Dos cuestiones no resueltas en la London Book Fair

London Book Fair suena imponente. Sin embargo la edición en curso ya ha planteado dos cuestiones no resueltas en el mundo de la edición, que son, más o menos, las mismas por doquier.

Cuestión 1

Big Data. En pie ha quedado la reflexión ¿Para qué Big Data? ¿Qué Big Data?  que en inglés quizá suene mejor según sea el propio grado de anglofilia.

Bajo la falsa pregunta ¿qué hacemos con los datos? la #LBF ha planteado sin más el uso intensivo y extensivo de Big Data, en la línea que ya se ha defendido esto precedentemente. Esta línea prefiere pensar que los editores no saben aún cómo usar Big Data y que por lo tanto se fían de viejos métodos acientíficos, lo que relega al editor a una era anterior, predigital (y aún atecnológica): significativo el cierre del artículo con su pregunta retórica ¿quieres ser una dinosaurio o una dinamo? (y hasta aquí pensaba que la dinamo era de verdad algo del pasado).

La pregunta que no se ha respondido es: ¿Ha habido una reflexión sobre qué datos y para qué? No es moco de pavo. Una reflexión así es necesaria para saber exactamente qué se desea saber: la programación, la informática, es predeterminante. Quien haya errado una vez en este campo sabe que modificaciones importantes equivalen a volver a empezar o casi. Responder a estas preguntas previas significa asimismo haber reflexionado sobre qué modelo de edición se persigue. No se trata pues de algo sin valor e intrascendente. Y no hay aun respuesta a esto, que yo sepa, o en el peor de los casos no se quiere explicar el modelo escogido.

Cuestión 2

Los autores autopublicados siguen siendo un problema para el sector y quizá incluso para los autores, más o menos, afirmados.

The Bookseller y GoodEreader dan voz al descontento. Falta de respeto, escritores de segunda división y otras lindezas de esta risma. #LBF no es la única feria que ha manifestado la incapacidad de gestionar la cuestión. Tras esto están: las editoriales que no desean o prefieren o no ver autores que campan a sus anchas si ellos; autores que ponen mala cara pues ven en la edición tradicional la garantía de haber pasado un filtro, mientras la autopublicación permite a cualquiera publicar cualquier cosa (lo cual es cierto también entre las editoriales); una combinación que prefiere poner un coto a las plataformas digitales, especialmente Amazon, y que escoge el eslabón más débil como objetivo; la falta de un interlocutor colectivo al cual dirigirse institucionalmente, como prefiere cualquier feria.

Habrá sin dudas más motivos, pero estos son, creo, los recurrentes y evidentes. la cuestión de fondo es que el sector editorial aún está digiriendo su transformación, pero también que los grandes grupos y actores del sector tiene visiones contrapuestas sobre el desarrollo futuro y no aceptarán más jugadores hasta que las nuevas reglas no se hayan fijado en un sentido u otro.

Epílogo

No soy optimista sobre la institucionalización de los autores autopublicados y quizá siquiera tiene sentido pensar en ello. No creo que una sede como la #LBF sea la mejor para los autores autopublicados. Hay algunas cosas creo que sí podrían hacer los autores autopublicados para defender las propias posiciones, por ejemplo:

  • una red efectiva de colaboración entre autores sería mucho más eficaz que colocarse bajo el ala protectora de una distribuidora digital o una falsa editorial;
  • definir buenas prácticas tendentes a garantizar, al menos, la calidad formal de las obras;
  • buscar formas ágiles de coordinación por temáticas, por ejemplo, si se pretende poder sentarse en foros institucionales;
  • entender que entrar en un mundo profesional requiere profesionalizarse.

Todo esto, claro está, son solo mis opiniones.

 

Paradojas del libro electrónico

Sin lectores y con pocos fondos para las bibliotecas, es decir para que quien no pueda comprarlos pueda leer libros, las políticas de las editoriales son restrictivas en lo referente al libro electrónico: ¿quien será lector mañana?

Sin lectores y con pocos fondos para las bibliotecas, que crea lectores, el sector editorial pretende remontar el vuelo: ¿estamos seguros?

El sector editorial se fagocita creando el mismo ciclo de ventas de una película en cartelera: ¿Acierta?

El sector apunta con el dedo al libro electrónico por no mantener las promesas: ¿las promesas hechas por quien y actuadas por quien?

En realidad los libros electrónicos marcan el fin de las editoriales como posesoras de un estándar de edición y su nuevo papel como receptores de estándares pensados por otras industrias: adiós al lector como centro porque ya no es él para quien se piensa en producto.

Las editoriales no desarrollan el libro electrónico porque no pueden establecer sus características, su marco de uso, su transmisión (en algunos casos ni siquiera comprenden que siendo la misma obra no es el mismo libro). Ante estas circunstancias, donde diversos otros actores (distribuidores, codificadores, constructores de dispositivos lectores) juegan un papel tan o más importante del mismo editor, éste no ve porque añadir a sus tareas y competencias el libro electrónico, lo cual determina, de paso, una progresiva futura disminución de su papel; un síntoma es la autopublicación como alternativa. Estas mismas circunstancias determinan que el editor no sea el mayor beneficiario (ni el autor, desde luego) en el reparto de porcentajes de la venta del libro.

