El eco y el sector editorial: autocomplacencia y distorsión

Tras el último EditaBCN, del que leo diversas fuentes y, pues no pude asistir, me hago un balance personal que me lleva a ser poco optimista. Pero que nadie crea que éste es solo por EditaBCN, es fruto de un largo camino con muchas piedras y guijarros.

Al sector editorial le encanta oírse. Tanto que desde hace ya tiempo va repitiendo por ahí las mismas cosas año tras año a través de los mismos portavoces. La cosa es más preocupante que aburrida, que ya lo es rato largo. Es una reiteración que supone inmovilismo. O peor es una reiteración que pretende convencer, por repetición ad infinito, de una realidad muy distinta a la real. Ante esto cabe pensar que: o hay un interés por sepultar cualquier disenso y práctica de la realidad en favor de un modelo con muchas grietas y que favorece solo a algunos; o se comulga profundamente con el espíritu neoliberal y los dominadores de hoy creen que serán los dominadores del mañana ocurra lo que ocurra y muy especialmente si convencen a los demás de nada debe ocurrir.

Ambas visiones no se excluyen, pero implican diferentes dosis de terror y diferentes focos de irradiación del terror; el error, sin embargo permanece.

Quisiera recordar sin embargo que pocos grandes grupos suponen no solo una pérdida real de diversidad bibliográfica sino que suponen también grandes deudas financieras.

Un amigo me ha dicho durante una conversación, “Es curioso como las nuevas editoriales españolas desdeñan a los editores veteranos y expertos, y ni siquiera se asocian para hacer cosas efectivas (salvo contadas excepciones). Tienen un potencial enorme si se unieran, aunque sea al margen del Gremio. Eso no pasa en Chile ni en Argentina, donde enseguida han visto las ventajas de unirse.” (sic). Mucho mejor los gurús. Poco más me queda por decir a mi. He predicado desde este blog la consorciación en muchas formas y maneras sin que haya podido ver una traducción. También he predicado la necesidad de un debate público sobre la edición, la edición digital y el libro electrónico. Con el mismo resultado. Empiezo a pensar que es mejor que me calle (y ya habrá alguno por ahí que aplaude y piensa que ya era hora). Quizá lo haga, quizá no.

El sector editorial es el primer responsable de su destino y de las formas que decide aplicar a su forma de actuar el propio pensamiento. Ningún otro sujeto, sino el mismo sector editorial. La cuestión es si el sector editorial tiene un pensamiento propio, un regla de actuación definida. La cuestión es si quien disiente es capaz de organizarse colectivamente para salir adelante en un ambiente y una época hostil; ¿es posible que una parte de la innovación sea social, sea oponerse a un modelo totalizador, excluyente, devastador, empobrecedor, irresponsable? Si es así, si tú editor que lees piensas que es así, entonces muévete porque salvarle la piel hoy no es bastante para mañana, para ti y para mi.

Con este post cierro el mes de julio. Quizá escriba en agosto. Quizá lo haga con otra piel encima. En todo caso, buen verano.

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Avinyonet de Puigventòs, imagen perfecta de las políticas culturales

Avinyonet de Puigventòs es muy a su pesar, quiero imaginarme, la imagen fiel de una cultural que se afirma por encima y a costa de la cultura del libro y de lo común.

La noticia refería como este pueblo de 874 habitantes no solo había cerrado la biblioteca municipal sino que además había tirado el fondo bibliotecario al contenedor del papel para reciclar (al menos esto manifiesta cierta conciencia).

La modalidad con que se gestiona un bien común, en parte fruto de cesión de un particular, es indicadora del valor que se le otorga: 0. Ningún listado de documentos “a eliminar”, ninguna valoración seria del fondo (a cosa hecha se ha descubierto que incluían 2.000 documentos); ningún procedimiento sistemático de intento de cesión, ninguna comunicación a los donantes, ninguna evaluación del impacto del desmantelamiento o del procedimiento de desmantelamiento de la biblioteca: de hecho se amenazan querellas por malversación del caudales públicos y prevaricación administrativa. Todo porque había ido poca gente.

Voy un poco más a fondo. En el artículo no se menciona que la biblioteca haya tenido dotación de fondos para ampliar sus colecciones ni para fomentar la lectura, ni para organizar actos o eventos con la biblioteca como fulcro. El consistorio ha concebido la biblioteca, así se deja entender por la palabras del mismo consistorio en el artículo, no como un bien común e instrumental para el bienestar de la población, sino como contenedor. Un contenedor relativamente lleno de libros y vacío de sentido si no ha habido recursos ni iniciativas vinculadas a la biblioteca.

Mucho más sentido ha debido verle entonces el consistorio al proyecto impulsado por el Departamento de Agricultura de Generalitat catalana, Cowocat Rural, para la constitución de una red coworking en ambientes rurales. Esto es ha visto más sentido a incentivar la iniciativa privada con espacios públicos (el reglamento de funcionamiento no especifica el precio a pagar). Ahora hay 3 usuarios del espacio.

Al consistorio en pleno no se le pasó por la cabeza que el espacio podía ser subdividido.

