Hiperabundancia: una reflexión

(Como siempre anticipo que las líneas que siguen, tantas esta vez, son únicamente mi opinión, que espero se comparta o sirva para iniciar un debate)

Hoy en día existe una hiperabundancia de oferta de lectura: a la hiperproducción del sector editorial hay que sumar la cantidad inmensa de autores autopublicados y, además, otros contenidos accesibles con los mismos aparatos con que leemos. La cuestión pone en serías dificultades al cualquier editorial (e incluso a los autopublicados, aunque prefieran ignorarlo).
Para discurrir sobre este tema me he hecho un rudimentario gráfico que ayudará mucho a entender la situación actual, cómo influye en las políticas de las editoriales, que consecuencias tiene y que alternativas pueden plantearse (o al menos yo me las planteo y aquí las dejo por si alguien más tiene interés).

grafico1

Internet es hoy referencia para el acceso a las lecturas y que ese universo de referencia esta en expansión (internet será en cinco años cinco veces mayor que hoy). No hace falta mucho para darse cuenta que el número de lecturas (o de contenidos que se relacionan con la lectura, como reseñas, críticas, promociones, materiales añadidos, etc) ha crecido en modo exponencial respecto a hace una década. Sin embargo nuestro tiempo dedicado a la lectura y al acceso a contenidos que podemos englobar en la lectura es sustancialmente estable. De hecho el punto de encuentro entre oferta y demanda ha quedado ya rebasado en el tiempo, es algo que pertenece al pasado.

La zona que en el gráfico se halla antes y por debajo del punto de contacto muestra el tiempo en que el sector editorial podía crecer porque el tiempo que podía ser destinado a la lectura era mayor respecto a los contenidos producidos.
La zona posterior y por encima al punto de encuentro muestra en vez la situación actual, donde la cantidad de lecturas y contenidos asociados es muchísimo mayor a la capacidad de lectura de cada uno de nosotros.
Un efecto de esta sobreabundancia es que se prefieren los las formas más rápidas, que no siempre las más breves; entre un libro y un trailer del libro (que nos dé la información principal y relevante de us contenido) o la película del mismo tenderemos a elegir las formas más visuales y menos costosas desde el punto de vista utilitarista. Dicho de otro modo e infiero cuanto sigue de una forma de empirismo, es tal el alud de lecturas propuestas en proporción al tiempo disponible que la lectura pasa al último lugar de las preferencias pues no somos capaces de determinar cuales serán las que no satisfagan más a la vez que se constata que es imposible consumirlas (terminarlas) todas. Cualquier otra forma más accesible de información o entretenimiento es mejor: la imagen resulta imbatible.
¿Las editoriales deben pensar/hacer/editar libros como videojuegos? Algunos piensan que sí. La inferencia, en mi opinión falsa, es que la lectura compite con otras formas de entretenimiento audiovisual y que si quiere, al menos, establecer la paridad debe proponer formas igualmente audiovisuales. En realidad no; si así fuese hace casi un siglo que compite sin caer derrotada con la radio y/o el cine. En realidad compite contra si misma: la lectura sufre de la sobreabundancia que el mismo sector editorial ha creado.

Hiperabundancia y visibilidad, aspectos prácticos
Queda claro que en un contexto como este la posibilidad de que la lectura propuesta sea invisible en el proceloso mar de las posibles lecturas es mucha más elevada. La editorial se preocupa pues de la visibilidad de sus propuestas. Mientras una vez esto quedaba en manos de circuitos cerrados y determinados incluidos en la publicidad y las relaciones con los medios de prensa, ahora estos circuitos son amplios y difusos. El esfuerzo pues ha cambiado y el rendimiento también, de nuevo la amplitud de la red constituye una dificultad. Me explico con una imagen: si una vez echábamos una piedra en el estaque la dimensión de la piedra producía encrespaduras más o menos grandes, según el tamaño de la piedra, que podían alcanzar los bordes de un estanque. Ahora tenemos un enorme lago y para alcanzar los bordes deberíamos lanzar auténticos meños, algo siempre más fuera de alcanza de la inmensa mayoría. Si hace un tiempo el ingenio podía suplir la falta de medios la creciente sofisticación del público y las siempre más exhaustivas segmentaciones imponen crear paracontenidos siempre más sofisticados y con mayor uso de medios reales o virtuales con mayor número de horas dedicadas a estos paracontenidos. Y además promoción, publicidad y distribución finalmente eclipsan el contenido mismo que publicitan, promocionan y distribuyen.

El resultado es que con la ampliación de la red los más pequeños quedan siempre más arrinconados o como decía una canción “los últimos serán los últimos si los primeros son inalcanzables”. A pesar de todo la continua expansión de la red amenaza con hacer vanos incluso los esfuerzos de las grandes corporaciones porque los costes de la inversión crecen y el rendimiento se reduce. Y no es lo único que se reduce en las grandes corporaciones: para que la inversión sea rentables en los posible la oferta se reduce en variedad, que no en número, y se globaliza. Se elimina, en otras palabras, la producción local.

Un resultado perverso de este giro de las estrategias mediáticas es que mientras se clama que “el contenido es el rey” en realidad este ha pasado a ser un instrumento. Contenidos y paracontenidos, cuyo coste de producción sale mientras su margen se reduce en un contexto hipercompetitivo y extremamente saturado, pierden valor real y simbólico y devienen instrumentos para la adquisición de datos. Estos datos o bien entran en un comercio más o menos lícito o bien tras su análisis sirven para dirigir sea el gusto del lector sea la producción de nuevos contenidos y paracontenidos. La jugada termina por ser perversa porque por un lado impone seguir un gusto cambiante y por otro anticiparlo y a ser posible imponerle nuevas lecturas o contenidos audiovisuales. Resulta obvio que la primera de las dos opciones es la que radicalmente cambia el sector editorial. De hecho supone un cambio completo de la orientación del sector editorial que pasa de ocuparse de textos (en cualquiera de sus formas y con relativos complementos) a ocuparse de datos: de comercializar textos a comercializar datos. No es un cambio baladí. Tiene implicaciones prácticas y éticas.

