Hiperabundancia: una reflexión

(Como siempre anticipo que las líneas que siguen, tantas esta vez, son únicamente mi opinión, que espero se comparta o sirva para iniciar un debate)

Hoy en día existe una hiperabundancia de oferta de lectura: a la hiperproducción del sector editorial hay que sumar la cantidad inmensa de autores autopublicados y, además, otros contenidos accesibles con los mismos aparatos con que leemos. La cuestión pone en serías dificultades al cualquier editorial (e incluso a los autopublicados, aunque prefieran ignorarlo).
Para discurrir sobre este tema me he hecho un rudimentario gráfico que ayudará mucho a entender la situación actual, cómo influye en las políticas de las editoriales, que consecuencias tiene y que alternativas pueden plantearse (o al menos yo me las planteo y aquí las dejo por si alguien más tiene interés).

grafico1

Internet es hoy referencia para el acceso a las lecturas y que ese universo de referencia esta en expansión (internet será en cinco años cinco veces mayor que hoy). No hace falta mucho para darse cuenta que el número de lecturas (o de contenidos que se relacionan con la lectura, como reseñas, críticas, promociones, materiales añadidos, etc) ha crecido en modo exponencial respecto a hace una década. Sin embargo nuestro tiempo dedicado a la lectura y al acceso a contenidos que podemos englobar en la lectura es sustancialmente estable. De hecho el punto de encuentro entre oferta y demanda ha quedado ya rebasado en el tiempo, es algo que pertenece al pasado.

La zona que en el gráfico se halla antes y por debajo del punto de contacto muestra el tiempo en que el sector editorial podía crecer porque el tiempo que podía ser destinado a la lectura era mayor respecto a los contenidos producidos.
La zona posterior y por encima al punto de encuentro muestra en vez la situación actual, donde la cantidad de lecturas y contenidos asociados es muchísimo mayor a la capacidad de lectura de cada uno de nosotros.
Un efecto de esta sobreabundancia es que se prefieren los las formas más rápidas, que no siempre las más breves; entre un libro y un trailer del libro (que nos dé la información principal y relevante de us contenido) o la película del mismo tenderemos a elegir las formas más visuales y menos costosas desde el punto de vista utilitarista. Dicho de otro modo e infiero cuanto sigue de una forma de empirismo, es tal el alud de lecturas propuestas en proporción al tiempo disponible que la lectura pasa al último lugar de las preferencias pues no somos capaces de determinar cuales serán las que no satisfagan más a la vez que se constata que es imposible consumirlas (terminarlas) todas. Cualquier otra forma más accesible de información o entretenimiento es mejor: la imagen resulta imbatible.
¿Las editoriales deben pensar/hacer/editar libros como videojuegos? Algunos piensan que sí. La inferencia, en mi opinión falsa, es que la lectura compite con otras formas de entretenimiento audiovisual y que si quiere, al menos, establecer la paridad debe proponer formas igualmente audiovisuales. En realidad no; si así fuese hace casi un siglo que compite sin caer derrotada con la radio y/o el cine. En realidad compite contra si misma: la lectura sufre de la sobreabundancia que el mismo sector editorial ha creado.

Hiperabundancia y visibilidad, aspectos prácticos
Queda claro que en un contexto como este la posibilidad de que la lectura propuesta sea invisible en el proceloso mar de las posibles lecturas es mucha más elevada. La editorial se preocupa pues de la visibilidad de sus propuestas. Mientras una vez esto quedaba en manos de circuitos cerrados y determinados incluidos en la publicidad y las relaciones con los medios de prensa, ahora estos circuitos son amplios y difusos. El esfuerzo pues ha cambiado y el rendimiento también, de nuevo la amplitud de la red constituye una dificultad. Me explico con una imagen: si una vez echábamos una piedra en el estaque la dimensión de la piedra producía encrespaduras más o menos grandes, según el tamaño de la piedra, que podían alcanzar los bordes de un estanque. Ahora tenemos un enorme lago y para alcanzar los bordes deberíamos lanzar auténticos meños, algo siempre más fuera de alcanza de la inmensa mayoría. Si hace un tiempo el ingenio podía suplir la falta de medios la creciente sofisticación del público y las siempre más exhaustivas segmentaciones imponen crear paracontenidos siempre más sofisticados y con mayor uso de medios reales o virtuales con mayor número de horas dedicadas a estos paracontenidos. Y además promoción, publicidad y distribución finalmente eclipsan el contenido mismo que publicitan, promocionan y distribuyen.

El resultado es que con la ampliación de la red los más pequeños quedan siempre más arrinconados o como decía una canción “los últimos serán los últimos si los primeros son inalcanzables”. A pesar de todo la continua expansión de la red amenaza con hacer vanos incluso los esfuerzos de las grandes corporaciones porque los costes de la inversión crecen y el rendimiento se reduce. Y no es lo único que se reduce en las grandes corporaciones: para que la inversión sea rentables en los posible la oferta se reduce en variedad, que no en número, y se globaliza. Se elimina, en otras palabras, la producción local.

Un resultado perverso de este giro de las estrategias mediáticas es que mientras se clama que “el contenido es el rey” en realidad este ha pasado a ser un instrumento. Contenidos y paracontenidos, cuyo coste de producción sale mientras su margen se reduce en un contexto hipercompetitivo y extremamente saturado, pierden valor real y simbólico y devienen instrumentos para la adquisición de datos. Estos datos o bien entran en un comercio más o menos lícito o bien tras su análisis sirven para dirigir sea el gusto del lector sea la producción de nuevos contenidos y paracontenidos. La jugada termina por ser perversa porque por un lado impone seguir un gusto cambiante y por otro anticiparlo y a ser posible imponerle nuevas lecturas o contenidos audiovisuales. Resulta obvio que la primera de las dos opciones es la que radicalmente cambia el sector editorial. De hecho supone un cambio completo de la orientación del sector editorial que pasa de ocuparse de textos (en cualquiera de sus formas y con relativos complementos) a ocuparse de datos: de comercializar textos a comercializar datos. No es un cambio baladí. Tiene implicaciones prácticas y éticas.

