Paradojas del libro electrónico

Sin lectores y con pocos fondos para las bibliotecas, es decir para que quien no pueda comprarlos pueda leer libros, las políticas de las editoriales son restrictivas en lo referente al libro electrónico: ¿quien será lector mañana?

Sin lectores y con pocos fondos para las bibliotecas, que crea lectores, el sector editorial pretende remontar el vuelo: ¿estamos seguros?

El sector editorial se fagocita creando el mismo ciclo de ventas de una película en cartelera: ¿Acierta?

El sector apunta con el dedo al libro electrónico por no mantener las promesas: ¿las promesas hechas por quien y actuadas por quien?

En realidad los libros electrónicos marcan el fin de las editoriales como posesoras de un estándar de edición y su nuevo papel como receptores de estándares pensados por otras industrias: adiós al lector como centro porque ya no es él para quien se piensa en producto.

Las editoriales no desarrollan el libro electrónico porque no pueden establecer sus características, su marco de uso, su transmisión (en algunos casos ni siquiera comprenden que siendo la misma obra no es el mismo libro). Ante estas circunstancias, donde diversos otros actores (distribuidores, codificadores, constructores de dispositivos lectores) juegan un papel tan o más importante del mismo editor, éste no ve porque añadir a sus tareas y competencias el libro electrónico, lo cual determina, de paso, una progresiva futura disminución de su papel; un síntoma es la autopublicación como alternativa. Estas mismas circunstancias determinan que el editor no sea el mayor beneficiario (ni el autor, desde luego) en el reparto de porcentajes de la venta del libro.

Así pues resulta extremamente paradójico que el libro electrónico haya llegado a ser una esperanza para el sector. Más bien, diría yo, ha servido como chivo expiatorio  ante una situación estructural resultante de una serie de decisiones e inacciones del sector durante los últimos veinte años. Una crisis estructural que subraya despiadada el hecho de estar ante un sector no industrial que actúa como si lo fuese; otra paradoja más al descubierto a propósito del libro electrónico.

Sumemos a esto resistencias metodológicas culturales, prácticas, retóricas (mis favoritas son el olor de los libros, benditos ácaros y hongos, y la herencia de la biblioteca, como si las casas las regalasen) y nos hallaremos ante una situación paradójica: siendo el libro electrónico un formato con futuro los editores han decidido desentenderse de su definición y práctica. El sector editorial busca con desesperación una rentabilidad que le saque del agujero que ha excavado comportándose como una industria sin serlo, tratando la cultura como un elemento retórico y no como un hecho sustancial, trabajando como otros sectores con otras premisas, usando la tecnología en modo superficial (casi creyendo que será la tecnología la que resuelva los problemas y no una estrategia que subyace a su uso; que nadie se sorprenda entonces de la pervivencia de programas de conversión y del concepto mismo de botón mágico porque revelan el marco conceptual en el que se mueve buena parte del sector editorial).

El libro electrónico es el libro que ha sacado a relucir todas las ineficiencias y vulgaridades de un sector incapaz de redefinirse y aún diría incapaz de trazar una estrategia de defensa de la cultura no económica.

Hiperabundancia: una reflexión

(Como siempre anticipo que las líneas que siguen, tantas esta vez, son únicamente mi opinión, que espero se comparta o sirva para iniciar un debate)

Hoy en día existe una hiperabundancia de oferta de lectura: a la hiperproducción del sector editorial hay que sumar la cantidad inmensa de autores autopublicados y, además, otros contenidos accesibles con los mismos aparatos con que leemos. La cuestión pone en serías dificultades al cualquier editorial (e incluso a los autopublicados, aunque prefieran ignorarlo).
Para discurrir sobre este tema me he hecho un rudimentario gráfico que ayudará mucho a entender la situación actual, cómo influye en las políticas de las editoriales, que consecuencias tiene y que alternativas pueden plantearse (o al menos yo me las planteo y aquí las dejo por si alguien más tiene interés).

grafico1

Internet es hoy referencia para el acceso a las lecturas y que ese universo de referencia esta en expansión (internet será en cinco años cinco veces mayor que hoy). No hace falta mucho para darse cuenta que el número de lecturas (o de contenidos que se relacionan con la lectura, como reseñas, críticas, promociones, materiales añadidos, etc) ha crecido en modo exponencial respecto a hace una década. Sin embargo nuestro tiempo dedicado a la lectura y al acceso a contenidos que podemos englobar en la lectura es sustancialmente estable. De hecho el punto de encuentro entre oferta y demanda ha quedado ya rebasado en el tiempo, es algo que pertenece al pasado.

