Como si el libro siempre hubiese sido así

Es tentador pensar que las cosas son como las vemos, contemporizar el pasado es una de las consecuencias de caer en esta tentación. Sobre todo es fácil explicar entonces como nuestros favoritos son mejores que las novedades que los sustituyen o completan.

Pensemos, por ejemplo, en los libros.

Es frecuente usar como argumentación sobre la superioridad (y ya el término no me gusta) del libro impreso sobre el libro electrónico, la mayor calidad caligráfica, de definición y de detalle en el libro impreso. Se reportan entonces ejemplos de magníficos libros desde muchos años atrás (inútil especificar si del s. XIX o de 1989) hasta hoy.

La cuestión sin embargo es falaz. Lo es por dos motivos. Uno, porque el libro electrónico no es ni debe ser una transposición digital de un formato impreso: reducirlo a este concepto es muestra de pereza factual y conceptual, pero también manifiesta el grado de maltratamiento que el libro electrónico recibe desde su concepción en el sector editorial. Dos, porque presenta y propone el libro impreso desde un punto de su desarrollo tecnológico y formal, mientras el libro electrónico se halla, por diferentes motivos, en un estado aún incipiente; basta pensar a cuánto tiempo ha sido necesario en esta veloz situación tecnológica para que los comunes dispositivos lectores aceptasen el formato 3.o del ePub. Es inútil mencionar la diferente velocidad de las revoluciones tecnológicas sin aportar una escala razonada con datos verificables y porque además habría que incluir la escala del esfuerzo en innovación tecnológica en ambos tipos de libro a lo largo del tiempo y cuantificarlos, empresa que más que ardua me parece imposible y en cierto modo irrelevante.

Es mi modesta opinión que más que centrarse en estos debates estériles, en estas denigraciones insustanciales, sería mucho más productivo para el sector editorial reflexionar sobre la dimensión total de la revolución digital en el proceso de edición, sobre la naturaleza del libro electrónico y sus necesidades específicas, una reflexión sobre su tipografía y la definición de una terminología nueva y para terminar sobre la dirección que se desea imprimir de un modelo económico en transformación, porque también hay algo que decir en este campo y no conviene dejar que las decisiones las tomen siempre otros.

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Sobre el libro impreso y el ebook

Me enzarzo esta mañana en Tuiter en un amable intercambio de puntos de vista con Jorge Carrión (@jorgecarrion21) y Josep Mengual (negritasycursiv), a quienes saludo cordialmente, a propósito del libro electrónico y de ello surge esta entrada.

El punto de partida para la polémica o cuestión a debate era el libro impreso como objeto que encarna el deseo, mientras el #ebook es solo la idea de deseo, desmaterialización del deseo que en realidad anhela una forma tangible.

En realidad se ha transformado en un debate sobre que podemos definir como libro, partiendo de la idea de que este encierra un texto (poco, mucho, dentro de imágenes). Ahora quisiera resumir el viaje mental en que me ha sumido y que he intentado condensar el los 140 carácteres que permite Tuiter.

El libro impreso es heredero de otras formas anteriores en las que el libro (un concepto que define un conjunto de textos unidos por una categorización predefinida o bien un solo texto de mayor o menor longitud) había cristalizado: las tabletas, los papiros, etc… En nuestra mente y durante casi cinco siglos la forma del libro se ha unido al contenido del libro. Hemos elegido una forma, a la que el contenido se ha adaptado en muchos casos y en otros ha sondado sus límites, de entre las muchas disponibles o posibles y le hemos conferido una serie de atributos supramateriales. Lo curioso del caso es que si preguntamos ¿Usted por qué lee? El objeto en si, el libro impreso, no es la primera ni la segunda, acaso ni la tercera motivación para la lectura. La transmisión de conocimientos, emociones, ideas, van por delante. Mayoritariamente compramos libros para acceder a conocimientos, emociones, ideas, como objeto vector. Luego podemos enamorarnos del objeto en algunos casos, pero sobre todo, creo, transferimos al objeto los atributos supramateriales que distinguen nuestra afición a la lectura. El matrimonio parece perfecto al punto que libro es contenido y continente.

Bien, ahora sin embargo podemos tener acceso a otras formas del libro, formas inmateriales. Los motivos que nos inducían a la lectura no han desaparecido pero el continente ha cambiado sin que desaparezca el libro. Esta inmaterialidad posee además la característica de poder virtualizar el libro en varios modos y la reciente convergencia entre ebook y web lo demuestra. ¿Desnaturaliza el libro? Aunque no me gusta respondo con otra pregunta ¿por qué debiera?