Considerando exclusivamente el aspecto práctico no lo es porque recoger y tratar estos datos (con o sin su comercialización posterior) hace necesaria una inversión. En la situación actual solo grandes grupos con recursos financieros propios o con acceso al crédito pueden acometer la cuestión. En otro caso es necesario que esto recaiga en una empresa externa a la editorial. Este proceso de externalización que tuvo inicio en el sector editorial a inicio de los ’80, que de hecho supuso no haber entendido el alcance estratégico de la digitalización, se ahonda y determina un debilidad estructural mayor para los más pequeños del sector. Si los datos se convierten en un recurso de las editoriales poner este recurso en manos ajenas no puede llevar a ningún fortalecimiento ni estratégico ni estructural. En realidad esta obsesión por los datos refleja la incapacidad de generar relaciones reales y/o virtuales con los lectores (propios o ajenos) pues el famoso internet 2.0, aquel de las conversaciones y la principalidad del usuario/cliente jamás despegó y a los usuarios/clientes se les pidió únicamente asentimiento, construyendo espacios que solo daban lugar a quien reforzaba positivamente el mensaje que las editoriales querían hacernos llegar. No habiendo debate, no preguntando, no escuchando, no proponiendo ni acogiendo ideas salvo en casos limitados, el sector no ha construido relaciones. Sin relaciones quedan los datos. O, alternativamente, el fichaje de quien las relaciones si las ha construido: el autor autopublicado que posee esa red de relaciones que avala luego con su compras el fichaje por parte de una editorial (dejo para otro día el análisis económico de ese esfuerzo y el auténtico ROI de las ventas para los grandes éxitos autopublicados).
Dejo al margen consideraciones éticas como la expansión de datos de los compradores entre diferentes empresas (la editorial y la empresa que efectivamente trata los datos), la invasión de la intimidad incluso sin adecuada información sobre el alcance de la profundidad del tratamiento de los datos (por ejemplo, dónde paró de leer, cuándo lee, etc…), el reflejo que este cambio de interés tiene en la producción del libro y sus reflejos editoriales y otras más que el lector puede ir poniendo tras su propia reflexión. Pero no puedo no hacer notar que basta un buen análisis de los metadatos de los libros vendidos para obtener buenas indicaciones de las preferencias de los lectores, datos simples nada invasivos y que son más efectivos si las ventas se hacen en la propia página web.

En definitiva, el sector editorial pasa por un momento de transición en gran parte porque en su momento ignoró la realidad circunstante, porque ha debilitado su propia posición estratégica, porque sin ser industria piensa serlo, porque no en general no invierte ni en tecnología, ni en formación ni en relaciones, porque ha intentando una salida hacia adelante generando una hiperproducción de contenido que provoca su propia asfixia. Y las dimensiones futuras hacen peligrar toda editorial de la grande a la pequeña, aunque las pequeñas corren el riesgo de caer las primeras.

Posibilidades y soluciones

Y sin embargo creo que hay soluciones, especialmente para las pequeñas editoriales.
La sostenibilidad de una iniciativa editorial en un mundo saturado de contenidos no pasa por competir con otros contenidos de más rápida adquisición; quizá habría que considerar si esa competición que el sector parece empeñado en suscribir no ha conllevado la suscripción de una rotación de títulos imposible de sostener y si no es una de las razones de abandono de lectura de esos mismos títulos de rotación vertiginosa.
La sostenibilidad de un proyecto editorial pasa, a mi juicio, por:

  • Olvidar el sueño de una rentabilidad que se eleve por encima del 5%: todo lo demás es una entelequia y un espejismo especulativo.
  • Atraer, generar y conservar lectores: demasiado la hiperproducción de contenido se reversa en un exiguo número de lectores. Si no se realiza un esfuerzo por aumentar esta base cualquier otra política, cualquier ulterior esfuerzo está condenado de antemano a la insuficiencia y la irrelevancia.
    Existen muchas posibilidades de realizar esto, algunas de la cuales fueron puestas marcha en el pasado y después acantonadas y olvidadas. Habría que volver a repensarlas.
  • Crear relaciones con los lectores, relaciones físicas y virtuales. Olvidar cualquier relación instrumental con los lectores es la única via para generar confianza. Apostar por formas abiertas que incluyan a las editoriales, que no hable solo de editoriales y en las que no hablen solo las editoriales. El respeto del lector vale su fidelidad a la lectura y este beneficio recae también sobre “nuestro” proyecto editorial, especialmente si se significa en este campo.
  • Generar vínculos locales: personal local, imprentas locales, libreros locales, lectores, bares, autores, bibliotecas, clubes de lectura, escuelas: ser motor de la vida cultural y social refuerza la comunidad en la que se encuentra la editorial y consolida la editorial misma. En la medida en que los grandes grupos apuestan por lo global, lo local vuelve a ser punto de arranque de nuevas realidades. Local no excluye una dimensión planetaria, pero refocaliza las prácticas e impone nuevas estrategias.
  • Crear vínculos con otros editores para co-editar, generar un circuito de ediciones locales (traducciones) basado en el intercambio de títulos, co-ediciones y otras formas de colaboración.
  • Editar y publicar libros en multiformato.
  • Editar, publicar y fomentar el debate sobre la edición.
  • Editar con la vista puesta en estándares abiertos que puedan asegurar desarrollos futuros de los títulos ya publicados en nuevas formas.
  • Editar reduciendo el número de títulos y contenidos a un número realista: no solo debemos contemplar el nivel de ventas sino también las posibilidad real de ser leído, el esfuerzo que supone alimentar un máquina bulímica.

Redes, relaciones, vínculos, respeto, innovación, inversión, internalización son palabras que con su significado reflejan la vertebración de un proyecto editorial, de los contenidos que genera y que colocan más allá de la especulación y de la búsqueda compulsiva de éxitos a corto plazo.

5 años después: los inexistentes derechos del lector de libros digitales

Han pasado ya 5 años de cuando se discutía sobre los derechos del lector de libros digitales. La discusión llevó a un dodecálogo de derechos. A día de hoy, ¿cómo se ha respetado e implementado ese dodecálogo? ¿Podemos afirmar que ha sido un documento inspirador para el sector editorial, fabricantes de dispositivos de lectura incluidos?

Repasemos el documento (aparecido el 30 de mayo de 2010 en Dosdoce).

  1. Las plataformas de acceso y venta de eBooks no deben comerciar con el historial de compra de los lectores sin su consentimiento previo.

    La evolución normativa y las sucesivas leyes de protección de datos ofrecen hoy el marco jurídico para estas prácticas, así que ya tienen defensa. También abusos. Si la situación es o no satisfactoria me parece difícil de establecer, porque en la mayor parte de los casos las definición del uso de los datos personales no se consulta por parte del cliente o bien está disponible solo tras la firma de la aceptación o bien incluso aparece en modo tan parcial, fragmentada y confusa que el cliente jamás tiene una idea clara. Me parece significativo que fuese este el punto de partida del documento, reflejo fiel de la consciencia de la importancia del uso de los datos personales en un entorno digital.

  1. Aquellas plataformas que quieran reutilizar con fines comerciales el historial de compra de los lectores para mejorar sus sistemas de recomendación de libros o generar ingresos publicitarios relacionados con las compras realizadas deberán comunicar previamente a los lectores qué tipo de información guardan en sus plataformas, por cuánto tiempo y para qué fines comerciales.