Considerando exclusivamente el aspecto práctico no lo es porque recoger y tratar estos datos (con o sin su comercialización posterior) hace necesaria una inversión. En la situación actual solo grandes grupos con recursos financieros propios o con acceso al crédito pueden acometer la cuestión. En otro caso es necesario que esto recaiga en una empresa externa a la editorial. Este proceso de externalización que tuvo inicio en el sector editorial a inicio de los ’80, que de hecho supuso no haber entendido el alcance estratégico de la digitalización, se ahonda y determina un debilidad estructural mayor para los más pequeños del sector. Si los datos se convierten en un recurso de las editoriales poner este recurso en manos ajenas no puede llevar a ningún fortalecimiento ni estratégico ni estructural. En realidad esta obsesión por los datos refleja la incapacidad de generar relaciones reales y/o virtuales con los lectores (propios o ajenos) pues el famoso internet 2.0, aquel de las conversaciones y la principalidad del usuario/cliente jamás despegó y a los usuarios/clientes se les pidió únicamente asentimiento, construyendo espacios que solo daban lugar a quien reforzaba positivamente el mensaje que las editoriales querían hacernos llegar. No habiendo debate, no preguntando, no escuchando, no proponiendo ni acogiendo ideas salvo en casos limitados, el sector no ha construido relaciones. Sin relaciones quedan los datos. O, alternativamente, el fichaje de quien las relaciones si las ha construido: el autor autopublicado que posee esa red de relaciones que avala luego con su compras el fichaje por parte de una editorial (dejo para otro día el análisis económico de ese esfuerzo y el auténtico ROI de las ventas para los grandes éxitos autopublicados).
Dejo al margen consideraciones éticas como la expansión de datos de los compradores entre diferentes empresas (la editorial y la empresa que efectivamente trata los datos), la invasión de la intimidad incluso sin adecuada información sobre el alcance de la profundidad del tratamiento de los datos (por ejemplo, dónde paró de leer, cuándo lee, etc…), el reflejo que este cambio de interés tiene en la producción del libro y sus reflejos editoriales y otras más que el lector puede ir poniendo tras su propia reflexión. Pero no puedo no hacer notar que basta un buen análisis de los metadatos de los libros vendidos para obtener buenas indicaciones de las preferencias de los lectores, datos simples nada invasivos y que son más efectivos si las ventas se hacen en la propia página web.

En definitiva, el sector editorial pasa por un momento de transición en gran parte porque en su momento ignoró la realidad circunstante, porque ha debilitado su propia posición estratégica, porque sin ser industria piensa serlo, porque no en general no invierte ni en tecnología, ni en formación ni en relaciones, porque ha intentando una salida hacia adelante generando una hiperproducción de contenido que provoca su propia asfixia. Y las dimensiones futuras hacen peligrar toda editorial de la grande a la pequeña, aunque las pequeñas corren el riesgo de caer las primeras.

Posibilidades y soluciones

Y sin embargo creo que hay soluciones, especialmente para las pequeñas editoriales.
La sostenibilidad de una iniciativa editorial en un mundo saturado de contenidos no pasa por competir con otros contenidos de más rápida adquisición; quizá habría que considerar si esa competición que el sector parece empeñado en suscribir no ha conllevado la suscripción de una rotación de títulos imposible de sostener y si no es una de las razones de abandono de lectura de esos mismos títulos de rotación vertiginosa.
La sostenibilidad de un proyecto editorial pasa, a mi juicio, por:

  • Olvidar el sueño de una rentabilidad que se eleve por encima del 5%: todo lo demás es una entelequia y un espejismo especulativo.
  • Atraer, generar y conservar lectores: demasiado la hiperproducción de contenido se reversa en un exiguo número de lectores. Si no se realiza un esfuerzo por aumentar esta base cualquier otra política, cualquier ulterior esfuerzo está condenado de antemano a la insuficiencia y la irrelevancia.
    Existen muchas posibilidades de realizar esto, algunas de la cuales fueron puestas marcha en el pasado y después acantonadas y olvidadas. Habría que volver a repensarlas.
  • Crear relaciones con los lectores, relaciones físicas y virtuales. Olvidar cualquier relación instrumental con los lectores es la única via para generar confianza. Apostar por formas abiertas que incluyan a las editoriales, que no hable solo de editoriales y en las que no hablen solo las editoriales. El respeto del lector vale su fidelidad a la lectura y este beneficio recae también sobre “nuestro” proyecto editorial, especialmente si se significa en este campo.
  • Generar vínculos locales: personal local, imprentas locales, libreros locales, lectores, bares, autores, bibliotecas, clubes de lectura, escuelas: ser motor de la vida cultural y social refuerza la comunidad en la que se encuentra la editorial y consolida la editorial misma. En la medida en que los grandes grupos apuestan por lo global, lo local vuelve a ser punto de arranque de nuevas realidades. Local no excluye una dimensión planetaria, pero refocaliza las prácticas e impone nuevas estrategias.
  • Crear vínculos con otros editores para co-editar, generar un circuito de ediciones locales (traducciones) basado en el intercambio de títulos, co-ediciones y otras formas de colaboración.
  • Editar y publicar libros en multiformato.
  • Editar, publicar y fomentar el debate sobre la edición.
  • Editar con la vista puesta en estándares abiertos que puedan asegurar desarrollos futuros de los títulos ya publicados en nuevas formas.
  • Editar reduciendo el número de títulos y contenidos a un número realista: no solo debemos contemplar el nivel de ventas sino también las posibilidad real de ser leído, el esfuerzo que supone alimentar un máquina bulímica.