De hecho estas consideraciones a lo largo del debato nos han conducido a la peor de las pesadillas del libro, el vacío, la posibilidad de encontrarnos ante un formato del libro que nos conduzca a un contenido huero. Es, considero, inevitable en cierto modo que la inmaterialidad del ebook lleve al temor del vacío del contenido, un fenómeno por asociación. Si lo que apreciamos en un libro es el contenido la forma pasa a un segundo plano; la obra es una y los formatos varios, como suelo decir.

La dificultad que emerge del debate, pienso interpretar bien, es la definición del contenido. Por que si bien todo estamos intuitivamente de acuerdo con la afirmación “no todo texto o conjunto de textos es un libro”, resulta complicado definir el libro en base al contenido. Habiendo conferido al libro una serie de atributos que en su mayor parte hacen hincapié en la capacidad del texto/contenido de transformarnos en uno u otro grado, y en la medida en que ahora el contenido se desliga de la materialidad y la unidad esto queda inconscientemente subrayado, no hay acuerdo. Quizá no puede haberlo y nunca lo hubo mientras seguimos manejando cierta idea elitista del libro. Un libro puede cumplir muchas funciones según su contenido. Personalmente solo puedo decir que me turba el libro cuyo contenido y objetivo es solo consumir tiempo. Eso sí que no es un libro, considero.

Otra parte de este debate y que originalmente era mi primera reflexión, pertenece, al menos en forma parcial, a otra esfera.

El deseo del objeto, en este caso el libro impreso, como emblema de una época que prefiere poseer cosas a saber cosas, la preferencia material por encima de todo. Si bien no era eso lo que indicaba Jorge Carrión en su tuit, de inmediato mi primer pensamiento ha ido en esa dirección y por tanto no me parecía extraño el rechazo del #ebook. Desear objetos es uno de las impelentes “necesidades” que nuestra sociedad crea y que en el caso de la edición explica también los números de la hiperabundancia de títulos, una parte de ellos vacíos más allá del formato.

Libros, textos, formatos, vacío, objetos y deseo: podrían ser estas las claves del debate sostenido. Que no haya más que conclusiones parciales es normal, todo está en devenir, pero por encima de todo yo me quedo con conocimientos, emociones e ideas.

El valor del libro

En las cifras inquietas de las ventas de libros electrónicos, ora en subida ora en bajada, se haya todo el enigma de lo que sucede: una real indefinición de la situación no ya solo del #ebook sino del libro en general.

Los modelos tradicionales de venta del libro, con la artificial inclusión del libro electrónico en el mundo de las licencias de uso, ha experimentado con otras fórmulas para hallar un definitiva confirmación del libro electrónico como fuente de ingresos para las editoriales y los autores. Así hemos visto como durante unos años se afirmaba, y sigue estando vigente, el modelo de la gratuidad, temporal en ocasiones, del #ebook. Un modelo que muestra límites evidentes y cuyo uso entre los autores autopublicados, sin herramientas idóneas, puede acabar por ser frustrante cuando no desastroso a la vez que supone una perversión de la ética hacker y la economía del don.

Se han sumado es esta forma de comercialización del #ebook al menos otras dos, una bastante reciente: la inclusión de publicidad en el libro (y llamo la atención sobre el hecho que para definir el fenómeno tenemos que usar la palabra libro, por algo será); la gratuidad total o parcial del libro en cambio de datos personales.

Sobre todos estas dos últimas modalidades de acceso al libro por parte del lector resultan ser, en mi opinión, la muestra más perfecta de la alienación del libro respecto de cualquier afiliación al mundo de la cultura: el libro pasa a ser un vector comercial, ni tan siquiera un objeto en venta, y no un vector cultural.

Es cierto que la inclusión de publicidad en el libro goza de pésima atracción, pero eso no quiere decir que no se intenten evoluciones.

Menos claro es el destino que espera a la “gratuidad en cambio de datos” tal y cómo la plantea John Wickert en un artículo reciente (por aquí ya avanzó ficha en ese sentido, por ejemplo, Dosdoce). La editorial no solo se transforma en el sentido de que abandona cualquier intento de permanecer en el ámbito, bastante poco definido por cierto, de los cultural, para pasar a ser incluso un ente intermediario de datos.

¿Qué reflejo tiene todo esto en el libro, electrónico o no?