La cuestión de fondo es que merece mucho más hacer una inversión que difícilmente se amortizará con esta tasa de utilización y porque si ha de ser apetecible no puede caro, a realizar una inversión en la dinamización y enriquecimiento de la vida común de sus habitantes. La biblioteca era un gasto, el espacio es una inversión. Se juega con palabras para esconder que de hecho la cultural no interesa a menos que genere beneficios económicos directos, rápidos, tangibles. No es la cultura lo que interesa sino el dinero de la cultura. Avinyonet de Puigventòs es la imagen de una concepción de política cultural muy extendida, no anecdótica como se querría pensar. Volcar los fondos en un contenedor es la consecuencia lógica de quien no ve en lo común e intangible un elemento de fuerza estructural de la comunidad.

Lo peor sin embargo es que a nadie pareció importarle el destino de la biblioteca, la ejecución chapucera de su desmantelamiento y sus consecuencias, pero ahora hay quien se mesa la cabellera y quien pide una biblioteca.

Sobre la propiedad del libro electrónico

Desde el inicio una cuestión ligada al libro electrónico que me ha inquietado es la cuestión de propiedad del mismo (por si hay un lector nuevo, lo que sigue son mis opiniones personales, discutibles.

Hablar de propiedad siempre es peliagudo, cuanto menos desde mi punto de vista. Con frecuencia propiedad y exclusividad van de la mano y el hecho de que A sea propietario de algo excluye que B pueda serlo también; la propiedad se convierte en un factor excluyente. Pero no siempre. Una propiedad también puede ser compartida, regalada, prestada. Hay instituciones que incluso son porque basan su existencia en la socialización de la propiedad: las bibliotecas, por ejemplo.

El libro impreso por sus características también hace que contenedor y contenido sean inescindibles, salvo che se fotocopie, se fotografíe, se escanee. Claro está que jamás podremos apropiarnos de la paternidad y por tanto de futuras explotaciones comerciales del contenido, al menos no lícitamente, porque ese es propiedad de su autor. Un razonamiento que vale para cualquier soporte y manifestación (en línea de principio).

El libro electrónico por su entidad inmaterial y su fácil reproducibilidad (ya hemos visto lo difícil que había sido antes reproducir el libro impreso) pone en jaque el concepto de propiedad, según algunos, precisamente por sus características, porque contenedor y contenido son separables y separados. Hay algo en este razonamiento baladí que no me cuadra.

En todo caso la defensa del contenido es primaria en esta visión y por ello se han adoptado medidas de seguridad: DRM, imposibilidad de interoperabilidad en los formatos, mercados verticales y lectura en la nube; el principio imperante es, en la mayor parte de estos casos, la no-propiedad de lo adquirido, el libro electrónico como licencia, si bien no aparezca explicitado en ningún lado.

La verdad, temo, es que el libro electrónico ha permitido dar un paso que antes no podía darse: afirmar el derecho a consumir y prohibir el derecho a la propiedad.

La paradoja es que mientras teníamos la propiedad del libro, y en cuanto propiedad era un factor excluyente, podíamos socializar contenido y continente. Ahora y para el libro electrónico, no.

Separar compra de propiedad hace imposible compartir un #ebook, prestarlo, realizar bibliotecas temporales, etc. Curiosamente mientras el sistema actual hace esto imposible, estimula el uso de servicios de consumo del libro en la nube; no puedo dejar de preguntarme si esto no es una banalización del libro, que pasa de bien de formación (de todo tipo) a bien de consumo y si esto no tiene después un reflejo en la apreciación del libro y de su valor, incluyendo el libro impreso. Decía que es una paradoja, porque era impensable que defender la socialización posible de un bien pudiese pasar por la propiedad. La paradoja es que más allá de consideraciones histórico-legales no se está protegiendo el contenido ni los derechos del autor, sino la obligación del lector a recurrir obligatoriamente a un cauce blindado de consumo (y no entro en cuestiones como los datos personales y su comercio, por ejemplo).

Y ojo, digo consumo, no lectura, ni otra cosa, consumo.

El consumo está desposeyendo al lector no ya de la propiedad sino de los usos alternativos y sociales que de la propiedad puede hacerse.

Estando así las cosas obtener que el libro (electrónico o menos) sea mio abre la posibilidad a la socialización en el cauce que prefiera el lector, a formas de compartición temporal, a formas que damos por descontadas y que no necesariamente van en detrimento de los derechos del autor, en cuya defensa las formas hasta ahora defendidas no solo no son efectivas sino ni siquiera la tienen como eje: lo que se está defendiendo aquí y ahora es el valor de la intermediación, ni derechos, ni valor del libro.

Dos lecturas de postre (siempre en este blog)

Sobre “espotifai” como modelo de lectura

Imaginando las bibliotecas

5 años después: los inexistentes derechos del lector de libros digitales

Han pasado ya 5 años de cuando se discutía sobre los derechos del lector de libros digitales. La discusión llevó a un dodecálogo de derechos. A día de hoy, ¿cómo se ha respetado e implementado ese dodecálogo? ¿Podemos afirmar que ha sido un documento inspirador para el sector editorial, fabricantes de dispositivos de lectura incluidos?

Repasemos el documento (aparecido el 30 de mayo de 2010 en Dosdoce).

  1. Las plataformas de acceso y venta de eBooks no deben comerciar con el historial de compra de los lectores sin su consentimiento previo.

