog y por tanto el número de entradas en el futuro inmediato no será significativo, que se dice ahora. Los motivos son dos. Uno que desánimo cunde al ver que, en relación al libro digital, el sector editorial o se mueve muy despacio o no se mueve en absoluto. La segunda, parcial consecuencia de la primera, es que estoy encontrando gran satisfacción en mi nueva faceta de autor/escritor (por favor, siempre todo en minúsculas) y voy a dedicarle más tiempo y mayores esfuerzos.

 

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Editoriales y moneda social

hay un concepto en el último artículo de Roger Domingo (este) que me ha llamado la atención: moneda social, es decir el prestigio social que se adquiere ante pares (que nadie la confunda en este artículo con la moneda social como expresión de redes económicas locales con moneda propia, aunque quizá sería interesante explorar la confluencia).

La cuestión es como funciona en el mundo de los libros, de los editores y los lectores. En general parece que como actividad de prestigio la lectura cuenta muy limitadamente, pues en general las actividades intelectuales no gozan de reconocimiento público; el círculo en el cual funciona la moneda social es restringido, no digo elitista sino restringido. Por ejemplo, entre los lectores de Harry Potter, mucho antes de Pottermore, esta moneda social funcionaba según cantidad de lectura, velocidad de lectura y profundidad del conocimiento de los entresijos del mundo fabntastico de Rowling. Caso similar es el de Tolkien y sus mundos fabulosos; promemoria, eran los ’80 cuando despegó el fenómeno, lejos de las redes sociales virtuales. Podemos pensar que hoy este mismo prestigio sigue vigente porque es así. Existen hoy muchos cículos de lectores, clubes de lectura, foros y debates en al red y fuera de ella. Se trata sin embargo de algo circunscrito a pequeños nucleos heterogéneos. Leer, como corresponde a una realidad con un escaso porcentaje de lectores habituales (digitales o no, es una distinción inoperante) , es una actividad sectaria, la moneda social circula en pequeñas cantidades.

Ante esta penuria las editoriales pueden favorecer los lectores vagos, los lectores de best sellers, los fieles de un autor, los lectores ocasionales o…o pueden dedicarse a fomentar la moneda social que liga a la lectura. Los hay que lo hacen, más incluso de lo que parece pero menos de lo necesario. El problema es, con frecuencia, la falta de continuidad de la empresa. Recuperar esa moneda social para la lectura puede ser una clave de la recuperación del prestigio y también un recurso a explorar por parte de las editoriales “de nicho”, aquellas que cultivan ciertos campos y ciertos lectores. Ojalá sean fructíferos.

La gestión de los originales

Un problema recurrente en las editoriales es la gestión de los originales (prefiero no usar el término manuscrito por razones obvias). Las grandes editoriales por lo general no aceptan el envío de originales no solicitados, lo mismo que algunas editoriales medianas. Entre las editoriales medianas existen las que no los aceptan y las que sí y en este caso la gestión de los originales incluye la práctica análoga al silencio administrativo negativo en un lapso de tiempo determinado (tres o seis meses, según), es decir que al no responder no existe interés.

Así pues el problema de la gestión de los originales queda muy circunscrito a aquellas editoriales que desean mantener una contacto muy estrecho con los autores. Y es un problema porque por o general se gestiona mal. Veamos un par ejemplos.

  1. La editorial envía un mensaje de recepción del original y promete responder en unos meses, no pocos porque son una editorial pequeña, escriben, y no pueden responder siempre con la celeridad que desearían. De hecho no responden.

    El problema es que el flujo de trabajo no corresponde con los deseos de la editorial. Las tareas son muchas, el personal poco y la gestión de muchos originales que necesitan valoración genera un cuello de botella que al final se retuerce contra la editorial en la valoración que el autor realiza. Es un problema muy común. Si no podemos gestionar el tiempo y el flujo de trabajo en modo de dar una respuesta cierta en un tiempo límite, porque no es posible solicitar al autor una espera infinita, es mucho mejor optar por la política del silencio administrativo negativo. No es la opción que se ambicionaba ni refleja la voluntad de la editorial de establecer buenas relaciones con todos, pero dejar las relaciones incumplidas, en el aire, resulta peor y con relativa frecuencia afecta también a otros campos relaciones de la editorial.