A mi juicio, para empezar destituye al libro de cualquier valor simbólico y por tanto lo integra en la esfera del bien comercial privado de cualquier valor que no sea el valor de uso. Se argumentará que el libro se “vende” y es verdad, pero también se ofrece libremente, se regala, en el caso del #ebook no se colocan restricciones geográficas o DRM y en definitiva se conforma (o quizá es oportuno y más justo decir que puede conformarse) diversamente al dar prioridad a lo que contiene por encima del contenedor como forma vendible (o no) en si. No se está lejos de concebir el libro como un instrumento de marketing desprovisto en gran medida de cualquier otro significado y sin otro valor que el uso, si acaso.

Cualquier posibilidad del libro en general y del libro electrónico en particular de vehicular un cambio de este cuadro pasa por demercificar en lo posible el libro, es decir en el grado máximo posible que haga del libro un conjunto vendible y a la vez simbólico. Es evidente que no es fácil, pero durante largo tiempo hemos vivido en ese sistema, así que no es imposible.

La digitalización y el libro electrónico han descompaginado todo el sistema y sus equilibrios, han irrumpido con fuerza los autopublicados, como hace siglo no se veía, pero el resultado final no ofrece forzosamente conclusiones utópicas. La desintermediación ha incluido, hasta el momento, solo los puntos de venta finales mientras ha reforzado las plataformas de intermediarios de vario tipo capaces de influir en modo mayor aún respecto a los viejos distribuidores en las políticas de edición. Hecho al que se suma la menor rentabilidad del libro electrónico respecto al impreso y que explica la tentación de hallar formas que repliquen la rentabilidad inmediata por encima de otras consideraciones. Propuestas como la ejemplificada por John Wickert representan una doble mercificación: del libro como objeto y del lector como mero dato comerciable, todo a expensas de la contribución que el libro puede dar al diseño de otras posibilidades, futuros y presentes divergentes. Y tocará al lector, pero también al escritor y sobre todo al editor elegir que mundo conceptual quiere defender, pero que quede claro que optando por la rentabilidad en forma de dato comerciable el sector editorial debe renunciar a calificarse como sector cultural. Como siempre, es el momento de decidir.

La gestión de los originales

Un problema recurrente en las editoriales es la gestión de los originales (prefiero no usar el término manuscrito por razones obvias). Las grandes editoriales por lo general no aceptan el envío de originales no solicitados, lo mismo que algunas editoriales medianas. Entre las editoriales medianas existen las que no los aceptan y las que sí y en este caso la gestión de los originales incluye la práctica análoga al silencio administrativo negativo en un lapso de tiempo determinado (tres o seis meses, según), es decir que al no responder no existe interés.

Así pues el problema de la gestión de los originales queda muy circunscrito a aquellas editoriales que desean mantener una contacto muy estrecho con los autores. Y es un problema porque por o general se gestiona mal. Veamos un par ejemplos.

  1. La editorial envía un mensaje de recepción del original y promete responder en unos meses, no pocos porque son una editorial pequeña, escriben, y no pueden responder siempre con la celeridad que desearían. De hecho no responden.

    El problema es que el flujo de trabajo no corresponde con los deseos de la editorial. Las tareas son muchas, el personal poco y la gestión de muchos originales que necesitan valoración genera un cuello de botella que al final se retuerce contra la editorial en la valoración que el autor realiza. Es un problema muy común. Si no podemos gestionar el tiempo y el flujo de trabajo en modo de dar una respuesta cierta en un tiempo límite, porque no es posible solicitar al autor una espera infinita, es mucho mejor optar por la política del silencio administrativo negativo. No es la opción que se ambicionaba ni refleja la voluntad de la editorial de establecer buenas relaciones con todos, pero dejar las relaciones incumplidas, en el aire, resulta peor y con relativa frecuencia afecta también a otros campos relaciones de la editorial.

  2. La editorial envía un mensaje de recepción del original y promete responder pasado un tiempo prudencial, ten paciencia. La editorial responde negativamente, pero en términos vagos e invita a enviar otro originales en el futuro. Si el autor a su vez responde solicitando que motivos han llevado al rechazo y que tipo de obras debería enviar en el futuro para evitar comunes pérdidas de tiempo, el autor choca con un muro de silencio.

    Aquí el problema de la gestión del original en el flujo de trabajo tiene otra vertiente. La valoración del original no incluye la redacción de un informe de tal valoración sobre el que basar respuestas y futuras relaciones. Los motivos son idénticos, casi siempre, a los del caso anterior: las tareas son muchas, el personal poco y la gestión de muchos originales que necesitan valoración genera un cuello de botella.

