Big Data y la reducción de la realidad

Ya en otras ocasiones me he ocupado de Big Data señalando sus límites, sus dificultades y, sobre todo, sus implicaciones de fondo. Resulta obvio que los datos disponibles lo son en función del universo de origen disponible: en otras palabras lo datos proceden de las cosas que hay a disposición y además a de su peso en nuestra cotidianidad. De ese universo extraemos datos que a su vez dibujan el futuro próximo.

Por ejemplo si nuestra cotidianidad lectora nos indica que la exposición mediática, real y virtual, y de las librerías y de los lectores medios próximos es alta y relatan la obra x, con Big Data tendremos que x es un libro codiciado, aún más en la medida que otros libros son desconocidos y que estos lo son en la medida en que Big Data no los señala. La consecuencia es que veremos proliferar obras similares a x, mientras otras quedarán en el silencio de los datos.

Todo esto parece una burda explicación, pero la realidad es que Big Data reduce la variedad de elementos aumentando la profundidad de la indagación, restringe la realidad. Big Data computa lo existente, que procede de decisiones previas (condideraciones que nacen de una visión de futuro y que tal futuro puede quedar limitado al solo provecho comercial inmediato), que reflejan una dirección; los cambios se construyen o anticipan en base a la creciente combinación de Big Data con decisiones previas.

La bibliodiversidad, la variedad de lo existente, las propuestas futuras nacen de decisiones que prescinden de Big Data (que resultan viceversa empobrecedores) porque apuntan al futuro sobre la base de ideas y conceptos que persiguen la creación de la diversidad.

Si los editores desean usar Big Data deberían tener esto bien presente, especialmente si anhelan contribuir al desarrollo intelectual de la sociedad.

El eco y el sector editorial: autocomplacencia y distorsión

Tras el último EditaBCN, del que leo diversas fuentes y, pues no pude asistir, me hago un balance personal que me lleva a ser poco optimista. Pero que nadie crea que éste es solo por EditaBCN, es fruto de un largo camino con muchas piedras y guijarros.

Al sector editorial le encanta oírse. Tanto que desde hace ya tiempo va repitiendo por ahí las mismas cosas año tras año a través de los mismos portavoces. La cosa es más preocupante que aburrida, que ya lo es rato largo. Es una reiteración que supone inmovilismo. O peor es una reiteración que pretende convencer, por repetición ad infinito, de una realidad muy distinta a la real. Ante esto cabe pensar que: o hay un interés por sepultar cualquier disenso y práctica de la realidad en favor de un modelo con muchas grietas y que favorece solo a algunos; o se comulga profundamente con el espíritu neoliberal y los dominadores de hoy creen que serán los dominadores del mañana ocurra lo que ocurra y muy especialmente si convencen a los demás de nada debe ocurrir.

Ambas visiones no se excluyen, pero implican diferentes dosis de terror y diferentes focos de irradiación del terror; el error, sin embargo permanece.

Quisiera recordar sin embargo que pocos grandes grupos suponen no solo una pérdida real de diversidad bibliográfica sino que suponen también grandes deudas financieras.

Un amigo me ha dicho durante una conversación, “Es curioso como las nuevas editoriales españolas desdeñan a los editores veteranos y expertos, y ni siquiera se asocian para hacer cosas efectivas (salvo contadas excepciones). Tienen un potencial enorme si se unieran, aunque sea al margen del Gremio. Eso no pasa en Chile ni en Argentina, donde enseguida han visto las ventajas de unirse.” (sic). Mucho mejor los gurús. Poco más me queda por decir a mi. He predicado desde este blog la consorciación en muchas formas y maneras sin que haya podido ver una traducción. También he predicado la necesidad de un debate público sobre la edición, la edición digital y el libro electrónico. Con el mismo resultado. Empiezo a pensar que es mejor que me calle (y ya habrá alguno por ahí que aplaude y piensa que ya era hora). Quizá lo haga, quizá no.