Redes, relaciones, vínculos, respeto, innovación, inversión, internalización son palabras que con su significado reflejan la vertebración de un proyecto editorial, de los contenidos que genera y que colocan más allá de la especulación y de la búsqueda compulsiva de éxitos a corto plazo.

El estado del sector editorial

Parece que para algunos lo del “sector editorial en crisis” es como “el teatro en crisis”, una constante y por lo tanto no merece prestarle excesiva atención. Ya saldrá de la crisis o no saldrá o nunca ha estado. En definitiva es lo mismo. Yo soy de los que creen que el sector editorial no está en crisis, está comatoso.

Me permito decir esto a la luz de las siguientes consideraciones en relación a un sector que pretende ser industria:

  • no es capaz de definir un formato estándar para el libro electrónico, dejando que esta decisión la tomen otros sujetos. Es difícil imaginar una “industria” que decida no decidir sobre el futuro de su desarrollo, sobre que base desarrollará sus presentes y futuras formas y tecnologías; ¿podemos imaginar a la industria del automóvil dejando en manos de los constructores de neumáticos o de las gasolineras decidir sobre la base de desarrollo de los coches? Personalmente no. Este parece ser el caso del sector editorial
  • buena parte de los costes de edición derivan de la distribución. Esto se debe fundamentalmente a que las editoriales han dejado de invertir en desarrollo y tecnología, dejando que esto lo hiciesen fuentes externas, que son las que ahora imponen sus condiciones.
  • En muchos casos no poseen personal competente y no invierten en formación, resultado de la política de externalización iniciada en los años ochenta. La consecuencia es por un lado la precarización del personal y por otro la pérdida de competencias internas sobre las cuales desarrollar nuevos formatos, nuevas metodologías, nuevas formas. El desastroso resultado final es que las editoriales pierden iniciativa, capacidad de innovar y autonomía.Es comprensible pues que en ámbito digital el desapego por el producto, el desprecio por la obra sean una constante porque no existe posibilidad de realizar un trabajo digno sin tener los conocimientos ni los instrumentos para ello.

Si a estas características, bien conocidas, sumamos la tendencia a equiparar el libro con instrumento de entretenimiento o diversión (el entretenimiento de la lectura es una consecuencia posible, no constante, también hay espacio al sufrimiento u otras formas de interacción) o esa otra tendencia que existe de perseguir al lector ocasional en vez de cultivar un amplio número de lectores (o lo que es lo mismo, cultivar el sueño del best-seller y no del long-seller, quizá no interpreto bien las palabras de Carlos Revés en este artículo), entonces el resultado es el que es: lastimoso.

Ulterior consecuencia de estas líneas es que hoy es corriente ver a editoriales ofrecer servicios y a los gabinetes de servicios editoriales presentarse como tales.

Se argumentará que los costes de la propuesta que se lee entrelíneas son inasumibles; de hecho son inasumibles por la erosión que han sufrido en su capital a través de las externalizaciones de décadas. Pues bien, consórciense editores y no solo porque puede ayudar a reducir costes sino porque ayuda a encontrar soluciones comunes, aprender y colaborar. Pongan a trabajar su imaginación, acepten riesgos, piensen en medio y no en corto plazo, aúnen fuerzas, consideren ganar menos para ganar más tiempo.

Mientras tanto el sector es eso, una sector comatoso, nada de industria porque como tal no se comporta sino, a caso, para pedir subvenciones.

Big Data vs Redes (o viceversa)

No desvelo ningún secreto a nadie diciendo que soy contrario al Big Data. Soy contrario fundamentalmente porque veo en Big Data algunas cosas que desapruebo o me parecen inútiles:

  • Big Data es carísimo par cualquiera que no sea una gran corporación (altísimos son los costes de refinado de datos agregados y complejos si de veras se quiere obtener un beneficio real).
  • Big data es inútil a menos que no se vendan servicios personalizados (presunta o realmente) o gran número de productos.
  • los datos que constituyen Big Data se obtienen con frecuencia en modo discutible (aunque sea legal) cuando no inmoral (de hecho es una práctica invasora y violentadora de la personalidad de cada cual).
  • Big Data es, fundamentalmente, contrario a web 2.0 (aunque ocasionalmente se vista de conversación).
  • Por último porque Big Data es de hecho la abdicación del ciudadano a parte de sus derechos y por consiguiente de su identidad y de su intimidad; todo ello sin considerar que los ciudadanos con menores recursos son los que con mayor frecuencia ceden los propios datos para alimentar a Big Data.

Concibiendo la edición como un ejercicio de responsabilidad y por tanto necesario de una ética, Big Data es una realidad (real o no que sea) que me repulsa.

A la cuestión como puede un pequeño editor saber lo que debe saber sobre sus lectores, compradores, libreros, autores y recensores creo que puedo dar una respuesta que implica un gran mole de trabajo realizable con recursos limitados, paciencia y una caña: creando redes.

Tomo como punto de partida la reflexión de Richard Nash sobre la creación de redes en los primeros tiempos de la edición y la vuelta a un proceso artesanal (pienso y no soy en único que la realización de un #ebook aún valiéndose de instrumentos industriales tiene una parte artesanal y se desea dar a cada ebook una identidad como obra, algo parecido a lo que se hacía con los libros impresos cuando se les cuidaba) en cuya natura estaba presente la creación de redes superpuestas.