    Idem como el punto anterior.

  2. El lector de libros digitales podrá acceder a esta información personal en cualquier momento y borrar su historial en caso de considerarlo oportuno.

    Idem como el punto anterior.

  1. Las plataformas de acceso y venta de eBooks deberán garantizar que los eBooks adquiridos son propiedad de aquellas personas que los han comprado. Tras la polémica decisión de Amazon de entrar en la cuenta de sus usuarios y eliminar los ejemplares digitales vendidos del libro

    de George Orwell 1984 por discrepancias con su proveedor, se justifica que exijamos que las plataformas de comercialización de eBooks se comprometan a respetar nuestros derechos como consumidores. Ninguna plataforma o librería virtual debería ser capaz de eliminar de mi cuenta un libro ya adquirido o limitar el acceso al mismo sin mi consentimiento expreso.

    Resulta evidente la dificultad de este punto.

    En primer lugar porque No solo porque el marco legal define el libro electrónico como servicio, sino porque esta práctica pondría fin a los cotos verticales exclusivos y excluyentes en los que se han convertido numerosos distribuidores que actúan como proveedores de contenidos, sistemas de almacenamiento con las propias claves de restricción de usos (DRM y otras lindezas) y dispositivo lector. El sueño del jardín vertical, del lector cautivo y la falta de una definición legal de este aspecto hacen en conjunto que la única forma de realizar este punto sea la compra directa al editor, especialmente si no implementa mecanismos restrictivos.

  2. En caso de alquiler, pago por lectura o subscripción de cualquier contenido digital, el usuario debería tener una opción a compra perpetua.

    Me arriesgo a errar, pero no conozco ninguna plataforma de este tipo de servicio que dé esta opción.

  1. Al igual que en el mundo analógico podemos prestar un libro comprado a un amigo, en el mundo digital deberíamos preservar el derecho a realizar préstamos de libros en cualquier formato y sin coste adicional.

    Actualmente esta posibilidad queda, en términos generales, como una reivindicación jamás oída.

  2. Se nos debe garantizar la posibilidad de leer cualquier libro de nuestra

    biblioteca en la nube o plataforma en cualquier dispositivo, sin restricciones ni limitaciones por sistemas, derechos, fronteras, etc., y siempre de una forma amable y legible.

    Mientras se debate la creación de un espacio único europea las restricciones geográficas y de interoperabilidad (por citar las mencionadas) siguen en pie, vigentes y activas. Los derechos del lector no coinciden con las expectativas del sector editorial,

  3. Las plataformas de acceso y venta de eBooks deberían permitir que las

    personas que deseen hacer sus compras en un entorno plenamente

    privado puedan hacerlo sin que sus datos de compra sean

    almacenados en ningún momento ni comercializados a terceros.

    Ampliación de los tres primeros puntos. No obstante el marco legal la tentación de Big Data y Data Mining corrompe cualquier idea que nos hagamos a cerca de nuestros datos como compradores aun cuando no son indispensables.

  4. Los compradores de libros digitales podrán eliminar su historial de compra o alquiler, así como destruir los propios libros adquiridos, en cualquier momento y de forma definitiva sin dejar rastro alguno de su previa existencia en ninguna memoria virtual.

    De vuelta al marco legal. Acciones fraudulentas sobre estos puntos no están, por regla general, eliminadas. Lo que es más grave es que están asimismo más allá de la capacidad del comprador medio de verificar su cumplimiento.

  5. Los lectores podrán regalar o revender cualquier libro adquirido que ya no se quiera mantener en su biblioteca digital.

    Subpunto ampliativo del carácter del punto número 8. Como el precedente, inaplicado e inaudito.

  6. Los lectores podrán subrayar, marcar y hacer anotaciones de forma anónima en sus libros adquiridos. Aquellos lectores que quieran compartir con otros lectores sus anotaciones personales deberán poder hacerlo, pero si en cualquier momento cambian de opinión también podrán retirar las aportaciones prestadas.

    Una gran idea, que de hecho supone interoperabilidad, estándares, formatos, sistemas compatibles, derechos de cancelación. Podríamos incluso incluir la cuestión de la propiedad intelectual de los comentarios. Todo en saco roto. Es incluso difícil transportar los comentarios de un dispositivo a otro de un libro de nuestra propiedad.

  7. Al igual que podemos mantener nuestro número de teléfono móvil si nos cambiamos de operador, las plataformas deberán garantizar la portabilidad de los datos de los usuarios. Si por cualquier motivo un lector abandona una plataforma deberá poder transportar los libros adquiridos, notas e historial de compra a la nueva plataforma de forma fácil y eficiente.

    Más de lo mismo.Misma solución. Es decir, nada.

Conclusiones

Las conclusiones de este rápido repaso son desalentadoras.

En primer lugar, el sector editorial ha hecho caso omiso de este dodecálogo. Nada o casi de cuanto se expone, reivindica en él se ha llevado a la practica. Nadie en el sector editorial (y con sector editorial doy la definición más amplia, que va del editor y la editorial a los fabricantes de dispositivos lectores, pasando por programadores, autopublicadores y distribuidores) ha pensado que el lector no tiene más derecho que el de comprar libros, eso sí, el que guste de entre los propuestos, faltaría más.

Salta a la vista que en el momento de la redacción de este documento, la preocupación por el tratamiento de los datos personales estaba muy viva y se avanzan de consecuencia peticiones muy concretas que aseguran el control de los datos por parte del lector. Al sector editorial el lector importa, al parecer, menos del cliente. Y sobre todo menos de los datos del cliente. La eclosión de Big Data ha seducido a tal punto que cualquier derecho ha quedado supeditado a la realización de un beneficio potencial, como en cualquier industria: lástima que el comportamiento como industria se limite a sus aspectos menos edificantes. Interoperabilidad, estándares abiertos, compatibilidad de sistemas, portabilidad de datos, control, todos los aspectos en los cuales una industria respetuosa del lector podría haber realizado una inversión e incardinado políticas de edición, creación y distribución, han quedado arrinconadas e inefectivas, demostrando, de facto, que la industria editorial no existe.

Personalmente hallo reiterativo este dodecálogo. Reiterativo e incompleto. No existe un punto en el cual el lector exprese su derecho a leer y poseer libros publicados con estándares de calidad, que justifiquen el precio que se solicita por ellos. Hecho en falta referencias a las bibliotecas y al derecho de hallar en ellas los libros electrónicos favoritos.

Resulta sin embargo imprescindible, para que un decálogo (o dodecálogo) más completo de este tipo pueda construirse y llegar a ser efectivo, que el sector entero se implique, que los lectores, que no deseen ser colo clientes, exijan su cumplimiento.