El sector editorial es el primer responsable de su destino y de las formas que decide aplicar a su forma de actuar el propio pensamiento. Ningún otro sujeto, sino el mismo sector editorial. La cuestión es si el sector editorial tiene un pensamiento propio, un regla de actuación definida. La cuestión es si quien disiente es capaz de organizarse colectivamente para salir adelante en un ambiente y una época hostil; ¿es posible que una parte de la innovación sea social, sea oponerse a un modelo totalizador, excluyente, devastador, empobrecedor, irresponsable? Si es así, si tú editor que lees piensas que es así, entonces muévete porque salvarle la piel hoy no es bastante para mañana, para ti y para mi.

Con este post cierro el mes de julio. Quizá escriba en agosto. Quizá lo haga con otra piel encima. En todo caso, buen verano.

Los datos del sector editorial.

¡Que batiburrillo de números!

Han salido a la luz los datos del 2015 referidos a la edición en España y la verdad es que son un claro ejemplo de la imposibilidad de tener datos unívocos sobre la materia.

En cualquier caso y como Manuel Gil Espín y Bernat Ruiz Domènec ya anuncian artículos bien meditados sobre estos números, yo solo voy a apuntar algunas cuestiones generales para la reflexión.

Datos

En esta fuente, y con los datos de la Agencia del ISBN, la FGEE habla de 73.144 títulos en 2015. En el Análisis del mercado editorial en España (accesible desde aquí) habla de 80.181 títulos. Por su parte el MECD en su Avance de panorámica de la edición española de libros 2015 partiendo de datos obtenidos de DILVE y la Agencia del ISBN da el número de 79.397.

Aunque el Análisis del mercado editorial en España no cita la fuente de lso datos (al menos en la nota de prensa) supongo que la fuente es la misma para los dos entes. Datos en entredicho o en conflicto o confusos, pero no deja de ser curioso que hablando del mismo dato para el mismo año las cifras sean dispares.

Último apunte, los autores autopublicados que han presscindido del ISBN, cuántos son, qué han generado en facturación y demás índices.

Crecimiento

Para poder mantener el parangón utilizo los datos de la FGEE (últimos datos en el caso del 2015, o sea los de Análisis del mercado editorial en España).

Aumento del número de títulos 10%, es decir 1.673 títulos más, 32 títulos nuevos por semana (que en su mayor parte pertenecen a los grandes grupos editoriales).

Aumento del facturado 2,8%.

Restando al facturado del 2015 (2.257 millones de euros) el facturado del 2014 (2.195 millones de euros) la cifra es más clara: 62 millones de euros más, en realidad y teniendo en cuenta el volumen del sector y la cantidad de títulos disponibles, es poca cosa.

Cuando hablamos de crecimiento, ¿a qué crecimiento nos referimos? Al parecer al aumento de producción, como si esto fuese ya un valor positivo, cosa que dudo. Tengámoslo en cuenta porque en las próximas semanas oiremos hablar mucho de crecimiento.

Valga esto también para el libro electrónico, si bien la variación de títulos ofrecidos de un año a otro el del 1,7% mientras el número de ejemplares vendidos subió un 13% y el incremento en la facturación global del sector fuese un 4,9% superior al 2014. El que quiera entender que entienda.

Sería apetecible saber cual es la inversión en desarrollo (i+d, desarrollo tecnológico, actualización de saberes profesionales) realizada por el sector. Eso podría ser crecimiento.

Sería apetecible saber, pero la FGEE no nos lo dice, cuantos empleos ha creado o perdido el sector editorial y de que calidad. Eso podría ser crecimiento.

Títulos

80181 títulos con una tirada media de 2810 ejemplares por título (en 2014 era de 2886 ejemplares por título) dan 225.308.610 ejemplares o 4,8 libros por cabeza (más o menos). Si tan solo se comprasen 3 libros por cabeza (138 millones de ejemplares vendidos, el 60% de la producción) y año sería imposible tener la crisis de devoluciones que tiene el sector y tendríamos otro país, quizá. Pero soy consciente de que estos números contienen errores aunque quizá no mayores de los que ofrece la FGEE, pues habla de ventas de 155.430.000 ejemplares (68% de la producción) en 2015. distribuidores y libreros puede que no estén tan de acuerdo con estas cifras. Y es que el 35% de los españoles no lee nunca. El sector editorial reposa sobre los hombros de 27 millones de lectores, en realidad sobre un número mucho más exiguo.

