Instituciones del libro: hacia la obsolescencia improgramada

Ya en otras ocasiones he manifestado mi opinión, por lo general poco halagadora, de las instituciones del libro, el gremio de editores (o los distintos gremios), por ejemplo.

En general estas instituciones tienden a manifestar aspectos normativos que se definen y determinan por lo general fuera de las mismas instituciones. Esta es sin duda la mayor explicación de la distancia que separa las instituciones del desarrollo de las situaciones: en palabras pobres, las instituciones no patean las calles. Y es que las instituciones responden en primer lugar a las lógicas que ellas mismas instauran y después (mucho después) a la realidad (si responden), y es cada vez menor la capacidad de estas instituciones de mantener cautivo nuestro imaginario: sin quererlo están alcanzando una estado de obsolescencia improgramada. Desorienta entonces la instintiva desconfianza hacia comunidades y redes informales (con algún grado de formalidad) que se advierte en el sector editorial en general. Personalmente, lo he manifestado en más de una ocasión, me parece que es el modo más directo y autónomo de actuar, más ligero y ágil, más adaptable a circunstancias y lugares. No me sorprende que estas formas sí consigan dar respuestas a las cuestiones abiertas en el sector (estará de acuerdo en esto Bernat Ruiz Domènech) ni tampoco me sorprende de hecho la escasa reactividad de los editores en general.

Al margen de esta consideración lo que sí me sorprende, vistas las premisas anteriores, es la necesidad que parecen vivir los “actores del sector” de crear nuevas instituciones, léase sellos de calidad (proliferan, según me informo gracias a Txetxu Barandiarán).

Sin definiciones de mérito, definiciones vagas, con criterios meramente métricos y con algún euro de contribución por en medio. Lo peor sin embargo es que se afirma la creación de nuevas instituciones sin financiarlas, lo cual es imposible a la par que inútil; ya lo dijo William O. Douglas, la única manera de establecer una institución es financiarla. En fin, estamos ante otro fenómeno que tiene sus días contados de seguir por la senda que transita hoy.

Yo seguiré apostando siempre por vínculos efectivos, por recuperaciones de significado, por respuestas quizá efímeras pero efectivas.

No puedo no dejar aquí escritas algunas cuestiones finales.

¿Necesitamos nuevas estructuras y metaestructuras? ¿Necesitamos gasto o inversión? ¿Necesitamos lo que tenemos? ¿Tenemos lo que necesitamos? ¿Por qué defender la convicción de que la solución llegará de fuera y sin riesgo? ¿Por qué los editores, libreros, distribuidores e incluso autores están dispuestos a suscribir una idea que les aleja de la realidad de los lectores? ¿Por qué dejar la iniciativa a sujetos distintos a nosotros mismos?

De la política a la edición: notas comunes y sugestiones

Durante estas vacaciones he tenido tiempo de leer algunas cosas interesantes. Entre estas está el informe titulado “Ya nada será lo mismo. Los efectos del cambio tecnológico en la política, los partidos y el activismo juvenil ”, editado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud (disponible aquí, por ejemplo). El tema del informe es jóvenes y política, pero he notado algunas cuestiones que me parece, acertando o no, pueden trasponerse a otros ámbitos, como por el ejemplo el mundillo editorial, en función de su carácter general, de actitud y por su calado conceptual.

Si algo determina fundamentalmente la actitud de los jóvenes hacia la política es la funcionalidad de esta: qué funciona de hecho y no se cuestiona (ni a si misma ni con carácter general).

De este modo se valora la transparencia de la gestión y se cuestionan las estructuras de mediación. ¿Hablamos un poco de la imagen de las editoriales como agentes mediadores? ¿Hablamos del cuestionamiento de los jóvenes editores hacia el gremio? ¿Podemos trazar un cuadro sobre la estima de las distribuidoras y en general del acceso a los libros? Consideremos que por contra la notable aceptación de estructuras colaborativas para la solución de los problemas y podremos entrever la consideración positiva que tienen las bibliotecas como espacios abiertos y alternativos al margen de las instituciones; tanto menos “institucional” será la actitud de la biblioteca tanto mayor su éxito comunitario, parece sugerir esta ecuación, pues redistribuyen socialmente espacio y literatura. Pregunta: ¿Cuándo las bibliotecas presentan un perfil potencialmente atractivo, las editoriales acompañan a las bibliotecas con políticas más abiertas? Pienso al caso el ebook en particular. Tengamos en cuenta que hoy por hoy la constitución de bibliotecas al margen de las instituciones es una realidad (que con frecuencia se saluda solo por parte de las editoriales micro e independientes y aún en ocasiones como simple medida publicitaria). Hay mucho que repensar aquí.

