Hiperabundancia: una reflexión

(Como siempre anticipo que las líneas que siguen, tantas esta vez, son únicamente mi opinión, que espero se comparta o sirva para iniciar un debate)

Hoy en día existe una hiperabundancia de oferta de lectura: a la hiperproducción del sector editorial hay que sumar la cantidad inmensa de autores autopublicados y, además, otros contenidos accesibles con los mismos aparatos con que leemos. La cuestión pone en serías dificultades al cualquier editorial (e incluso a los autopublicados, aunque prefieran ignorarlo).
Para discurrir sobre este tema me he hecho un rudimentario gráfico que ayudará mucho a entender la situación actual, cómo influye en las políticas de las editoriales, que consecuencias tiene y que alternativas pueden plantearse (o al menos yo me las planteo y aquí las dejo por si alguien más tiene interés).

grafico1

Internet es hoy referencia para el acceso a las lecturas y que ese universo de referencia esta en expansión (internet será en cinco años cinco veces mayor que hoy). No hace falta mucho para darse cuenta que el número de lecturas (o de contenidos que se relacionan con la lectura, como reseñas, críticas, promociones, materiales añadidos, etc) ha crecido en modo exponencial respecto a hace una década. Sin embargo nuestro tiempo dedicado a la lectura y al acceso a contenidos que podemos englobar en la lectura es sustancialmente estable. De hecho el punto de encuentro entre oferta y demanda ha quedado ya rebasado en el tiempo, es algo que pertenece al pasado.

La zona que en el gráfico se halla antes y por debajo del punto de contacto muestra el tiempo en que el sector editorial podía crecer porque el tiempo que podía ser destinado a la lectura era mayor respecto a los contenidos producidos.
La zona posterior y por encima al punto de encuentro muestra en vez la situación actual, donde la cantidad de lecturas y contenidos asociados es muchísimo mayor a la capacidad de lectura de cada uno de nosotros.
Un efecto de esta sobreabundancia es que se prefieren los las formas más rápidas, que no siempre las más breves; entre un libro y un trailer del libro (que nos dé la información principal y relevante de us contenido) o la película del mismo tenderemos a elegir las formas más visuales y menos costosas desde el punto de vista utilitarista. Dicho de otro modo e infiero cuanto sigue de una forma de empirismo, es tal el alud de lecturas propuestas en proporción al tiempo disponible que la lectura pasa al último lugar de las preferencias pues no somos capaces de determinar cuales serán las que no satisfagan más a la vez que se constata que es imposible consumirlas (terminarlas) todas. Cualquier otra forma más accesible de información o entretenimiento es mejor: la imagen resulta imbatible.
¿Las editoriales deben pensar/hacer/editar libros como videojuegos? Algunos piensan que sí. La inferencia, en mi opinión falsa, es que la lectura compite con otras formas de entretenimiento audiovisual y que si quiere, al menos, establecer la paridad debe proponer formas igualmente audiovisuales. En realidad no; si así fuese hace casi un siglo que compite sin caer derrotada con la radio y/o el cine. En realidad compite contra si misma: la lectura sufre de la sobreabundancia que el mismo sector editorial ha creado.

Hiperabundancia y visibilidad, aspectos prácticos
Queda claro que en un contexto como este la posibilidad de que la lectura propuesta sea invisible en el proceloso mar de las posibles lecturas es mucha más elevada. La editorial se preocupa pues de la visibilidad de sus propuestas. Mientras una vez esto quedaba en manos de circuitos cerrados y determinados incluidos en la publicidad y las relaciones con los medios de prensa, ahora estos circuitos son amplios y difusos. El esfuerzo pues ha cambiado y el rendimiento también, de nuevo la amplitud de la red constituye una dificultad. Me explico con una imagen: si una vez echábamos una piedra en el estaque la dimensión de la piedra producía encrespaduras más o menos grandes, según el tamaño de la piedra, que podían alcanzar los bordes de un estanque. Ahora tenemos un enorme lago y para alcanzar los bordes deberíamos lanzar auténticos meños, algo siempre más fuera de alcanza de la inmensa mayoría. Si hace un tiempo el ingenio podía suplir la falta de medios la creciente sofisticación del público y las siempre más exhaustivas segmentaciones imponen crear paracontenidos siempre más sofisticados y con mayor uso de medios reales o virtuales con mayor número de horas dedicadas a estos paracontenidos. Y además promoción, publicidad y distribución finalmente eclipsan el contenido mismo que publicitan, promocionan y distribuyen.

El resultado es que con la ampliación de la red los más pequeños quedan siempre más arrinconados o como decía una canción “los últimos serán los últimos si los primeros son inalcanzables”. A pesar de todo la continua expansión de la red amenaza con hacer vanos incluso los esfuerzos de las grandes corporaciones porque los costes de la inversión crecen y el rendimiento se reduce. Y no es lo único que se reduce en las grandes corporaciones: para que la inversión sea rentables en los posible la oferta se reduce en variedad, que no en número, y se globaliza. Se elimina, en otras palabras, la producción local.

Un resultado perverso de este giro de las estrategias mediáticas es que mientras se clama que “el contenido es el rey” en realidad este ha pasado a ser un instrumento. Contenidos y paracontenidos, cuyo coste de producción sale mientras su margen se reduce en un contexto hipercompetitivo y extremamente saturado, pierden valor real y simbólico y devienen instrumentos para la adquisición de datos. Estos datos o bien entran en un comercio más o menos lícito o bien tras su análisis sirven para dirigir sea el gusto del lector sea la producción de nuevos contenidos y paracontenidos. La jugada termina por ser perversa porque por un lado impone seguir un gusto cambiante y por otro anticiparlo y a ser posible imponerle nuevas lecturas o contenidos audiovisuales. Resulta obvio que la primera de las dos opciones es la que radicalmente cambia el sector editorial. De hecho supone un cambio completo de la orientación del sector editorial que pasa de ocuparse de textos (en cualquiera de sus formas y con relativos complementos) a ocuparse de datos: de comercializar textos a comercializar datos. No es un cambio baladí. Tiene implicaciones prácticas y éticas.