Añado entonces otra reflexión, de muy diferente carácter, la de Shatzkin sobre las “obsesiones” de hoy para los editores en la era digital. Muy especialmente los puntos 2,3,4 e incluso 5 creo que podrían revestir un carácter muy distintos si los editores, sobre todos los que se dedican al libro electrónico, estableciesen redes efectivas, cordiales, basadas en el intercambio de opiniones y datos, en conversaciones, es decir en crear redes virtuales y físicas (aquí llamo en causa a los libreros que no deseen quedar atrás o vender solo los grandes éxitos de los grandes grupos editoriales y a los editores de libros electrónicos que no tengan rémoras y temores) con el mundo que les rodea. (Los puntos 6 y 7 serían muy fácilmente abordables usando bien los metadatos y estableciendo flujo de trabajo digital. El punto 8 es soberbio y sirve para cualquiera. A mi modo de ver es la bomba anti-BigData).

No insisto más en las ventajas que el establecimientos de consorcios editoriales podría acarrear, me parece que ya he dicho de sobras lo que pienso sobre ello, pero no puedo dejar pasar esta reflexión: si de verás la cristalización de nuestro trabajo es un mundo relacional y emotivo entonces la reinvención de viejas prácticas que conlleven el contacto directo con quienes el libro lo manejan, lo leen, lo hacen, que resitúen la intermediación (en términos económicos sobre todo) son fundamentales hoy para mañana. Nos situamos con ello en las antípodas de Big Data, cuyas raíces se adentran en la mercadotecnia, en un conocimiento exhaustivo e imperfecto cuanto extenso. Nosotros debemos saber lo que nos es necesario saber, de forma directa, para hacer mejor lo que hacemos, para editar mejor, para editar libros mejores. Con redes o con consorciaciones, formalmente o de en modo informal, no importa, pero hay que reinventar la ruta, hay que tirar los corsés, rechazar la tecnificación de las relaciones, la falsedad de la relación, del mundo de la edición, especialmente si deseamos dar nuevamente un valor simbólico en vez de instrumental al libro, impreso o electrónico.

I+D, consideraciones del sector editorial

En los últimos días, quizá semanas, estoy centrado en un tema interesante: la investigación y el desarrollo en el sector editorial.

Indirectamente el punto de partida fue el debate tuitero que se sostuvo en #ebookspain a raíz del gasto en publicidad comparado con el gasto en desarrollo que declaraban las editoriales. Pero aún más atrás el interés arrancaba de la constatación del escaso interés, por no decir nulo, del sector editorial hacia la implementación de estándares o del desarrollo formal del libro electrónico en este país. El índice de esta despreocupación lo hallo en:

  • la no pertenencia de ningún gran grupo editorial español al IDPF,
  • la no participación a de ningún gran grupo editorial español a los grupos del BISG
  • la no pertenecía de de ningún gran grupo editorial español a la oficina española del W3C

O lo que es lo mismo, la desvinculación del sector editorial, de sus grupos más potentes sin excusa y con excusa para los pequeños editores, de los organismos internacionales y por tanto de las tendencias de desarrollo del libro electrónico.

La calidad del libro electrónico resiente de estas (im)pertenencias.

Ahora bien, esto no es exclusivo del mundillo peninsular, sino algo más extendido y que explica cómo a partir de los años 80′, es decir desde los albores de la irrupción de la digitalización en el mundo editorial, la iniciativa del desarrollo editorial ya no está en manos de los editores.

Un resumen de una encuesta a editores realizada en la última edición de la feria del Libro de Frankfurt y publicado por Smartbook ofrece una imagen de la situación.

120 editores de un variado universo de pertenencia (editores de libros académicos, infantiles, de ficción,…), de los casi 1000 presentes, respondieron a un cuestionario de esta forma:

  • 16% no dedica ningún recurso a la I+D
  • 18% tiene un departamento I+D
  • 41% cubre la I+D en la propia sede aunque la desarrollan departamentos como el de ventas o business development
  • 8% confía en servicios externos
  • 6% coopera con universidades o otros entes de investigación

Y el 67% de los editores que respondieron dijeron que estaban “queriendo colaborar” los grandes grupos con instituciones y empresas europeas, y los pequeños editores con grandes empresas, etc…

Todo este esfuerzo, todo este querer colaborar se dirige sin embargo a áreas que no atienen al desarrollo del libro ni a la calidad e la edición, es decir que no se orientan a la edición en si, sino a otro aspecto de la digitalización: la distribución, «the leading response to the question of where the R&D nerds were greatest was “digital distribution”.

Sorprende la siguiente declaración “We need distribution infrastructures where the terms of doing business together are not dictated by absurdly huge companies. Obviously, this needs alternative distribution structures, where research is needed in order to build equally smart services.” viniendo de sujetos que no vieron en su día las consecuencias de la externalización que realizaban a las puertas de la era digital, así como no ven la necesidad de intervenir en el desarrollo del libro electrónico, o al menos no hasta la fecha.

De hecho estas son la áreas en que los editores identifican la importancia de invertir en I+D (de 1 a 6, siendo 1 no importante y 6 muy importante)

  • digital distribution – average rating: 4.94
  • file formats – average rating: 4.88
  • interactive content – average rating: 4.78
  • multimedia content production – average rating: 4.7
  • e-commerce – average rating: 4.66
  • market research and market testing – average rating: 4.65
  • copyright licensing – average rating: 4.64
  • discoverability tools – average rating: 4.55

La conclusión no es demasiado negativa sin embargo. Si bien la idea principal de inversión se liga aún a aspectos no ligados al producto en si, el libro o el libro electrónico en particular, al menos estos entran en el perímetro de interés declarado por los editores. Si será así o no lo veremos en los próximos meses y años. Si esta tendencia está llegando también. Personalmente creo que a pesar de la desidia generalizada existe una porción de editores que han comprendido la necesidad de apostar por la calidad de edición no solo como signo distintivo, sino también como ejercicio de responsabilidad y de compromiso ético con el lector.