Así pues resulta extremamente paradójico que el libro electrónico haya llegado a ser una esperanza para el sector. Más bien, diría yo, ha servido como chivo expiatorio  ante una situación estructural resultante de una serie de decisiones e inacciones del sector durante los últimos veinte años. Una crisis estructural que subraya despiadada el hecho de estar ante un sector no industrial que actúa como si lo fuese; otra paradoja más al descubierto a propósito del libro electrónico.

Sumemos a esto resistencias metodológicas culturales, prácticas, retóricas (mis favoritas son el olor de los libros, benditos ácaros y hongos, y la herencia de la biblioteca, como si las casas las regalasen) y nos hallaremos ante una situación paradójica: siendo el libro electrónico un formato con futuro los editores han decidido desentenderse de su definición y práctica. El sector editorial busca con desesperación una rentabilidad que le saque del agujero que ha excavado comportándose como una industria sin serlo, tratando la cultura como un elemento retórico y no como un hecho sustancial, trabajando como otros sectores con otras premisas, usando la tecnología en modo superficial (casi creyendo que será la tecnología la que resuelva los problemas y no una estrategia que subyace a su uso; que nadie se sorprenda entonces de la pervivencia de programas de conversión y del concepto mismo de botón mágico porque revelan el marco conceptual en el que se mueve buena parte del sector editorial).

El libro electrónico es el libro que ha sacado a relucir todas las ineficiencias y vulgaridades de un sector incapaz de redefinirse y aún diría incapaz de trazar una estrategia de defensa de la cultura no económica.

Una brevísima reseña a propósito de “El libro como sistema: hacia un nuevo concepto de libro.”

Reflexiono brevemente sobre el libro (el libro electrónico) a raíz de la salida de Alonso-Arévalo, J. and J. A. Cordón-García. “El libro como sistema: hacia un nuevo concepto de libro.” Cuadernos de documentación multimedia vol. 26. (2015) (accédase desde aquí). 23 páginas interesantes.

Lejos de mi entrar en una discusión docta sobre aspectos de calado sin tener a mis espaldas un estudio de investigación serio. Sin embargo me quedan algunas cuestiones en el aire tras la lectura del trabajo. Vaya pues por delante que lo que siguen otra cosa no son sino mis personales opiniones.

Una primera cuestión que evidencio es que la edición electrónica lleve directamente a un incremento del número de lectores: ninguna conexión directa parece avalar esta tesis sino un gran optimismo (“de ahí que no resulte baladí la hipótesis de si la reducción de los costes de producción, imputable al entorno digital, implicará una ampliación del número de lectores.” p. 27). Cuando algunas líneas más tarde leo “Muchas formas de ebooks son relativamente baratas de producir, ya que no requieren de una gran infraestructura de producción y edición.” empiezo a tener claro que existe una gran desinformación y que la visión optimista de antes no obedecía a un cálculo que incluyese le web sino y solo el optimismo radical tecnológico. ¿Cómo es posible que se piense que la edición no tiene coste a no ser que no se sepa que es la edición de libro? Podré coincidir conque sea menor (con un adecuado flujo de trabajo), pero no que este sea inexistente a menos que la edición sea inexistente.

No mejora la situación que se proceda a cierta confusión más tarde (pocas líneas y sin punto y parte, por ejemplo) se declara “Son muchas las empresas y sistemas que favorecen la autopublicación,…” coincido, hacen posible la (auto)publicación, no la edición. Reitero la necesidad e esclarecer los términos y usar una terminología correcta (que para empezar nos ayudará a entender de qué hablamos), clara y distinta.

Muy interesante es la reflexión bajo el epígrafe “Las nuevas características de los libros”. Creo sin embargo que la identidad e las editoriales digitales, las que ofrecen libros electrónicos editados, se crea partiendo de la inclusión de muchos de los elementos que el párrafo menciona, haciéndolos usables, conformando una identidad que pasa a basarse en el contenido y en su edición, además del uso de la coherencia-cohesión temática y formal de la edición en la constitución de colecciones, que por muy intangibles que sean se identifican en los nuevos conceptos que expresan en si.

Insostenible el párrafo titulado “La disrupción”

Asumir que analógico es privativo y digital social es definitivamente erróneo. De la creación literaria del Renacimiento a experimentos de creación conjunta, de liberación de contenidos o de socialización de los mismos hay abundante bibliografía, pero bastaría pensar en las experiencias realizadas en primera persona para comprobar que no es así. Se podrá rebatir diciendo que se trata de algo marginal, pero no que no es posible: “…lo social, lo abierto y el remezcla, valores que estaban ausentes en el contexto analógico.” Es cierto que estos “valores” pueden ejercerse en el ámbito digital, pero no son necesariamente mayoritarios. En cualquier caso parece no tenerse en cuenta las múltiples restricciones al uso y acceso a los contenidos así como las legislaciones restrictivas (que han fomentado la creación de licencias de explotación alternativas, aplicables también a contextos analógicos). Me resulta asimismo curioso que después se aborden los modelos de negocio como si estos fuesen una expresión de la creatividad. Sobre todo porque cuando se ha mencionado el ecosistema del libro (en la introducción) estos modelos estaban ausentes y temo que hubiese ya modelos de negocio en los remotos tiempos de Gutenberg.