Considerando exclusivamente el aspecto práctico no lo es porque recoger y tratar estos datos (con o sin su comercialización posterior) hace necesaria una inversión. En la situación actual solo grandes grupos con recursos financieros propios o con acceso al crédito pueden acometer la cuestión. En otro caso es necesario que esto recaiga en una empresa externa a la editorial. Este proceso de externalización que tuvo inicio en el sector editorial a inicio de los ’80, que de hecho supuso no haber entendido el alcance estratégico de la digitalización, se ahonda y determina un debilidad estructural mayor para los más pequeños del sector. Si los datos se convierten en un recurso de las editoriales poner este recurso en manos ajenas no puede llevar a ningún fortalecimiento ni estratégico ni estructural. En realidad esta obsesión por los datos refleja la incapacidad de generar relaciones reales y/o virtuales con los lectores (propios o ajenos) pues el famoso internet 2.0, aquel de las conversaciones y la principalidad del usuario/cliente jamás despegó y a los usuarios/clientes se les pidió únicamente asentimiento, construyendo espacios que solo daban lugar a quien reforzaba positivamente el mensaje que las editoriales querían hacernos llegar. No habiendo debate, no preguntando, no escuchando, no proponiendo ni acogiendo ideas salvo en casos limitados, el sector no ha construido relaciones. Sin relaciones quedan los datos. O, alternativamente, el fichaje de quien las relaciones si las ha construido: el autor autopublicado que posee esa red de relaciones que avala luego con su compras el fichaje por parte de una editorial (dejo para otro día el análisis económico de ese esfuerzo y el auténtico ROI de las ventas para los grandes éxitos autopublicados).
Dejo al margen consideraciones éticas como la expansión de datos de los compradores entre diferentes empresas (la editorial y la empresa que efectivamente trata los datos), la invasión de la intimidad incluso sin adecuada información sobre el alcance de la profundidad del tratamiento de los datos (por ejemplo, dónde paró de leer, cuándo lee, etc…), el reflejo que este cambio de interés tiene en la producción del libro y sus reflejos editoriales y otras más que el lector puede ir poniendo tras su propia reflexión. Pero no puedo no hacer notar que basta un buen análisis de los metadatos de los libros vendidos para obtener buenas indicaciones de las preferencias de los lectores, datos simples nada invasivos y que son más efectivos si las ventas se hacen en la propia página web.

En definitiva, el sector editorial pasa por un momento de transición en gran parte porque en su momento ignoró la realidad circunstante, porque ha debilitado su propia posición estratégica, porque sin ser industria piensa serlo, porque no en general no invierte ni en tecnología, ni en formación ni en relaciones, porque ha intentando una salida hacia adelante generando una hiperproducción de contenido que provoca su propia asfixia. Y las dimensiones futuras hacen peligrar toda editorial de la grande a la pequeña, aunque las pequeñas corren el riesgo de caer las primeras.

Posibilidades y soluciones

Y sin embargo creo que hay soluciones, especialmente para las pequeñas editoriales.
La sostenibilidad de una iniciativa editorial en un mundo saturado de contenidos no pasa por competir con otros contenidos de más rápida adquisición; quizá habría que considerar si esa competición que el sector parece empeñado en suscribir no ha conllevado la suscripción de una rotación de títulos imposible de sostener y si no es una de las razones de abandono de lectura de esos mismos títulos de rotación vertiginosa.
La sostenibilidad de un proyecto editorial pasa, a mi juicio, por:

  • Olvidar el sueño de una rentabilidad que se eleve por encima del 5%: todo lo demás es una entelequia y un espejismo especulativo.
  • Atraer, generar y conservar lectores: demasiado la hiperproducción de contenido se reversa en un exiguo número de lectores. Si no se realiza un esfuerzo por aumentar esta base cualquier otra política, cualquier ulterior esfuerzo está condenado de antemano a la insuficiencia y la irrelevancia.
    Existen muchas posibilidades de realizar esto, algunas de la cuales fueron puestas marcha en el pasado y después acantonadas y olvidadas. Habría que volver a repensarlas.
  • Crear relaciones con los lectores, relaciones físicas y virtuales. Olvidar cualquier relación instrumental con los lectores es la única via para generar confianza. Apostar por formas abiertas que incluyan a las editoriales, que no hable solo de editoriales y en las que no hablen solo las editoriales. El respeto del lector vale su fidelidad a la lectura y este beneficio recae también sobre “nuestro” proyecto editorial, especialmente si se significa en este campo.
  • Generar vínculos locales: personal local, imprentas locales, libreros locales, lectores, bares, autores, bibliotecas, clubes de lectura, escuelas: ser motor de la vida cultural y social refuerza la comunidad en la que se encuentra la editorial y consolida la editorial misma. En la medida en que los grandes grupos apuestan por lo global, lo local vuelve a ser punto de arranque de nuevas realidades. Local no excluye una dimensión planetaria, pero refocaliza las prácticas e impone nuevas estrategias.
  • Crear vínculos con otros editores para co-editar, generar un circuito de ediciones locales (traducciones) basado en el intercambio de títulos, co-ediciones y otras formas de colaboración.
  • Editar y publicar libros en multiformato.
  • Editar, publicar y fomentar el debate sobre la edición.
  • Editar con la vista puesta en estándares abiertos que puedan asegurar desarrollos futuros de los títulos ya publicados en nuevas formas.
  • Editar reduciendo el número de títulos y contenidos a un número realista: no solo debemos contemplar el nivel de ventas sino también las posibilidad real de ser leído, el esfuerzo que supone alimentar un máquina bulímica.