Es de esperar que se sepan utilizar los recursos que la comunidad europea puede poner a disposición a través de Horizon 20/20 por ejemplo, aunque la orientación de estos tiende a favorecer a los grupos editoriales grandes y medios; una vez más la necesidad e consorciación emerge entre quienes son más sensibles a emprender inversiones, incluyendo personal y tiempo, en la edición de calidad: los pequeños editores.

One big issue with EU and innovation is, again, scale and speed. If the process to get and use funding is too cumbersome, it won’t work. Innovation means having rapid access to small amounts of money, with reasonable reporting requirements.”

Como colofón dejo esta otra reflexión de José Antonio Millán “Calidades en eBooks

Una lectura de la paradoja de Easterlin

Escribo hoy sobre un tema que últimamente me resulta atractivo e interesante: los lectores.

En concreto la relación entre títulos editados, venta de libros, número de lectores, crisis del sector y algunas soluciones vislumbradas.

Creo que para muchos resulta claro que el aumento del número de títulos se encontraba ligado a un aumento de lectores o de la capacidad de lectura de los mismos (pienso lo segundo porque el porcentaje de lectores de este país apenas ha cambiado con las décadas, o al menos desde los años 70′), como expresión del más clásico pensamiento económico. Ahora bien, si esa verdad en que todo aumento provoca otro y así indefinidamente halló su fin, entonces parece interesante apropiarse de la paradoja de Easterlin para darle otra lectura. La paradoja de Easterlin dice que, en breve, el aumento de la riqueza no produce un aumento de la felicidad: lo hace hasta cierto punto, luego todo va a peor. Si colocamos en un eje la cantidad de título (en vez del PIL) y en el otro el número de ventas (¿de lectores también?, pienso que si teniendo en cuenta el ascenso demográfico y el número total de lectores, índices que no han ido de la mano) y no la felicidad declarada por los ciudadanos, podríamos hallarnos ante el mismo gráfico a U invertida. El aumento de títulos llega un momento en que no representa ni un aumento de ventas ni un aumento de lectores (y volvemos a la Ley de Liebig).

Efecto de esta situación es el enorme volumen de devoluciones y (cómplice, quizá, la crisis) la caída de las ventas.

En fondo nada es inmutable. Los editores han empezado a adoptar medidas como la reducción de las tiradas, la edición bajo demanda, la recopilación o colección de textos variados, etc. Nótese que algunas de estas estrategias (diría todas) no son nuevas ni mucho menos, sino adaptaciones de prácticas predigitales (del tiempo de la imprenta de tipos móviles). No han representado la solución, porque el problema va más allá, pero no por ello desmerecen. Es más, son prácticas que constituyen el primer paso hacia un repensamiento de la edición. Eso si no se quedan en interpretación coyuntural. Digo esto porque la unión de formas más selectivas y más flexibles de edición pueden tener consecuencias positivas relevantes si, a mi juicio, se acompañan:

  • con medidas de consorciación efectiva en la gestión de los procesos editoriales,
  • con criterios de calidad de contenidos y de producto (y con este término, que me desagrada, me refiero a los diferentes formatos posibles del libro y de su respeto de estándares cualitativos altos),
  • con la re-creación de formas de relaciones sociales no solo virtuales (por ejemplo, espacios abiertos a lectores y vecinos. Existen ejemplos muy activos y satisfactorios),
  • con la re-creación de vínculos entre editor-autor-lector que no se basen en imágenes publicitarias, sino en prácticas de mutuo reconocimiento,
  • con la formación de nuevas interpretaciones de la realidad (la dotación de sentido a la realidad que nos rodea y que no es más, o no puede ser más, la que era) fruto de estas, todas, interacciones.

Y el libro electrónico

El libro electrónico no puede escapar de estas consideraciones. Fundamentalmente no existen motivos para que no se puedan desarrollar unas iniciativas similares. La intangibilidad del soporte no impide establecer relaciones fuertes, ni dotar de calidad a la edición, ni contribuir a un replanteamiento del espacio del imaginario o físico, no impide (es más favorece) la consorciación en la gestión de los recursos. Incluso, diría, el esfuerzo realizado para editar el libro electrónico con criterios de férrea calidad, considerando que el flujo de trabajo puede ser el mismo del libro impreso por buena parte, constituye un impulso para toda la edición; que el porvenir del libro pase por su forma más reciente no deja de ser irónico. El futuro del libro electrónico y del libro mismo pasa por un retorno a la calidad y pasa por esas formas más directas, sencillas e inmediatas, como he dicho, constituyentes de una nueva fase. Una fase menos agresiva en lo publicitario, más determinada en la imposición de estándares elevados, menos orientada al mercado (como expresión economicista de la actividad del editor) como medida de todas las cosas y más orientada hacia el mercado como lugar de encuentro de todos las actividades posibles de desplegamiento del libro (como obra). No niega todo esto la desmaterialización de la venta, pero no impide la materialización de otras relaciones o espacios, ni la rematerialización del libro electrónico. Implica necesariamente un redimensionamiento, pero deja como fruto mayor bibliodiversidad que puede llevar consigo una mayor localización de las iniciativas entorno al libro (en cualquier formato) y la edición.

¿Bastará esto para desmontar esta particular lectura de la paradoja de Easterlin? No creo, pero es un inicio.

Para qué sirve un gremio de editores

Una de las preguntas que quedó en el aire tras la última edición de Liber fue, ¿para qué sirve la FGEE?

Bien, vaya por delante que jamás pensé en agremiarme cuando Intangible estaba en vida, ni veo razones para hacerlo hoy. Eso no impide que reflexione sobre las posibilidades que un gremio puede ofrecer a sus asociados o cuales pueden ser sus acciones presentes y futuras. A eso me han ayudado las acciones que dos gremios de editores diferentes han emprendido en Europa.