Instituciones del libro: hacia la obsolescencia improgramada

Ya en otras ocasiones he manifestado mi opinión, por lo general poco halagadora, de las instituciones del libro, el gremio de editores (o los distintos gremios), por ejemplo.

En general estas instituciones tienden a manifestar aspectos normativos que se definen y determinan por lo general fuera de las mismas instituciones. Esta es sin duda la mayor explicación de la distancia que separa las instituciones del desarrollo de las situaciones: en palabras pobres, las instituciones no patean las calles. Y es que las instituciones responden en primer lugar a las lógicas que ellas mismas instauran y después (mucho después) a la realidad (si responden), y es cada vez menor la capacidad de estas instituciones de mantener cautivo nuestro imaginario: sin quererlo están alcanzando una estado de obsolescencia improgramada. Desorienta entonces la instintiva desconfianza hacia comunidades y redes informales (con algún grado de formalidad) que se advierte en el sector editorial en general. Personalmente, lo he manifestado en más de una ocasión, me parece que es el modo más directo y autónomo de actuar, más ligero y ágil, más adaptable a circunstancias y lugares. No me sorprende que estas formas sí consigan dar respuestas a las cuestiones abiertas en el sector (estará de acuerdo en esto Bernat Ruiz Domènech) ni tampoco me sorprende de hecho la escasa reactividad de los editores en general.

Al margen de esta consideración lo que sí me sorprende, vistas las premisas anteriores, es la necesidad que parecen vivir los “actores del sector” de crear nuevas instituciones, léase sellos de calidad (proliferan, según me informo gracias a Txetxu Barandiarán).

Sin definiciones de mérito, definiciones vagas, con criterios meramente métricos y con algún euro de contribución por en medio. Lo peor sin embargo es que se afirma la creación de nuevas instituciones sin financiarlas, lo cual es imposible a la par que inútil; ya lo dijo William O. Douglas, la única manera de establecer una institución es financiarla. En fin, estamos ante otro fenómeno que tiene sus días contados de seguir por la senda que transita hoy.

Yo seguiré apostando siempre por vínculos efectivos, por recuperaciones de significado, por respuestas quizá efímeras pero efectivas.

No puedo no dejar aquí escritas algunas cuestiones finales.

¿Necesitamos nuevas estructuras y metaestructuras? ¿Necesitamos gasto o inversión? ¿Necesitamos lo que tenemos? ¿Tenemos lo que necesitamos? ¿Por qué defender la convicción de que la solución llegará de fuera y sin riesgo? ¿Por qué los editores, libreros, distribuidores e incluso autores están dispuestos a suscribir una idea que les aleja de la realidad de los lectores? ¿Por qué dejar la iniciativa a sujetos distintos a nosotros mismos?

De la política a la edición: notas comunes y sugestiones

Durante estas vacaciones he tenido tiempo de leer algunas cosas interesantes. Entre estas está el informe titulado “Ya nada será lo mismo. Los efectos del cambio tecnológico en la política, los partidos y el activismo juvenil ”, editado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud (disponible aquí, por ejemplo). El tema del informe es jóvenes y política, pero he notado algunas cuestiones que me parece, acertando o no, pueden trasponerse a otros ámbitos, como por el ejemplo el mundillo editorial, en función de su carácter general, de actitud y por su calado conceptual.

Si algo determina fundamentalmente la actitud de los jóvenes hacia la política es la funcionalidad de esta: qué funciona de hecho y no se cuestiona (ni a si misma ni con carácter general).

De este modo se valora la transparencia de la gestión y se cuestionan las estructuras de mediación. ¿Hablamos un poco de la imagen de las editoriales como agentes mediadores? ¿Hablamos del cuestionamiento de los jóvenes editores hacia el gremio? ¿Podemos trazar un cuadro sobre la estima de las distribuidoras y en general del acceso a los libros? Consideremos que por contra la notable aceptación de estructuras colaborativas para la solución de los problemas y podremos entrever la consideración positiva que tienen las bibliotecas como espacios abiertos y alternativos al margen de las instituciones; tanto menos “institucional” será la actitud de la biblioteca tanto mayor su éxito comunitario, parece sugerir esta ecuación, pues redistribuyen socialmente espacio y literatura. Pregunta: ¿Cuándo las bibliotecas presentan un perfil potencialmente atractivo, las editoriales acompañan a las bibliotecas con políticas más abiertas? Pienso al caso el ebook en particular. Tengamos en cuenta que hoy por hoy la constitución de bibliotecas al margen de las instituciones es una realidad (que con frecuencia se saluda solo por parte de las editoriales micro e independientes y aún en ocasiones como simple medida publicitaria). Hay mucho que repensar aquí.

Abundo en que hay mucho que repensar si al anterior punto sumamos estas otras características de los jóvenes frente a la política (o en este caso frente al mundo editorial):

  • radicalidad democrática
  • colaboración
  • conectividad
  • presión e implementación
  • glocalización

¿cómo se coloca el sector editorial frente a estas posiciones más allá de acciones comerciales? Están hablando de ética, no solo de servicios.

La tecnología es cotidiana para todos, lo jóvenes sin embargo tienen un concepto distinto de su aplicación. Mientras las instituciones las usan para hacer lo mismo de antes en modo más eficiente, se esperan de estas que las usen para organizarse de otro modo, para actuar de otro modo. El sector editorial vive idéntica confusión a las instituciones políticas del país: hacemos lo mismo, pero con mayor eficiencia, ni siquiera mejor. Sobre todo no usamos las tecnologías para acercarnos a ninguno de los cinco puntos anteriores. No entendemos y no usamos la tecnología en el modo que se espera de nosotros y así cavamos un surco más profundo. Donde se piensa recoger beneficios de un mercado mejor arado y roturado, más intensivamente explotado hallaremos solo malas hierbas, cosechas más pobres (en cantidad y calidad).

Cierro con una afirmación final. Lo jóvenes no se acercan a las instituciones ni participan de la vida política institucional, pero si hacen política: ¿en que medida estos jóvenes si leen pero no nos leen? La cuestión de fondo es que no coinciden los temas de la política tradicional con los suyos y por ello desconfían y muestran un profundo desinterés partidaria. Mutatis mutandis sospecho que el mundo editorial ni comprende ni sabe cuales son los intereses de futuros y presentes lectores más allá de los sondeos de mercado, que lógicamente ignoran y son ignorados por esta porción de ciudadanos.

Si esta situación es en la que se va a desarrollar no una sino varias generaciones creo poder afirmar que en poco tiempo el sector editorial vivirá de canibalizarse, sin haber creado, ni creído ni apostado por nuevos lectores: la ley de Liebig no miente nunca.