Abundo en que hay mucho que repensar si al anterior punto sumamos estas otras características de los jóvenes frente a la política (o en este caso frente al mundo editorial):

  • radicalidad democrática
  • colaboración
  • conectividad
  • presión e implementación
  • glocalización

¿cómo se coloca el sector editorial frente a estas posiciones más allá de acciones comerciales? Están hablando de ética, no solo de servicios.

La tecnología es cotidiana para todos, lo jóvenes sin embargo tienen un concepto distinto de su aplicación. Mientras las instituciones las usan para hacer lo mismo de antes en modo más eficiente, se esperan de estas que las usen para organizarse de otro modo, para actuar de otro modo. El sector editorial vive idéntica confusión a las instituciones políticas del país: hacemos lo mismo, pero con mayor eficiencia, ni siquiera mejor. Sobre todo no usamos las tecnologías para acercarnos a ninguno de los cinco puntos anteriores. No entendemos y no usamos la tecnología en el modo que se espera de nosotros y así cavamos un surco más profundo. Donde se piensa recoger beneficios de un mercado mejor arado y roturado, más intensivamente explotado hallaremos solo malas hierbas, cosechas más pobres (en cantidad y calidad).

Cierro con una afirmación final. Lo jóvenes no se acercan a las instituciones ni participan de la vida política institucional, pero si hacen política: ¿en que medida estos jóvenes si leen pero no nos leen? La cuestión de fondo es que no coinciden los temas de la política tradicional con los suyos y por ello desconfían y muestran un profundo desinterés partidaria. Mutatis mutandis sospecho que el mundo editorial ni comprende ni sabe cuales son los intereses de futuros y presentes lectores más allá de los sondeos de mercado, que lógicamente ignoran y son ignorados por esta porción de ciudadanos.

Si esta situación es en la que se va a desarrollar no una sino varias generaciones creo poder afirmar que en poco tiempo el sector editorial vivirá de canibalizarse, sin haber creado, ni creído ni apostado por nuevos lectores: la ley de Liebig no miente nunca.

PS: como siempre, pero lo repito, estas son opiniones y lecturas personales.

Big Data vs Redes (o viceversa)

No desvelo ningún secreto a nadie diciendo que soy contrario al Big Data. Soy contrario fundamentalmente porque veo en Big Data algunas cosas que desapruebo o me parecen inútiles:

  • Big Data es carísimo par cualquiera que no sea una gran corporación (altísimos son los costes de refinado de datos agregados y complejos si de veras se quiere obtener un beneficio real).
  • Big data es inútil a menos que no se vendan servicios personalizados (presunta o realmente) o gran número de productos.
  • los datos que constituyen Big Data se obtienen con frecuencia en modo discutible (aunque sea legal) cuando no inmoral (de hecho es una práctica invasora y violentadora de la personalidad de cada cual).
  • Big Data es, fundamentalmente, contrario a web 2.0 (aunque ocasionalmente se vista de conversación).
  • Por último porque Big Data es de hecho la abdicación del ciudadano a parte de sus derechos y por consiguiente de su identidad y de su intimidad; todo ello sin considerar que los ciudadanos con menores recursos son los que con mayor frecuencia ceden los propios datos para alimentar a Big Data.

Concibiendo la edición como un ejercicio de responsabilidad y por tanto necesario de una ética, Big Data es una realidad (real o no que sea) que me repulsa.

A la cuestión como puede un pequeño editor saber lo que debe saber sobre sus lectores, compradores, libreros, autores y recensores creo que puedo dar una respuesta que implica un gran mole de trabajo realizable con recursos limitados, paciencia y una caña: creando redes.