La primera es la campaña #unlibroèunlibro sostenida y participada por la AIE (Associazione Italiana Editori). Se trata de una campaña reivindicativa el IVA al 4% también para el libro electrónico. La novedad de la campaña, sobre todo por aquí, es la participación de todos los estamentos o agentes del sector editorial: editoriales, grandes y pequeñas, impresas y digitales, autores, lectores, libreros, bibliotecarios. Más allá de esta conjunción de esfuerzos, está una visión compartida de trascendencia. No se trata de reivindicar un tratamiento fiscal (sé que entre quienes leen o pueden leer estas líneas hay diversidad de opiniones sobre la cuestión del IVA aplicable al libro electrónico) sino de reivindicar, de hecho, que el libro electrónico no es un servicio y por lo tanto hay que rediscutir la esencia de las consideraciones sobre el libro electrónico, de las modalidades de propiedad, de préstamos, de compartición, etc… Que un gremio se avenga a una acción de esta envergadura presupone un debate interno, una línea de trabajo y un voluntad de inclusión de todo el sector editorial, concebido como un ecosistema.

En Alemania la cosa va a más (dejo el enlace a la traducción de Joaquín Rodriguez porque el alemán es algo más incómodo respecto al italiano). Aquí el gremio ha embocado una via radical. La reflexión interna les ha llevado a la redacción de una serie de puntos de entre los cuales destaco la necesidad e una autodisolución en favor de una integración de todo el sector editorial. Sin duda otros puntos son mucho más criticables, al menos bajo mi punto de vista, como por ejemplo la insistencia en el “contenido”, pero me quedo con esa insistencia a querer ver el conjunto, a superar una gremialidad estrecha, a proponer salidas, posibilidades de acción para el futuro.

¿Para qué sirve un gremio? Sin dudad como representación, pero como representación del mundo no solo como representación como forma de mediación entre poderes, no solo como preservación o defensa. Un gremio puede ser, lo estamos viendo, una de las formas en que en mundo editorial se concibe y concibe el papel de la cultura escrita en el mundo.

Mientras tanto la FGEE se ha empeñado en insistir con la piratería: la última a través de la IPA y, descorazonador ante cuanto he apenas referido, son las posiciones de quienes se proclaman el elemento fundamental del mundo del libro, que sean autores, editores, libreros o cualquier otro.

En definitiva, el gremio de editores puede ser mucho más que un ente de presión o puede ser solo la FGEE.

Cuántos lectores digitales

Un tema de reflexión que aparece últimamente es cuántos lectores digitales hay o dicho de otro modo si el #ebook tiene, de veras, algún futuro.

Antes, sin embargo, quiero fijar algunos puntos, unas premisas:

  • se lee más que antes, más que nunca. Es posible, no implica que se pague por lo que se lee o que lo que se lee esté editado. Una nota: ciertamente existen muchas más posibilidades de lectura, ¿alguien puede indicarme cómo se ha medido el incremento de lectura real o es solo un cálculo buenista sobre la base de las posibilidades?
  • El pirata no compra libros y la piratería existían aun antes de la revolución digital.
  • El lector medio de #ebooks no distingue entre calidades pero si entre precios.
  • sobre los datos del del #ebook en España reina la opacidad y fuera de aquí la parcialidad también es notable, no solo porque se desconoce la naturaleza de los datos y su dimensión completa sino porque falta asimismo una definición de ebook (quien incluye el pdf como un formato quien no, por ejemplo)

Con este cuadro hablar de la salud de la edición digital, de su influencia y alcance, de su futuro o del número de lectores es bastantes difícil, incluso porque el número de lectores en España es desconocido (porcentajes sí, los que se quieran)

Sin embargo, en un alarde de inconsciencia voy a intentar una aproximación a la cuestión cuántos lectores digitales existen y que futuro puede tener la edición digital.

El grupo más relevante de lectores frecuentes (datos del barómetro de la FGEE) es el de la franja demográfica entre 14 y 34: con los datos de población de 2007 calculo que son 8.730.799, algo más del 19% sobre el total de la población. Poco claros son los datos del barómetro, o eso me parecen, pero indican muy claramente que la penetración del #ebook entre los lectores frecuentes no tiene una pegada devastadora. Remitiendo esa tendencia a ese mismo grupo de edad (14-34) los últimos informes indican que no tiene como mayor interés la lectura en formato digital pues prefiere emplear su tiempo en otros menesteres digitales: con mis cálculos rudimentarios y no muy precisos me salen 213.904 españolitos entre 14 y 34 con interés en leer libros en formato electrónico (cualquier corrección de la cifra es bienvenida, mis dotes matemáticas son limitadas). Y sin embargo la lectura digital experimenta una tendencia sostenida al alza, aunque sea con guarismos de poco empaque. En otras palabras: el público objetivo del libro electrónico es exiguo, pero crece. Crece en dos formas: en cantidad de libros leídos y comprados; demográficamente en el tiempo. Este último aspecto debe ser estudiado: ¿se mantendrán como lectores digitales? ¿caerán con la edad? ¿crecerá su impacto porque las nuevas generaciones no verán el libro electrónico como las ven las actuales?

Si existe un estancamiento del #ebook no se debe a falta de lectores, se debe a que los lectores frecuentes son pocos y no han pasado, armas y bagajes, al libro electrónico ni hubieran tenido porque hacerlo. Pocos lectores frecuentes son un problemas para editores, autores y país. Las editoriales que editan en exclusiva o en forma prevalente libros electrónicos deben hallar soluciones porque su público es hoy menor al poco de los lectores frecuentes. Y si encuentran esas medidas es posible que mañana estén en condiciones mucho mejores para entender y practicar la edición del futuro

¿Qué hacer?

No soy pitoniso, propongo lo que creo puede dar resultado.