Menos de acuerdo me encuentro poco más adelante cuando la reimaginación tecnológica tiende a excluir al lector del control del contenido pues accede a él a través de programas o apps; programas propietarios por lo general, que excluyen al lector a menos que no tenga habilidades de programación; cualquier otro caso es, sin más, las opciones que el programador ha habilitado para el lector y por lo tanto, consciente o inconscientemente, más limitadas y limitadoras que las que el lector podría imaginar por su parte.

Desintermediación”, qué mito

El mito más resistente es el de la desintermediación, que precisamente cultivan los nuevos intermediarios.

Cualquier examen somero de la realidad confirma que las plataformas de intermediación crecen y que el autor que autopublica lejos de estas lucha en condiciones que son otras respecto a las que se suelen publicitar.

La edición electrónica no ha producido ninguna desintermediación, lo que ha hecho, en el caso de la autopublicación, es trasladar los papeles del editor al autor, pero conservando una dinámica de acceso al mercado o a los lectores diferente (nuevos son los sujetos, no siempre) pero idéntica a la anterior (sustancialmente iguales son los mecanismos). Que el autor asuma ahora los papeles del editor y que siga precisando del editor (aunque por lo general ignora esta figura), no le libera de encontrar nuevos sujetos que realicen parte del trabajo (de la reseña de la prensa al youtuber: un nuevo salto que refleja sin embargo el mismo concepto de base, que una auctoritas, cuyo reconocimiento se asentará sobre bases otras o nuevas, sancione que su libro es X; bueno, malo, excelente, divertido,imprescindible, una obra maestra, etc…). No podrá ignorar que deberá entonces gestionar el ISNB. No podrá ignorar que no podrá comercializar sin un distribuidor a la plataforma de autopublicación. El salto no puedo esconder que el mecanismo permanece casi inmutado aunque sujetos actuantes y modalidades sean distintas.

La socialización

Que para defender el concepto se cite a Borges, que no conoció el fenómeno digital, revela buena parte de la vacuidad del concepto que se quiere expresar con “lectura social”. Me hallo en desacuerdo completo. En primer lugar porque la virtualización de la lectura se realiza en al lectura misma y cualquier discusión en un foro, físico o virtual, entre lectores normales no se hará con el libro presente (y entre lectores doctos tampoco, porque entonces, por regla general, se saben el libro del que hablan al dedillo)

Conclusiones.

A pesar de todo esta es una lectura estimulante.

No puedo decir que no se estén escribiendo libros electrónicos que suponen un nuevo modo de leerlo, ni tan siquiera que que la normal lectura de hoy no implique un modo diverso de leer. Estoy sin embargo en desacuerdo a que esto ocurra siempre para todo lector, que los escritores hayan comprendido las posibilidades y que el mercado acoja de inmediato estas novedades.

Lamento no haber hallado en el texto una sola referencia a las limitaciones que el hardware impone hoy a la edición del libro electrónico así como referencias a estándares de publicación: estos puntos presentan notables carencias. Creo también que se sobrevalora la capacidad el auto autopublicador se comprender, actuar y controla su obra así como en general la tendencia a lo colaborativo y social, que el mercado combate con toda la fuerza que le es posible ejercer.

Errores, ¿ocasionales o sistémicos?

Nada ni nadie está libre de cometer errores. En algunos casos son errores nimios, se te cae el vaso de agua sobre la mesa; habla de torpeza o de falta de atención o en el peor de los casos de ambas. Otros errores ponen en evidencia un sector productivo y los vicios que va contrayendo con el tiempo; en efecto, como el lector despierto habrá adivinado, estoy hablando del último resbalón editorial.

El caso de Grijalbo con el error de impresión de Grey (17,90 € en tapa blanda) pone de relieve lo que a mi juicio es siempre más frecuente: un descenso en el cuidado de la labor de edición y un decaimiento de la calidad del libro (no hablemos ya de las versiones del libro electrónico, donde estándares y otras cuestiones son hasta hoy no más de un accesorio). Como ya he declarado, no hay nadie que esté libre de haber editado y publicado un libro con errores, pero en algunos casos de ha corregido poniendo a disposición una versión depurada. Así el error de Grijalbo no pasaría de ser otro más en una cadena.

Lo lamentable es que el error se haya imputado al impresor, cierto o no que sea, y que la solución sea una página adjunta que imprimir en casa: página con el nombre de archivo y los cortes de imprenta bien visibles, es decir lo peor de la dejadez.

Lo lamentable es que este tipo de errores reflejan una tendencia creciente. Se reflejan aquí errores en el flujo de trabajo, en la contratación de personal externo sin controles sucesivos, en la desatención al producto final. Y no es solo un caso ibérico. Para muestra un botón de un libro publicado por Einaudi (por 14€, un error repetido varias veces a los largo de la novela).