Por otro lado la reducción del número de ejemplares por título, aunque solo sea de 76 copias, indica dos cosas:

  • como es siempre más difícil vender libros,
  • el paso paulatino crecimiento del peso de la impresión bajo demanda.

Conclusión este crecimiento en el número de títulos no corresponde a un valor positivo de por si aunque así se vende al público; el sector no se recupera solo porque edita más títulos.

El espejismo de la profesionalización del escritor

La figura del escritor retoma de tanto en tanto cierta relevancia en el debate general sobre el libro. Lo más frecuente es que la cuestión se centre en el auge de los autores autopublicados y el la calidad e la escritura. A mi me gustaría abordar la cuestión desde otra angulación.

El autor desde el adviento de la modernidad es un profesional. Algo que en la antigüedad no era pensable: cualquier persona era artista. La escritura y la relativa especialización ya pusieron el papel de escritor en otra dimensión, que sin embargo no consiguió distanciar en demasía la mayor parte de la gente gracias a la pervivencia de la literatura oral. La edad digital junto con la extensión de la alfabetización ha vuelto a facultar a cualquier persona de la capacidad de ejercer su creatividad a través de la escritura; merece sin embargo detenerse y anotar que la extensión de la capacidad escribir por apropiación de los medios de la escritura, la difusión de los recursos necesarios para hacerlo, la extensión de las posibilidades de lectura han tenido como otro efecto simultáneo la aparición de formas de analfabetismo de retorno y de analfabetismo funcional, que de hecho merma el ejercicio potencial de la escritura. Así pues, verso y reverso.

La edad moderna trajo consigo el concepto de profesionalización de la escritura y el espejismo de la “vida de escritor”; una espejismo sustancialmente cierto en economías como la estadounidense o la inglesa, menos en la nuestra donde si el fenómeno se afirmó para unos pocos ahora está en franca regresión. La actividad expansiva de las editoriales encuentra desde hace varios años diferentes obstáculos que pueden definirse como estructurales y más allá de la crisis actual: superproducción, bajos índices de lectura, búsqueda de rentabilidad inmediata, modelos productivos predigitales. Las posibilidades de vivir del libro o de profesionalizar la actividad de escritura cambian.

Ante este cuadro la era digital proponía un modelo de cultura libre, de ética hacker como algunos la han llamado, que suponía el retorno de la actividad de la escritura a la participación individual en fenómenos culturales colectivos cuyo fin era la “realización de si”, es decir una contribución creativa no mercantilizada o no exclusivamente mercantilizada. En otras palabras, la edad digital desarticula los mecanismos de profesionalización de la escritura gracias a la difusión de instrumentos de masa cuyo coste es relativamente bajo y cuya difusión se beneficia de los mismos mecanismos de mercado (a otro rato las posibles contradicciones).

Tomado nota de esto nuestro sistema productivo a desplazado el eje y ha propuesto una identificación de actividad con profesión y por tanto profesionalización, marca personal, beneficio directo. En síntesis se ha propuesto un nuevo espejismo en el cual la editorial ha perdido fuerza en aras de los intermediadores tecnológicos y el escritor ha asumido su actividad como profesión, olvidando cualquier veleidad anterior, y reproduciendo los esquemas de producción editorial a menor escala, con mayor esfuerzo y en un panorama donde la superproducción de la escritura amenaza con alcanzar niveles jamás pensados antes.

Está claro que esta actividad como actividad de lucro (con lucro se entiende el pretendido por el autor como resultado de su actividad “profesional de escritor”) pone sobre la mesa algunos problemas como, por ejemplo, la profesionalidad del resultado y el mercado, la asunción de las actividades paralelas (el marketing) por parte del autor o la mercantilización de la “fanfiction” y los posibles litigios debidos al copyright.

Pero no son los únicos.