La ambición de mantener un contacto fluido choca con la realidad de las disponibilidades y con un flujo de trabajo infraestructurado en relación a estas o sobredimensionado en relación a las capacidades efectivas de la editorial: hay que ser realistas.

Podríamos pensar que la solución óptima sería responder en modo personalizado y detallado a cada uno de los autores. Error. Existe la misma proporción de respuestas airadas en el caso de una respuesta genérica que en el de una detallada (pero no solicitada).

Una respuesta genérica es, en mi opinión, la primera respuesta. En la mayor parte de los casos el autor acepta la respuesta genérica sin más, en pocos casos solicitará explicaciones; jamás he entendido bien por qué pues las críticas de un editor podría ser muy útiles para revisar la obra y mejorarla o entender la orientación del mundo editorial en general. Si el autor solicita mayor detalle hay que saber dar un respuesta que incluya las motivaciones basadas en un informe de lectura; cada editorial puede estructurar este informe en el modo que crea oportuno y funcional. Aquí la definición de un flujo de trabajo y gestión de los originales es la clave: si no puede darse no invitemos al autor en algún modo a proseguir el intercambio de correo, es mejor buscar una alternativa elegante y que no consuma energías.

En definitiva, ser realistas en el momento de establecer cual va a ser la gestión de originales recibidos dentro del flujo de trabajo de la editorial es fundamental. Definir el mismo flujo de trabajo, sus pasos, responsables y responsabilidades, las modalidades de comunicación interna y externa, por esenciales que sean, constituye un aspecto esencial de la vida de la editorial y debe atenerse a la disponibilidad real más que a ambiciones de carácter ideal que pueden acabar por retorcerse contra la editorial y en el peor de los casos envenenar nuestro trabajo.

Dos cuestiones no resueltas en la London Book Fair

London Book Fair suena imponente. Sin embargo la edición en curso ya ha planteado dos cuestiones no resueltas en el mundo de la edición, que son, más o menos, las mismas por doquier.

Cuestión 1

Big Data. En pie ha quedado la reflexión ¿Para qué Big Data? ¿Qué Big Data?  que en inglés quizá suene mejor según sea el propio grado de anglofilia.

Bajo la falsa pregunta ¿qué hacemos con los datos? la #LBF ha planteado sin más el uso intensivo y extensivo de Big Data, en la línea que ya se ha defendido esto precedentemente. Esta línea prefiere pensar que los editores no saben aún cómo usar Big Data y que por lo tanto se fían de viejos métodos acientíficos, lo que relega al editor a una era anterior, predigital (y aún atecnológica): significativo el cierre del artículo con su pregunta retórica ¿quieres ser una dinosaurio o una dinamo? (y hasta aquí pensaba que la dinamo era de verdad algo del pasado).

La pregunta que no se ha respondido es: ¿Ha habido una reflexión sobre qué datos y para qué? No es moco de pavo. Una reflexión así es necesaria para saber exactamente qué se desea saber: la programación, la informática, es predeterminante. Quien haya errado una vez en este campo sabe que modificaciones importantes equivalen a volver a empezar o casi. Responder a estas preguntas previas significa asimismo haber reflexionado sobre qué modelo de edición se persigue. No se trata pues de algo sin valor e intrascendente. Y no hay aun respuesta a esto, que yo sepa, o en el peor de los casos no se quiere explicar el modelo escogido.

Cuestión 2

Los autores autopublicados siguen siendo un problema para el sector y quizá incluso para los autores, más o menos, afirmados.

The Bookseller y GoodEreader dan voz al descontento. Falta de respeto, escritores de segunda división y otras lindezas de esta risma. #LBF no es la única feria que ha manifestado la incapacidad de gestionar la cuestión. Tras esto están: las editoriales que no desean o prefieren o no ver autores que campan a sus anchas si ellos; autores que ponen mala cara pues ven en la edición tradicional la garantía de haber pasado un filtro, mientras la autopublicación permite a cualquiera publicar cualquier cosa (lo cual es cierto también entre las editoriales); una combinación que prefiere poner un coto a las plataformas digitales, especialmente Amazon, y que escoge el eslabón más débil como objetivo; la falta de un interlocutor colectivo al cual dirigirse institucionalmente, como prefiere cualquier feria.

Habrá sin dudas más motivos, pero estos son, creo, los recurrentes y evidentes. la cuestión de fondo es que el sector editorial aún está digiriendo su transformación, pero también que los grandes grupos y actores del sector tiene visiones contrapuestas sobre el desarrollo futuro y no aceptarán más jugadores hasta que las nuevas reglas no se hayan fijado en un sentido u otro.