    La evolución normativa y las sucesivas leyes de protección de datos ofrecen hoy el marco jurídico para estas prácticas, así que ya tienen defensa. También abusos. Si la situación es o no satisfactoria me parece difícil de establecer, porque en la mayor parte de los casos las definición del uso de los datos personales no se consulta por parte del cliente o bien está disponible solo tras la firma de la aceptación o bien incluso aparece en modo tan parcial, fragmentada y confusa que el cliente jamás tiene una idea clara. Me parece significativo que fuese este el punto de partida del documento, reflejo fiel de la consciencia de la importancia del uso de los datos personales en un entorno digital.

  1. Aquellas plataformas que quieran reutilizar con fines comerciales el historial de compra de los lectores para mejorar sus sistemas de recomendación de libros o generar ingresos publicitarios relacionados con las compras realizadas deberán comunicar previamente a los lectores qué tipo de información guardan en sus plataformas, por cuánto tiempo y para qué fines comerciales.

    Idem como el punto anterior.

  2. El lector de libros digitales podrá acceder a esta información personal en cualquier momento y borrar su historial en caso de considerarlo oportuno.

    Idem como el punto anterior.

  1. Las plataformas de acceso y venta de eBooks deberán garantizar que los eBooks adquiridos son propiedad de aquellas personas que los han comprado. Tras la polémica decisión de Amazon de entrar en la cuenta de sus usuarios y eliminar los ejemplares digitales vendidos del libro

    de George Orwell 1984 por discrepancias con su proveedor, se justifica que exijamos que las plataformas de comercialización de eBooks se comprometan a respetar nuestros derechos como consumidores. Ninguna plataforma o librería virtual debería ser capaz de eliminar de mi cuenta un libro ya adquirido o limitar el acceso al mismo sin mi consentimiento expreso.

    Resulta evidente la dificultad de este punto.

    En primer lugar porque No solo porque el marco legal define el libro electrónico como servicio, sino porque esta práctica pondría fin a los cotos verticales exclusivos y excluyentes en los que se han convertido numerosos distribuidores que actúan como proveedores de contenidos, sistemas de almacenamiento con las propias claves de restricción de usos (DRM y otras lindezas) y dispositivo lector. El sueño del jardín vertical, del lector cautivo y la falta de una definición legal de este aspecto hacen en conjunto que la única forma de realizar este punto sea la compra directa al editor, especialmente si no implementa mecanismos restrictivos.

  2. En caso de alquiler, pago por lectura o subscripción de cualquier contenido digital, el usuario debería tener una opción a compra perpetua.

    Me arriesgo a errar, pero no conozco ninguna plataforma de este tipo de servicio que dé esta opción.

  1. Al igual que en el mundo analógico podemos prestar un libro comprado a un amigo, en el mundo digital deberíamos preservar el derecho a realizar préstamos de libros en cualquier formato y sin coste adicional.

    Actualmente esta posibilidad queda, en términos generales, como una reivindicación jamás oída.

  2. Se nos debe garantizar la posibilidad de leer cualquier libro de nuestra

    biblioteca en la nube o plataforma en cualquier dispositivo, sin restricciones ni limitaciones por sistemas, derechos, fronteras, etc., y siempre de una forma amable y legible.

    Mientras se debate la creación de un espacio único europea las restricciones geográficas y de interoperabilidad (por citar las mencionadas) siguen en pie, vigentes y activas. Los derechos del lector no coinciden con las expectativas del sector editorial,

  3. Las plataformas de acceso y venta de eBooks deberían permitir que las

    personas que deseen hacer sus compras en un entorno plenamente

    privado puedan hacerlo sin que sus datos de compra sean

    almacenados en ningún momento ni comercializados a terceros.

    Ampliación de los tres primeros puntos. No obstante el marco legal la tentación de Big Data y Data Mining corrompe cualquier idea que nos hagamos a cerca de nuestros datos como compradores aun cuando no son indispensables.

  4. Los compradores de libros digitales podrán eliminar su historial de compra o alquiler, así como destruir los propios libros adquiridos, en cualquier momento y de forma definitiva sin dejar rastro alguno de su previa existencia en ninguna memoria virtual.

    De vuelta al marco legal. Acciones fraudulentas sobre estos puntos no están, por regla general, eliminadas. Lo que es más grave es que están asimismo más allá de la capacidad del comprador medio de verificar su cumplimiento.

  5. Los lectores podrán regalar o revender cualquier libro adquirido que ya no se quiera mantener en su biblioteca digital.

    Subpunto ampliativo del carácter del punto número 8. Como el precedente, inaplicado e inaudito.

  6. Los lectores podrán subrayar, marcar y hacer anotaciones de forma anónima en sus libros adquiridos. Aquellos lectores que quieran compartir con otros lectores sus anotaciones personales deberán poder hacerlo, pero si en cualquier momento cambian de opinión también podrán retirar las aportaciones prestadas.

    Una gran idea, que de hecho supone interoperabilidad, estándares, formatos, sistemas compatibles, derechos de cancelación. Podríamos incluso incluir la cuestión de la propiedad intelectual de los comentarios. Todo en saco roto. Es incluso difícil transportar los comentarios de un dispositivo a otro de un libro de nuestra propiedad.