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Ahora bien, si esto es lo que hay, si esto el lo que puedo esperar obtener en cambio de mi dinero, aquí hay algo que no funciona. No es posible que la diferencia entre edición profesional y autopublicación se difumine, no es aceptable que se aplique el adjetivo profesional a libros mal corregidos, mal traducidos, mal maquetados, mal imprimidos y mal codificados (en el caso del libro electrónico). Si se me exigen 17€ quiero que lo merezca. Si se me exige respeto por el editor y su labor, quiero ver sus frutos, quiero calidad. Eludir este compromiso (e insisto que el caso de Grijalbo me sirve como excusa para hablar de una tema general) es manifestar una falta de ética del editor, para con su trabajo, para con el autor y para con el lector. Eludir este compromiso es acercar al autor autopublicado a una centralidad y relevancia que el editor le niega por sistema, sin poner sobre la mesa lo que debería distinguirle positivamente; o en otras palabras sencillas pero no tiernas, el autopublicado avanza porque el editor retrocede.

Nada ni nadie está exento de errores, pero ocurren. La cuestión es si son ocasionales o sistémicos. Creo, quiero ser optimista, que nos estamos acercando a un punto de inflexión (no que estemos en en él) y que lo sistémico dejará paso a lo ocasional, especialmente en el libro electrónico.

Ps: Aquí dejo un enlace a un artículo recientísimo sobre la misma cuestión.

Peretz y Zara, o el hilo rojo de tres noticias

Tres cosas, tres noticias distintas se han sumado en mi cabeza como parte de un puzzle a propósito de la edición, los editores, los lectores y los libreros.

Voy por partes. La primera ha sido la discusión en torno a la autopublicación como desafío para los editores (véase aquí un resumen de tal discusión). No voy a entrar en la discusión, que por otro lado es bastante interesante, sino que desearía subrayar dos elementos mencionados en el artículo: la importancia de los metadatos y por tanto del flujo de trabajo (y aquí temo que los auopublicados juegan con desventaja porque los metadatos con frecuencia los decide la plataforma en la que se apoyan, así que sea por lo que sea que autopublican la mayor autonomía queda descartada); el segundo es que se necesitan más datos para obtener una imagen clara (los mismos tertulianos debatidores apuntaban en esta dirección). No deja de ser curioso que en el tiempo de Big Data, de la exigencia de transparencia (aquí no hay empresa que no se llene la boca con esta palabra), de hecho vivamos en la más completa opacidad. Esto puede deberse a dos cosas: los datos que se tienen, quien los tenga, no son completos o no se saben interpretar o incluso se interpretan desde un punto de vista que supone una toma de posición anticipada y por tanto un lectura ex ante; o bien teniendo en cuenta que los datos son el nuevo petróleo, no se sueltan ni en broma. Personalmente me inclino por la suma de ambas a lo que sumo la continua vulneración de la intimidad (y el regulador mira a otro lado o bien no sabiendo los datos de los que efectivamente disponen las empresas, o no pudiendo demostrarlo, que es lo mismo o peor, no hay pena ni castigo).

Conclusión es que la unión autor-editorial está muy maltrecha, que las editoriales no saben como rehacer su trabajo (como flujo, como negocio y como, en última instancia, propuesta de una visión del mundo a través de su catálogo; ¿la poca importancia del catálogo para el lector tendrá que ver con la desestruturación que hemos sufrido en el plano conceptual, con la destrucción de toda posibilidad de creación de horizontes alternativos? Me lo pregunto aunque no tengo aún una respuesta que me satisfaga), lo que les lleva a asumir el papel de plataforma de autopublicación.

La segunda cuestión era la decisión de los libreros italianos de no vender el libro del capitán de navío de la nave Concordia, naufragada con buen número de víctimas (aquí la noticia sobre Livorno, aunque en toda Lombardía tampoco puede hallarse). Bien, la polémica es si vulnera la libertad de expresión, la libertad de defensa (aunque el capitán ya ha sido condenado, se atiende el resultado del recurso interpuesto) o la libertad de conciencia. De retruque pone sobre el tapete una cuestión más delicada: ¿qué papel debe jugar un editor? ¿debe ser filtro? ¿debe mantener una actitud ética? ¿la cuenta de resultados es la única referencia válida? No se juzgue con ligereza. En el fondo Graus Editore no mantiene una línea muy distinta a otras editoriales, aunque sin duda con menor buen gusto a juzgar por el catálogo. La cuestión de fondo es la oscilación entre la visión que indicaba antes (propuesta de una visión del mundo a través de su catálogo) o la visión como negocio más allá de otra consideración. Arte difícil este de ser editor de una editorial.

La tercera es menos una noticia y más una historia. Me contactó un escritor para que le asesorase, así entendí en primera instancia, sobre su libro. Al indicarle que primero había de leerlo y luego le daría mi opinión sobre los cambios que hubieren de hacerse si era menester y después corregir el texto y pulirlo de errores. la respuesta fue: el texto es perfecto así. Su idea era que los editores de medio mundo se darían de tortas para publicar la obra porque él, el autor, estaba convencido de que su libro salvaría a la humanidad. Lo sorprendente es que esta es una actitud muy extendida, que con frecuencia lleva al autor a la autopublicación. Al margen de este nivel de autosuficiencia, lo importante es que la autopublicación apareja con frecuencia al carro para ir directamente al peligro de la publicación sin edición: a mi juicio un editor debería sacar ventaja de esto.