  2. La editorial envía un mensaje de recepción del original y promete responder pasado un tiempo prudencial, ten paciencia. La editorial responde negativamente, pero en términos vagos e invita a enviar otro originales en el futuro. Si el autor a su vez responde solicitando que motivos han llevado al rechazo y que tipo de obras debería enviar en el futuro para evitar comunes pérdidas de tiempo, el autor choca con un muro de silencio.

    Aquí el problema de la gestión del original en el flujo de trabajo tiene otra vertiente. La valoración del original no incluye la redacción de un informe de tal valoración sobre el que basar respuestas y futuras relaciones. Los motivos son idénticos, casi siempre, a los del caso anterior: las tareas son muchas, el personal poco y la gestión de muchos originales que necesitan valoración genera un cuello de botella.

La ambición de mantener un contacto fluido choca con la realidad de las disponibilidades y con un flujo de trabajo infraestructurado en relación a estas o sobredimensionado en relación a las capacidades efectivas de la editorial: hay que ser realistas.

Podríamos pensar que la solución óptima sería responder en modo personalizado y detallado a cada uno de los autores. Error. Existe la misma proporción de respuestas airadas en el caso de una respuesta genérica que en el de una detallada (pero no solicitada).

Una respuesta genérica es, en mi opinión, la primera respuesta. En la mayor parte de los casos el autor acepta la respuesta genérica sin más, en pocos casos solicitará explicaciones; jamás he entendido bien por qué pues las críticas de un editor podría ser muy útiles para revisar la obra y mejorarla o entender la orientación del mundo editorial en general. Si el autor solicita mayor detalle hay que saber dar un respuesta que incluya las motivaciones basadas en un informe de lectura; cada editorial puede estructurar este informe en el modo que crea oportuno y funcional. Aquí la definición de un flujo de trabajo y gestión de los originales es la clave: si no puede darse no invitemos al autor en algún modo a proseguir el intercambio de correo, es mejor buscar una alternativa elegante y que no consuma energías.

En definitiva, ser realistas en el momento de establecer cual va a ser la gestión de originales recibidos dentro del flujo de trabajo de la editorial es fundamental. Definir el mismo flujo de trabajo, sus pasos, responsables y responsabilidades, las modalidades de comunicación interna y externa, por esenciales que sean, constituye un aspecto esencial de la vida de la editorial y debe atenerse a la disponibilidad real más que a ambiciones de carácter ideal que pueden acabar por retorcerse contra la editorial y en el peor de los casos envenenar nuestro trabajo.

Última reflexión sobre la encuesta Qué es una editorial digital

Prometo que es la última vez que escribo a propósito de la encuesta.

Dejé voluntariamente en el aire una cuestión, esperando que algún comentario diese pie a un buen intercambio de pareceres; no ha sido a sí ni tan siquiera en la mención de la que me hace objeto Javier de Rios, un saludo, en el blog de Sinerrata. De los resultados de la encuesta y de la “necesidad” de la misma se evidencia la carencia de una terminología más precisa para la edición digital.

Con frecuencia enfrentamos los términos “editorial digital” y “editorial tradicional”, pero es una oposición falsa que se basa en una asunción igualmente falsa, o sea que ambas editoriales los son en función del producto. No es correcto: dos casas automovilísticas siguen siendo eso ya ofrezcan o no coches en gran escala o pocos coches altamente personalizados y con dispendio de mano de obra.  Intentar una  clasificación por producto además deja caer en un limbo aquella editoriales que realicen ambos u otros tipos de edición/publicación (es decir, libro impreso y electrónico).

Va siendo hora que dejemos de usar estos términos – digital, tradicional – si no vamos a dotarles de un significado unívoco y claro. No es cuestión baladí: pensad en ciertas argumentaciones pro/contra y enciertos titulares cuyo sesgo implica una connotación negativa o secular del libro electrónico. Podríamos recurrir al tipo de flujo de trabajo que utilicen, pero hará falta entonces una labor pedagógica entre lectores, los mismos editores (tampoco es correcto asumir que todas las editoriales tiene un flujo de trabajo digital aunque publiquen libros electrónicos) y todo aquel que se relacione en un modo u otro con el sector editorial. Es posible que haya otras alternativas, no tengo la última palabra desde luego, pero es oportuno reflexionar sobre estos aspectos si queremos aclarar y aclararnos la situación actual de la edición.

Qué es una editorial digital: resultados de la encuesta y comentarios

La semana pasada publiqué una encuesta que tenía por objetivo recabar alguna información útil sobre lo que se considera es una editorial digital.