  7. Al igual que podemos mantener nuestro número de teléfono móvil si nos cambiamos de operador, las plataformas deberán garantizar la portabilidad de los datos de los usuarios. Si por cualquier motivo un lector abandona una plataforma deberá poder transportar los libros adquiridos, notas e historial de compra a la nueva plataforma de forma fácil y eficiente.

    Más de lo mismo.Misma solución. Es decir, nada.

Conclusiones

Las conclusiones de este rápido repaso son desalentadoras.

En primer lugar, el sector editorial ha hecho caso omiso de este dodecálogo. Nada o casi de cuanto se expone, reivindica en él se ha llevado a la practica. Nadie en el sector editorial (y con sector editorial doy la definición más amplia, que va del editor y la editorial a los fabricantes de dispositivos lectores, pasando por programadores, autopublicadores y distribuidores) ha pensado que el lector no tiene más derecho que el de comprar libros, eso sí, el que guste de entre los propuestos, faltaría más.

Salta a la vista que en el momento de la redacción de este documento, la preocupación por el tratamiento de los datos personales estaba muy viva y se avanzan de consecuencia peticiones muy concretas que aseguran el control de los datos por parte del lector. Al sector editorial el lector importa, al parecer, menos del cliente. Y sobre todo menos de los datos del cliente. La eclosión de Big Data ha seducido a tal punto que cualquier derecho ha quedado supeditado a la realización de un beneficio potencial, como en cualquier industria: lástima que el comportamiento como industria se limite a sus aspectos menos edificantes. Interoperabilidad, estándares abiertos, compatibilidad de sistemas, portabilidad de datos, control, todos los aspectos en los cuales una industria respetuosa del lector podría haber realizado una inversión e incardinado políticas de edición, creación y distribución, han quedado arrinconadas e inefectivas, demostrando, de facto, que la industria editorial no existe.

Personalmente hallo reiterativo este dodecálogo. Reiterativo e incompleto. No existe un punto en el cual el lector exprese su derecho a leer y poseer libros publicados con estándares de calidad, que justifiquen el precio que se solicita por ellos. Hecho en falta referencias a las bibliotecas y al derecho de hallar en ellas los libros electrónicos favoritos.

Resulta sin embargo imprescindible, para que un decálogo (o dodecálogo) más completo de este tipo pueda construirse y llegar a ser efectivo, que el sector entero se implique, que los lectores, que no deseen ser colo clientes, exijan su cumplimiento.

Una brevísima reseña a propósito de “El libro como sistema: hacia un nuevo concepto de libro.”

Reflexiono brevemente sobre el libro (el libro electrónico) a raíz de la salida de Alonso-Arévalo, J. and J. A. Cordón-García. “El libro como sistema: hacia un nuevo concepto de libro.” Cuadernos de documentación multimedia vol. 26. (2015) (accédase desde aquí). 23 páginas interesantes.

Lejos de mi entrar en una discusión docta sobre aspectos de calado sin tener a mis espaldas un estudio de investigación serio. Sin embargo me quedan algunas cuestiones en el aire tras la lectura del trabajo. Vaya pues por delante que lo que siguen otra cosa no son sino mis personales opiniones.

Una primera cuestión que evidencio es que la edición electrónica lleve directamente a un incremento del número de lectores: ninguna conexión directa parece avalar esta tesis sino un gran optimismo (“de ahí que no resulte baladí la hipótesis de si la reducción de los costes de producción, imputable al entorno digital, implicará una ampliación del número de lectores.” p. 27). Cuando algunas líneas más tarde leo “Muchas formas de ebooks son relativamente baratas de producir, ya que no requieren de una gran infraestructura de producción y edición.” empiezo a tener claro que existe una gran desinformación y que la visión optimista de antes no obedecía a un cálculo que incluyese le web sino y solo el optimismo radical tecnológico. ¿Cómo es posible que se piense que la edición no tiene coste a no ser que no se sepa que es la edición de libro? Podré coincidir conque sea menor (con un adecuado flujo de trabajo), pero no que este sea inexistente a menos que la edición sea inexistente.

No mejora la situación que se proceda a cierta confusión más tarde (pocas líneas y sin punto y parte, por ejemplo) se declara “Son muchas las empresas y sistemas que favorecen la autopublicación,…” coincido, hacen posible la (auto)publicación, no la edición. Reitero la necesidad e esclarecer los términos y usar una terminología correcta (que para empezar nos ayudará a entender de qué hablamos), clara y distinta.

Muy interesante es la reflexión bajo el epígrafe “Las nuevas características de los libros”. Creo sin embargo que la identidad e las editoriales digitales, las que ofrecen libros electrónicos editados, se crea partiendo de la inclusión de muchos de los elementos que el párrafo menciona, haciéndolos usables, conformando una identidad que pasa a basarse en el contenido y en su edición, además del uso de la coherencia-cohesión temática y formal de la edición en la constitución de colecciones, que por muy intangibles que sean se identifican en los nuevos conceptos que expresan en si.