Tomo como punto de partida la reflexión de Richard Nash sobre la creación de redes en los primeros tiempos de la edición y la vuelta a un proceso artesanal (pienso y no soy en único que la realización de un #ebook aún valiéndose de instrumentos industriales tiene una parte artesanal y se desea dar a cada ebook una identidad como obra, algo parecido a lo que se hacía con los libros impresos cuando se les cuidaba) en cuya natura estaba presente la creación de redes superpuestas.

Añado entonces otra reflexión, de muy diferente carácter, la de Shatzkin sobre las “obsesiones” de hoy para los editores en la era digital. Muy especialmente los puntos 2,3,4 e incluso 5 creo que podrían revestir un carácter muy distintos si los editores, sobre todos los que se dedican al libro electrónico, estableciesen redes efectivas, cordiales, basadas en el intercambio de opiniones y datos, en conversaciones, es decir en crear redes virtuales y físicas (aquí llamo en causa a los libreros que no deseen quedar atrás o vender solo los grandes éxitos de los grandes grupos editoriales y a los editores de libros electrónicos que no tengan rémoras y temores) con el mundo que les rodea. (Los puntos 6 y 7 serían muy fácilmente abordables usando bien los metadatos y estableciendo flujo de trabajo digital. El punto 8 es soberbio y sirve para cualquiera. A mi modo de ver es la bomba anti-BigData).

No insisto más en las ventajas que el establecimientos de consorcios editoriales podría acarrear, me parece que ya he dicho de sobras lo que pienso sobre ello, pero no puedo dejar pasar esta reflexión: si de verás la cristalización de nuestro trabajo es un mundo relacional y emotivo entonces la reinvención de viejas prácticas que conlleven el contacto directo con quienes el libro lo manejan, lo leen, lo hacen, que resitúen la intermediación (en términos económicos sobre todo) son fundamentales hoy para mañana. Nos situamos con ello en las antípodas de Big Data, cuyas raíces se adentran en la mercadotecnia, en un conocimiento exhaustivo e imperfecto cuanto extenso. Nosotros debemos saber lo que nos es necesario saber, de forma directa, para hacer mejor lo que hacemos, para editar mejor, para editar libros mejores. Con redes o con consorciaciones, formalmente o de en modo informal, no importa, pero hay que reinventar la ruta, hay que tirar los corsés, rechazar la tecnificación de las relaciones, la falsedad de la relación, del mundo de la edición, especialmente si deseamos dar nuevamente un valor simbólico en vez de instrumental al libro, impreso o electrónico.

El plan de un mercado drogado

La FGEE ha cambiado presidente y este ha expuesto las líneas generales de su programa de acción.

La idea que me resulta más chocante es la propuesta de un plan nacional para la lectura (denominado pomposamente, me parece a mi,Plan Integral de Fomento del Libro y de la Lectura) basado en loen ayudas a la compra directa de libros. Digo que me resulta chocante porque es, como siempre en mi opinión, una idea funesta.

Expongo por qué

El mercado drogado

La compra directa de libros es un instrumento del demonio. De hecho es una forma de subvención directa cuyo resultado es la generación de un mercado drogado e irreal. El sector editorial tiene mucho sobre lo que reflexionar: superproducción, calidad, distribución, edición digital y mucho más y un mercado drogado no haría más que empeorar la situación permitiendo un status quo que es inviable, eso en vez de alentar la reflexión y la acción.

Bien sé que eso tendrá efectos negativos en algunos, positivos en otros.

Añado pues algunos ejemplo de cómo las ayudas pueden generar una imagen irreal de las circunstancias en que se mueven los editores, los autores, las librerías, los distribuidores y finalmente los lectores.

Hace ya años, ante la caída del consumo de azúcar, el gremio azucarero promovió una campaña que alentase a su consumo (¿alguien recuerda “16 calorías en cada terrón?). El consumo remontó, pero no todos resultaron beneficiados. Los grandes grupos azucareros coparon las ventas, el resto no notó nada o aún perdió cuota de mercado. La FGEE tome nota de cómo hacer pagar a sus socios la campaña que proponga porque los grandes grupos serán los beneficiados directos de una ayuda directa, claro que igual eso le importa poco a la FGEE.