Epílogo

No soy optimista sobre la institucionalización de los autores autopublicados y quizá siquiera tiene sentido pensar en ello. No creo que una sede como la #LBF sea la mejor para los autores autopublicados. Hay algunas cosas creo que sí podrían hacer los autores autopublicados para defender las propias posiciones, por ejemplo:

  • una red efectiva de colaboración entre autores sería mucho más eficaz que colocarse bajo el ala protectora de una distribuidora digital o una falsa editorial;
  • definir buenas prácticas tendentes a garantizar, al menos, la calidad formal de las obras;
  • buscar formas ágiles de coordinación por temáticas, por ejemplo, si se pretende poder sentarse en foros institucionales;
  • entender que entrar en un mundo profesional requiere profesionalizarse.

Todo esto, claro está, son solo mis opiniones.

 

El libro electrónico y la brecha digital

En la antepenúltima entrada de este blog me interrogaba sobre la posibilidad real de la red de ser un acicate a la lectura en un modo mayor o distinto de otras formas de lectura. Sostuve y sostengo que la red es un instrumento cuya mera existencia no supone nada: no justifica por si sola ni ciberutopías ni ciberdistopías.

Si ahondamos la cuestión hacia la brecha digital (o también llamada pobreza digital, que es todavía más clara como denominación), podemos ver como existe una tendencia a señalar a la red y al libro electrónico como un factor que no hace desaparecer tal brecha. Y creo que existe también en esto cierta confusión.

La brecha digital, qué es

La brecha digital es la (im)posibilidad de uso, acceso y apropiación de tecnología ya sea a nivel geográfico, socioeconómico o por género y está en relación a la calidad de las infraestructuras tecnológicas, a los dispositivos de uso, a la conexión y al capital cultural necesario a la transformación de información en conocimiento relevante; esto es lo que en otras palabras dice también el sector de la tecnología móvil mediante los informes y estudios de GSMA (aquí y aquí).

La brecha digital relación inversión, capacidad de gasto y nivel de instrucción de una comunidad: una reflexión sobre ello y los programas para la escuela de Nate Hoffelder.

Libro electrónico y brecha digital

Apostrofar al libro digital como (co)responsable de no atajar la pobreza digital es injusto. En primer lugar el libro electrónico no constituye una infraestructura de acceso, ni es un punto de conexión ni determina la existencia del punto o de conexión o su precio, ni representa, creo, una apropiación de tecnología que no represente por ejemplo un videojuego, un libro impreso o un par de zapatos. Si puede crear imposibilidad de uso al no ser interoperable, al poseer un DRM, al estar geolocalizado, al ser caro o al estar vinculado dispositivos (léase limitación a la interoperabilidad). Sobre todo el libro electrónico no es responsable del nivel de instrucción necesario a hacer de la simple información algo más. O sea no es responsable de la creación del capital cultural. Si así fuere, habría que considerar el libro impreso como (co)responsable de los niveles de analfabetismo (ya sea como tal que el funcional); teniendo en cuenta los impresionantes números de la superproducción editorial sería incluso vergonzante este parangón.

El libro electrónico como instrumento de difusión conocimiento, de las capacidades inclusivas de la tecnología, de superación de clichés culturales (la brecha digital vive en la discriminación por género, como cualquier otro fenómeno discriminatorio de la vida), depende de la construcción social a su alrededor, es decir de la construcción cultural: la economía, las interrelaciones personales, las creencias, las discriminaciones, las ideologías, las limitaciones físicas, etc…No tiene el libro electrónico de por si mayores capacidades de cualquier otro instrumento: todo uso de lo que construimos está decidido de antemano en función de una visión de sociedad, de la cual el instrumento en si tiene pocas o ninguna posibilidad de huir.

Lo que se olvida decir

Se olvida decir que estos datos están necesariamente radicados en las experiencias codificadas y clasificadas por editoriales, distribuidores, libreros, etc…en otras palabras la realidad que hay ahí fuera y que no se acoge a las convenciones del sistema no están recogidas, valoradas, analizadas y contabilizadas, en parte porque no sus ideadores y usuarios no lo desean, en parte porque un sector económico crece en ese cono de sombra, cuya dimensión real es desconocida y ese desconocimiento permite valoraciones económicas arbitrarias o sospechosas.