La terciarización iniciada por las editoriales ha pasado ahora a los autores en la medida que estos optan por prescindir de las primeras. Si las editoriales substituían los profesionales internos con otros externos en un intento de abaratar costes y/o aumentar la rentabilidad, los autores tienden a prescindir de las figuras profesionales de editores, correctores, etc. La conclusión es, lamentablemente, la pérdida de saberes implícitos y explícitos que acumulaban estas figuras profesionales. También se produce, consecuentemente, una pérdida de calidad formal del producto, ya sea en su presentación, uso y goce, ya sea en las características de estilo de las obras (sobreentendido queda que se trata de una generalización razonable).

Nos hallamos en una fase de desestabilización de un sistema que no se ha adaptado a nuevos esquemas digitales sino ante un sistema que por un lado ha adaptado los productos digitales a un esquema predigital y por otro ha aprovechado de un clima social e ideológico para reducir el papel de la creación de la escritura a un fenómeno de mercadeo personal, donde el “escritor” se reduce a marca personal y se le adosa, sin que desempeñe en modo efectivo después en la mayor parte de los casos, todos los procesos editoriales a excepción de la distribución y su control, donde se juega la partida.

El autor pues ha aceptado ponerse unas orejeras, ha colaborado a desmontar un sistema sin substituirlo, ha aceptado las ventajas de la digitalización sin preguntarse en qué consiste y qué puede ofrecer y puede ofrecer él a cambio.

Las editoriales se están convirtiendo en contenedores de gestión limitada (puesto que en su mayor parte ni poseen flujos de trabajo digitales aptos a manejar una era digital ni controlan la distribución digital) de títulos que potencialmente entran en las corrientes de lectura, definiendo y realizando nuevas corrientes y nuevas segmentaciones en los gustos (supuesto o reales, para mi tan reales en algunos casos como las previsiones nixonianas de la guerra del Vietnam) que con frecuencia tienen por resultado el incremento de la superproducción de títulos reduciendo la tirada media de los mismos.

¿Existen alternativas? Existen. Desde luego pasan por no aceptar este estado de cosas. En cualquier caso hoy me he limitado a exponer una cuestión.

Editoriales y moneda social

hay un concepto en el último artículo de Roger Domingo (este) que me ha llamado la atención: moneda social, es decir el prestigio social que se adquiere ante pares (que nadie la confunda en este artículo con la moneda social como expresión de redes económicas locales con moneda propia, aunque quizá sería interesante explorar la confluencia).

La cuestión es como funciona en el mundo de los libros, de los editores y los lectores. En general parece que como actividad de prestigio la lectura cuenta muy limitadamente, pues en general las actividades intelectuales no gozan de reconocimiento público; el círculo en el cual funciona la moneda social es restringido, no digo elitista sino restringido. Por ejemplo, entre los lectores de Harry Potter, mucho antes de Pottermore, esta moneda social funcionaba según cantidad de lectura, velocidad de lectura y profundidad del conocimiento de los entresijos del mundo fabntastico de Rowling. Caso similar es el de Tolkien y sus mundos fabulosos; promemoria, eran los ’80 cuando despegó el fenómeno, lejos de las redes sociales virtuales. Podemos pensar que hoy este mismo prestigio sigue vigente porque es así. Existen hoy muchos cículos de lectores, clubes de lectura, foros y debates en al red y fuera de ella. Se trata sin embargo de algo circunscrito a pequeños nucleos heterogéneos. Leer, como corresponde a una realidad con un escaso porcentaje de lectores habituales (digitales o no, es una distinción inoperante) , es una actividad sectaria, la moneda social circula en pequeñas cantidades.

Ante esta penuria las editoriales pueden favorecer los lectores vagos, los lectores de best sellers, los fieles de un autor, los lectores ocasionales o…o pueden dedicarse a fomentar la moneda social que liga a la lectura. Los hay que lo hacen, más incluso de lo que parece pero menos de lo necesario. El problema es, con frecuencia, la falta de continuidad de la empresa. Recuperar esa moneda social para la lectura puede ser una clave de la recuperación del prestigio y también un recurso a explorar por parte de las editoriales “de nicho”, aquellas que cultivan ciertos campos y ciertos lectores. Ojalá sean fructíferos.

El valor del libro

En las cifras inquietas de las ventas de libros electrónicos, ora en subida ora en bajada, se haya todo el enigma de lo que sucede: una real indefinición de la situación no ya solo del #ebook sino del libro en general.