Otro aspecto por el cual una iniciativa como la propuesta no da buenos resultados a largo plazo puede deducirse de las subvenciones que el gobierno catalán otorgó durante años a la creación de música en catalán. Gracias a estas subvenciones hubo una eclosión, relativa, de grupos y solistas que cantaban en catalán y consecuentemente de todo tipo de iniciativas y figuras: de casas discográficas a salas pasando por agentes. Cuando el gobierno puso fin a estas subvenciones ,se produjo una debacle. La realidad sobre la que se asentaba el fenómeno simplemente no existía. Mutatis mutandis, el resultado es postergar algo que puede ocurrir ya.

El efecto perverso

Pero además existe un efecto perverso en secundar las ayudas a la compra directa. Si por un lado los primeros favorecidos son los grandes grupos editoriales, por el otro entre los lectores los más favorecidos son los grandes lectores, quienes, por otro lado, pertenecen a un grupo socioeconómico menos precario (y anoto el concepto partiendo del vuelco del negativo). Dicho de otro modo, quienes leen más están entre quienes tienen más y un campaña como la propuesta favorece a quien menos lo necesita. Si no bastase esto en ningún modo asegurar crear nuevos lectores.

Abundo y coloco aquí un tercer ejemplo: el plan Renove ha registrado un incremento significativo entre la gama alta de vehículos, que no es precisamente el tipo de vehículo que compra un obrero o un trabajador precario.

En conclusión, el plan propuesto tiene como único objetivo subvencionar la venta de libros y en absoluto desarrollar un plan de fomento de lectura. Se trata de un plan de contingencia, de emergencia, un plan de corto o brevísimo plazo, cuando lo que en realidad se necesita (y de verdad se necesita) es un plan estratégico a medio y largo plazo. Con esta propuesta se incrementan artificialmente las ventas, se falsea la situación de sector, se coloca un parche, se incrementan las desigualdades.

Si la FGEE quiere hacer un plan nacional de lectura entonces debe ir en sentido opuesto, generando un plan estratégico que implica a lectores, editores, bibliotecarios, clubes de lectura, autores, libreros y quien más tenga que sume. Es importante establecer un criterio que no penalice la edición electrónica y es imprescindible que se abandone la idea de la subvención, pero si se incluyese es necesario, siempre a mi juicio, que se introduzca un criterio de progresividad en la ayuda según renta y situación de desfavorecimiento o precariedad, en modo de subvertir fenómenos de desigualdad creciente por imposibilidad material de acceso a los recursos. De lo que se trata en último extremo es hacer del libro otro factor de transformación y enriquecimiento personal y colectivo en este país fomentando que haya, entre otras cosas, muchos nuevos lectores. El sector editorial saldrá largamente beneficiado y en modo limpio de esta nueva situación.

La atomización editorial no es un mal.

 

Leí un artículo hace unos días en que se hablaba de la “atomización de la edición en español” como si fuese una lacra y una desdicha. En los tiempos que corren ser pequeños está mal visto, a lo que parece. Y sin embargo yo no acabo de verlo así. No creo que la atomización editorial sea un mal de por si.

En efecto, he sostenido la necesidad de consociarse para hacer frente a determinadas cuestiones en una economía de escala e incluso como un modo de vertebración de iniciativas amplias o transversales.

Por otro lado existen acciones que una pequeño editor puede realizar sin tener que perseguir el crecimiento dimensional hasta alcanzar al paradoja del caracol. Por ejemplo, un pequeño editor puede (diría debe):

  • editar sus títulos en diferentes lenguas
  • usar racionalmente la impresión bajo demanda
  • publicar en diferentes formatos, incluyendo el electrónico
  • realizar acuerdos de mutua asistencia, representación y comercialización mutua de los catálogos con editores en otros países, especialmente en Iberoamérica

Repito, no obstante, que una pequeña dimensión tiene también algunas ventajas. Creo que el pequeño editor puede convertirse en un eje relacional local o temático, desarrollando iniciativas de muy distinto carácter. Un papel que no jugarán las grandes editoriales (y solo algunas de las medianas) Por ejemplo:

  • constituyendo grupos autónomos de lectura
  • colaborando con la red local de bibliotecas
  • tejiendo relaciones de cercanía con una red de librerías: ¿que tal llevar a las librerías nuestros autores para que hablen de los libros que han leído y que les han marcado? O incluso de los que no han leído
  • desarrollando temáticas locales o específicas
  • desarrollar ferias temáticas, regionales o intercomarcales de breve duración y alto impacto que constituyan, también, momentos de intercambio con otras realidades
  • favoreciendo la intersecciones de redes propias con otras redes; como hacer colaborar la red de bibliotecas con las cual colaboramos con otras redes de bibliotecas)

En fin, me dejo una infinidad en el tintero y cabe la posibilidad, en absoluto remota, de no haber sido original, pero quisiera insistir en un hecho fundamental: el tamaño editorial (con su connotación de dimensión económica) no son un fin y, estoy convencido, ni tan siquiera un medio. Los pequeños editores pueden obtener más desarrollando intensivamente relaciones paritarias con intercambios frecuentes, ya sea con lectores, libreros, bibliotecarios, autores, editores e incluso escolares y tenderos, sumando N iniciativas que sean potencialmente incubadoras de redes, que persiguiendo obcecadamente un retorno de inversión casi imposible.

Soy muy consiente que muchas de estas iniciativas pueden chocar con la incomprensión, la reticencia y la imposibilidad institucional para su realización. Sinceramente, prescindiría de formalismo. Quizá ha llegado la hora de hacer las cosas con quien quiere hacer cosas. Luego vendrá el modo. Los pequeños editores pueden decir mucho, hacer mucho, porque en lugar que ocupan no lo desean otros y el lugar que ocupan puede ser una butaca privilegiada en la construcción de una realidad que mañana sea de lectores.

 

Venta de libros en las bibliotecas, ¿una buena idea?

 

La entrada de las editoriales en las bibliotecas con puntos de venta o la conversión parcial de las bibliotecas en puntos de venta de libros es, a mi juicio, un tema caliente.

A día de hoy las bibliotecas han sido centros difusores, creadores de lectores, creadores de redes de lectores, centros de acceso para sectores de población con limitaciones (sea por cuestión de renta, sea por dificultad de acceso a internet, por ejemplo). En otras palabras, era un centro de agregación social basado en los libros y que se extendía más allá de estos.

Su carácter super partes le ha dejado hasta hoy fuera de la lógica de mercado.

La editoriales sin embargo han perdido fe en el carácter formativo y prescriptivo de las bibliotecas, al menos eso parece. Una pérdida de fe que debe hacer frente al incremento del número de usuarios de las redes de bibliotecas.

El sector editorial se encuentra en una posición complicada, ya sea por la coyuntura general que por deméritos propios. Una de las preocupaciones recurrentes es la encontrar nuevos lectores (compradores). Para ello se hace esfuerzo de diferentes tipo. La biblioteca, con su número de usuarios, es un punto ambicionable, algo comparable a una mina.

Por otro lado los recortes presupuestarios han dejado a la red de bibliotecas en los huesos justo cuando hubiese sido necesario aumentar las partidas.

Ante esta situación se han unido el hambre y las ganas de comer.

La posibilidad de vender libros directamente donde está el lector y el prescriptor es para las editoriales una ocasiones que parece imperdible. La posibilidad de obtener una fuente de financiación ahora que esta es escasa, representa una ocasión que parece imperdible para las bibliotecas. Todo bajo la apariencia de una ventaja mutua o como dirían los emprendedores más anglófilos, una jugada win-win.

Se me ocurre sin embargo que no todos ganan.

La posibilidad de acceso a la red de bibliotecas no es igual para todos. Sea que la venta se realice por acuerdo directo con las editoriales, sea que se llegue a él con las distribuidoras, con las condiciones de compra como ejemplo del pasado como telón de fondo, no dibujan un cuadro conde se compite en igualdad de condiciones. Se dirá que tampoco el mercado refleja condiciones de igualdad y es cierto. Y personalmente creo que este es el punto crucial, que las bibliotecas pasan a ser, con este solución, un engranaje del mercado que hasta ahora había quedado sustancialmente fuera.