Redes, relaciones, vínculos, respeto, innovación, inversión, internalización son palabras que con su significado reflejan la vertebración de un proyecto editorial, de los contenidos que genera y que colocan más allá de la especulación y de la búsqueda compulsiva de éxitos a corto plazo.

5 años después: los inexistentes derechos del lector de libros digitales

Han pasado ya 5 años de cuando se discutía sobre los derechos del lector de libros digitales. La discusión llevó a un dodecálogo de derechos. A día de hoy, ¿cómo se ha respetado e implementado ese dodecálogo? ¿Podemos afirmar que ha sido un documento inspirador para el sector editorial, fabricantes de dispositivos de lectura incluidos?

Repasemos el documento (aparecido el 30 de mayo de 2010 en Dosdoce).

  1. Las plataformas de acceso y venta de eBooks no deben comerciar con el historial de compra de los lectores sin su consentimiento previo.

    La evolución normativa y las sucesivas leyes de protección de datos ofrecen hoy el marco jurídico para estas prácticas, así que ya tienen defensa. También abusos. Si la situación es o no satisfactoria me parece difícil de establecer, porque en la mayor parte de los casos las definición del uso de los datos personales no se consulta por parte del cliente o bien está disponible solo tras la firma de la aceptación o bien incluso aparece en modo tan parcial, fragmentada y confusa que el cliente jamás tiene una idea clara. Me parece significativo que fuese este el punto de partida del documento, reflejo fiel de la consciencia de la importancia del uso de los datos personales en un entorno digital.

  1. Aquellas plataformas que quieran reutilizar con fines comerciales el historial de compra de los lectores para mejorar sus sistemas de recomendación de libros o generar ingresos publicitarios relacionados con las compras realizadas deberán comunicar previamente a los lectores qué tipo de información guardan en sus plataformas, por cuánto tiempo y para qué fines comerciales.

    Idem como el punto anterior.

  2. El lector de libros digitales podrá acceder a esta información personal en cualquier momento y borrar su historial en caso de considerarlo oportuno.

    Idem como el punto anterior.

  1. Las plataformas de acceso y venta de eBooks deberán garantizar que los eBooks adquiridos son propiedad de aquellas personas que los han comprado. Tras la polémica decisión de Amazon de entrar en la cuenta de sus usuarios y eliminar los ejemplares digitales vendidos del libro

    de George Orwell 1984 por discrepancias con su proveedor, se justifica que exijamos que las plataformas de comercialización de eBooks se comprometan a respetar nuestros derechos como consumidores. Ninguna plataforma o librería virtual debería ser capaz de eliminar de mi cuenta un libro ya adquirido o limitar el acceso al mismo sin mi consentimiento expreso.

    Resulta evidente la dificultad de este punto.

    En primer lugar porque No solo porque el marco legal define el libro electrónico como servicio, sino porque esta práctica pondría fin a los cotos verticales exclusivos y excluyentes en los que se han convertido numerosos distribuidores que actúan como proveedores de contenidos, sistemas de almacenamiento con las propias claves de restricción de usos (DRM y otras lindezas) y dispositivo lector. El sueño del jardín vertical, del lector cautivo y la falta de una definición legal de este aspecto hacen en conjunto que la única forma de realizar este punto sea la compra directa al editor, especialmente si no implementa mecanismos restrictivos.

  2. En caso de alquiler, pago por lectura o subscripción de cualquier contenido digital, el usuario debería tener una opción a compra perpetua.

    Me arriesgo a errar, pero no conozco ninguna plataforma de este tipo de servicio que dé esta opción.

  1. Al igual que en el mundo analógico podemos prestar un libro comprado a un amigo, en el mundo digital deberíamos preservar el derecho a realizar préstamos de libros en cualquier formato y sin coste adicional.

    Actualmente esta posibilidad queda, en términos generales, como una reivindicación jamás oída.

  2. Se nos debe garantizar la posibilidad de leer cualquier libro de nuestra

    biblioteca en la nube o plataforma en cualquier dispositivo, sin restricciones ni limitaciones por sistemas, derechos, fronteras, etc., y siempre de una forma amable y legible.

    Mientras se debate la creación de un espacio único europea las restricciones geográficas y de interoperabilidad (por citar las mencionadas) siguen en pie, vigentes y activas. Los derechos del lector no coinciden con las expectativas del sector editorial,

  3. Las plataformas de acceso y venta de eBooks deberían permitir que las

    personas que deseen hacer sus compras en un entorno plenamente

    privado puedan hacerlo sin que sus datos de compra sean

    almacenados en ningún momento ni comercializados a terceros.

    Ampliación de los tres primeros puntos. No obstante el marco legal la tentación de Big Data y Data Mining corrompe cualquier idea que nos hagamos a cerca de nuestros datos como compradores aun cuando no son indispensables.

  4. Los compradores de libros digitales podrán eliminar su historial de compra o alquiler, así como destruir los propios libros adquiridos, en cualquier momento y de forma definitiva sin dejar rastro alguno de su previa existencia en ninguna memoria virtual.

    De vuelta al marco legal. Acciones fraudulentas sobre estos puntos no están, por regla general, eliminadas. Lo que es más grave es que están asimismo más allá de la capacidad del comprador medio de verificar su cumplimiento.

  5. Los lectores podrán regalar o revender cualquier libro adquirido que ya no se quiera mantener en su biblioteca digital.

    Subpunto ampliativo del carácter del punto número 8. Como el precedente, inaplicado e inaudito.

  6. Los lectores podrán subrayar, marcar y hacer anotaciones de forma anónima en sus libros adquiridos. Aquellos lectores que quieran compartir con otros lectores sus anotaciones personales deberán poder hacerlo, pero si en cualquier momento cambian de opinión también podrán retirar las aportaciones prestadas.