La parte colaborativa y abierta, cuyos circuitos de difusión no se hayan codificados o no hallan exclusivamente su modus vivendi en la red, esa parte, mantiene viva la mejor esencia del libro electrónico con todas las limitaciones que una situación de penuria puede conllevar en el consumo de bienes digitales; falta dinero para comprar un e-reader, por ejemplo, o existen dificultades en conseguir abastecimiento de energía eléctrica.

El pobre libro electrónico no es Superlibro, ni San Libro, haríamos bien en no pedirle los milagros que no ha cumplido el libro impreso.

Europa, Europa, libro de doble filo

 

Tenía un amigo muy aficionado a la política-ficción que es algo que ni de lejos me apasiona. Sin embargo hoy quisiera jugar un poco a adivina adivinanza a propósito del #ebook y de la posible disolución de la Unión Europea (y si me apuráis incluso de Europa, pero ahí entramos en un debate de veras muy serio).

Hoy como hoy el #ebook en Europa tiene una serie de restricciones activas que van de los distintos tipos de #DRM en uso por parte de los distribuidores y editoriales, a la imposible interoperabilidad de los formatos para llegar al bloqueo por geolocalización; esta ultima restricción siempre me ha parecido particularmente odiosa.

Este último punto ha sido puesto sobre el tapete de las discusiones sobre el #ebook y las políticas editoriales europeas en el pasado reciente. Parecía, y el uso del incondicional aquí es obligatorio, que se tenía la intención de desarrollar o instituir un marco geográfico en el cual las restricciones por geolocalización quedasen inactivas. Tras el anuncio poco o nada se ha sabido de esta iniciativa. De llevarse a cabo sería algo por lo cual felicitarse, si bien otras iniciativas restrictivas no van en la misma dirección.

La situación política general no da muchas esperanzas, por contra. Admitiendo que la iniciativa prosperase y fuese ejecutada, las amenazas de salida de la Unión Europea por parte del Reino Unido, de llevarse finalmente a cabo, o las amenazas de expulsión de esta organización dirigidas a otros países, si se transformasen en actos ejecutivos, acabarían con ella. Desde luego no sería la única. Por ejemplo, dejaría en un sueño la armonización europea del IVA aplicado al libro electrónico. Y hablo solo del libros.

Ahora imaginemos que la Unión Europea, a pesar de todo proceso centrifugo, se mantuviese como tal y se aprobase la desaparición de la restricción por geolocalización. En ese caso si aprobase el TTPI tal y como parece estar redactado, sé tanto como cualquiera de vosotros, muy poco por tanto, quizá se estaría abriendo el cofre de Pandora. Imaginemos a Amazon o Apple abriendo una sucursal europea en la cual verter la totalidad de títulos americanos y del resto del mundo. En inglés decís. Si claro, al menos al inicio. Y no porque una parte de los títulos de Amazon EE.UU están en castellano. Imaginemos que ambos actores pusiesen en marcha un programa de traducción del catálogo, inicialmente para autopublicados. ¿Os imagináis el impacto?

Todo esto es solo política-ficción, evidentemente, pero quisiera que sirviese para señalar que pasar por alto lo que ocurre en toda América o en Europa no puede conducir al éxito. Es necesario que los editores de todo tamaño y tipo hoy piensen en múltiples dimensiones, incluyendo la geografía entre ellas, pero sin olvidar las lenguas, los formatos, los derechos.

 

¿Por qué la red debe incitar a la lectura?

Dando lectura a una de las últimas entradas de Txetxu Barandiarán en su blog, no he podido por menos que hacerme esta pregunta, ¿por qué la red debe incitar a la lectura?

Dejando a parte el énfasis en el fracaso de la red como vector de lectura, dejando a un lado la confusión entre lectura online y lectura de libros electrónicos o revistas digitales, digo dejando todo esto para otra ocasión, me pregunto ¿por qué la red debe rescatar del fracaso al libro impreso como vector de lectura como parece que algunos de una parte le reclaman y por otra avisan de su imposible cumplimiento?, ¿por qué la red debe incitar a la lectura?

Partimos de una serie de infinitas lagunas:

  • no sabemos cuantos libros se venden: porque no todos tienen isbn, porque quienes saben cuanto se vende callan, porque cada día salen a la luz datos contrastantes que se dan de inmediato por veraces para luego dudar de ellos, porque el sistema está ideado para ser opaco.
  • no sabemos cuantos leen, ni qué leen; aproximamos, imaginamos, conjeturamos, hipotizamos, pero saber no se sabe.
  • partimos del hecho que el ebook no ha saneado las cuentas de las editoriales para concluir que la red no es la salvación de la lectura ni de las editoriales; no entro aquí en la polémica de cuanto han hecho estas mismas por desarrollar o por obstaculizar el camino del libro electrónico.