Si no estaba claro el hilo de conductor de todo esto es el mismo, qué ética debe exhibir un editor, qué compromiso con su trabajo y con el lector, amén del autor, qué espera hacer de/con su trabajo y quizá el concepto puede abarcar el secvtor editorial por entero. La cuestión es importante y debe responderse mucho antes de empezar a publicar y mucho antes de empezar a preocuparse con el balance de la empresa. Y luego, imaginación, que al parecer es algo en desuso.

Lo que un autor autopublicado puede aprender de un niño

Es curioso como en ocasione de banales anécdotas pueden recabarse lecciones preciosas. Sin ir más lejos a fines de la semana pasada el hijo menor de un amigo me proporcionó el tema de mi entrada de hoy, sin él saberlo, claro.

Este zagal estupendo de unos 7 años, sabiendo por su padre que me dedicaba o había dedicado a los libros me trajo su libro. Un libro que había escrito, paginado y encuadernado: en efecto, imitando en todo a un libro impreso corriente lo había escrito (una novela negra de tintes psicológicos, en su nivel de edad), había pegado los folios escritos a unas hojas para darles más resistencia, le había puesto una portada con el título de la obra, había encuadernado el conjunto y finalmente le había puesto un precio, porque la idea final era que una amiga suya lo vendiese en la plaza del pueblo.

Le dije que me parecía un libro estupendo, lo que por otra parte era cierto.

Desde un punto de vista profesional era evidente que había cometido diversos errores. Cuando me puse a elencarlo me salieron estos principales:

  • no tenía una portadilla
  • no tenía un índice
  • no había numerado las páginas
  • las páginas mismas no eran homogéneas
  • no había editado el texto
  • no había corregido errores ortográficos ni gramaticales
  • había cierta falta de congruidad en la narración
  • la cubierta era algo anodina

Teniendo en cuenta la edad de autor y los medios a disposición, todo esto era descuidable. Sin embargo estos mismo errores son comunes entre los autores autopublicados.

Veamos.

El autor, sobre todo en las primeras experiencias como tal con frecuencia pierde de vista pequeños detalles que aumentan la legibilidad de su obra. Detalles como incoherencias de lugares, colores, frases, intervenciones de personajes, perfil cambiante del personaje sin que haya trazas de evolución del mismo, etc…: son errores de congruencia. Por otro lado en ocasiones el orden de la obra puede ser mejorado, aunque suponga una trabajo extra para el autor. Y ya no menciono la posibilidad de crear una obra que sea la misma, pero no idéntica, para cada formato del libro. Nuestro zagal no ha tenido en cuenta nada de esto. Muchos autores autopublicados están demasiado seguros de si, demasiado pegados a su creación para ver estos detalles.

Otro error es el de no corregir errores: la corrección ortotipográficas se la deja al corrector de texto del ordenador en que trabaja: craso error.

Nuestro jovencísimo autor ha realizado una portada una poco anodina pero que en el fondo resume bien la novela con una imagen y el título. Muchos autores autopublicados caen en el error de acumular objetos y referencias en la cubierta. La verdad es que la cubierta en un espacio muy limitado y no lo acepta todo ni puede decirlo todo sino que debe decir lo esencial.

Cuestiones como el paginado, el índice, la portadilla quedan resueltas por el distribuidor al que el autor autopublicado fia su obra. Lo que no tiene en cuenta es que incluso esto podría estar mal resuelto o incluso no estar sino en lo que la ley obliga, es decir la portadilla y poco más.

Lo que nuestro temprano autor y el autor autopublicado no han contemplado es que su capacidad de influenciar decisiones o participar en la difusión de la obra no es muy amplia en contra de los que creen, si es que han meditado sobre ello: estoy seguro que el zagal no lo ha hecho. A menos de realizar una intensa actividad de promoción por cuenta propia el distribuidor no hará nada o no hará gran cosa por ella: su negocio se basa en millares de obras rindiendo cantidades marginales y unas cuantas obras rindiendo muy bien. La suma será siempre a su favor en función de cantidades astronómicas de libros en venta. Lo mismo el autor autopublicado que el zagal que se fía de su amiga para vender la obra no le queda que esperar.

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Apenas un recorte y ya no podemos ir viendo cierta cantidad de errores de este anónimo autor autopublicado.

En resumen, nuestros protagonistas han cometido los mismos errores: han subestimado el cuidado de los aspectos formales del libro y se han contentado de acercarse a los mismo; ambos has descuidado aspectos narrativos; ambos han creído que su trabajo estuviese terminado sin estarlo. Lo peor de todos ello es que si todo esto es aceptable en un niño de 7 años, resulta inaceptable en alguien que pretende ganarse la vida escribiendo sin ofrecer en cambio un trabajo terminado y profesional: el autor autopublicado debe dejar de creerse un ónfalos absoluto que sin embargo no ofrece al lector una obra a la altura, es decir profesional: es hora de confiar en profesionales o bien asumiendo el coste que significa hacerse con su prestación o bien dirigiéndose al editoriales que trabajan con estándares de calidad, muchas o pocas que sean. Todo lo demás en un puesto en la plaza del pueblo para vender buena voluntad.