    Una gran idea, que de hecho supone interoperabilidad, estándares, formatos, sistemas compatibles, derechos de cancelación. Podríamos incluso incluir la cuestión de la propiedad intelectual de los comentarios. Todo en saco roto. Es incluso difícil transportar los comentarios de un dispositivo a otro de un libro de nuestra propiedad.

  7. Al igual que podemos mantener nuestro número de teléfono móvil si nos cambiamos de operador, las plataformas deberán garantizar la portabilidad de los datos de los usuarios. Si por cualquier motivo un lector abandona una plataforma deberá poder transportar los libros adquiridos, notas e historial de compra a la nueva plataforma de forma fácil y eficiente.

    Más de lo mismo.Misma solución. Es decir, nada.

Conclusiones

Las conclusiones de este rápido repaso son desalentadoras.

En primer lugar, el sector editorial ha hecho caso omiso de este dodecálogo. Nada o casi de cuanto se expone, reivindica en él se ha llevado a la practica. Nadie en el sector editorial (y con sector editorial doy la definición más amplia, que va del editor y la editorial a los fabricantes de dispositivos lectores, pasando por programadores, autopublicadores y distribuidores) ha pensado que el lector no tiene más derecho que el de comprar libros, eso sí, el que guste de entre los propuestos, faltaría más.

Salta a la vista que en el momento de la redacción de este documento, la preocupación por el tratamiento de los datos personales estaba muy viva y se avanzan de consecuencia peticiones muy concretas que aseguran el control de los datos por parte del lector. Al sector editorial el lector importa, al parecer, menos del cliente. Y sobre todo menos de los datos del cliente. La eclosión de Big Data ha seducido a tal punto que cualquier derecho ha quedado supeditado a la realización de un beneficio potencial, como en cualquier industria: lástima que el comportamiento como industria se limite a sus aspectos menos edificantes. Interoperabilidad, estándares abiertos, compatibilidad de sistemas, portabilidad de datos, control, todos los aspectos en los cuales una industria respetuosa del lector podría haber realizado una inversión e incardinado políticas de edición, creación y distribución, han quedado arrinconadas e inefectivas, demostrando, de facto, que la industria editorial no existe.

Personalmente hallo reiterativo este dodecálogo. Reiterativo e incompleto. No existe un punto en el cual el lector exprese su derecho a leer y poseer libros publicados con estándares de calidad, que justifiquen el precio que se solicita por ellos. Hecho en falta referencias a las bibliotecas y al derecho de hallar en ellas los libros electrónicos favoritos.

Resulta sin embargo imprescindible, para que un decálogo (o dodecálogo) más completo de este tipo pueda construirse y llegar a ser efectivo, que el sector entero se implique, que los lectores, que no deseen ser colo clientes, exijan su cumplimiento.

Miscelánea solsticial

Como de vez en cuando ocurre, se me acumulan los temas sobre la mesa. Temas que no siempre son nuevos.

Caen los ingresos de los autores

Han caído los ingresos de la mayor parte de la población, resultaría extraño que los ingresos de los autores, que se apoyan en una pequeña parte de la población pudieran sostenerse o crecer. Los autores caen donde caen los demás. Caen también libreros, autores, tipógrafos, correctores, traductores, etc…

Temo, además, que sigue vigente el sueño postbélico del autor que vive de escribir. ¿Cuándo todos los escritores han vivido de escribir? Nunca. Vivir de la palabra es en verdad complicado.

Infinita discusión infinita sobre el ebook o libro electrónico vs libro impreso

Por increíble que pueda parecer este debate no se cierra ni cicatriza. Abierto sempiternamente. Tengo la impresión que su misión es la de válvula de escape: cuando necesitamos resoplar sacamos el tema. Por ejemplo, se venden muchas tabletas pero se venden pocos #ebooks; ¿quién dijo que se comprasen para leer? ¿Relacionamos el número de estanterías con el número de libros vendidos en las librerías? Demos espacio al desahogo a pesar de todo.

Más interesante me parece preocuparse por la capilaridad de la difusión del libro, en cualquier formato, en nutrir las bibliotecas, en fomentar bibliotecas informales, en fin, en hacer posible que se lea, en crecer lectores. Porque algo como esto (con la debida distancia de quien no se fía en exceso de casi ningún dato “oficial”) es preocupante en grado sumo.

Datos

Y si, claro, la cuestión de la manipulación de los logaritmos en los ordenadores de bordo de Volkswagen tiene su reflejo en el cualquier esfera de actividad humana. En definitiva el engaño nos hace desconfiados. La opacidad de las fuentes, la opacidad en la construcción de los datos, no pueden darnos otra posibilidad. Así que cuando Amazon difunde datos sobre la caída de ventas desde que las editoriales han decidido los precios a los que vender en Amazon, suenan campanillas a mi alrededor. Sin entrar en la disquisición de quien tiene derecho a poner el precio de los que produce. Posibilidades: es cierto, pero ¿se gana más o menos? Por otro lado, ¿puedo fiarme del logaritmo amazoniano que regula la exposición de los títulos?

Desde luego no voy a realizar una oda a la inocencia de las editoriales, pero dudo mucho de que siempre sean malas. Resultaría muy cómodo y desconfío de la excesiva comodidad de un enemigo único.

Editorial o editorial digital

Me he hallado esta semana inmerso en un debate con este lema. Lo principal, para mi, ha sido ver como existe una visión que identifica “editorial digital” con #ebook.

Desde luego no me hallo en absoluto de acuerdo, así que próximamente realizaré una pequeña encuesta sobre el tema. Espero que participéis.

Última nota dolorosa

He aquí los que se percibe como la calidad del libro electrónico:

“con la edición ligada al balance comercial con márgenes reducidos hay calidad reducida. Con márgenes aún más reducidos, una calidad aún peor. Es una espiral sin fin hasta que no toca fondo.”