Y todo esto no es más que un colosal contrasentido.

La red no es un ente autónomo y si un instrumento. Nada se hace ni se ha hecho hasta hoy para incitar a la lectura, que no es lo mismo que impulsar el sector editorial: lectura y edición no son lo mismo, lectura y venta de libros o revistas no son lo mismo. Esta mixtificación es letal, ofusca la visión del cuadro, confunde.

La red no es un ente autónomo y si un instrumento. No se ha decidido que la red es un instrumento de inclusión o democrático. La deriva es que la red tiene razón de ser en cuanto vector de consumo y sobre todo de cierto consumo; las visiones divergentes y la posibilidad de hacer que estas visiones sean visibles se restringe progresivamente en modo fraudulento.

La red no es un ente autónomo y si un instrumento. La red no se autodefine. Los procesos culturales no se definen en la red en modo descentralizado, autónomo y colaborativo, estos residen en varios centros físicos, poblados por personas que mantienen relaciones físicas y virtuales y que resultan de procesos complejos con múltiples niveles de interacción y con la intervención de múltiples factores. En estas prácticas la lectura no está contemplada como actividad fundamental, me parece claro, como no lo están muchas otras actividades físicas y virtuales, individuales y colectivas que no tiendan a reforzar jerarquías ya existentes. La lectura está devaluada, pero no por la red, no en la red, en el mundo real y virtual. Continuemos discutiendo sobre la irrelevancia de la red, sobre la inconsistencia del libro electrónico, sobre la primacía del papel y olvidemos que lo que necesitamos, como sociedad, individuo e incluso como sector de actividad (el sector editorial), son lectores y el futuro será peor que el presente en lo real y lo virtual.

Necesitamos lectores. ¿Qué estamos haciendo para tener más lectores? A ver si dejamos de mirar a otro lado o solo nuestro ombligo, quizá así veamos las cosas como están.

Avinyonet de Puigventòs, imagen perfecta de las políticas culturales

Avinyonet de Puigventòs es muy a su pesar, quiero imaginarme, la imagen fiel de una cultural que se afirma por encima y a costa de la cultura del libro y de lo común.

La noticia refería como este pueblo de 874 habitantes no solo había cerrado la biblioteca municipal sino que además había tirado el fondo bibliotecario al contenedor del papel para reciclar (al menos esto manifiesta cierta conciencia).

La modalidad con que se gestiona un bien común, en parte fruto de cesión de un particular, es indicadora del valor que se le otorga: 0. Ningún listado de documentos “a eliminar”, ninguna valoración seria del fondo (a cosa hecha se ha descubierto que incluían 2.000 documentos); ningún procedimiento sistemático de intento de cesión, ninguna comunicación a los donantes, ninguna evaluación del impacto del desmantelamiento o del procedimiento de desmantelamiento de la biblioteca: de hecho se amenazan querellas por malversación del caudales públicos y prevaricación administrativa. Todo porque había ido poca gente.

Voy un poco más a fondo. En el artículo no se menciona que la biblioteca haya tenido dotación de fondos para ampliar sus colecciones ni para fomentar la lectura, ni para organizar actos o eventos con la biblioteca como fulcro. El consistorio ha concebido la biblioteca, así se deja entender por la palabras del mismo consistorio en el artículo, no como un bien común e instrumental para el bienestar de la población, sino como contenedor. Un contenedor relativamente lleno de libros y vacío de sentido si no ha habido recursos ni iniciativas vinculadas a la biblioteca.

Mucho más sentido ha debido verle entonces el consistorio al proyecto impulsado por el Departamento de Agricultura de Generalitat catalana, Cowocat Rural, para la constitución de una red coworking en ambientes rurales. Esto es ha visto más sentido a incentivar la iniciativa privada con espacios públicos (el reglamento de funcionamiento no especifica el precio a pagar). Ahora hay 3 usuarios del espacio.

Al consistorio en pleno no se le pasó por la cabeza que el espacio podía ser subdividido.