Insostenible el párrafo titulado “La disrupción”

Asumir que analógico es privativo y digital social es definitivamente erróneo. De la creación literaria del Renacimiento a experimentos de creación conjunta, de liberación de contenidos o de socialización de los mismos hay abundante bibliografía, pero bastaría pensar en las experiencias realizadas en primera persona para comprobar que no es así. Se podrá rebatir diciendo que se trata de algo marginal, pero no que no es posible: “…lo social, lo abierto y el remezcla, valores que estaban ausentes en el contexto analógico.” Es cierto que estos “valores” pueden ejercerse en el ámbito digital, pero no son necesariamente mayoritarios. En cualquier caso parece no tenerse en cuenta las múltiples restricciones al uso y acceso a los contenidos así como las legislaciones restrictivas (que han fomentado la creación de licencias de explotación alternativas, aplicables también a contextos analógicos). Me resulta asimismo curioso que después se aborden los modelos de negocio como si estos fuesen una expresión de la creatividad. Sobre todo porque cuando se ha mencionado el ecosistema del libro (en la introducción) estos modelos estaban ausentes y temo que hubiese ya modelos de negocio en los remotos tiempos de Gutenberg.

Menos de acuerdo me encuentro poco más adelante cuando la reimaginación tecnológica tiende a excluir al lector del control del contenido pues accede a él a través de programas o apps; programas propietarios por lo general, que excluyen al lector a menos que no tenga habilidades de programación; cualquier otro caso es, sin más, las opciones que el programador ha habilitado para el lector y por lo tanto, consciente o inconscientemente, más limitadas y limitadoras que las que el lector podría imaginar por su parte.

Desintermediación”, qué mito

El mito más resistente es el de la desintermediación, que precisamente cultivan los nuevos intermediarios.

Cualquier examen somero de la realidad confirma que las plataformas de intermediación crecen y que el autor que autopublica lejos de estas lucha en condiciones que son otras respecto a las que se suelen publicitar.

La edición electrónica no ha producido ninguna desintermediación, lo que ha hecho, en el caso de la autopublicación, es trasladar los papeles del editor al autor, pero conservando una dinámica de acceso al mercado o a los lectores diferente (nuevos son los sujetos, no siempre) pero idéntica a la anterior (sustancialmente iguales son los mecanismos). Que el autor asuma ahora los papeles del editor y que siga precisando del editor (aunque por lo general ignora esta figura), no le libera de encontrar nuevos sujetos que realicen parte del trabajo (de la reseña de la prensa al youtuber: un nuevo salto que refleja sin embargo el mismo concepto de base, que una auctoritas, cuyo reconocimiento se asentará sobre bases otras o nuevas, sancione que su libro es X; bueno, malo, excelente, divertido,imprescindible, una obra maestra, etc…). No podrá ignorar que deberá entonces gestionar el ISNB. No podrá ignorar que no podrá comercializar sin un distribuidor a la plataforma de autopublicación. El salto no puedo esconder que el mecanismo permanece casi inmutado aunque sujetos actuantes y modalidades sean distintas.

La socialización

Que para defender el concepto se cite a Borges, que no conoció el fenómeno digital, revela buena parte de la vacuidad del concepto que se quiere expresar con “lectura social”. Me hallo en desacuerdo completo. En primer lugar porque la virtualización de la lectura se realiza en al lectura misma y cualquier discusión en un foro, físico o virtual, entre lectores normales no se hará con el libro presente (y entre lectores doctos tampoco, porque entonces, por regla general, se saben el libro del que hablan al dedillo)

Conclusiones.

A pesar de todo esta es una lectura estimulante.

No puedo decir que no se estén escribiendo libros electrónicos que suponen un nuevo modo de leerlo, ni tan siquiera que que la normal lectura de hoy no implique un modo diverso de leer. Estoy sin embargo en desacuerdo a que esto ocurra siempre para todo lector, que los escritores hayan comprendido las posibilidades y que el mercado acoja de inmediato estas novedades.

Lamento no haber hallado en el texto una sola referencia a las limitaciones que el hardware impone hoy a la edición del libro electrónico así como referencias a estándares de publicación: estos puntos presentan notables carencias. Creo también que se sobrevalora la capacidad el auto autopublicador se comprender, actuar y controla su obra así como en general la tendencia a lo colaborativo y social, que el mercado combate con toda la fuerza que le es posible ejercer.

Instituciones del libro: hacia la obsolescencia improgramada

Ya en otras ocasiones he manifestado mi opinión, por lo general poco halagadora, de las instituciones del libro, el gremio de editores (o los distintos gremios), por ejemplo.

En general estas instituciones tienden a manifestar aspectos normativos que se definen y determinan por lo general fuera de las mismas instituciones. Esta es sin duda la mayor explicación de la distancia que separa las instituciones del desarrollo de las situaciones: en palabras pobres, las instituciones no patean las calles. Y es que las instituciones responden en primer lugar a las lógicas que ellas mismas instauran y después (mucho después) a la realidad (si responden), y es cada vez menor la capacidad de estas instituciones de mantener cautivo nuestro imaginario: sin quererlo están alcanzando una estado de obsolescencia improgramada. Desorienta entonces la instintiva desconfianza hacia comunidades y redes informales (con algún grado de formalidad) que se advierte en el sector editorial en general. Personalmente, lo he manifestado en más de una ocasión, me parece que es el modo más directo y autónomo de actuar, más ligero y ágil, más adaptable a circunstancias y lugares. No me sorprende que estas formas sí consigan dar respuestas a las cuestiones abiertas en el sector (estará de acuerdo en esto Bernat Ruiz Domènech) ni tampoco me sorprende de hecho la escasa reactividad de los editores en general.