Es la traducción de una intervención en un foro en italiano. Vuelvo a decir que la calidad no es negociable en la edición, en cualquier formato.

Nos metemos en el otoño.

Edición y lectura: una identidad falsa.

Lo que sigue son apuntes sin sistematización y parciales  sobre la identidad lectura-edición. No se tomen por otra cosa.

Datos igual a realidad, es ya una identidad que algunos no discuten. Para mi datos siguen siendo una descripción parcial de una realidad codificada.

Por ejemplo, crece el número de librerías cerradas, por tanto se pone de manifiesto la crisis de la lectura.

Por ejemplo, la apertura de nuevas librerías pone de manifiesto el renacido vigor del libro impreso.

Pues ni lo uno ni lo otro.

¿Qué deberíamos deducir de un número mayor de distribuidores, o menor, o del impacto de la venta directa?

La verdad es que la realidad del mundo de la edición y el mundo de la lectura no coinciden, por mucho que se hagan esfuerzos para crear esta identidad, y muy probablemente nunca han coincidido plenamente. La verdad es que nos movemos entre hipótesis mejor o peor fundamentadas sobre la dimensión de la edición y de la lectura.

La realidad nos brinda N datos cuya lectura precisa de una interpretación. La línea interpretativa, el sesgo que le demos, ideológico, resulta determinante. En este sentido la acumulación de datos resulta inútil y lo que es más inquietante es que con frecuencia deriva en una falta de libertad de acción y decisión.

Volvamos a la lectura.

Estamos inundados de contenidos. Tiene razón M. Gil cuando dice que vivimos en la edad de oro de la lectura. Puede decirse que lo es técnicamente, que menguan en vez los contenidos de calidad, pero temo que eso es en el fondo, de nuevo, confundir lectura con edición.

Creo, por contra, que no se han creado lectores, esfuerzo en el que han confluido autores, editores, profesores, libreros, padres, hijos y en definitiva todos. Sobre todo no se hemos creado lectores críticos. En este punto, entonces, el soporte es lo de menos. No hay lector fuerte. Queda la evanescencia del mercado, de hay la locura por los datos. Digo locura porque sin el armazón previo de cómo vamos a leerlos y que vamos a ver, que imagen va a resultar, los datos son inútiles. Y después, con armazón, son las piedras sobre las que queremos apoyar una visión pre-constituida.

Sobrevaloramos los datos. Infravaloramos la visión del mundo en la que se apoyan para su interpretación. Olvidamos la necesidad de crecer lectores o personas (que son lo mismo).

Y la edición.

Así cualquier tiempo pasado fue mejor, cuando creíamos vivir en un mundo simple, por lo general en comparación con el mundo de hoy que es complejo y la edición y la lectura nos parecían la misma cosa y era solo que la segunda no nos parecía tener una dimensión suficiente para preocuparnos. La edición se autoengaña como cualquier otro sector, solo que a veces parece que se engaña más y mejor.

¿Qué conclusión podemos obtener?

Varias.

La fundamental, me parece, es que mientras sigamos haciendo silogismos facilones no vamos a darnos paz, ni vamos a tener razón.

Otra es que las posibilidades son muchas. Algunas visiones en la edición, con fuertes apoyos institucionales, con visos de ser hegemónicas. Otras no, pero no por ello van a desaparecer y al contrario van a ocupar los muchos rincones que la edición y la lectura tienen.

La lectura crítica podrías ser, un día, de nuevo, patrimonio de pocos y habríamos perdido mucho y francamente me preocupa más el reflejo de una lectura empobrecida sobre la edición (con el riesgo de un bucle perverso que tienda a perpetuar este estado), que una edición sin grandes nombres pero con muchos lectores (críticos).

De la política a la edición: notas comunes y sugestiones

Durante estas vacaciones he tenido tiempo de leer algunas cosas interesantes. Entre estas está el informe titulado “Ya nada será lo mismo. Los efectos del cambio tecnológico en la política, los partidos y el activismo juvenil ”, editado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud (disponible aquí, por ejemplo). El tema del informe es jóvenes y política, pero he notado algunas cuestiones que me parece, acertando o no, pueden trasponerse a otros ámbitos, como por el ejemplo el mundillo editorial, en función de su carácter general, de actitud y por su calado conceptual.

Si algo determina fundamentalmente la actitud de los jóvenes hacia la política es la funcionalidad de esta: qué funciona de hecho y no se cuestiona (ni a si misma ni con carácter general).

De este modo se valora la transparencia de la gestión y se cuestionan las estructuras de mediación. ¿Hablamos un poco de la imagen de las editoriales como agentes mediadores? ¿Hablamos del cuestionamiento de los jóvenes editores hacia el gremio? ¿Podemos trazar un cuadro sobre la estima de las distribuidoras y en general del acceso a los libros? Consideremos que por contra la notable aceptación de estructuras colaborativas para la solución de los problemas y podremos entrever la consideración positiva que tienen las bibliotecas como espacios abiertos y alternativos al margen de las instituciones; tanto menos “institucional” será la actitud de la biblioteca tanto mayor su éxito comunitario, parece sugerir esta ecuación, pues redistribuyen socialmente espacio y literatura. Pregunta: ¿Cuándo las bibliotecas presentan un perfil potencialmente atractivo, las editoriales acompañan a las bibliotecas con políticas más abiertas? Pienso al caso el ebook en particular. Tengamos en cuenta que hoy por hoy la constitución de bibliotecas al margen de las instituciones es una realidad (que con frecuencia se saluda solo por parte de las editoriales micro e independientes y aún en ocasiones como simple medida publicitaria). Hay mucho que repensar aquí.