PS: como siempre, pero lo repito, estas son opiniones y lecturas personales.

Iremos adonde queramos ir

Desde Publishing Perspectives llegaba esta semana la idea/noticia que no queda más remedio en futuro que considerar la edición una servicio (utilities en inglés, un servicio como el agua o el gas), sopena la desaparición del mundo editorial.

Examino la cuestión.

«…books as utilities, but that’s where we are going anyway”

En primer lugar me parece que existe una distancia efectiva entre los servicios citados y el libro o libros.

En segundo lugar la ineluctabilidad que evidencia la frase nos coloca ante un determinismo que mal casa con la libertad que atribuyo al libro y con la libertad que atribuyo al editor de decidir que libro desea editar y como desea editarlo: se trata de una frase que no da salida alternativa puesto que “es ahí a donde vamos de todos modos”, la oposición o la rebelión son inútiles.

Una sola posibilidad de desarrollo activa mentalmente el conformismo con una idea de desarrollo que es unilateral, poco 2.0 para entendernos, nada interactiva, nada dada a la compartición, nada dada al diálogo.

Siempre cabe abrazar una posición más flexible: es un posibilidad que no debemos ignorar porque los editores no deciden ellos solos, también cuentan los lectores.

Me pregunto cuando y como se han manifestado los lectores, me pregunto sobre cómo ha cristalizado este movimiento desde abajo (pues la idea de fondo de esta flexibilidad nace de la idea del proceso vertical, en el cual los editores deciden y los lectores padecen) y sobre todo me pregunto como el lector ha llegado a concebir este cambio ontologico sobre la naturaleza del libro. Mutatis mutandis la cuestión se parece mucho a los cambios que los ciudadanos padecemos sin haberlos decidido pero con los cuales estamos preceptiva y tácitamente de acuerdo por nuestro propio bien, o mejor esperando que así sea.

Creo más bien que el cambio no lo han decidido los lectores sino las editoriales (no digo los editores, sino las empresas).
La transformación del libro en servicio abre el camino a la expansión de las posibilidades por las cuales es posible seguir vendiendo: partes del libro, accesos a al libro, al autor, a caminos paralelos o divergentes de la obra. Esto no solo representa un gran engaño, pues se atribuye a quien no ha decidido la decisión, sino que además termino, temo por representar un cercenamiento de la capacidad del lector de generar mundos contiguos a las obras leidas y de compartirlos: tiempo al tiempo, si no ha ocurrido ya, veremos como estos servicios, estas posibilidades acabarán por estar cubiertas por restricciones debidas al copyright.

That’s where we are going only if we want to go

No creo en absoluto, por otro lado, que exista una sola via. Y no creo que la reificación del contenido, que determina a la postre la banalización de las obras y la pérdida de su valor simbólico, pueda contribuir a nada que no sea la intensificación de la economización de la edición y del libro.

No lo olvidemos, el libro es una instrumento de transmisión de ideas, que se manifiestan en ensayos, novelas o poesía. A las ideas está dedicada la acción del editor, a las vías por las cuales estas son accesibles. Las formas en que hagamos nuestra edición accesible son las formas en las ideas crecen y se diseminan. 

Considero que el editopr debe volver a plantearse una paso atrás, como ya he dichoen diferentes ocasiones. No es esto una acto de conservadurismo sino un acto consciente de renuncia a la carrera al beneficio a corto plazo en aras de un beneficio menos a largo plazo, que sin embargo supone un beneficio colectivo mucho mayor y un enriquecimiento global significativamente mñás alto porque, entre otras cosas, el acceso a los servicios no es un bien universal garantizado sino un embudo siempre estrecho. Nuestro esfuerzo, como editores, debe consistir en reapropiarnos de la edición como concepto y práctica y poner al alcance de un numero siempre mayor de individuos. Cómo hacerlo es algo que iremos descubriendo porque no hay una sola forma para realizarlo. Y esto es una muy buena noticia.

Vivir de prestado

Se insiste mucho en que las editoriales deben conocer a sus clientes y establecer con ellos una relación y un diálogo constantes.

Sobre todo ello tengo algo que decir.

En primer lugar que existe en todo esto dos esferas distintas.

La primera tiene que ver con la relación del triángulo editor-autor-lector y del papel del editor.

La segunda con la estrategia de venta en una dimensión digital (y por consiguiente del objetivo o visión, como se le ha dado en llamar en los últimos años) de la editorial.

En realidad los lectores buscan libros de sus autores. Cuando encuentran el libro que buscan no se detienen a examinar quien es el editor, de que editorial es el libro que tienen entre las manos y probablemente comprarán: es un libro del autor que quieren leer. Compra pues el libro del autor que X ha editado. Cuando el autor cambie de editorial y pase de X a Z, nuestro lector comprará los libros de Z y o porque prefiera Z a X sino porque comprará los libros de su autor que edita ahora Z. Si queremos pensar que pasando de autores a temas la cosa cambia, nos engañamos: el modelo es idéntico.

El editor vive de prestado, el cliente no es suyo sino en forma temporal.

Sin embargo todos conocemos editoriales.

Las editoriales, los editores editan y publican a los autores casi siempre en forma temporal; algún caso hay de relación monógama, pero son muy raras.

Lo que el editor hace es mantener su relación con los lectores cuidando su relación con los autores: una relación mediada. ¿Por qué algunas editoriales tienen un reconocimiento? Porque han dotado a estas relaciones de sentido y lo ha hecho de dos maneras: estableciendo relaciones cuidadas y respetuosas con el autor y su trabajo; estableciendo un nexo de sentido entre las obras que publica y su visión del mundo, hecho que cobra expresión en el catálogo de obras editadas. A mi entender este es la cristalización de todos los saberes activos de un editor y constituye su valor intangible principal. En cierto modo esto es lo que da sentido al editor y a la editorial.

Los lectores reconocen en este trabajo a la editorial y le otorgan consecuentemente un marchamo de seriedad, un sello de calidad implícito que reconoce el mérito de este trabajo y el valor que de él se desprende, transfiriendo a los libros que edita este sello o reconocimiento, sin importar que autores sean los que publica en ese momento. En todo caso ese catálogo le valdrá la estima o la repulsa según la orientación que revele y cual sea la orientación del lector; la cosa no excluye que si la editorial edita el autor que ese lector hostil busca el libro se compre lo mismo. Dicho de otro modo, la relación mediada que se encarna en la editorial ni activa y desincentiva la venta del libro, todo lo más aprovecha o no de ella sin que interfieran otros méritos o deméritos.

Si cuanto expuesto hasta es aquí es cierto o al menos tiene visos de serlo, ¿en qué manera y qué sentido tiene hablar de clientes de una editorial?