Los modelos tradicionales de venta del libro, con la artificial inclusión del libro electrónico en el mundo de las licencias de uso, ha experimentado con otras fórmulas para hallar un definitiva confirmación del libro electrónico como fuente de ingresos para las editoriales y los autores. Así hemos visto como durante unos años se afirmaba, y sigue estando vigente, el modelo de la gratuidad, temporal en ocasiones, del #ebook. Un modelo que muestra límites evidentes y cuyo uso entre los autores autopublicados, sin herramientas idóneas, puede acabar por ser frustrante cuando no desastroso a la vez que supone una perversión de la ética hacker y la economía del don.

Se han sumado es esta forma de comercialización del #ebook al menos otras dos, una bastante reciente: la inclusión de publicidad en el libro (y llamo la atención sobre el hecho que para definir el fenómeno tenemos que usar la palabra libro, por algo será); la gratuidad total o parcial del libro en cambio de datos personales.

Sobre todos estas dos últimas modalidades de acceso al libro por parte del lector resultan ser, en mi opinión, la muestra más perfecta de la alienación del libro respecto de cualquier afiliación al mundo de la cultura: el libro pasa a ser un vector comercial, ni tan siquiera un objeto en venta, y no un vector cultural.

Es cierto que la inclusión de publicidad en el libro goza de pésima atracción, pero eso no quiere decir que no se intenten evoluciones.

Menos claro es el destino que espera a la “gratuidad en cambio de datos” tal y cómo la plantea John Wickert en un artículo reciente (por aquí ya avanzó ficha en ese sentido, por ejemplo, Dosdoce). La editorial no solo se transforma en el sentido de que abandona cualquier intento de permanecer en el ámbito, bastante poco definido por cierto, de los cultural, para pasar a ser incluso un ente intermediario de datos.

¿Qué reflejo tiene todo esto en el libro, electrónico o no?

A mi juicio, para empezar destituye al libro de cualquier valor simbólico y por tanto lo integra en la esfera del bien comercial privado de cualquier valor que no sea el valor de uso. Se argumentará que el libro se “vende” y es verdad, pero también se ofrece libremente, se regala, en el caso del #ebook no se colocan restricciones geográficas o DRM y en definitiva se conforma (o quizá es oportuno y más justo decir que puede conformarse) diversamente al dar prioridad a lo que contiene por encima del contenedor como forma vendible (o no) en si. No se está lejos de concebir el libro como un instrumento de marketing desprovisto en gran medida de cualquier otro significado y sin otro valor que el uso, si acaso.

Cualquier posibilidad del libro en general y del libro electrónico en particular de vehicular un cambio de este cuadro pasa por demercificar en lo posible el libro, es decir en el grado máximo posible que haga del libro un conjunto vendible y a la vez simbólico. Es evidente que no es fácil, pero durante largo tiempo hemos vivido en ese sistema, así que no es imposible.

La digitalización y el libro electrónico han descompaginado todo el sistema y sus equilibrios, han irrumpido con fuerza los autopublicados, como hace siglo no se veía, pero el resultado final no ofrece forzosamente conclusiones utópicas. La desintermediación ha incluido, hasta el momento, solo los puntos de venta finales mientras ha reforzado las plataformas de intermediarios de vario tipo capaces de influir en modo mayor aún respecto a los viejos distribuidores en las políticas de edición. Hecho al que se suma la menor rentabilidad del libro electrónico respecto al impreso y que explica la tentación de hallar formas que repliquen la rentabilidad inmediata por encima de otras consideraciones. Propuestas como la ejemplificada por John Wickert representan una doble mercificación: del libro como objeto y del lector como mero dato comerciable, todo a expensas de la contribución que el libro puede dar al diseño de otras posibilidades, futuros y presentes divergentes. Y tocará al lector, pero también al escritor y sobre todo al editor elegir que mundo conceptual quiere defender, pero que quede claro que optando por la rentabilidad en forma de dato comerciable el sector editorial debe renunciar a calificarse como sector cultural. Como siempre, es el momento de decidir.

¿Por qué la red debe incitar a la lectura?