Reflexiono a propósito del espacio expositivo de los libros en venta dentro de las bibliotecas y veo en ciernes una reproducción de los mecanismos que hemos visto en las librerías. Reflexiono si esto no tendrá reflejos también en la rotación de los préstamos y si esto no terminará con arrinconar el fondo también en las bibliotecas en favor de libros del momento. Reflexiono sobre el tipo de vínculos que se establecerán entre editorial/distribuidores y bibliotecas, ¿serán sanos? Reflexiono si merece la penas correr el riesgo de librerizar las bibliotecas justo cuando se defiende que las librerías retomen una papel activo en favor de la actividad cultural. (Aquí abro una paréntesis a propósito de lo cultural, pues temo que lleguen acusaciones de elitismo. No se trata de tildar ciertos libros de culturales y otro como lo contrario, se trata de crear las condiciones de acceso crítico al tipo de libro que se desea leer, lo cual incluye al libro crítico. Con acceso crítico entiendo un acceso meditado y motivado más allá de listas y publicidad, razonado en función de expectativas, gustos y afinidades y capacidad de lo que una vez se entendía como ‘comentario de un texto’, capacidad en la que se tejían otras lecturas y otros conocimientos, y que el lector sea capaz de exponer. Se dirá que pocos son capaces de exponer. Temo que no es cierto. No tratemos a la gente como idiotas, pero démosle las herramientas y la oportunidad. Ahí trabajan editores, bibliotecas y libreros. No todos, per deberían y por ello apuesto. Por cierto, no tengo la pretensión de haber dicho la última palabra en un debate arduo, era una declaración).

Además temo que esta actividad termine con la ambición de reconversión de la biblioteca en un espacio público abierto y polifuncional, una red de centros de creación, algo que ya expuse en otra entrada.

Si las bibliotecas venden libros, ¿las librerías entrarán en el sector del préstamo librario, en el sector de la lectura de consulta? Dicho de otro modo, me pregunto si no es una invasión de campo, si acaso no es un inútil pisarse los pies los unos con los otros.

He dejado por último el público usuario o lo público. ¿Qué gana el usuario y lo público con la venta de libros en la biblioteca? No sé que gana. ¿Qué pierde? Un espacio público y abierto. Una biblioteca que vende libros en un espacio colonizado por el mercado cuando crece la presión por tener y defender espacios libres, autónomos, públicos que queden fuera de dinámicas de mercado, que atiendan a otros criterios. Creo que no pocos bibliotecarios pueden dar fe de ello.

En definitiva el haber transformado una necesidad en una ocasión que favorece sobre todo a una de las partes, las editoriales, no es un triunfo sino más bien una derrota. El sector editorial sigue sin rumbo estratégico y sin un plan para fomentar la lectura y crear lectores. Otras soluciones que palien la incapacidad de compra de la editoriales pueden hallarse, destaca al respecto la inoperancia y el mutismo del Gremio de Editores, tan activo en otros frentes.

 

Decrecer, racionalizar, apostar

Desde hace algún tiempo le doy vueltas a la cuestión de la superproducción editorial y el debate o suma de opiniones que el pasado 4 de enero acogió entre sus páginas el suplemento Tuttolibri del diario italiano La Stampa, me ha dado el empujón para escribir estas líneas.

Manuel Gil analizó la cuestión en una entrada de su blog (esta en concreto) indicando algunas ideas que me parecieron de inmediato interesantes, pero con algunas otras que me parece merecen discutirse.

 Que la superproducción editorial existe y que no es un problema local sino global está claro. Se inscribe en el fenómeno que llamamos globalización y es expresión de una visión del mundo que choca frontalmente con una época de transición: una visión productivista incluso de la cultura. El resultado no puede ser peor y empeora en la medida que la inercia parece haberse adueñado de todos y paralizado cualquier reflejo. Tanto Gil como Antonio Scurati parecen coincidir con dos puntos:

  • La superproducción es hija de la búsqueda del best seller, es decir la industria editorial se ha reducido a si misma a una tómbola que reconoce como único metro de juicio la autocracia del éxito (de ventas claro).
  • La economía de bienes culturales necesita que estos se valoricen socialmente: acudiendo al terreno de lo banal la derrota de la cultura (y quien sabe si de la industria editorial) es segura.