La segunda cuestión se refería a la estrategia de venta en un ámbito digital. Aquí, creo, es donde la mayor parte de las empresas ha entendido el “paradigma digital” como los gigantes, por la bragueta. Internet 2.0 se basaba en el diálogo, pero las empresas (incluidas las editoriales) mantienen monólogos. Esto se debe en parte a no haber entendido la base 2.0 y a no haberla querido entender, haber tomado internet por un gran expositor, como otra pieza de una mecanismo comercial y por otro lado al hecho que las personas se han vuelto reticentes a intervenir en este tipo de comunicación; el resultado es una audiencia fundamentalmente pasiva y la confusión entre número de “me gusta” recibidos y ventas auspiciables.

La necesidad de Big Data nace no solo de la dimensión digital sino también de la incomprensión digital. Cuanto yo pienso de Big Data ya es conocida. El problema es que estos datos no son accesibles a los editores pues también esta es una relación mediada, con el distribuidor en este caso. Y no son gente que de datos.

Así pues el editor es una figura de mediación y construcción de sentido, a la par de una iniciativa privada que debe sostenerse con sus propias fuerzas. Sus activos radican en su capacidad de gestionar la percepción subjetiva de la editorial, su reputación y prestigio. Excavar en datos ajenos no puede conducir a ningún sitio, explorar y explotar datos ajenos no nos dirá nada sobre nuestra actividad. Creo que es justamente ahí, en indagar en la propia actividad en la percepción que se tiene de nuestra editorial que se debe partir, en la coincidencia de la idea que el editor tiene de la misma y su divergencia en la percepción de los lectores, en lo que los lectores esperan de la editorial. Me parece una via más honesta e igualmente rica, pero más respetuosa. No me escondo que para una editorial que empieza esto es más difícil y entraña ciertos riesgos, pero, repito, me parece más honesto y más cercano a la realidad que imaginar que nuestra editorial tiene clientes: nuestra editorial es un catalizador.

I+D, consideraciones del sector editorial

En los últimos días, quizá semanas, estoy centrado en un tema interesante: la investigación y el desarrollo en el sector editorial.

Indirectamente el punto de partida fue el debate tuitero que se sostuvo en #ebookspain a raíz del gasto en publicidad comparado con el gasto en desarrollo que declaraban las editoriales. Pero aún más atrás el interés arrancaba de la constatación del escaso interés, por no decir nulo, del sector editorial hacia la implementación de estándares o del desarrollo formal del libro electrónico en este país. El índice de esta despreocupación lo hallo en:

  • la no pertenencia de ningún gran grupo editorial español al IDPF,
  • la no participación a de ningún gran grupo editorial español a los grupos del BISG
  • la no pertenecía de de ningún gran grupo editorial español a la oficina española del W3C

O lo que es lo mismo, la desvinculación del sector editorial, de sus grupos más potentes sin excusa y con excusa para los pequeños editores, de los organismos internacionales y por tanto de las tendencias de desarrollo del libro electrónico.

La calidad del libro electrónico resiente de estas (im)pertenencias.

Ahora bien, esto no es exclusivo del mundillo peninsular, sino algo más extendido y que explica cómo a partir de los años 80′, es decir desde los albores de la irrupción de la digitalización en el mundo editorial, la iniciativa del desarrollo editorial ya no está en manos de los editores.

Un resumen de una encuesta a editores realizada en la última edición de la feria del Libro de Frankfurt y publicado por Smartbook ofrece una imagen de la situación.

120 editores de un variado universo de pertenencia (editores de libros académicos, infantiles, de ficción,…), de los casi 1000 presentes, respondieron a un cuestionario de esta forma:

  • 16% no dedica ningún recurso a la I+D
  • 18% tiene un departamento I+D
  • 41% cubre la I+D en la propia sede aunque la desarrollan departamentos como el de ventas o business development
  • 8% confía en servicios externos
  • 6% coopera con universidades o otros entes de investigación

Y el 67% de los editores que respondieron dijeron que estaban “queriendo colaborar” los grandes grupos con instituciones y empresas europeas, y los pequeños editores con grandes empresas, etc…

Todo este esfuerzo, todo este querer colaborar se dirige sin embargo a áreas que no atienen al desarrollo del libro ni a la calidad e la edición, es decir que no se orientan a la edición en si, sino a otro aspecto de la digitalización: la distribución, «the leading response to the question of where the R&D nerds were greatest was “digital distribution”.

Sorprende la siguiente declaración “We need distribution infrastructures where the terms of doing business together are not dictated by absurdly huge companies. Obviously, this needs alternative distribution structures, where research is needed in order to build equally smart services.” viniendo de sujetos que no vieron en su día las consecuencias de la externalización que realizaban a las puertas de la era digital, así como no ven la necesidad de intervenir en el desarrollo del libro electrónico, o al menos no hasta la fecha.

De hecho estas son la áreas en que los editores identifican la importancia de invertir en I+D (de 1 a 6, siendo 1 no importante y 6 muy importante)

  • digital distribution – average rating: 4.94
  • file formats – average rating: 4.88
  • interactive content – average rating: 4.78
  • multimedia content production – average rating: 4.7
  • e-commerce – average rating: 4.66
  • market research and market testing – average rating: 4.65
  • copyright licensing – average rating: 4.64
  • discoverability tools – average rating: 4.55

La conclusión no es demasiado negativa sin embargo. Si bien la idea principal de inversión se liga aún a aspectos no ligados al producto en si, el libro o el libro electrónico en particular, al menos estos entran en el perímetro de interés declarado por los editores. Si será así o no lo veremos en los próximos meses y años. Si esta tendencia está llegando también. Personalmente creo que a pesar de la desidia generalizada existe una porción de editores que han comprendido la necesidad de apostar por la calidad de edición no solo como signo distintivo, sino también como ejercicio de responsabilidad y de compromiso ético con el lector.

Es de esperar que se sepan utilizar los recursos que la comunidad europea puede poner a disposición a través de Horizon 20/20 por ejemplo, aunque la orientación de estos tiende a favorecer a los grupos editoriales grandes y medios; una vez más la necesidad e consorciación emerge entre quienes son más sensibles a emprender inversiones, incluyendo personal y tiempo, en la edición de calidad: los pequeños editores.

One big issue with EU and innovation is, again, scale and speed. If the process to get and use funding is too cumbersome, it won’t work. Innovation means having rapid access to small amounts of money, with reasonable reporting requirements.”

Como colofón dejo esta otra reflexión de José Antonio Millán “Calidades en eBooks

Una lectura de la paradoja de Easterlin

Escribo hoy sobre un tema que últimamente me resulta atractivo e interesante: los lectores.

En concreto la relación entre títulos editados, venta de libros, número de lectores, crisis del sector y algunas soluciones vislumbradas.