Dando lectura a una de las últimas entradas de Txetxu Barandiarán en su blog, no he podido por menos que hacerme esta pregunta, ¿por qué la red debe incitar a la lectura?

Dejando a parte el énfasis en el fracaso de la red como vector de lectura, dejando a un lado la confusión entre lectura online y lectura de libros electrónicos o revistas digitales, digo dejando todo esto para otra ocasión, me pregunto ¿por qué la red debe rescatar del fracaso al libro impreso como vector de lectura como parece que algunos de una parte le reclaman y por otra avisan de su imposible cumplimiento?, ¿por qué la red debe incitar a la lectura?

Partimos de una serie de infinitas lagunas:

  • no sabemos cuantos libros se venden: porque no todos tienen isbn, porque quienes saben cuanto se vende callan, porque cada día salen a la luz datos contrastantes que se dan de inmediato por veraces para luego dudar de ellos, porque el sistema está ideado para ser opaco.
  • no sabemos cuantos leen, ni qué leen; aproximamos, imaginamos, conjeturamos, hipotizamos, pero saber no se sabe.
  • partimos del hecho que el ebook no ha saneado las cuentas de las editoriales para concluir que la red no es la salvación de la lectura ni de las editoriales; no entro aquí en la polémica de cuanto han hecho estas mismas por desarrollar o por obstaculizar el camino del libro electrónico.

Y todo esto no es más que un colosal contrasentido.

La red no es un ente autónomo y si un instrumento. Nada se hace ni se ha hecho hasta hoy para incitar a la lectura, que no es lo mismo que impulsar el sector editorial: lectura y edición no son lo mismo, lectura y venta de libros o revistas no son lo mismo. Esta mixtificación es letal, ofusca la visión del cuadro, confunde.

La red no es un ente autónomo y si un instrumento. No se ha decidido que la red es un instrumento de inclusión o democrático. La deriva es que la red tiene razón de ser en cuanto vector de consumo y sobre todo de cierto consumo; las visiones divergentes y la posibilidad de hacer que estas visiones sean visibles se restringe progresivamente en modo fraudulento.

La red no es un ente autónomo y si un instrumento. La red no se autodefine. Los procesos culturales no se definen en la red en modo descentralizado, autónomo y colaborativo, estos residen en varios centros físicos, poblados por personas que mantienen relaciones físicas y virtuales y que resultan de procesos complejos con múltiples niveles de interacción y con la intervención de múltiples factores. En estas prácticas la lectura no está contemplada como actividad fundamental, me parece claro, como no lo están muchas otras actividades físicas y virtuales, individuales y colectivas que no tiendan a reforzar jerarquías ya existentes. La lectura está devaluada, pero no por la red, no en la red, en el mundo real y virtual. Continuemos discutiendo sobre la irrelevancia de la red, sobre la inconsistencia del libro electrónico, sobre la primacía del papel y olvidemos que lo que necesitamos, como sociedad, individuo e incluso como sector de actividad (el sector editorial), son lectores y el futuro será peor que el presente en lo real y lo virtual.

Necesitamos lectores. ¿Qué estamos haciendo para tener más lectores? A ver si dejamos de mirar a otro lado o solo nuestro ombligo, quizá así veamos las cosas como están.

Paradojas del libro electrónico

Sin lectores y con pocos fondos para las bibliotecas, es decir para que quien no pueda comprarlos pueda leer libros, las políticas de las editoriales son restrictivas en lo referente al libro electrónico: ¿quien será lector mañana?

Sin lectores y con pocos fondos para las bibliotecas, que crea lectores, el sector editorial pretende remontar el vuelo: ¿estamos seguros?

El sector editorial se fagocita creando el mismo ciclo de ventas de una película en cartelera: ¿Acierta?

El sector apunta con el dedo al libro electrónico por no mantener las promesas: ¿las promesas hechas por quien y actuadas por quien?

En realidad los libros electrónicos marcan el fin de las editoriales como posesoras de un estándar de edición y su nuevo papel como receptores de estándares pensados por otras industrias: adiós al lector como centro porque ya no es él para quien se piensa en producto.