De ya digo que nunca he tenido una capacidad seductora a la hora de hacer encuestas así que el número de votos ha sido bajo: 32. Un universo mínimo, diría un/a estadístico/a. En efecto, el número no da para muchas extrapolaciones, pero yo voy a fingir que sí y voy a dar un parecer sobre los resultados, porque a fin de cuentas eso es lo que me interesaba, el reparto de los votos sobre ciertas ideas. Creo que, a pesar de todo, puede que marquen efectivamente la tendencia general. Si así no fuere, dejadlo anotado por aquí: todo debate es bienvenido.

Se me antoja esperanzador que el 43.75 % de los votos haya definido una editorial digital como aquella que maneja un flujo de trabajo digital. Hace no mucho este resultado no habría sido posible y me da pie para dos cosas:

  • la primera una cita, Matthew Diener en su cuenta tuiter (@MatthewDiener) escribió la semana pasada “We are using an XML to Web + Print for our magazines. XML content is edited, workflow splits for Web & Print, ePDF, repurposing. #ePrdctn”. Cita con la que pretendo demostrar que un flujo de trabajo digital no es privativo del #ebook sino funcional a la edición (y no estoy diciendo nada nuevo, aunque quizá sí poco escuchado).
  • La segunda cosa es que se demuestra este interés aquí con la masiva presencia prevista en ocasión de la Semana Ebookspain.

El 25% declara que una editorial digital publica solo #ebook. Creo que a día de hoy esta es más o menos el porcentaje que tiende a imaginar la edición digital como algo extraño a la edición y al libro. Incluso. Me sobrecoge pues la posibilidad de sumar a este porcentaje el del 9,38% que identifica una editorial digital con una editorial no tradicional (y voluntariamente dejé este término ambiguo, porque muchos son los usos que podemos hacer de tradicional en relación a la edición y publicación y quizá merecería la pena despejar el terreno de dudas y ambigüedades, en lo posible) y el 9,37 % que identifica una editorial digital con la que vende online (en este caso me parece que la empanada está servida). Digo me sobrecoge porque identifico, quizá erróneamente, estos porcentajes con una visión de “digital” como un aparte en el mundo de la edición, como una suerte de especialización y no, como a mi modo de ver es, como una nueva rutina de creación, producción y consumo. El resultado es que hay todavía una franja importante aunque dividida de personas que conceptualizan lo digital en términos de alteridad y oposición con la edición y llegados a este punto del recorrido la cosa preocupa, especialmente si estas opiniones vienen de personas implicadas en el sector editorial, cosa que por otro lado desconozco.

Aún queda un 12, 5 % que identifica una editorial digital con la editorial que publica #ebooks. De por si no es errado, pero de nuevo me parece una visión limitante.

En definitiva, reconozco que lo es muy poco lo recogido como para otorgarle validez universal y que nada indica que sean estas las opiniones de los profesionales de la edición (aunque tengo el presentimiento que así es). A pesar de ello creo que reflejan en cierta medida las opiniones y los sentimientos más comunes hoy sobre qué es una editorial digital y son unos resultados que, junto con otros indicios y señales de cuanto está ocurriendo ahí fuera, manifiestan un cambio de tendencia en la visión de conjunto.

Ps: Si alguien quiere dejar su personal lectura de los resultados

Miscelánea solsticial

Como de vez en cuando ocurre, se me acumulan los temas sobre la mesa. Temas que no siempre son nuevos.

Caen los ingresos de los autores

Han caído los ingresos de la mayor parte de la población, resultaría extraño que los ingresos de los autores, que se apoyan en una pequeña parte de la población pudieran sostenerse o crecer. Los autores caen donde caen los demás. Caen también libreros, autores, tipógrafos, correctores, traductores, etc…

Temo, además, que sigue vigente el sueño postbélico del autor que vive de escribir. ¿Cuándo todos los escritores han vivido de escribir? Nunca. Vivir de la palabra es en verdad complicado.

Infinita discusión infinita sobre el ebook o libro electrónico vs libro impreso

Por increíble que pueda parecer este debate no se cierra ni cicatriza. Abierto sempiternamente. Tengo la impresión que su misión es la de válvula de escape: cuando necesitamos resoplar sacamos el tema. Por ejemplo, se venden muchas tabletas pero se venden pocos #ebooks; ¿quién dijo que se comprasen para leer? ¿Relacionamos el número de estanterías con el número de libros vendidos en las librerías? Demos espacio al desahogo a pesar de todo.