  • Sumar esfuerzos, y no hablo solo de la consorciación entre pequeños editores, con todos los sujetos implicados en la creación, edición, comercialización, lectura, difusión del libro: hay que crear lectores.
  • Experimentar alianzas con libreros para insistir en la compra local, también de libros electrónicos.
  • Aumentar la calidad editorial de los libros.
  • Gratificar al lector frecuente con lecturas a su altura.
  • Desarrollar formas de gestión compartida de recursos tangibles e intangibles.
  • Editar en formatos que garanticen la libertad personal del lector.
  • Editar en varias lenguas el propio catálogo.
  • Experimentar formas de coedición, de cesión mutua de derechos de autor, de traducciones del propio catálogo: fomentar una red internacional del libro electrónico en las condiciones de calidad, cercanía, libertad que se han enumerado más arriba.
  • Proponerse la creación de una feria del libro electrónico que rompa la pared invisible con el lector, lo traiga a la cercanía física del editor y del autor, que incite el debate, que fomente redes.

Yendo de compras en el sector editorial

Tuiteaba el otro día Manuel Gil Espín que las editoriales chinas están interesadas en hacer compras en España. El mismo autor del tuit se pregunta si está es la solución del sector. Teniendo en cuenta el ritmo de ventas de editoriales a grupos extranjeros, cuesta decir que no. Lo curioso es que eso no es tendencia para los predictores del futuro del sector editorial en España.

Es una tendencia de desmovilización del capital en el campo de la edición; capital financiero (pues, repito un vez más, este es un campo de baja rentabilidad que se pretende mejorar aumentando la rotación a ritmos suicidas, un modelo de negocio igual al bazar de los chinos, si ofender a nadie) y capital humano.

Lo que se derive de esta compra masiva está aún por ver. En otros sectores diríamos que así se diluye y desaparece el saber hacer y los conocimientos implícitos de los editores españoles. No voy a discutir si esto es cierto o falso, creo sin embargo que lo que de hecho comprarán, amén de sellos y el prestigio que detienen estos, y quizá una forma y una idea de edición que ha día de hoy no está dando resultados brillantes.

En cualquier caso, si esta tendencia se afirma se me ocurren algunos interrogantes:

¿Qué saber hacer han traído o traerán, si traen, los adquirentes?

¿Aportarán cambios en la concepción del ebook en español?

¿El mercado español será siempre más un apéndice del mercado internacional?

¿Los autores españoles tendrán aún editoriales que les acojan?

Por último, ¿estas adquisiciones serán exclusivamente de editoriales o veremos también comprar plataformas digitales de venta y plataformas de autopublicación?

Desde luego no tengo la bola de cristal que dé respuestas a todas las preguntas. Tengo, sin embargo, impresiones. Mi impresión es que todo este proceso no aporta ninguna modificación de fondo al modelo existente, acaso acelera y potencia un modelo, que se basa en conocer cómo hacer más presente el libro, aumentando su velocidad de consumo y como reducir sus costes de producción, más que en cómo conocer al lector (es decir dialogar con él) y como dar valor al libro. La edición española va a quedar, pienso, en manos de los editores independientes, incluyendo los que se dedican en exclusiva al #ebook. El reto ahora para estos editores es ir al encuentro del público lector (de los grandes lectores).

Congresos sin congresistas

La convocatoria del 2º Congreso del Libro Electrónico ha dejado el patio revuelto. Y decepcionado también.

La cuestión tiene un demérito especial si se considera que la primera edición levantó cierto interés, en algunos incluso entusiasmo, y que llovieron críticas constructivas, apuntes y sugerencias. Todas ellas desoídas a juzgar por el programa de la edición de 2014. Lejos de afrontar temas que quedaron suspendidos y otros que se han ido apuntando a lo largo del año, el congreso tiene el aspecto de una vitrina institucionalizada, expositor de grandes firmas. La reacción ha sido inmediata. Los pequeños editores electrónicos seguirán ausentes, los protagonistas de la pasada edición se desdicen y no irán.

Un congreso sin congresistas, ¿a que sirve? ¿Por qué se evitan los debates o por qué estos se institucionalizan?

Un alternativa parece difícil. Los costes son elevados si se desea tener ponentes de nivel, los talleres, con la proliferación desmedida a la que han estado sujetos, carecen de prestigio y poder de convocatoria. ¿Hay que conformarse con iniciativas como Kosmopolis?

Creo que una alternativa sí es posible, pero bajo ciertas condiciones. Ahí van algunas sugerencias (que son solo eso):

  • que recoja temas de interés sobre, maquetación, diversidad del libro, código abierto, gestión de metadatos
  • que amplie debate sobre modos y modelos de colaboración que incluyan, por ejemplo circuitos de venta directos y combinados entre digital y papel; implementación, innovación y generación de código para el ebook; estándares compartidos
  • que puedan realizarse en círculos de dimensiones modestas, replicables
  • que pongan a disposición las conclusiones de cada sede y discusión en un repositorio público y abierto
  • que puede conocer en futuro un acto conclusivo que genere a su vez nuevas conclusiones diponibles a todos.
  • que incentiven el debate sobre el papel de los nuevos editores (quizá haya que debatir también quienes son) en la sociedad que se está delineando y cual debe ser su contribución al desarrollo común.

Los objetivos son: ser ágiles, económicos en la realización, abiertos e infinitos. Si no se puede competir contra el incremento de costes y la institucionalización, si no podemos confiar en que los grandes grupos de la industria editorial amplien sus miras, entonces debemos recurrir al ingenio y al impulso de los pequeños. Lo que no podemos permitirnos, creo yo, es congresos sin congresistas.

Matrimonios forzados

 

La era del matrimonio forzado está periclitada, salvo que hablemos de negocios. Al menos eso parece.