La zona que en el gráfico se halla antes y por debajo del punto de contacto muestra el tiempo en que el sector editorial podía crecer porque el tiempo que podía ser destinado a la lectura era mayor respecto a los contenidos producidos.
La zona posterior y por encima al punto de encuentro muestra en vez la situación actual, donde la cantidad de lecturas y contenidos asociados es muchísimo mayor a la capacidad de lectura de cada uno de nosotros.
Un efecto de esta sobreabundancia es que se prefieren los las formas más rápidas, que no siempre las más breves; entre un libro y un trailer del libro (que nos dé la información principal y relevante de us contenido) o la película del mismo tenderemos a elegir las formas más visuales y menos costosas desde el punto de vista utilitarista. Dicho de otro modo e infiero cuanto sigue de una forma de empirismo, es tal el alud de lecturas propuestas en proporción al tiempo disponible que la lectura pasa al último lugar de las preferencias pues no somos capaces de determinar cuales serán las que no satisfagan más a la vez que se constata que es imposible consumirlas (terminarlas) todas. Cualquier otra forma más accesible de información o entretenimiento es mejor: la imagen resulta imbatible.
¿Las editoriales deben pensar/hacer/editar libros como videojuegos? Algunos piensan que sí. La inferencia, en mi opinión falsa, es que la lectura compite con otras formas de entretenimiento audiovisual y que si quiere, al menos, establecer la paridad debe proponer formas igualmente audiovisuales. En realidad no; si así fuese hace casi un siglo que compite sin caer derrotada con la radio y/o el cine. En realidad compite contra si misma: la lectura sufre de la sobreabundancia que el mismo sector editorial ha creado.

Hiperabundancia y visibilidad, aspectos prácticos
Queda claro que en un contexto como este la posibilidad de que la lectura propuesta sea invisible en el proceloso mar de las posibles lecturas es mucha más elevada. La editorial se preocupa pues de la visibilidad de sus propuestas. Mientras una vez esto quedaba en manos de circuitos cerrados y determinados incluidos en la publicidad y las relaciones con los medios de prensa, ahora estos circuitos son amplios y difusos. El esfuerzo pues ha cambiado y el rendimiento también, de nuevo la amplitud de la red constituye una dificultad. Me explico con una imagen: si una vez echábamos una piedra en el estaque la dimensión de la piedra producía encrespaduras más o menos grandes, según el tamaño de la piedra, que podían alcanzar los bordes de un estanque. Ahora tenemos un enorme lago y para alcanzar los bordes deberíamos lanzar auténticos meños, algo siempre más fuera de alcanza de la inmensa mayoría. Si hace un tiempo el ingenio podía suplir la falta de medios la creciente sofisticación del público y las siempre más exhaustivas segmentaciones imponen crear paracontenidos siempre más sofisticados y con mayor uso de medios reales o virtuales con mayor número de horas dedicadas a estos paracontenidos. Y además promoción, publicidad y distribución finalmente eclipsan el contenido mismo que publicitan, promocionan y distribuyen.

El resultado es que con la ampliación de la red los más pequeños quedan siempre más arrinconados o como decía una canción “los últimos serán los últimos si los primeros son inalcanzables”. A pesar de todo la continua expansión de la red amenaza con hacer vanos incluso los esfuerzos de las grandes corporaciones porque los costes de la inversión crecen y el rendimiento se reduce. Y no es lo único que se reduce en las grandes corporaciones: para que la inversión sea rentables en los posible la oferta se reduce en variedad, que no en número, y se globaliza. Se elimina, en otras palabras, la producción local.

Un resultado perverso de este giro de las estrategias mediáticas es que mientras se clama que “el contenido es el rey” en realidad este ha pasado a ser un instrumento. Contenidos y paracontenidos, cuyo coste de producción sale mientras su margen se reduce en un contexto hipercompetitivo y extremamente saturado, pierden valor real y simbólico y devienen instrumentos para la adquisición de datos. Estos datos o bien entran en un comercio más o menos lícito o bien tras su análisis sirven para dirigir sea el gusto del lector sea la producción de nuevos contenidos y paracontenidos. La jugada termina por ser perversa porque por un lado impone seguir un gusto cambiante y por otro anticiparlo y a ser posible imponerle nuevas lecturas o contenidos audiovisuales. Resulta obvio que la primera de las dos opciones es la que radicalmente cambia el sector editorial. De hecho supone un cambio completo de la orientación del sector editorial que pasa de ocuparse de textos (en cualquiera de sus formas y con relativos complementos) a ocuparse de datos: de comercializar textos a comercializar datos. No es un cambio baladí. Tiene implicaciones prácticas y éticas.