Abundo en que hay mucho que repensar si al anterior punto sumamos estas otras características de los jóvenes frente a la política (o en este caso frente al mundo editorial):

  • radicalidad democrática
  • colaboración
  • conectividad
  • presión e implementación
  • glocalización

¿cómo se coloca el sector editorial frente a estas posiciones más allá de acciones comerciales? Están hablando de ética, no solo de servicios.

La tecnología es cotidiana para todos, lo jóvenes sin embargo tienen un concepto distinto de su aplicación. Mientras las instituciones las usan para hacer lo mismo de antes en modo más eficiente, se esperan de estas que las usen para organizarse de otro modo, para actuar de otro modo. El sector editorial vive idéntica confusión a las instituciones políticas del país: hacemos lo mismo, pero con mayor eficiencia, ni siquiera mejor. Sobre todo no usamos las tecnologías para acercarnos a ninguno de los cinco puntos anteriores. No entendemos y no usamos la tecnología en el modo que se espera de nosotros y así cavamos un surco más profundo. Donde se piensa recoger beneficios de un mercado mejor arado y roturado, más intensivamente explotado hallaremos solo malas hierbas, cosechas más pobres (en cantidad y calidad).

Cierro con una afirmación final. Lo jóvenes no se acercan a las instituciones ni participan de la vida política institucional, pero si hacen política: ¿en que medida estos jóvenes si leen pero no nos leen? La cuestión de fondo es que no coinciden los temas de la política tradicional con los suyos y por ello desconfían y muestran un profundo desinterés partidaria. Mutatis mutandis sospecho que el mundo editorial ni comprende ni sabe cuales son los intereses de futuros y presentes lectores más allá de los sondeos de mercado, que lógicamente ignoran y son ignorados por esta porción de ciudadanos.

Si esta situación es en la que se va a desarrollar no una sino varias generaciones creo poder afirmar que en poco tiempo el sector editorial vivirá de canibalizarse, sin haber creado, ni creído ni apostado por nuevos lectores: la ley de Liebig no miente nunca.

PS: como siempre, pero lo repito, estas son opiniones y lecturas personales.

La extraordinaria importancia de hacer cosas inútiles

Siendo yo un filólogo son una infinidad las ocasiones en que he oído hablar de estudios inútiles, de prácticas inútiles y de ideas inútiles. Yo mismo he picado y he caído en el topicazo en alguna ocasión. Una de ellas fue hacia el mitad de mi doctorado cuando el profesor Paolo Sacchi me preguntó que iba a hacer después. Entonces respondí que considerando la inutilidad de mis estudios lo que saliera al paso, actitud que me reprochó duramente ilustrando cuanto en vez eran importantes y trascendentes.

Digo todo esto porque últimamente, quizá a causa del calor, he oído varias veces una visión pesimista sobre de los cambios que pueden producirse, mejor dicho, introducirse, en el sector editorial. Una lamento que suena “que inútil tanto esfuerzo”. Me inclino a pensar que no es un derrotismo facilón: sus raíces excavan en el terreno siempre fértil de la inercia, la inacción, la espera del milagro, la desidia y la pereza y en menor medida en el clientelismo del sector editorial. Un pesimismo que se nutre de razón bien informada. Parece entonces que todo esfuerzo pues, todo cambio de mentalidad, de ideas, de rutinas de trabajo, de ética personal o profesional, es baladí, destinado a perecer o simplemente a no medrar. La presión que ejerce sobre cada uno la idea de que hay una sola salida y un solo modo es tal que en ocasiones se cede, un solo segundo, un momento. Lo importante es que el rechazo a esa idea de un único modo de hacer las cosas,. se une la convicción de la importancia de hacer cosas inútiles es algo siempre más frecuente en ciertos círculos de la edición en España y no únicamente.

Creo, con cierta dosis de cauto optimismo, que aunque el mensaje de ética (en un sentido que para mi es completo, de lo laboral a lo social, a lo personal) y trabajo en la edición no cala entre los grandes grupos (en mi opinión porque es imposible que lo haga), si lo hace entre pequeños editores e incluso medios. Creo que las luchas, los estudios, las prácticas, los modos de entender la complejidad de las relaciones y de las interacciones que sostenemos al editar no son inútiles. Lo contrario.

La realización concreta de todo esto tiene en nuestro caso la forma concreta del libro.

En fin. Creo que perorar estas causas (los estándares de edición digital, la dimensión social del libro, de su propiedad y de su transmisibilidad, de crear vínculos no solo comerciales, la posibilidad de integrar gracias al libro electrónico en el mundo de lectores quien hasta ahora tenía dificultad para hacerlo, de integrar en el libro otras formas de literatura), es una forma de entender la sociedad en que vivimos y en que queremos vivir, una visión de la vida que tiene como ambición ser cuanto más completa posible.

Nada de esto es inútil, aunque no sea evidente de forma inmediata. Esto es el sustrato de una idea de sociedad, quizá, espero, tendrá un reflejo en libro. Yo por si acaso, y no estoy solo, no me rindo y rememoró las palabras de Sacchi.

Y con esto me despido, de quien con paciencia me lee, hasta el próximo septiembre. Buenas vacaciones.

Errores, ¿ocasionales o sistémicos?

Nada ni nadie está libre de cometer errores. En algunos casos son errores nimios, se te cae el vaso de agua sobre la mesa; habla de torpeza o de falta de atención o en el peor de los casos de ambas. Otros errores ponen en evidencia un sector productivo y los vicios que va contrayendo con el tiempo; en efecto, como el lector despierto habrá adivinado, estoy hablando del último resbalón editorial.