Cuando hablamos de negocios en la era globalizada, donde reza el dicho que no estar en todos sitios es como no estar, una era que se presume desintermediada y de constante diálogo entre productor y comprador, donde se difuminan los contornos de los papeles tradicionales asociados al círculo de venta y compra, digo, en esa era sin embargo existen clamorosas excepciones. La mayor es el canal de venta asociado a un megadistribuidor. Es obligatorio estar dentro del megadistribuidor. ¿De verdad? La argumentación para fundamentar esta máxima es que la dimensión del megadistribuidor favorece al vendedor porque incrementa su visibilidad, aumenta su impacto y su número de ventas.

Casos como el de Hachette Vs Amazon, o las prácticas de Walmart ponen algunas preguntas.

¿Qué ventaja tengo yo al vender a través del megadistribuidor si este me impone márgenes de ganancia siempre más reducidos? La teoría dice que el incremento de las compensa la reducción del margen (en el peor de los casos) y creciendo las ventas aumenta mi ganancia a pesar de la reducción (en la mejor de las hipótesis). Lamentablemente no se trata de un producto único, que solo yo produzco aunque yo produzca productos únicos (hablando de libros para entendernos, edito libros como muchos otros, pero estos otros no editan mis títulos)., así que tengo que hacer frente a mis competidores. Curiosamente mis competidores se esperan que les ocurra exactamente los mismo. Imposible que ocurra a todos. La fórmula “todos ganan” se revela infundada a menos que creamos ingenuamente en un crecimiento infinito para todos.

Y llega otra pregunta. ¿cuánto puede seguir creciendo nuestro megadistribuidor y a costo de qué o quién?

En fin, parece que nuestro megadistribuidor tiene bastante hambre y posiblemente pocos escrúpulos. ¿Cuántos escrúpulos y cuánta hambre tiene nuestra editorial?

Más preguntas. Nuestro megadistribuidor nos propone recortar nuestro margen de ganancia, en su favor claro, pero ¿que obtenemos en cambio de esta reducción a parte promesas? Se dice que el bien más apreciado es la información que podemos obtener de nuestros clientes y gracias a Big Data afinar nuestra comercialización (si bien para mi se trata solo de saber exprimir más a quien ya nos compra, lo que me plantea una serie de preguntas bastante incómodas, pero ya hablé de eso aquí). Personalmente me parece poco probable que el mismo agente que impone su peso para inducirnos a recortar márgenes se dedique ahora a compartir información, mucho menos si amenazamos con irnos. Así pues, el peso de nuestro megadistribuidor que nos obliga a estar dentro, porque es una ventaja, tiene lados oscuros que a decir poco merman nuestra capacidad de entender lo que nos pasa alrededor y recorta nuestra iniciativa mucho más que nuestros márgenes. Cuanto más aceptamos sus condiciones menos estamos en condiciones de rescindir nuestros lazos con él.

Ahora bien, la cuestión no secundaria de la competencia nos obliga a hacernos otra pregunta. Si nuestro megadistribuidor es también nuestro competidor (y de ese en relación concretamente a Amazon escribí aquí), ¿podemos esperar competir en las mismas condiciones que se da a si mismo nuestro megadistribuidor?

Más preguntas. El objetivo de nuestro distribuidor es distribuir/vender y probablemente sigue el sueño de ser “líder del sector” o “número 1 mundial”. ¿Es ese nuestro objetivo también? ¿Nuestro megadistribuidor nos acerca a él o no?

Sé que a algunos estas preguntas pueden parecerles retóricas, pero interrogan sobre lo que se denomina ahora la “misión” y la “visión” de nuestra empresa, una editorial en este caso. Y eso no me parece en modo alguno retórico, mucho menos un detalle. Se encierra en ello todo los por qué y todos los cómo que están detrás de la decisión de dar vida a nuestra editorial.

Muchos dirán que si existen megadistribuidores como Amazon (y otros que aspiran a ser otros colosos, como ha dejado de manifiesto el First European Digital Meeting, con Fande en el papel de organizador y Casa del Lector en el de huésped, durante la última feria del Libros de Madrid) es porque en su momento las editoriales permitieron con sus decisiones que estos surgieran. La afirmación es válida y cierta. La aceptación de que la externalización de determinadas actividades consideradas no estratégicas por parte de la editoriales ha tenido como consecuencia (juntamente con la progresiva digitalización de las actividades productivas que también han afectado al mundo de la edición, que ilusión hubiese sido pensar que iba a escaparse de ello, es la causa primera de la situación. Una medida a corto plazo para generar caja o flujo de caja y que ha terminado con costar una enormidad a editores y lectores (ese es otro tema del otros pueden hablar mejor). Hachette hubiese podido, junto a otro editores, hallarse en otras circunstancias invirtiendo e incluso hoy en día podría planteárselo sino fuese porque, creo, el dinero tiene miedo.

Si no lo tuviese podríamos ver casos con el Lektu, que agrega a pequeñas editoriales con ideas parecidas pero libros muy distintos. Estos editores no se disputan el cinturón de campeón, conviven entre si con la idea de editar en cierto modo, ciertos libros, en ciertas circunstancias. No es Lektu, claro está, una caso de consorciación sino el de una identificación entre distribuidor y distribuido (y lector también).

Si no tuviese miedo el dinero, poco o mucho o distribuido en modos no predeterminables ahora por mi, Contrabandos podría construir un distribuidor especializado, con un público fuertemente caracterizado. Por ejemplo.

Retomando el hilo inicial creo que es más que posible rehusar el matrimonio forzado que se basa en una serie de presunciones en su mayor parte indemostradas o indemostrables. Creo que antes de casarse es necesario preguntarse si existe una sintonía, si los objetivos son comunes, si las formas de actuación son compartibles o al contrario opuestas y luego responder sí o no. Los matrimonios forzosos no son obligatorios, ni siquiera estamos obligados a casarnos.

 ¿Y si eres un autor? En ese caso recomiendo la lectura de este artículo para cambiar el tercio, por ejemplo.