Yendo de compras en el sector editorial

Tuiteaba el otro día Manuel Gil Espín que las editoriales chinas están interesadas en hacer compras en España. El mismo autor del tuit se pregunta si está es la solución del sector. Teniendo en cuenta el ritmo de ventas de editoriales a grupos extranjeros, cuesta decir que no. Lo curioso es que eso no es tendencia para los predictores del futuro del sector editorial en España.

Es una tendencia de desmovilización del capital en el campo de la edición; capital financiero (pues, repito un vez más, este es un campo de baja rentabilidad que se pretende mejorar aumentando la rotación a ritmos suicidas, un modelo de negocio igual al bazar de los chinos, si ofender a nadie) y capital humano.

Lo que se derive de esta compra masiva está aún por ver. En otros sectores diríamos que así se diluye y desaparece el saber hacer y los conocimientos implícitos de los editores españoles. No voy a discutir si esto es cierto o falso, creo sin embargo que lo que de hecho comprarán, amén de sellos y el prestigio que detienen estos, y quizá una forma y una idea de edición que ha día de hoy no está dando resultados brillantes.

En cualquier caso, si esta tendencia se afirma se me ocurren algunos interrogantes:

¿Qué saber hacer han traído o traerán, si traen, los adquirentes?

¿Aportarán cambios en la concepción del ebook en español?

¿El mercado español será siempre más un apéndice del mercado internacional?

¿Los autores españoles tendrán aún editoriales que les acojan?

Por último, ¿estas adquisiciones serán exclusivamente de editoriales o veremos también comprar plataformas digitales de venta y plataformas de autopublicación?

Desde luego no tengo la bola de cristal que dé respuestas a todas las preguntas. Tengo, sin embargo, impresiones. Mi impresión es que todo este proceso no aporta ninguna modificación de fondo al modelo existente, acaso acelera y potencia un modelo, que se basa en conocer cómo hacer más presente el libro, aumentando su velocidad de consumo y como reducir sus costes de producción, más que en cómo conocer al lector (es decir dialogar con él) y como dar valor al libro. La edición española va a quedar, pienso, en manos de los editores independientes, incluyendo los que se dedican en exclusiva al #ebook. El reto ahora para estos editores es ir al encuentro del público lector (de los grandes lectores).

Balcells-Wylie: ¿notas sobre el Cretácico editorial?

 

La noticia de la mueva megagencia furto de la unión de la agencia de carmen Balcells con Andrew Wylie ha causado revuelo aquí, en este país.

Creo que es una noticia que tiene su importancia y peso, pero solo en ciertas dimensiones y ciertos modos de entender la edición y aun diría el mundo.

Voy por partes.

La primera cosa que parece demostrar esta unión (poco importa si se trata de una fusión, de una compra de una vez o en tramos) es que la desintermediación no existe, al menos no en ciertas escalas dimensionales y de prestigio.

Los enormes grupos editoriales prefieren un solo interlocutor a varios para negociar los derechos de autor (esto viene a ser lo que infiero de las palabras de Lamadrid), aunque eso represente, en principio, negociaciones más duras. Esto parece que debería marcar una actitud de mayor prudencia hacia una agencia tan grande, y sin embargo…

Quizá esto se explica porque las plataformas de autopublicación que los grandes grupos editoriales están creando fomentan viveros de fácil acceso para estos grupos, menos para las agencias, que por otro lado deben hacer frente a un número de potenciales escritores que resulta inabarcable. En cierto modo, creo, los grupos editoriales esperan que la superabundancia juegue a su favor. A menos que no se produzca un cambio de orientación entre los autores. Un cambio que tampoco debe, por fuerza, favorecer a los agentes. En cualquier caso, como no tengo la bola de cristal ni predigo el futuro, no puedo decir como avanzará y se desarrollará o si lo hará siquiera la desintermediación, ese aspecto en el que la era digital ha influido tanto y por tanto que resultados veremos.

La paradoja es que a los autores con agente, sobre todo a los menos notos, la cuestión les deja en un terreno más incómodo: el temor de pertenecer a una gran escuadra donde son autores de segunda división.

Y resulta más parodójico aún que la fuerza o mejor el prestigio (que da fuerza simbólica y real) de esta megagencia resida el su nómina de autores muertos.

Esto es, creo, el motivo por el cual a largo plazo los grandes grupos editoriales tienen poco que temer de la suma Balcells-Wylie. Si resisten claro, porque las principales preocupaciones hoy vienen por otro lado.

Impactos

La patrulla de salvación ha puesto de relieve que el impacto mediático de la fusión ha sido enorme aquí y nulo plus ultra. Se me ocurren dos razones. Una es que Wylie es más grande que Balcells y por lo tanto sorprende poco lo del grande y el chico. Otra es que teniendo en cuenta los índices de traducciones sobre el total de títulos publicados hace de esta fusión algo relativo. Cierto que Wylei tendrá más autores ‘hispánicos’, pero eso allende el Atlántico tiene un peso menor. Al contrario con los índices de traducciones sobre el total de títulos publicados de las editoriales locales, Wylei tiende a incrementar su capacidad de pegada.