Al margen de esta consideración lo que sí me sorprende, vistas las premisas anteriores, es la necesidad que parecen vivir los “actores del sector” de crear nuevas instituciones, léase sellos de calidad (proliferan, según me informo gracias a Txetxu Barandiarán).

Sin definiciones de mérito, definiciones vagas, con criterios meramente métricos y con algún euro de contribución por en medio. Lo peor sin embargo es que se afirma la creación de nuevas instituciones sin financiarlas, lo cual es imposible a la par que inútil; ya lo dijo William O. Douglas, la única manera de establecer una institución es financiarla. En fin, estamos ante otro fenómeno que tiene sus días contados de seguir por la senda que transita hoy.

Yo seguiré apostando siempre por vínculos efectivos, por recuperaciones de significado, por respuestas quizá efímeras pero efectivas.

No puedo no dejar aquí escritas algunas cuestiones finales.

¿Necesitamos nuevas estructuras y metaestructuras? ¿Necesitamos gasto o inversión? ¿Necesitamos lo que tenemos? ¿Tenemos lo que necesitamos? ¿Por qué defender la convicción de que la solución llegará de fuera y sin riesgo? ¿Por qué los editores, libreros, distribuidores e incluso autores están dispuestos a suscribir una idea que les aleja de la realidad de los lectores? ¿Por qué dejar la iniciativa a sujetos distintos a nosotros mismos?

Edición y lectura: una identidad falsa.

Lo que sigue son apuntes sin sistematización y parciales  sobre la identidad lectura-edición. No se tomen por otra cosa.

Datos igual a realidad, es ya una identidad que algunos no discuten. Para mi datos siguen siendo una descripción parcial de una realidad codificada.

Por ejemplo, crece el número de librerías cerradas, por tanto se pone de manifiesto la crisis de la lectura.

Por ejemplo, la apertura de nuevas librerías pone de manifiesto el renacido vigor del libro impreso.

Pues ni lo uno ni lo otro.

¿Qué deberíamos deducir de un número mayor de distribuidores, o menor, o del impacto de la venta directa?

La verdad es que la realidad del mundo de la edición y el mundo de la lectura no coinciden, por mucho que se hagan esfuerzos para crear esta identidad, y muy probablemente nunca han coincidido plenamente. La verdad es que nos movemos entre hipótesis mejor o peor fundamentadas sobre la dimensión de la edición y de la lectura.

La realidad nos brinda N datos cuya lectura precisa de una interpretación. La línea interpretativa, el sesgo que le demos, ideológico, resulta determinante. En este sentido la acumulación de datos resulta inútil y lo que es más inquietante es que con frecuencia deriva en una falta de libertad de acción y decisión.

Volvamos a la lectura.

Estamos inundados de contenidos. Tiene razón M. Gil cuando dice que vivimos en la edad de oro de la lectura. Puede decirse que lo es técnicamente, que menguan en vez los contenidos de calidad, pero temo que eso es en el fondo, de nuevo, confundir lectura con edición.

Creo, por contra, que no se han creado lectores, esfuerzo en el que han confluido autores, editores, profesores, libreros, padres, hijos y en definitiva todos. Sobre todo no se hemos creado lectores críticos. En este punto, entonces, el soporte es lo de menos. No hay lector fuerte. Queda la evanescencia del mercado, de hay la locura por los datos. Digo locura porque sin el armazón previo de cómo vamos a leerlos y que vamos a ver, que imagen va a resultar, los datos son inútiles. Y después, con armazón, son las piedras sobre las que queremos apoyar una visión pre-constituida.

Sobrevaloramos los datos. Infravaloramos la visión del mundo en la que se apoyan para su interpretación. Olvidamos la necesidad de crecer lectores o personas (que son lo mismo).

Y la edición.

Así cualquier tiempo pasado fue mejor, cuando creíamos vivir en un mundo simple, por lo general en comparación con el mundo de hoy que es complejo y la edición y la lectura nos parecían la misma cosa y era solo que la segunda no nos parecía tener una dimensión suficiente para preocuparnos. La edición se autoengaña como cualquier otro sector, solo que a veces parece que se engaña más y mejor.

¿Qué conclusión podemos obtener?

Varias.

La fundamental, me parece, es que mientras sigamos haciendo silogismos facilones no vamos a darnos paz, ni vamos a tener razón.

Otra es que las posibilidades son muchas. Algunas visiones en la edición, con fuertes apoyos institucionales, con visos de ser hegemónicas. Otras no, pero no por ello van a desaparecer y al contrario van a ocupar los muchos rincones que la edición y la lectura tienen.

La lectura crítica podrías ser, un día, de nuevo, patrimonio de pocos y habríamos perdido mucho y francamente me preocupa más el reflejo de una lectura empobrecida sobre la edición (con el riesgo de un bucle perverso que tienda a perpetuar este estado), que una edición sin grandes nombres pero con muchos lectores (críticos).

De la política a la edición: notas comunes y sugestiones

Durante estas vacaciones he tenido tiempo de leer algunas cosas interesantes. Entre estas está el informe titulado “Ya nada será lo mismo. Los efectos del cambio tecnológico en la política, los partidos y el activismo juvenil ”, editado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud (disponible aquí, por ejemplo). El tema del informe es jóvenes y política, pero he notado algunas cuestiones que me parece, acertando o no, pueden trasponerse a otros ámbitos, como por el ejemplo el mundillo editorial, en función de su carácter general, de actitud y por su calado conceptual.