Más interesante me parece preocuparse por la capilaridad de la difusión del libro, en cualquier formato, en nutrir las bibliotecas, en fomentar bibliotecas informales, en fin, en hacer posible que se lea, en crecer lectores. Porque algo como esto (con la debida distancia de quien no se fía en exceso de casi ningún dato “oficial”) es preocupante en grado sumo.

Datos

Y si, claro, la cuestión de la manipulación de los logaritmos en los ordenadores de bordo de Volkswagen tiene su reflejo en el cualquier esfera de actividad humana. En definitiva el engaño nos hace desconfiados. La opacidad de las fuentes, la opacidad en la construcción de los datos, no pueden darnos otra posibilidad. Así que cuando Amazon difunde datos sobre la caída de ventas desde que las editoriales han decidido los precios a los que vender en Amazon, suenan campanillas a mi alrededor. Sin entrar en la disquisición de quien tiene derecho a poner el precio de los que produce. Posibilidades: es cierto, pero ¿se gana más o menos? Por otro lado, ¿puedo fiarme del logaritmo amazoniano que regula la exposición de los títulos?

Desde luego no voy a realizar una oda a la inocencia de las editoriales, pero dudo mucho de que siempre sean malas. Resultaría muy cómodo y desconfío de la excesiva comodidad de un enemigo único.

Editorial o editorial digital

Me he hallado esta semana inmerso en un debate con este lema. Lo principal, para mi, ha sido ver como existe una visión que identifica “editorial digital” con #ebook.

Desde luego no me hallo en absoluto de acuerdo, así que próximamente realizaré una pequeña encuesta sobre el tema. Espero que participéis.

Última nota dolorosa

He aquí los que se percibe como la calidad del libro electrónico:

“con la edición ligada al balance comercial con márgenes reducidos hay calidad reducida. Con márgenes aún más reducidos, una calidad aún peor. Es una espiral sin fin hasta que no toca fondo.”

Es la traducción de una intervención en un foro en italiano. Vuelvo a decir que la calidad no es negociable en la edición, en cualquier formato.

Nos metemos en el otoño.

Edición y lectura: una identidad falsa.

Lo que sigue son apuntes sin sistematización y parciales  sobre la identidad lectura-edición. No se tomen por otra cosa.

Datos igual a realidad, es ya una identidad que algunos no discuten. Para mi datos siguen siendo una descripción parcial de una realidad codificada.

Por ejemplo, crece el número de librerías cerradas, por tanto se pone de manifiesto la crisis de la lectura.

Por ejemplo, la apertura de nuevas librerías pone de manifiesto el renacido vigor del libro impreso.

Pues ni lo uno ni lo otro.

¿Qué deberíamos deducir de un número mayor de distribuidores, o menor, o del impacto de la venta directa?

La verdad es que la realidad del mundo de la edición y el mundo de la lectura no coinciden, por mucho que se hagan esfuerzos para crear esta identidad, y muy probablemente nunca han coincidido plenamente. La verdad es que nos movemos entre hipótesis mejor o peor fundamentadas sobre la dimensión de la edición y de la lectura.

La realidad nos brinda N datos cuya lectura precisa de una interpretación. La línea interpretativa, el sesgo que le demos, ideológico, resulta determinante. En este sentido la acumulación de datos resulta inútil y lo que es más inquietante es que con frecuencia deriva en una falta de libertad de acción y decisión.

Volvamos a la lectura.

Estamos inundados de contenidos. Tiene razón M. Gil cuando dice que vivimos en la edad de oro de la lectura. Puede decirse que lo es técnicamente, que menguan en vez los contenidos de calidad, pero temo que eso es en el fondo, de nuevo, confundir lectura con edición.

Creo, por contra, que no se han creado lectores, esfuerzo en el que han confluido autores, editores, profesores, libreros, padres, hijos y en definitiva todos. Sobre todo no se hemos creado lectores críticos. En este punto, entonces, el soporte es lo de menos. No hay lector fuerte. Queda la evanescencia del mercado, de hay la locura por los datos. Digo locura porque sin el armazón previo de cómo vamos a leerlos y que vamos a ver, que imagen va a resultar, los datos son inútiles. Y después, con armazón, son las piedras sobre las que queremos apoyar una visión pre-constituida.

Sobrevaloramos los datos. Infravaloramos la visión del mundo en la que se apoyan para su interpretación. Olvidamos la necesidad de crecer lectores o personas (que son lo mismo).

Y la edición.