El caso de Grijalbo con el error de impresión de Grey (17,90 € en tapa blanda) pone de relieve lo que a mi juicio es siempre más frecuente: un descenso en el cuidado de la labor de edición y un decaimiento de la calidad del libro (no hablemos ya de las versiones del libro electrónico, donde estándares y otras cuestiones son hasta hoy no más de un accesorio). Como ya he declarado, no hay nadie que esté libre de haber editado y publicado un libro con errores, pero en algunos casos de ha corregido poniendo a disposición una versión depurada. Así el error de Grijalbo no pasaría de ser otro más en una cadena.

Lo lamentable es que el error se haya imputado al impresor, cierto o no que sea, y que la solución sea una página adjunta que imprimir en casa: página con el nombre de archivo y los cortes de imprenta bien visibles, es decir lo peor de la dejadez.

Lo lamentable es que este tipo de errores reflejan una tendencia creciente. Se reflejan aquí errores en el flujo de trabajo, en la contratación de personal externo sin controles sucesivos, en la desatención al producto final. Y no es solo un caso ibérico. Para muestra un botón de un libro publicado por Einaudi (por 14€, un error repetido varias veces a los largo de la novela).

IMG_1755

Ahora bien, si esto es lo que hay, si esto el lo que puedo esperar obtener en cambio de mi dinero, aquí hay algo que no funciona. No es posible que la diferencia entre edición profesional y autopublicación se difumine, no es aceptable que se aplique el adjetivo profesional a libros mal corregidos, mal traducidos, mal maquetados, mal imprimidos y mal codificados (en el caso del libro electrónico). Si se me exigen 17€ quiero que lo merezca. Si se me exige respeto por el editor y su labor, quiero ver sus frutos, quiero calidad. Eludir este compromiso (e insisto que el caso de Grijalbo me sirve como excusa para hablar de una tema general) es manifestar una falta de ética del editor, para con su trabajo, para con el autor y para con el lector. Eludir este compromiso es acercar al autor autopublicado a una centralidad y relevancia que el editor le niega por sistema, sin poner sobre la mesa lo que debería distinguirle positivamente; o en otras palabras sencillas pero no tiernas, el autopublicado avanza porque el editor retrocede.

Nada ni nadie está exento de errores, pero ocurren. La cuestión es si son ocasionales o sistémicos. Creo, quiero ser optimista, que nos estamos acercando a un punto de inflexión (no que estemos en en él) y que lo sistémico dejará paso a lo ocasional, especialmente en el libro electrónico.

Ps: Aquí dejo un enlace a un artículo recientísimo sobre la misma cuestión.

Peretz y Zara, o el hilo rojo de tres noticias

Tres cosas, tres noticias distintas se han sumado en mi cabeza como parte de un puzzle a propósito de la edición, los editores, los lectores y los libreros.

Voy por partes. La primera ha sido la discusión en torno a la autopublicación como desafío para los editores (véase aquí un resumen de tal discusión). No voy a entrar en la discusión, que por otro lado es bastante interesante, sino que desearía subrayar dos elementos mencionados en el artículo: la importancia de los metadatos y por tanto del flujo de trabajo (y aquí temo que los auopublicados juegan con desventaja porque los metadatos con frecuencia los decide la plataforma en la que se apoyan, así que sea por lo que sea que autopublican la mayor autonomía queda descartada); el segundo es que se necesitan más datos para obtener una imagen clara (los mismos tertulianos debatidores apuntaban en esta dirección). No deja de ser curioso que en el tiempo de Big Data, de la exigencia de transparencia (aquí no hay empresa que no se llene la boca con esta palabra), de hecho vivamos en la más completa opacidad. Esto puede deberse a dos cosas: los datos que se tienen, quien los tenga, no son completos o no se saben interpretar o incluso se interpretan desde un punto de vista que supone una toma de posición anticipada y por tanto un lectura ex ante; o bien teniendo en cuenta que los datos son el nuevo petróleo, no se sueltan ni en broma. Personalmente me inclino por la suma de ambas a lo que sumo la continua vulneración de la intimidad (y el regulador mira a otro lado o bien no sabiendo los datos de los que efectivamente disponen las empresas, o no pudiendo demostrarlo, que es lo mismo o peor, no hay pena ni castigo).

Conclusión es que la unión autor-editorial está muy maltrecha, que las editoriales no saben como rehacer su trabajo (como flujo, como negocio y como, en última instancia, propuesta de una visión del mundo a través de su catálogo; ¿la poca importancia del catálogo para el lector tendrá que ver con la desestruturación que hemos sufrido en el plano conceptual, con la destrucción de toda posibilidad de creación de horizontes alternativos? Me lo pregunto aunque no tengo aún una respuesta que me satisfaga), lo que les lleva a asumir el papel de plataforma de autopublicación.

La segunda cuestión era la decisión de los libreros italianos de no vender el libro del capitán de navío de la nave Concordia, naufragada con buen número de víctimas (aquí la noticia sobre Livorno, aunque en toda Lombardía tampoco puede hallarse). Bien, la polémica es si vulnera la libertad de expresión, la libertad de defensa (aunque el capitán ya ha sido condenado, se atiende el resultado del recurso interpuesto) o la libertad de conciencia. De retruque pone sobre el tapete una cuestión más delicada: ¿qué papel debe jugar un editor? ¿debe ser filtro? ¿debe mantener una actitud ética? ¿la cuenta de resultados es la única referencia válida? No se juzgue con ligereza. En el fondo Graus Editore no mantiene una línea muy distinta a otras editoriales, aunque sin duda con menor buen gusto a juzgar por el catálogo. La cuestión de fondo es la oscilación entre la visión que indicaba antes (propuesta de una visión del mundo a través de su catálogo) o la visión como negocio más allá de otra consideración. Arte difícil este de ser editor de una editorial.