Las editoriales no desarrollan el libro electrónico porque no pueden establecer sus características, su marco de uso, su transmisión (en algunos casos ni siquiera comprenden que siendo la misma obra no es el mismo libro). Ante estas circunstancias, donde diversos otros actores (distribuidores, codificadores, constructores de dispositivos lectores) juegan un papel tan o más importante del mismo editor, éste no ve porque añadir a sus tareas y competencias el libro electrónico, lo cual determina, de paso, una progresiva futura disminución de su papel; un síntoma es la autopublicación como alternativa. Estas mismas circunstancias determinan que el editor no sea el mayor beneficiario (ni el autor, desde luego) en el reparto de porcentajes de la venta del libro.

Así pues resulta extremamente paradójico que el libro electrónico haya llegado a ser una esperanza para el sector. Más bien, diría yo, ha servido como chivo expiatorio  ante una situación estructural resultante de una serie de decisiones e inacciones del sector durante los últimos veinte años. Una crisis estructural que subraya despiadada el hecho de estar ante un sector no industrial que actúa como si lo fuese; otra paradoja más al descubierto a propósito del libro electrónico.

Sumemos a esto resistencias metodológicas culturales, prácticas, retóricas (mis favoritas son el olor de los libros, benditos ácaros y hongos, y la herencia de la biblioteca, como si las casas las regalasen) y nos hallaremos ante una situación paradójica: siendo el libro electrónico un formato con futuro los editores han decidido desentenderse de su definición y práctica. El sector editorial busca con desesperación una rentabilidad que le saque del agujero que ha excavado comportándose como una industria sin serlo, tratando la cultura como un elemento retórico y no como un hecho sustancial, trabajando como otros sectores con otras premisas, usando la tecnología en modo superficial (casi creyendo que será la tecnología la que resuelva los problemas y no una estrategia que subyace a su uso; que nadie se sorprenda entonces de la pervivencia de programas de conversión y del concepto mismo de botón mágico porque revelan el marco conceptual en el que se mueve buena parte del sector editorial).

El libro electrónico es el libro que ha sacado a relucir todas las ineficiencias y vulgaridades de un sector incapaz de redefinirse y aún diría incapaz de trazar una estrategia de defensa de la cultura no económica.

El presunto fracaso de “lo digital”

En un lustro he leído y oído tantas veces que lo digital ha fracasado o triunfado, con datos y estadísticas de todo pelaje y oscura raíz, que me resulta hastioso el tema. Sin embargo he decidido abordar la cuestión.

La sentencia de Roy Amara, “Sobrevaloramos el efecto de la tecnología a corto plazo e infravaloramos el cambio a largo plazo” calza perfectamente cuando hablamos del impacto de lo digital en la edición.

Me pregunto si el fracaso de lo digital como algunos vocean no es sino que el miedo al éxito de lo digital les había puesto excesivamente nerviosos: hablo de librerías, editores y autores que no se veían capaces, algunos siguen sin serlo aunque estén convencidos de lo contrario, de gestionar, dirigir y digerir la revolución digital. Como no se ahogaron de inmediato es que la ola fracasó.

La realidad es otra y aún están a tiempo de ahogarse.

El impacto de lo digital es profundo porque ha cambiado muchas pequeñas prácticas y hábitos cuyo impacto es mucho mayor del aparente: comercialización, exposición, prácticas de marketing, pero cuya comprensión quizá sea superficial y contentándose de prácticas comerciales no se vea justamente la profundidad del cambio.

Por otro lado la confusión terminológica y metodológica juega también a favor o contra el fracaso de digital: quien cuenta como comercio electrónico solo el referente al libro electrónico o ebook y no la venta del libro físico a través de plataformas digitales, quien confunde el incremento del volumen de ventas del ebook con el volumen económico de estas ventas, quien mezcla la lectura online con el libro electrónico (como mezclar el libro de bolsillo con la edición para coleccionistas); todas estas formas pueden leerse como claves del fracaso o del éxito de lo digital en al edición, según la perspectiva que aplique a la observación.

En realidad el impacto de lo digital en la edición estriba en el método de edición, que irremediablemente ha cambiado aunque sea un cambio que no todos han o están gestionando en modo óptimo, y que trae consigo otros muchos, de la escritura a al lectura pasando por la venta.