Si algo determina fundamentalmente la actitud de los jóvenes hacia la política es la funcionalidad de esta: qué funciona de hecho y no se cuestiona (ni a si misma ni con carácter general).

De este modo se valora la transparencia de la gestión y se cuestionan las estructuras de mediación. ¿Hablamos un poco de la imagen de las editoriales como agentes mediadores? ¿Hablamos del cuestionamiento de los jóvenes editores hacia el gremio? ¿Podemos trazar un cuadro sobre la estima de las distribuidoras y en general del acceso a los libros? Consideremos que por contra la notable aceptación de estructuras colaborativas para la solución de los problemas y podremos entrever la consideración positiva que tienen las bibliotecas como espacios abiertos y alternativos al margen de las instituciones; tanto menos “institucional” será la actitud de la biblioteca tanto mayor su éxito comunitario, parece sugerir esta ecuación, pues redistribuyen socialmente espacio y literatura. Pregunta: ¿Cuándo las bibliotecas presentan un perfil potencialmente atractivo, las editoriales acompañan a las bibliotecas con políticas más abiertas? Pienso al caso el ebook en particular. Tengamos en cuenta que hoy por hoy la constitución de bibliotecas al margen de las instituciones es una realidad (que con frecuencia se saluda solo por parte de las editoriales micro e independientes y aún en ocasiones como simple medida publicitaria). Hay mucho que repensar aquí.

Abundo en que hay mucho que repensar si al anterior punto sumamos estas otras características de los jóvenes frente a la política (o en este caso frente al mundo editorial):

  • radicalidad democrática
  • colaboración
  • conectividad
  • presión e implementación
  • glocalización

¿cómo se coloca el sector editorial frente a estas posiciones más allá de acciones comerciales? Están hablando de ética, no solo de servicios.

La tecnología es cotidiana para todos, lo jóvenes sin embargo tienen un concepto distinto de su aplicación. Mientras las instituciones las usan para hacer lo mismo de antes en modo más eficiente, se esperan de estas que las usen para organizarse de otro modo, para actuar de otro modo. El sector editorial vive idéntica confusión a las instituciones políticas del país: hacemos lo mismo, pero con mayor eficiencia, ni siquiera mejor. Sobre todo no usamos las tecnologías para acercarnos a ninguno de los cinco puntos anteriores. No entendemos y no usamos la tecnología en el modo que se espera de nosotros y así cavamos un surco más profundo. Donde se piensa recoger beneficios de un mercado mejor arado y roturado, más intensivamente explotado hallaremos solo malas hierbas, cosechas más pobres (en cantidad y calidad).

Cierro con una afirmación final. Lo jóvenes no se acercan a las instituciones ni participan de la vida política institucional, pero si hacen política: ¿en que medida estos jóvenes si leen pero no nos leen? La cuestión de fondo es que no coinciden los temas de la política tradicional con los suyos y por ello desconfían y muestran un profundo desinterés partidaria. Mutatis mutandis sospecho que el mundo editorial ni comprende ni sabe cuales son los intereses de futuros y presentes lectores más allá de los sondeos de mercado, que lógicamente ignoran y son ignorados por esta porción de ciudadanos.

Si esta situación es en la que se va a desarrollar no una sino varias generaciones creo poder afirmar que en poco tiempo el sector editorial vivirá de canibalizarse, sin haber creado, ni creído ni apostado por nuevos lectores: la ley de Liebig no miente nunca.

PS: como siempre, pero lo repito, estas son opiniones y lecturas personales.

La extraordinaria importancia de hacer cosas inútiles

Siendo yo un filólogo son una infinidad las ocasiones en que he oído hablar de estudios inútiles, de prácticas inútiles y de ideas inútiles. Yo mismo he picado y he caído en el topicazo en alguna ocasión. Una de ellas fue hacia el mitad de mi doctorado cuando el profesor Paolo Sacchi me preguntó que iba a hacer después. Entonces respondí que considerando la inutilidad de mis estudios lo que saliera al paso, actitud que me reprochó duramente ilustrando cuanto en vez eran importantes y trascendentes.

Digo todo esto porque últimamente, quizá a causa del calor, he oído varias veces una visión pesimista sobre de los cambios que pueden producirse, mejor dicho, introducirse, en el sector editorial. Una lamento que suena “que inútil tanto esfuerzo”. Me inclino a pensar que no es un derrotismo facilón: sus raíces excavan en el terreno siempre fértil de la inercia, la inacción, la espera del milagro, la desidia y la pereza y en menor medida en el clientelismo del sector editorial. Un pesimismo que se nutre de razón bien informada. Parece entonces que todo esfuerzo pues, todo cambio de mentalidad, de ideas, de rutinas de trabajo, de ética personal o profesional, es baladí, destinado a perecer o simplemente a no medrar. La presión que ejerce sobre cada uno la idea de que hay una sola salida y un solo modo es tal que en ocasiones se cede, un solo segundo, un momento. Lo importante es que el rechazo a esa idea de un único modo de hacer las cosas,. se une la convicción de la importancia de hacer cosas inútiles es algo siempre más frecuente en ciertos círculos de la edición en España y no únicamente.