La cuestión de fondo es que merece mucho más hacer una inversión que difícilmente se amortizará con esta tasa de utilización y porque si ha de ser apetecible no puede caro, a realizar una inversión en la dinamización y enriquecimiento de la vida común de sus habitantes. La biblioteca era un gasto, el espacio es una inversión. Se juega con palabras para esconder que de hecho la cultural no interesa a menos que genere beneficios económicos directos, rápidos, tangibles. No es la cultura lo que interesa sino el dinero de la cultura. Avinyonet de Puigventòs es la imagen de una concepción de política cultural muy extendida, no anecdótica como se querría pensar. Volcar los fondos en un contenedor es la consecuencia lógica de quien no ve en lo común e intangible un elemento de fuerza estructural de la comunidad.

Lo peor sin embargo es que a nadie pareció importarle el destino de la biblioteca, la ejecución chapucera de su desmantelamiento y sus consecuencias, pero ahora hay quien se mesa la cabellera y quien pide una biblioteca.

Sobre la propiedad del libro electrónico

Desde el inicio una cuestión ligada al libro electrónico que me ha inquietado es la cuestión de propiedad del mismo (por si hay un lector nuevo, lo que sigue son mis opiniones personales, discutibles.

Hablar de propiedad siempre es peliagudo, cuanto menos desde mi punto de vista. Con frecuencia propiedad y exclusividad van de la mano y el hecho de que A sea propietario de algo excluye que B pueda serlo también; la propiedad se convierte en un factor excluyente. Pero no siempre. Una propiedad también puede ser compartida, regalada, prestada. Hay instituciones que incluso son porque basan su existencia en la socialización de la propiedad: las bibliotecas, por ejemplo.

El libro impreso por sus características también hace que contenedor y contenido sean inescindibles, salvo che se fotocopie, se fotografíe, se escanee. Claro está que jamás podremos apropiarnos de la paternidad y por tanto de futuras explotaciones comerciales del contenido, al menos no lícitamente, porque ese es propiedad de su autor. Un razonamiento que vale para cualquier soporte y manifestación (en línea de principio).

El libro electrónico por su entidad inmaterial y su fácil reproducibilidad (ya hemos visto lo difícil que había sido antes reproducir el libro impreso) pone en jaque el concepto de propiedad, según algunos, precisamente por sus características, porque contenedor y contenido son separables y separados. Hay algo en este razonamiento baladí que no me cuadra.

En todo caso la defensa del contenido es primaria en esta visión y por ello se han adoptado medidas de seguridad: DRM, imposibilidad de interoperabilidad en los formatos, mercados verticales y lectura en la nube; el principio imperante es, en la mayor parte de estos casos, la no-propiedad de lo adquirido, el libro electrónico como licencia, si bien no aparezca explicitado en ningún lado.

La verdad, temo, es que el libro electrónico ha permitido dar un paso que antes no podía darse: afirmar el derecho a consumir y prohibir el derecho a la propiedad.

La paradoja es que mientras teníamos la propiedad del libro, y en cuanto propiedad era un factor excluyente, podíamos socializar contenido y continente. Ahora y para el libro electrónico, no.

Separar compra de propiedad hace imposible compartir un #ebook, prestarlo, realizar bibliotecas temporales, etc. Curiosamente mientras el sistema actual hace esto imposible, estimula el uso de servicios de consumo del libro en la nube; no puedo dejar de preguntarme si esto no es una banalización del libro, que pasa de bien de formación (de todo tipo) a bien de consumo y si esto no tiene después un reflejo en la apreciación del libro y de su valor, incluyendo el libro impreso. Decía que es una paradoja, porque era impensable que defender la socialización posible de un bien pudiese pasar por la propiedad. La paradoja es que más allá de consideraciones histórico-legales no se está protegiendo el contenido ni los derechos del autor, sino la obligación del lector a recurrir obligatoriamente a un cauce blindado de consumo (y no entro en cuestiones como los datos personales y su comercio, por ejemplo).

Y ojo, digo consumo, no lectura, ni otra cosa, consumo.

El consumo está desposeyendo al lector no ya de la propiedad sino de los usos alternativos y sociales que de la propiedad puede hacerse.

Estando así las cosas obtener que el libro (electrónico o menos) sea mio abre la posibilidad a la socialización en el cauce que prefiera el lector, a formas de compartición temporal, a formas que damos por descontadas y que no necesariamente van en detrimento de los derechos del autor, en cuya defensa las formas hasta ahora defendidas no solo no son efectivas sino ni siquiera la tienen como eje: lo que se está defendiendo aquí y ahora es el valor de la intermediación, ni derechos, ni valor del libro.

Dos lecturas de postre (siempre en este blog)

Sobre “espotifai” como modelo de lectura

Imaginando las bibliotecas