Creo que para muchos resulta claro que el aumento del número de títulos se encontraba ligado a un aumento de lectores o de la capacidad de lectura de los mismos (pienso lo segundo porque el porcentaje de lectores de este país apenas ha cambiado con las décadas, o al menos desde los años 70′), como expresión del más clásico pensamiento económico. Ahora bien, si esa verdad en que todo aumento provoca otro y así indefinidamente halló su fin, entonces parece interesante apropiarse de la paradoja de Easterlin para darle otra lectura. La paradoja de Easterlin dice que, en breve, el aumento de la riqueza no produce un aumento de la felicidad: lo hace hasta cierto punto, luego todo va a peor. Si colocamos en un eje la cantidad de título (en vez del PIL) y en el otro el número de ventas (¿de lectores también?, pienso que si teniendo en cuenta el ascenso demográfico y el número total de lectores, índices que no han ido de la mano) y no la felicidad declarada por los ciudadanos, podríamos hallarnos ante el mismo gráfico a U invertida. El aumento de títulos llega un momento en que no representa ni un aumento de ventas ni un aumento de lectores (y volvemos a la Ley de Liebig).

Efecto de esta situación es el enorme volumen de devoluciones y (cómplice, quizá, la crisis) la caída de las ventas.

En fondo nada es inmutable. Los editores han empezado a adoptar medidas como la reducción de las tiradas, la edición bajo demanda, la recopilación o colección de textos variados, etc. Nótese que algunas de estas estrategias (diría todas) no son nuevas ni mucho menos, sino adaptaciones de prácticas predigitales (del tiempo de la imprenta de tipos móviles). No han representado la solución, porque el problema va más allá, pero no por ello desmerecen. Es más, son prácticas que constituyen el primer paso hacia un repensamiento de la edición. Eso si no se quedan en interpretación coyuntural. Digo esto porque la unión de formas más selectivas y más flexibles de edición pueden tener consecuencias positivas relevantes si, a mi juicio, se acompañan:

  • con medidas de consorciación efectiva en la gestión de los procesos editoriales,
  • con criterios de calidad de contenidos y de producto (y con este término, que me desagrada, me refiero a los diferentes formatos posibles del libro y de su respeto de estándares cualitativos altos),
  • con la re-creación de formas de relaciones sociales no solo virtuales (por ejemplo, espacios abiertos a lectores y vecinos. Existen ejemplos muy activos y satisfactorios),
  • con la re-creación de vínculos entre editor-autor-lector que no se basen en imágenes publicitarias, sino en prácticas de mutuo reconocimiento,
  • con la formación de nuevas interpretaciones de la realidad (la dotación de sentido a la realidad que nos rodea y que no es más, o no puede ser más, la que era) fruto de estas, todas, interacciones.

Y el libro electrónico

El libro electrónico no puede escapar de estas consideraciones. Fundamentalmente no existen motivos para que no se puedan desarrollar unas iniciativas similares. La intangibilidad del soporte no impide establecer relaciones fuertes, ni dotar de calidad a la edición, ni contribuir a un replanteamiento del espacio del imaginario o físico, no impide (es más favorece) la consorciación en la gestión de los recursos. Incluso, diría, el esfuerzo realizado para editar el libro electrónico con criterios de férrea calidad, considerando que el flujo de trabajo puede ser el mismo del libro impreso por buena parte, constituye un impulso para toda la edición; que el porvenir del libro pase por su forma más reciente no deja de ser irónico. El futuro del libro electrónico y del libro mismo pasa por un retorno a la calidad y pasa por esas formas más directas, sencillas e inmediatas, como he dicho, constituyentes de una nueva fase. Una fase menos agresiva en lo publicitario, más determinada en la imposición de estándares elevados, menos orientada al mercado (como expresión economicista de la actividad del editor) como medida de todas las cosas y más orientada hacia el mercado como lugar de encuentro de todos las actividades posibles de desplegamiento del libro (como obra). No niega todo esto la desmaterialización de la venta, pero no impide la materialización de otras relaciones o espacios, ni la rematerialización del libro electrónico. Implica necesariamente un redimensionamiento, pero deja como fruto mayor bibliodiversidad que puede llevar consigo una mayor localización de las iniciativas entorno al libro (en cualquier formato) y la edición.

¿Bastará esto para desmontar esta particular lectura de la paradoja de Easterlin? No creo, pero es un inicio.

El plan de un mercado drogado

La FGEE ha cambiado presidente y este ha expuesto las líneas generales de su programa de acción.

La idea que me resulta más chocante es la propuesta de un plan nacional para la lectura (denominado pomposamente, me parece a mi,Plan Integral de Fomento del Libro y de la Lectura) basado en loen ayudas a la compra directa de libros. Digo que me resulta chocante porque es, como siempre en mi opinión, una idea funesta.

Expongo por qué

El mercado drogado

La compra directa de libros es un instrumento del demonio. De hecho es una forma de subvención directa cuyo resultado es la generación de un mercado drogado e irreal. El sector editorial tiene mucho sobre lo que reflexionar: superproducción, calidad, distribución, edición digital y mucho más y un mercado drogado no haría más que empeorar la situación permitiendo un status quo que es inviable, eso en vez de alentar la reflexión y la acción.

Bien sé que eso tendrá efectos negativos en algunos, positivos en otros.

Añado pues algunos ejemplo de cómo las ayudas pueden generar una imagen irreal de las circunstancias en que se mueven los editores, los autores, las librerías, los distribuidores y finalmente los lectores.

Hace ya años, ante la caída del consumo de azúcar, el gremio azucarero promovió una campaña que alentase a su consumo (¿alguien recuerda “16 calorías en cada terrón?). El consumo remontó, pero no todos resultaron beneficiados. Los grandes grupos azucareros coparon las ventas, el resto no notó nada o aún perdió cuota de mercado. La FGEE tome nota de cómo hacer pagar a sus socios la campaña que proponga porque los grandes grupos serán los beneficiados directos de una ayuda directa, claro que igual eso le importa poco a la FGEE.

Otro aspecto por el cual una iniciativa como la propuesta no da buenos resultados a largo plazo puede deducirse de las subvenciones que el gobierno catalán otorgó durante años a la creación de música en catalán. Gracias a estas subvenciones hubo una eclosión, relativa, de grupos y solistas que cantaban en catalán y consecuentemente de todo tipo de iniciativas y figuras: de casas discográficas a salas pasando por agentes. Cuando el gobierno puso fin a estas subvenciones ,se produjo una debacle. La realidad sobre la que se asentaba el fenómeno simplemente no existía. Mutatis mutandis, el resultado es postergar algo que puede ocurrir ya.