Las cortapisas al desarrollo del libro electrónico (DRM, precio excesivo, mala calidad de edición, consideración de subproducto, negación), eran las que había que esperarse. La cuestión es que lo digital vivirá un éxito seguro como tantas otras formas de revolución tecnológica.

El punto principal sin embargo, para mi, es que uso damos y daremos a esta revolución. Por un lado urge que nos hagamos cargo de que el cambio es profundo, que el sector editorial, que no es una industria por mucho que perore serlo, decida actualizar métodos de trabajo, actualizar sus conocimientos, perfeccionarlos.

Por otro lado, realizar los puntos elencados un poco antes implica que esto ocurra gracias a la consideración de los profesionales de la edición como tales y de los lectores como sus necesarios jueces y aliados; no podemos tratar a los unos y a los otros a patadas, negando derechos laborales y derechos del lector. Dicho de otro modo, implica una ética de edición puesta en marcha, defendida y actuada por editores, no por directores comerciales; no es que los números no cuentes, pero no se puede ir por la vida clamando en defensa de una “industria cultural” que ni actúa como industria ni guarda relación con la cultura (a menos que no sea la cultura del dinero).

No espero gran eco de esto que escribo entre los grupos afianzados en la edición, pero me satisface saber que en la periferia del sistema, prescindiendo en cierta medida del sistema mismo, esto se está actuando y demuestra su valor no solo sobreviviendo sino creciendo y expandiéndose (y no por que yo lo diga, sino porque hay quien lo cree y lo realiza).

A margen de estas consideración consigno aquí tres artículos cuya lectura aborda algún otro aspecto del “fracaso de lo digital”:

The future of FutureBook

John Makinson | “Readers don’t want content to change very much”

The book that talks back

Europa, voluntariamente desmemoriada

Hoy no hablo de libros, aunque cite un par de ellos, sino de la idea de Europa que me (nos) rodea a raíz de la celebración del Día de la Memoria.

Han pasado 71 años de la liberación de Auschwitz, que constituye la fecha solemne de la memoria del holocausto en los campos de exterminio y tengo la sensación de que no obstante tanta aplicación mnemotécnica Europa no ha comprendido nada. Casi un siglo más tarde del inicio de las persecuciones nazistas en Europa hace uso una vez más de medidas que recuerdan mucho ese periodo. Expulsiones masa, requisición de bienes, clasificación de seres humanos por categorías que indican su aceptabilidad: todas formas seculares en la cuales Europa a lo largo de su historia ha gestionado y comprendido la propia identidad (a modo de resumen sugiero leer la primera parte del trabajo de R. Hillberg, La destrucción de los judíos europeos). Una identidad basada en criterios de exclusividad y exclusión. Europa se vio y se ve con un club exclusivo, capaz de par patentes de ciudadanía solo a quien sus propias clases dirigentes consideran adecuado. Europa arroja a sus hijos en emigraciones casi forzadas (quien no recuerda las palabras de Cecil Rhodes sobre la emigración británica, para hacerse una idea puede leerse E. J. HobsbwmanThe Age of Empire: 1875–1914): desde fines del s XIX al S. XX son millones de ciudadanos europeos los que han abandonado el viejo continente sin llegar jamás a ser visto con nuestro ojos como hordas o oleadas. Europa ha generado con esta política tragedias dentro y fuera de sus propias fronteras. Europa tiene una fobia tal al “otro” que la alteridad es siempre fuente de temor, desprecio, rechazo y finalmente odio: Europa no digiere a quien no es europeo, mejor dicho, cierto tipo de europeo. Europa no ve que ese europeo no es hoy el de hace tiempo, pero no le interesa tomar consciencia de ello porque no sabe y no puede generar una nueva identidad.

Han pasado 71 años de liberación de Auschwitz, que constituye la fecha solemne de la memoria del holocausto en los campos de exterminio, y tengo la sensación de que no obstante tanta aplicación mnemotécnica Europa no ha comprendido nada ni tiene voluntad de comprender y lo peor ha de llegar otra vez.