Así cualquier tiempo pasado fue mejor, cuando creíamos vivir en un mundo simple, por lo general en comparación con el mundo de hoy que es complejo y la edición y la lectura nos parecían la misma cosa y era solo que la segunda no nos parecía tener una dimensión suficiente para preocuparnos. La edición se autoengaña como cualquier otro sector, solo que a veces parece que se engaña más y mejor.

¿Qué conclusión podemos obtener?

Varias.

La fundamental, me parece, es que mientras sigamos haciendo silogismos facilones no vamos a darnos paz, ni vamos a tener razón.

Otra es que las posibilidades son muchas. Algunas visiones en la edición, con fuertes apoyos institucionales, con visos de ser hegemónicas. Otras no, pero no por ello van a desaparecer y al contrario van a ocupar los muchos rincones que la edición y la lectura tienen.

La lectura crítica podrías ser, un día, de nuevo, patrimonio de pocos y habríamos perdido mucho y francamente me preocupa más el reflejo de una lectura empobrecida sobre la edición (con el riesgo de un bucle perverso que tienda a perpetuar este estado), que una edición sin grandes nombres pero con muchos lectores (críticos).

Errores, ¿ocasionales o sistémicos?

Nada ni nadie está libre de cometer errores. En algunos casos son errores nimios, se te cae el vaso de agua sobre la mesa; habla de torpeza o de falta de atención o en el peor de los casos de ambas. Otros errores ponen en evidencia un sector productivo y los vicios que va contrayendo con el tiempo; en efecto, como el lector despierto habrá adivinado, estoy hablando del último resbalón editorial.

El caso de Grijalbo con el error de impresión de Grey (17,90 € en tapa blanda) pone de relieve lo que a mi juicio es siempre más frecuente: un descenso en el cuidado de la labor de edición y un decaimiento de la calidad del libro (no hablemos ya de las versiones del libro electrónico, donde estándares y otras cuestiones son hasta hoy no más de un accesorio). Como ya he declarado, no hay nadie que esté libre de haber editado y publicado un libro con errores, pero en algunos casos de ha corregido poniendo a disposición una versión depurada. Así el error de Grijalbo no pasaría de ser otro más en una cadena.

Lo lamentable es que el error se haya imputado al impresor, cierto o no que sea, y que la solución sea una página adjunta que imprimir en casa: página con el nombre de archivo y los cortes de imprenta bien visibles, es decir lo peor de la dejadez.

Lo lamentable es que este tipo de errores reflejan una tendencia creciente. Se reflejan aquí errores en el flujo de trabajo, en la contratación de personal externo sin controles sucesivos, en la desatención al producto final. Y no es solo un caso ibérico. Para muestra un botón de un libro publicado por Einaudi (por 14€, un error repetido varias veces a los largo de la novela).

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Ahora bien, si esto es lo que hay, si esto el lo que puedo esperar obtener en cambio de mi dinero, aquí hay algo que no funciona. No es posible que la diferencia entre edición profesional y autopublicación se difumine, no es aceptable que se aplique el adjetivo profesional a libros mal corregidos, mal traducidos, mal maquetados, mal imprimidos y mal codificados (en el caso del libro electrónico). Si se me exigen 17€ quiero que lo merezca. Si se me exige respeto por el editor y su labor, quiero ver sus frutos, quiero calidad. Eludir este compromiso (e insisto que el caso de Grijalbo me sirve como excusa para hablar de una tema general) es manifestar una falta de ética del editor, para con su trabajo, para con el autor y para con el lector. Eludir este compromiso es acercar al autor autopublicado a una centralidad y relevancia que el editor le niega por sistema, sin poner sobre la mesa lo que debería distinguirle positivamente; o en otras palabras sencillas pero no tiernas, el autopublicado avanza porque el editor retrocede.

Nada ni nadie está exento de errores, pero ocurren. La cuestión es si son ocasionales o sistémicos. Creo, quiero ser optimista, que nos estamos acercando a un punto de inflexión (no que estemos en en él) y que lo sistémico dejará paso a lo ocasional, especialmente en el libro electrónico.

Ps: Aquí dejo un enlace a un artículo recientísimo sobre la misma cuestión.

Flujos de trabajo, heteronomía y reinternalización

Tras la presentación turinesa esa sobre flujos de trabajo eficiente en el sector editorial, siento que quedaron en el tintero las implicaciones, cuanto menos para mi, de algunos conceptos a los cuales de un modo u otro se aludía en la presentación.