Luego no estaría de más comprobar que los pesos relativos y las edades de los principales sujetos implicados para hacer sospechoso de chovinismo el término fusión.

A quienes no están dentro de estas agencias y no están en la órbita de los grandes grupos editoriales este movimiento no parece que vaya a tener excesiva importancia, aunque si relativo impacto. A fin de cuentas juegan en potra división.

Los espacios

Es impacto disminuye si existe la capacidad o voluntad de esos autores y sus pequeños editores de seguir una línea de resistencia, de edición pobre (como la define Gabriela Torregrossa).

No mucho ha Wylei declaraba su antipatía por el libro electrónico, que en algunas lecturas esconde su antipatía por Amazon. Podría. También podría ser que en la visión de Wylei la lectura sigue constituyendo una señal de pertenencia clasista (viene de donde viene, se educó donde lo hizo, hace lo que hace, como diría una conocida mía, blanco y botella: leche). El libro electrónico no reúne ninguno de los rasgos distintivos que le permiten constituir su mundo simbólico alrededor del libro. En todo caso y al menos en corto plazo (a medio plazo dependerá, creo, de como resiste a los embites de estos tiempos) el impacto de la fusión en la edición digital no parece que vaya a ser significativo.

El cretácico editorial

En el cretácico los dinasaurios aumentaron sus dimensiones por motivos defensivos ante depredadores potentes y por motivos ofensivos ante presas más grandes. Y lo que parecía una estrategia vencedora no lo fue.

Es fácil ver como se están produciendo movimientos agregativos, que consienten ganar peso, ya sea entre editores, distribuidores o agentes. Se presenta esto como una estrategia defensiva ante otros grandes grupos (fundamentalmente más avanzados en aplicación tecnológica). Editoriales gigantescas, agencias gigantescas y distribuidores gigantescos. Un cretácico editorial.

Es igualmente fácil ver que las analogías se terminan en este punto. Pero…pero en una época como esta las deudas arrastradas, el peso de la financiación, la volatilidad de los mercados en sociedades que cotizan en la bolsa, la superproducción editorial, la velocidad de rotación de los títulos, los costes estructurales de semejantes corporaciones…en definitiva su propio tamaño, parecen ser más un obstáculo que una ventaja: un cretácico editorial.

Sigo creyendo que la edición no es, ni será, un negocio de grandes márgenes económicos y me convenzo siempre más que el futuro reserva un lugar para los editores pequeños que sepan hacer una red de información, de intereses, de acciones. Los gigantes antes o después desaparecen hasta de los cuentos. Dicen.

No deja de ser una opinión, desde luego, la mia en particular.

 

 

 

Amazon, ese editor.

Debo reconocer que Amazon tiene un brillante equipo de comunicación o admitir que las restantes plataformas de autopublicación no tienen ni siquiera un equipo.
Digo esto porque en Amazon está jugando fuerte y muy bien sus bazas en el año en que se ha pronostica en aumento de la autopublicación (obviamente cabe pensar que la misma proclamación de este pronóstico no es ajena a Amazon).
Antes de continuar he de declarar que no soy un especialista en Amazon, nunca me interesó mucho lo que Amazon hiciese, ni lo que hace, así que lo que se leerá a continuación son impresiones y deducciones.
No me detengo en los orígenes de Amazon ni en su, en teoría, innovador modelo de negocio. Voy al grano.
Son notables lo esfuerzos que ha realizado esta empresa para atraer a los autores que han decidido autopublicarse. Y un esfuerzo debe obtener necesariamente una recompensa, que en el caso específico que nos ocupa es la obtención de una cuota de mercado lo más amplia posible. Sin ofrecer datos incontrovertibles, mezclando datos totales con otros sin especificar y sin categorizar (se traza una burda identidad entre descarga y venta y entre venta y venta de ebook ) y sin poder comparar la importancia de su impacto con una escala global que no está a disposición, Amazon consigue crear la idea de nos hallamos una magnitud considerable. Lo hace a través de noticias como la que ofrece La Vanguardia, que recoge un despacho de agencia y lo publica sin más (o con tan poco más que no me resulta apreciable). Y hasta aquí el juego de recitación del propio papel.
Lo que se explica peor es porque nos agitamos todos tanto ante un comunicado de prensa tan poco preciso.

Ventas de autores autopublicados
En una entrada del blog The Passive Voice (esta entrada) vemos unos gráficos muy ilustrativos.

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Lo primero que destaco es la ambigua forma de presentación entre Amazon Published y Uncategorized – Author Publisher.

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Apenas un 3% del total publicado y un 9% de las ventas diarias.
El por qué es fácil de entender. Amazon hace ya un tiempo que actúa como editor y nada le impide que sus algoritmos ofrezcan una ventaja a sus propios títulos. En otras palabras, Amazon no vende autopublicados, vende Amazon.
Lanzo una hipótesis: las actuales condiciones de de retribución de los autores autopublicados van a ser modificadas en breve en formas más o menos radicales. Esto por dos motivos: porque la casa que Amazon se lleva a cuestas cuesta siempre más, porque en breve estará en condiciones de imponer nuevas condiciones toda vez que habrá creado vínculos fuertes entre Amazon y los compradores y quien salga del corral verá que vende menos.