De ahí a reinvicar la simple reducción del catálogo en 10, 15 o 30 títulos inútiles, como hace Gianluca Foglia, director editorial de Feltrinelli) hay un trecho y sobre todo es una medida que deben adoptar las grandes editoriales: sin querer aburrir reenvio a las cifras que Manuel Gil propone en su artículo.

Ahora bien, está superproducción se ha mantenido en los años solo para romperse de reciente ante un mercado que no decrece, como sostiene Manuel Gil, sino que crece negativamente, que es muy distinto. La industria editorial, en cuanto industria, sigue el mismo modelo de produccón y crecimiento que siguen las restantes industrias, ahogándose en el esfuerzo productivista. Una consecuencia de ello es que los canales de venta, analógicos y digitales no pueden absorber la producción y anegan también. Y el lector muere de superabundancia. Ojo, esta superabundancia no significa sin embargo muchos títulos diversos, sino muchos títulos diferentes del mismo tipo (la persecución espasmódica del best-seller salva cuentas anuales (¿son esos títulos inútiles que invocaba Foglia?) en los temas de moda, que dicho sea de paso, la mayor parte de las veces no los dicta siquiera la industria editorial), obligando a una rotación suicida, comercializando libros como rosquillas. ¿Los libros son rosquillas? No y sin embargo así los tratamos. El nivel de producción supera el nivel de satisfacción de las necesidades razonables de todos. Estamos obligados, como indicaba Bernat Ruiz Domenech en su blog a una forzada ética de la renuncia, que la industria ignora o parece ignorar si solo ahora se ha puesto a reflexionar tímidamente sobre la cuestión. Es urgente encontrar una dimensión, un sentido de la medida que podríamos definir, metafóricamente, “una huella ecológica sostenible”.

Y por otro lado si el libro es un producto como las pastillas de jabón, la industria editorial no puede esperar reglas de mercado distintas ni, mucho menos, distinguirse con el título de intermediador de la cultura (no digamos ya su representante (porque el interés, bajo este prisma, no es la cultura, es el libro de cuentas.

Sumemos a esta tendencia otra que queda fuera del alcance y control de las editoriales: la autopublicación. Sin contar con que podemos leer de mil otras formas además del libro, la autoedición incrementa notablemente el número de libros potencialmente legibles. Si la industria editorial está afectada de productivismo, las plataformas de autopublicación son el ejemplo más evidente de este fenómeno, con sus consecuencias.

Ante este cuadro de conjunto hay que plantear una alternativa real: decrecer. Decrecer no significa un crecimento negativo sino abandonar el objetivo del crecimiento ilimitado, plantear otro esquema de producción y consumo. Cierto, el tema es amplio espectro y no puede abordar unilateralmente el mundo editorial, pero ¿que tal si probamos a imaginar producir menos, consumir menos e imaginar y crear más? Quizá demos entonces una contribución real para a hacer el aire de los libros y de las librerías más respirable, un lector menos estresado y más (in)formado.

 Otro ámbito de trabajo sobre el que trabajar es el de la relación editoriales y librerías.

El acceso a las grandes cadenas de librerías es importante para muchos, pero el espacio que encuentran las pequeñas editoriales en estas cadenas, unido a la intensa rotación de títulos y los aspectos ligados a la distribución, constituyen a la par obstáculos para la presencia en estas librerías.

Una alternativa interesante podría ser la creación de una alianza entre pequeños editores (incluyendo a los editores ebook) y una red de librerías de referencia (100, 200, 300) con al menos 3 características:

  • que cubran cuanta mayor porción del territorio nacional mejor
  • que estén situadas en grandes y medianas ciudades
  • que privilegien editoriales independientes

La posibilidades de articulación de un proyecto de este tipo son diferentes, pero van todas en una dirección que tiene como objetivos los siguientes:

  • indicar en los libros un modo cognitivo e interpretativo del mundo, por lo tanto vario, infinito en sus posibilidades, finito en el número (y siempre será alto).
  • hacer del libro un instrumento relacional y aprovechar el conocimiento del librero vocacional tiene de su realidad circunstante y de sus lectores/clientes.
  • sumar e integrar mil parcialidades en vez de crear un solo conjunto infinito, globalizado y homogéneo.