Creo, con cierta dosis de cauto optimismo, que aunque el mensaje de ética (en un sentido que para mi es completo, de lo laboral a lo social, a lo personal) y trabajo en la edición no cala entre los grandes grupos (en mi opinión porque es imposible que lo haga), si lo hace entre pequeños editores e incluso medios. Creo que las luchas, los estudios, las prácticas, los modos de entender la complejidad de las relaciones y de las interacciones que sostenemos al editar no son inútiles. Lo contrario.

La realización concreta de todo esto tiene en nuestro caso la forma concreta del libro.

En fin. Creo que perorar estas causas (los estándares de edición digital, la dimensión social del libro, de su propiedad y de su transmisibilidad, de crear vínculos no solo comerciales, la posibilidad de integrar gracias al libro electrónico en el mundo de lectores quien hasta ahora tenía dificultad para hacerlo, de integrar en el libro otras formas de literatura), es una forma de entender la sociedad en que vivimos y en que queremos vivir, una visión de la vida que tiene como ambición ser cuanto más completa posible.

Nada de esto es inútil, aunque no sea evidente de forma inmediata. Esto es el sustrato de una idea de sociedad, quizá, espero, tendrá un reflejo en libro. Yo por si acaso, y no estoy solo, no me rindo y rememoró las palabras de Sacchi.

Y con esto me despido, de quien con paciencia me lee, hasta el próximo septiembre. Buenas vacaciones.

Iremos adonde queramos ir

Desde Publishing Perspectives llegaba esta semana la idea/noticia que no queda más remedio en futuro que considerar la edición una servicio (utilities en inglés, un servicio como el agua o el gas), sopena la desaparición del mundo editorial.

Examino la cuestión.

“…books as utilities, but that’s where we are going anyway”

En primer lugar me parece que existe una distancia efectiva entre los servicios citados y el libro o libros.

En segundo lugar la ineluctabilidad que evidencia la frase nos coloca ante un determinismo que mal casa con la libertad que atribuyo al libro y con la libertad que atribuyo al editor de decidir que libro desea editar y como desea editarlo: se trata de una frase que no da salida alternativa puesto que “es ahí a donde vamos de todos modos”, la oposición o la rebelión son inútiles.

Una sola posibilidad de desarrollo activa mentalmente el conformismo con una idea de desarrollo que es unilateral, poco 2.0 para entendernos, nada interactiva, nada dada a la compartición, nada dada al diálogo.

Siempre cabe abrazar una posición más flexible: es un posibilidad que no debemos ignorar porque los editores no deciden ellos solos, también cuentan los lectores.

Me pregunto cuando y como se han manifestado los lectores, me pregunto sobre cómo ha cristalizado este movimiento desde abajo (pues la idea de fondo de esta flexibilidad nace de la idea del proceso vertical, en el cual los editores deciden y los lectores padecen) y sobre todo me pregunto como el lector ha llegado a concebir este cambio ontologico sobre la naturaleza del libro. Mutatis mutandis la cuestión se parece mucho a los cambios que los ciudadanos padecemos sin haberlos decidido pero con los cuales estamos preceptiva y tácitamente de acuerdo por nuestro propio bien, o mejor esperando que así sea.

Creo más bien que el cambio no lo han decidido los lectores sino las editoriales (no digo los editores, sino las empresas).
La transformación del libro en servicio abre el camino a la expansión de las posibilidades por las cuales es posible seguir vendiendo: partes del libro, accesos a al libro, al autor, a caminos paralelos o divergentes de la obra. Esto no solo representa un gran engaño, pues se atribuye a quien no ha decidido la decisión, sino que además termino, temo por representar un cercenamiento de la capacidad del lector de generar mundos contiguos a las obras leidas y de compartirlos: tiempo al tiempo, si no ha ocurrido ya, veremos como estos servicios, estas posibilidades acabarán por estar cubiertas por restricciones debidas al copyright.

That’s where we are going only if we want to go

No creo en absoluto, por otro lado, que exista una sola via. Y no creo que la reificación del contenido, que determina a la postre la banalización de las obras y la pérdida de su valor simbólico, pueda contribuir a nada que no sea la intensificación de la economización de la edición y del libro.

No lo olvidemos, el libro es una instrumento de transmisión de ideas, que se manifiestan en ensayos, novelas o poesía. A las ideas está dedicada la acción del editor, a las vías por las cuales estas son accesibles. Las formas en que hagamos nuestra edición accesible son las formas en las ideas crecen y se diseminan. 

Considero que el editopr debe volver a plantearse una paso atrás, como ya he dichoen diferentes ocasiones. No es esto una acto de conservadurismo sino un acto consciente de renuncia a la carrera al beneficio a corto plazo en aras de un beneficio menos a largo plazo, que sin embargo supone un beneficio colectivo mucho mayor y un enriquecimiento global significativamente mñás alto porque, entre otras cosas, el acceso a los servicios no es un bien universal garantizado sino un embudo siempre estrecho. Nuestro esfuerzo, como editores, debe consistir en reapropiarnos de la edición como concepto y práctica y poner al alcance de un numero siempre mayor de individuos. Cómo hacerlo es algo que iremos descubriendo porque no hay una sola forma para realizarlo. Y esto es una muy buena noticia.