 

 

Pesando un elefante por su sombra

No soy adivino ni tengo ganas de convertirme en guru de nada, sin embargo lo que si tengo es opinión y una visión de cómo está y hacia donde puede ir el mundo editorial (del mundo del libro no sé que decir que le va a ocurrir, porque hasta hoy, en una forma u otra ha sobrevivido a casi todo).

Esta opinión no es optimista, en el sentido que no tiendo a ver las cosas en su aspecto más favorable, sino realista, en el sentido que tampoco creo que nos encontremos en una situación sin salida; una salida que no será, por decirlo de algún modo, al gusto de todos, es obvio.

En los artículos anteriores he ido exponiendo mi visión personal sobre el mundo de la edición y de las editoriales, especialmente de las pequeñas y micro editoriales que es el que conozco mejor (si acaso “conozco” alguno). Esta visión tiene algunos ejes que resumo en: colaboración (a varios niveles entre editoriales), ideación del mundo (que se refleja en el catálogo), decrecimiento (que se refleja en la renuncia a la participación en la idea de un crecimiento económico, que a su vez mercantiliza los dos ejes precedentes).

Del porque de estos ejes, como si fuese una justificación, es de lo que hoy quisiera escribir.

El futuro no es de color rosa. Cualquier indicador económico que se escoja indica un reducción de nuestra futura capacidad de gasto, lo que implica necesariamente la contracción del mismo en pocos campos: comida, habitación, transporte, salud.

En este panorama la cultura, mejor dicho los productos culturales, pasa a un plano secundario. Bien lo saben las editoriales que han visto caer las ventas y crecer las devoluciones mientras se empecinan, en muchos casos, en mantener una producción de títulos exorbitante. A decir verdad, en algunos casos ya se ha empezado a trabajar en una mínima reducción. En otros casos, pocos, todo lo contrario. La consecuencia directa es que, espero equivocarme, al próximo otoño van a llegar muchas menos editoriales. En primer lugar las pequeñas o micros. Luego las pequeñas y medianas con una deuda alta, cuyo potencial de arrastre es ignoto pero que intuyo no será tan limitado como se desearía.

El cuadro resultante parece dejar todo en manos de los grandes grupos editoriales. En mi opinión es solo un cuadro transitorio. Los grandes grupos, como los grandes dinosaurios, desaparecerán. Se redimensionarán. Proliferarán los pequeños mamíferos resistentes de la gran hambruna y los nacidos después de la extinción de los grandes saurios. Y no se librará de esto la autopublicación. Un nuevo sistema ecológico está por establecerse.

¿Será mejor entonces? No lo sé. En cierta medida, como he dicho en otros artículos, dependerá de las medidas que tomen las pequeñas editoriales, de la visión de futuro que escojan, de su capacidad para actuar esos tres ejes que he apuntado.

Y todo esto, ¿por qué?

Como ya escribí, el sector editorial ha vivido la seducción occidental del productivismo y la fiebre del crecimiento infinito (con un número, por contra, muy finito de lectores, en este país especialmente). Y en ese proceso y a mi modo deber el mundo editorial vive la intensa depauperación de sentido al que le ha sometido el mundo económico en que vivimos (ese poblado por el homo oeconomicus). En ese mundo la producción del libro como explicitación de cultura vive una intensa banalización. La economía valora lo que se tiene y no se tiene, se minusvalora «lo que hace ser» es decir no se cuenta lo que cuenta (lo máximo es contar sus consecuencias, como pesar un elefante por su sombra). Económicamente hablando los bienes relacionales son bienes solo en un sentido metafórico; la cultura con todos sus efectos queda fuera de la economía y se contabilizan solo sus resultados tangibles que constituyen sólo una parte. Sin duda la dificultad es establecer que relación proporcional o inversamente proporcional existe entre lo tangible y lo intangible, en que medida el crecimiento de uno implica la disminución del otro o si bien se trata de una relación mucho más sutil y menos mecánica. Sospecho que la parte intangible supera y con mucho el impacto tangible que contempla una parcialidad de las formas y de la forma de la cultura y esto porque resulta incongruente pasar por la valorización económica las variables no económicas. Sospecho que para descubrir el valor social y relacionan de la cultura hay que deshacerse de la obsesión de la medición económica.

 Si el libro es un bien relacional y lo es (si no, ¿qué sentido tienen la bibliotecas, lo clubs de lectura o la “lectura social”?), la industria y los profesionales que le pertenecen deben por fuerza pasar de lo económico a lo relacional, resituarse en un mundo productivo en el que lo primario no es el consumo del libro sino el valor del libro. La consecuencia será no una ética de la renuncia, sino una ética comprometida con la conciencia de lo finito (que no es lo limitado en su variedad, por cierto).

 Sigo pensando por tanto que los ejes (colaboración, ideación del mundo , decrecimiento), son el futuro de la edición y no solo. Si esos ejes se realizan veo el nuevo panorama como un red, multiples centros (editoriales) cada cual con su propio centro y una red de actividades diversificadas, en la cual la existencia y la realización pueden encontrar, espacio, cohesión, diversidad y nuevas relaciones.