El efecto perverso

Pero además existe un efecto perverso en secundar las ayudas a la compra directa. Si por un lado los primeros favorecidos son los grandes grupos editoriales, por el otro entre los lectores los más favorecidos son los grandes lectores, quienes, por otro lado, pertenecen a un grupo socioeconómico menos precario (y anoto el concepto partiendo del vuelco del negativo). Dicho de otro modo, quienes leen más están entre quienes tienen más y un campaña como la propuesta favorece a quien menos lo necesita. Si no bastase esto en ningún modo asegurar crear nuevos lectores.

Abundo y coloco aquí un tercer ejemplo: el plan Renove ha registrado un incremento significativo entre la gama alta de vehículos, que no es precisamente el tipo de vehículo que compra un obrero o un trabajador precario.

En conclusión, el plan propuesto tiene como único objetivo subvencionar la venta de libros y en absoluto desarrollar un plan de fomento de lectura. Se trata de un plan de contingencia, de emergencia, un plan de corto o brevísimo plazo, cuando lo que en realidad se necesita (y de verdad se necesita) es un plan estratégico a medio y largo plazo. Con esta propuesta se incrementan artificialmente las ventas, se falsea la situación de sector, se coloca un parche, se incrementan las desigualdades.

Si la FGEE quiere hacer un plan nacional de lectura entonces debe ir en sentido opuesto, generando un plan estratégico que implica a lectores, editores, bibliotecarios, clubes de lectura, autores, libreros y quien más tenga que sume. Es importante establecer un criterio que no penalice la edición electrónica y es imprescindible que se abandone la idea de la subvención, pero si se incluyese es necesario, siempre a mi juicio, que se introduzca un criterio de progresividad en la ayuda según renta y situación de desfavorecimiento o precariedad, en modo de subvertir fenómenos de desigualdad creciente por imposibilidad material de acceso a los recursos. De lo que se trata en último extremo es hacer del libro otro factor de transformación y enriquecimiento personal y colectivo en este país fomentando que haya, entre otras cosas, muchos nuevos lectores. El sector editorial saldrá largamente beneficiado y en modo limpio de esta nueva situación.

Lo que un autor autopublicado puede aprender de un niño

Es curioso como en ocasione de banales anécdotas pueden recabarse lecciones preciosas. Sin ir más lejos a fines de la semana pasada el hijo menor de un amigo me proporcionó el tema de mi entrada de hoy, sin él saberlo, claro.

Este zagal estupendo de unos 7 años, sabiendo por su padre que me dedicaba o había dedicado a los libros me trajo su libro. Un libro que había escrito, paginado y encuadernado: en efecto, imitando en todo a un libro impreso corriente lo había escrito (una novela negra de tintes psicológicos, en su nivel de edad), había pegado los folios escritos a unas hojas para darles más resistencia, le había puesto una portada con el título de la obra, había encuadernado el conjunto y finalmente le había puesto un precio, porque la idea final era que una amiga suya lo vendiese en la plaza del pueblo.

Le dije que me parecía un libro estupendo, lo que por otra parte era cierto.

Desde un punto de vista profesional era evidente que había cometido diversos errores. Cuando me puse a elencarlo me salieron estos principales:

  • no tenía una portadilla
  • no tenía un índice
  • no había numerado las páginas
  • las páginas mismas no eran homogéneas
  • no había editado el texto
  • no había corregido errores ortográficos ni gramaticales
  • había cierta falta de congruidad en la narración
  • la cubierta era algo anodina

Teniendo en cuenta la edad de autor y los medios a disposición, todo esto era descuidable. Sin embargo estos mismo errores son comunes entre los autores autopublicados.

Veamos.

El autor, sobre todo en las primeras experiencias como tal con frecuencia pierde de vista pequeños detalles que aumentan la legibilidad de su obra. Detalles como incoherencias de lugares, colores, frases, intervenciones de personajes, perfil cambiante del personaje sin que haya trazas de evolución del mismo, etc…: son errores de congruencia. Por otro lado en ocasiones el orden de la obra puede ser mejorado, aunque suponga una trabajo extra para el autor. Y ya no menciono la posibilidad de crear una obra que sea la misma, pero no idéntica, para cada formato del libro. Nuestro zagal no ha tenido en cuenta nada de esto. Muchos autores autopublicados están demasiado seguros de si, demasiado pegados a su creación para ver estos detalles.

Otro error es el de no corregir errores: la corrección ortotipográficas se la deja al corrector de texto del ordenador en que trabaja: craso error.

Nuestro jovencísimo autor ha realizado una portada una poco anodina pero que en el fondo resume bien la novela con una imagen y el título. Muchos autores autopublicados caen en el error de acumular objetos y referencias en la cubierta. La verdad es que la cubierta en un espacio muy limitado y no lo acepta todo ni puede decirlo todo sino que debe decir lo esencial.

Cuestiones como el paginado, el índice, la portadilla quedan resueltas por el distribuidor al que el autor autopublicado fia su obra. Lo que no tiene en cuenta es que incluso esto podría estar mal resuelto o incluso no estar sino en lo que la ley obliga, es decir la portadilla y poco más.

Lo que nuestro temprano autor y el autor autopublicado no han contemplado es que su capacidad de influenciar decisiones o participar en la difusión de la obra no es muy amplia en contra de los que creen, si es que han meditado sobre ello: estoy seguro que el zagal no lo ha hecho. A menos de realizar una intensa actividad de promoción por cuenta propia el distribuidor no hará nada o no hará gran cosa por ella: su negocio se basa en millares de obras rindiendo cantidades marginales y unas cuantas obras rindiendo muy bien. La suma será siempre a su favor en función de cantidades astronómicas de libros en venta. Lo mismo el autor autopublicado que el zagal que se fía de su amiga para vender la obra no le queda que esperar.

errores
Apenas un recorte y ya no podemos ir viendo cierta cantidad de errores de este anónimo autor autopublicado.

En resumen, nuestros protagonistas han cometido los mismos errores: han subestimado el cuidado de los aspectos formales del libro y se han contentado de acercarse a los mismo; ambos has descuidado aspectos narrativos; ambos han creído que su trabajo estuviese terminado sin estarlo. Lo peor de todos ello es que si todo esto es aceptable en un niño de 7 años, resulta inaceptable en alguien que pretende ganarse la vida escribiendo sin ofrecer en cambio un trabajo terminado y profesional: el autor autopublicado debe dejar de creerse un ónfalos absoluto que sin embargo no ofrece al lector una obra a la altura, es decir profesional: es hora de confiar en profesionales o bien asumiendo el coste que significa hacerse con su prestación o bien dirigiéndose al editoriales que trabajan con estándares de calidad, muchas o pocas que sean. Todo lo demás en un puesto en la plaza del pueblo para vender buena voluntad.