La tercera es menos una noticia y más una historia. Me contactó un escritor para que le asesorase, así entendí en primera instancia, sobre su libro. Al indicarle que primero había de leerlo y luego le daría mi opinión sobre los cambios que hubieren de hacerse si era menester y después corregir el texto y pulirlo de errores. la respuesta fue: el texto es perfecto así. Su idea era que los editores de medio mundo se darían de tortas para publicar la obra porque él, el autor, estaba convencido de que su libro salvaría a la humanidad. Lo sorprendente es que esta es una actitud muy extendida, que con frecuencia lleva al autor a la autopublicación. Al margen de este nivel de autosuficiencia, lo importante es que la autopublicación apareja con frecuencia al carro para ir directamente al peligro de la publicación sin edición: a mi juicio un editor debería sacar ventaja de esto.

Si no estaba claro el hilo de conductor de todo esto es el mismo, qué ética debe exhibir un editor, qué compromiso con su trabajo y con el lector, amén del autor, qué espera hacer de/con su trabajo y quizá el concepto puede abarcar el secvtor editorial por entero. La cuestión es importante y debe responderse mucho antes de empezar a publicar y mucho antes de empezar a preocuparse con el balance de la empresa. Y luego, imaginación, que al parecer es algo en desuso.

Flujos de trabajo, heteronomía y reinternalización

Tras la presentación turinesa esa sobre flujos de trabajo eficiente en el sector editorial, siento que quedaron en el tintero las implicaciones, cuanto menos para mi, de algunos conceptos a los cuales de un modo u otro se aludía en la presentación.

Uno de los aspectos que incluí en el seminario ( si bien como parte de #ebookspain) fue la importancia de la internalización del flujo de trabajo, modo en que el editor se reapropia dl control en la realización del libro. Pero no es ese el único aspecto.
La esternalización del trabajo editorial comporta una creciente heteronomización del trabajo*, que comporta la pérdida de la capacidad de determinar el precio, la naturaleza, el objetivo e incluso el fin del libro. La esternalización de las labores editoriales debilitan al editor y son otros sujetos los que determinan lo necesario, lo superfluo ( sobre todo), lo económico y lo antieconómico, pero más que nada contribuye a la destrucción del valor simbólico del libro, de su componente no-económico. Reinternalizar las tareas de la edición no solo es clave en un flujo de trabajo eficiente, es estratégico para la supervivencia del libro y del editor. El editor debe encarnar un proyecto cultural, de sociedad, que de sentido, que de sentido a la edición: la lectura es un modo de empoderamiento.
Sé que estás son pocas líneas para un tema tan grande, esta es solo una forma sucinta de expresarlo. Del debate y de la acción de los editores debe nacer una exposición más completa y detallada.
* Trabajo heterónomo es aquel de cuyo fin o producto final al que se contribuye están fuera de mi control (de yo que lo realizo). Un trabajo heterónomo no está necesariamente privado de autonomía.

El estado del sector editorial

Parece que para algunos lo del “sector editorial en crisis” es como “el teatro en crisis”, una constante y por lo tanto no merece prestarle excesiva atención. Ya saldrá de la crisis o no saldrá o nunca ha estado. En definitiva es lo mismo. Yo soy de los que creen que el sector editorial no está en crisis, está comatoso.

Me permito decir esto a la luz de las siguientes consideraciones en relación a un sector que pretende ser industria:

  • no es capaz de definir un formato estándar para el libro electrónico, dejando que esta decisión la tomen otros sujetos. Es difícil imaginar una “industria” que decida no decidir sobre el futuro de su desarrollo, sobre que base desarrollará sus presentes y futuras formas y tecnologías; ¿podemos imaginar a la industria del automóvil dejando en manos de los constructores de neumáticos o de las gasolineras decidir sobre la base de desarrollo de los coches? Personalmente no. Este parece ser el caso del sector editorial
  • buena parte de los costes de edición derivan de la distribución. Esto se debe fundamentalmente a que las editoriales han dejado de invertir en desarrollo y tecnología, dejando que esto lo hiciesen fuentes externas, que son las que ahora imponen sus condiciones.
  • En muchos casos no poseen personal competente y no invierten en formación, resultado de la política de externalización iniciada en los años ochenta. La consecuencia es por un lado la precarización del personal y por otro la pérdida de competencias internas sobre las cuales desarrollar nuevos formatos, nuevas metodologías, nuevas formas. El desastroso resultado final es que las editoriales pierden iniciativa, capacidad de innovar y autonomía.Es comprensible pues que en ámbito digital el desapego por el producto, el desprecio por la obra sean una constante porque no existe posibilidad de realizar un trabajo digno sin tener los conocimientos ni los instrumentos para ello.

Si a estas características, bien conocidas, sumamos la tendencia a equiparar el libro con instrumento de entretenimiento o diversión (el entretenimiento de la lectura es una consecuencia posible, no constante, también hay espacio al sufrimiento u otras formas de interacción) o esa otra tendencia que existe de perseguir al lector ocasional en vez de cultivar un amplio número de lectores (o lo que es lo mismo, cultivar el sueño del best-seller y no del long-seller, quizá no interpreto bien las palabras de Carlos Revés en este artículo), entonces el resultado es el que es: lastimoso.

Ulterior consecuencia de estas líneas es que hoy es corriente ver a editoriales ofrecer servicios y a los gabinetes de servicios editoriales presentarse como tales.

Se argumentará que los costes de la propuesta que se lee entrelíneas son inasumibles; de hecho son inasumibles por la erosión que han sufrido en su capital a través de las externalizaciones de décadas. Pues bien, consórciense editores y no solo porque puede ayudar a reducir costes sino porque ayuda a encontrar soluciones comunes, aprender y colaborar. Pongan a trabajar su imaginación, acepten riesgos, piensen en medio y no en corto plazo, aúnen fuerzas, consideren ganar menos para ganar más tiempo.

Mientras tanto el sector es eso, una sector comatoso, nada de industria porque como tal no se comporta sino, a caso, para pedir subvenciones.