Uno de los aspectos que incluí en el seminario ( si bien como parte de #ebookspain) fue la importancia de la internalización del flujo de trabajo, modo en que el editor se reapropia dl control en la realización del libro. Pero no es ese el único aspecto.
La esternalización del trabajo editorial comporta una creciente heteronomización del trabajo*, que comporta la pérdida de la capacidad de determinar el precio, la naturaleza, el objetivo e incluso el fin del libro. La esternalización de las labores editoriales debilitan al editor y son otros sujetos los que determinan lo necesario, lo superfluo ( sobre todo), lo económico y lo antieconómico, pero más que nada contribuye a la destrucción del valor simbólico del libro, de su componente no-económico. Reinternalizar las tareas de la edición no solo es clave en un flujo de trabajo eficiente, es estratégico para la supervivencia del libro y del editor. El editor debe encarnar un proyecto cultural, de sociedad, que de sentido, que de sentido a la edición: la lectura es un modo de empoderamiento.
Sé que estás son pocas líneas para un tema tan grande, esta es solo una forma sucinta de expresarlo. Del debate y de la acción de los editores debe nacer una exposición más completa y detallada.
* Trabajo heterónomo es aquel de cuyo fin o producto final al que se contribuye están fuera de mi control (de yo que lo realizo). Un trabajo heterónomo no está necesariamente privado de autonomía.

El estado del sector editorial

Parece que para algunos lo del “sector editorial en crisis” es como “el teatro en crisis”, una constante y por lo tanto no merece prestarle excesiva atención. Ya saldrá de la crisis o no saldrá o nunca ha estado. En definitiva es lo mismo. Yo soy de los que creen que el sector editorial no está en crisis, está comatoso.

Me permito decir esto a la luz de las siguientes consideraciones en relación a un sector que pretende ser industria:

  • no es capaz de definir un formato estándar para el libro electrónico, dejando que esta decisión la tomen otros sujetos. Es difícil imaginar una “industria” que decida no decidir sobre el futuro de su desarrollo, sobre que base desarrollará sus presentes y futuras formas y tecnologías; ¿podemos imaginar a la industria del automóvil dejando en manos de los constructores de neumáticos o de las gasolineras decidir sobre la base de desarrollo de los coches? Personalmente no. Este parece ser el caso del sector editorial
  • buena parte de los costes de edición derivan de la distribución. Esto se debe fundamentalmente a que las editoriales han dejado de invertir en desarrollo y tecnología, dejando que esto lo hiciesen fuentes externas, que son las que ahora imponen sus condiciones.
  • En muchos casos no poseen personal competente y no invierten en formación, resultado de la política de externalización iniciada en los años ochenta. La consecuencia es por un lado la precarización del personal y por otro la pérdida de competencias internas sobre las cuales desarrollar nuevos formatos, nuevas metodologías, nuevas formas. El desastroso resultado final es que las editoriales pierden iniciativa, capacidad de innovar y autonomía.Es comprensible pues que en ámbito digital el desapego por el producto, el desprecio por la obra sean una constante porque no existe posibilidad de realizar un trabajo digno sin tener los conocimientos ni los instrumentos para ello.

Si a estas características, bien conocidas, sumamos la tendencia a equiparar el libro con instrumento de entretenimiento o diversión (el entretenimiento de la lectura es una consecuencia posible, no constante, también hay espacio al sufrimiento u otras formas de interacción) o esa otra tendencia que existe de perseguir al lector ocasional en vez de cultivar un amplio número de lectores (o lo que es lo mismo, cultivar el sueño del best-seller y no del long-seller, quizá no interpreto bien las palabras de Carlos Revés en este artículo), entonces el resultado es el que es: lastimoso.

Ulterior consecuencia de estas líneas es que hoy es corriente ver a editoriales ofrecer servicios y a los gabinetes de servicios editoriales presentarse como tales.

Se argumentará que los costes de la propuesta que se lee entrelíneas son inasumibles; de hecho son inasumibles por la erosión que han sufrido en su capital a través de las externalizaciones de décadas. Pues bien, consórciense editores y no solo porque puede ayudar a reducir costes sino porque ayuda a encontrar soluciones comunes, aprender y colaborar. Pongan a trabajar su imaginación, acepten riesgos, piensen en medio y no en corto plazo, aúnen fuerzas, consideren ganar menos para ganar más tiempo.

Mientras tanto el sector es eso, una sector comatoso, nada de industria porque como tal no se comporta sino, a caso, para pedir subvenciones.