Considerando exclusivamente el aspecto práctico no lo es porque recoger y tratar estos datos (con o sin su comercialización posterior) hace necesaria una inversión. En la situación actual solo grandes grupos con recursos financieros propios o con acceso al crédito pueden acometer la cuestión. En otro caso es necesario que esto recaiga en una empresa externa a la editorial. Este proceso de externalización que tuvo inicio en el sector editorial a inicio de los ’80, que de hecho supuso no haber entendido el alcance estratégico de la digitalización, se ahonda y determina un debilidad estructural mayor para los más pequeños del sector. Si los datos se convierten en un recurso de las editoriales poner este recurso en manos ajenas no puede llevar a ningún fortalecimiento ni estratégico ni estructural. En realidad esta obsesión por los datos refleja la incapacidad de generar relaciones reales y/o virtuales con los lectores (propios o ajenos) pues el famoso internet 2.0, aquel de las conversaciones y la principalidad del usuario/cliente jamás despegó y a los usuarios/clientes se les pidió únicamente asentimiento, construyendo espacios que solo daban lugar a quien reforzaba positivamente el mensaje que las editoriales querían hacernos llegar. No habiendo debate, no preguntando, no escuchando, no proponiendo ni acogiendo ideas salvo en casos limitados, el sector no ha construido relaciones. Sin relaciones quedan los datos. O, alternativamente, el fichaje de quien las relaciones si las ha construido: el autor autopublicado que posee esa red de relaciones que avala luego con su compras el fichaje por parte de una editorial (dejo para otro día el análisis económico de ese esfuerzo y el auténtico ROI de las ventas para los grandes éxitos autopublicados).
Dejo al margen consideraciones éticas como la expansión de datos de los compradores entre diferentes empresas (la editorial y la empresa que efectivamente trata los datos), la invasión de la intimidad incluso sin adecuada información sobre el alcance de la profundidad del tratamiento de los datos (por ejemplo, dónde paró de leer, cuándo lee, etc…), el reflejo que este cambio de interés tiene en la producción del libro y sus reflejos editoriales y otras más que el lector puede ir poniendo tras su propia reflexión. Pero no puedo no hacer notar que basta un buen análisis de los metadatos de los libros vendidos para obtener buenas indicaciones de las preferencias de los lectores, datos simples nada invasivos y que son más efectivos si las ventas se hacen en la propia página web.

En definitiva, el sector editorial pasa por un momento de transición en gran parte porque en su momento ignoró la realidad circunstante, porque ha debilitado su propia posición estratégica, porque sin ser industria piensa serlo, porque no en general no invierte ni en tecnología, ni en formación ni en relaciones, porque ha intentando una salida hacia adelante generando una hiperproducción de contenido que provoca su propia asfixia. Y las dimensiones futuras hacen peligrar toda editorial de la grande a la pequeña, aunque las pequeñas corren el riesgo de caer las primeras.

Posibilidades y soluciones

Y sin embargo creo que hay soluciones, especialmente para las pequeñas editoriales.
La sostenibilidad de una iniciativa editorial en un mundo saturado de contenidos no pasa por competir con otros contenidos de más rápida adquisición; quizá habría que considerar si esa competición que el sector parece empeñado en suscribir no ha conllevado la suscripción de una rotación de títulos imposible de sostener y si no es una de las razones de abandono de lectura de esos mismos títulos de rotación vertiginosa.
La sostenibilidad de un proyecto editorial pasa, a mi juicio, por:

  • Olvidar el sueño de una rentabilidad que se eleve por encima del 5%: todo lo demás es una entelequia y un espejismo especulativo.
  • Atraer, generar y conservar lectores: demasiado la hiperproducción de contenido se reversa en un exiguo número de lectores. Si no se realiza un esfuerzo por aumentar esta base cualquier otra política, cualquier ulterior esfuerzo está condenado de antemano a la insuficiencia y la irrelevancia.
    Existen muchas posibilidades de realizar esto, algunas de la cuales fueron puestas marcha en el pasado y después acantonadas y olvidadas. Habría que volver a repensarlas.
  • Crear relaciones con los lectores, relaciones físicas y virtuales. Olvidar cualquier relación instrumental con los lectores es la única via para generar confianza. Apostar por formas abiertas que incluyan a las editoriales, que no hable solo de editoriales y en las que no hablen solo las editoriales. El respeto del lector vale su fidelidad a la lectura y este beneficio recae también sobre “nuestro” proyecto editorial, especialmente si se significa en este campo.
  • Generar vínculos locales: personal local, imprentas locales, libreros locales, lectores, bares, autores, bibliotecas, clubes de lectura, escuelas: ser motor de la vida cultural y social refuerza la comunidad en la que se encuentra la editorial y consolida la editorial misma. En la medida en que los grandes grupos apuestan por lo global, lo local vuelve a ser punto de arranque de nuevas realidades. Local no excluye una dimensión planetaria, pero refocaliza las prácticas e impone nuevas estrategias.
  • Crear vínculos con otros editores para co-editar, generar un circuito de ediciones locales (traducciones) basado en el intercambio de títulos, co-ediciones y otras formas de colaboración.
  • Editar y publicar libros en multiformato.
  • Editar, publicar y fomentar el debate sobre la edición.
  • Editar con la vista puesta en estándares abiertos que puedan asegurar desarrollos futuros de los títulos ya publicados en nuevas formas.
  • Editar reduciendo el número de títulos y contenidos a un número realista: no solo debemos contemplar el nivel de ventas sino también las posibilidad real de ser leído, el esfuerzo que supone alimentar un máquina bulímica.

Redes, relaciones, vínculos, respeto, innovación, inversión, internalización son palabras que con su significado reflejan la vertebración de un proyecto editorial, de los contenidos que genera y que colocan más allá de la especulación y de la búsqueda compulsiva de éxitos a corto plazo.

Edición y lectura: una identidad falsa.

Lo que sigue son apuntes sin sistematización y parciales  sobre la identidad lectura-edición. No se tomen por otra cosa.

Datos igual a realidad, es ya una identidad que algunos no discuten. Para mi datos siguen siendo una descripción parcial de una realidad codificada.

Por ejemplo, crece el número de librerías cerradas, por tanto se pone de manifiesto la crisis de la lectura.

Por ejemplo, la apertura de nuevas librerías pone de manifiesto el renacido vigor del libro impreso.

Pues ni lo uno ni lo otro.

¿Qué deberíamos deducir de un número mayor de distribuidores, o menor, o del impacto de la venta directa?

La verdad es que la realidad del mundo de la edición y el mundo de la lectura no coinciden, por mucho que se hagan esfuerzos para crear esta identidad, y muy probablemente nunca han coincidido plenamente. La verdad es que nos movemos entre hipótesis mejor o peor fundamentadas sobre la dimensión de la edición y de la lectura.

La realidad nos brinda N datos cuya lectura precisa de una interpretación. La línea interpretativa, el sesgo que le demos, ideológico, resulta determinante. En este sentido la acumulación de datos resulta inútil y lo que es más inquietante es que con frecuencia deriva en una falta de libertad de acción y decisión.

Volvamos a la lectura.

Estamos inundados de contenidos. Tiene razón M. Gil cuando dice que vivimos en la edad de oro de la lectura. Puede decirse que lo es técnicamente, que menguan en vez los contenidos de calidad, pero temo que eso es en el fondo, de nuevo, confundir lectura con edición.

Creo, por contra, que no se han creado lectores, esfuerzo en el que han confluido autores, editores, profesores, libreros, padres, hijos y en definitiva todos. Sobre todo no se hemos creado lectores críticos. En este punto, entonces, el soporte es lo de menos. No hay lector fuerte. Queda la evanescencia del mercado, de hay la locura por los datos. Digo locura porque sin el armazón previo de cómo vamos a leerlos y que vamos a ver, que imagen va a resultar, los datos son inútiles. Y después, con armazón, son las piedras sobre las que queremos apoyar una visión pre-constituida.

Sobrevaloramos los datos. Infravaloramos la visión del mundo en la que se apoyan para su interpretación. Olvidamos la necesidad de crecer lectores o personas (que son lo mismo).

Y la edición.

Así cualquier tiempo pasado fue mejor, cuando creíamos vivir en un mundo simple, por lo general en comparación con el mundo de hoy que es complejo y la edición y la lectura nos parecían la misma cosa y era solo que la segunda no nos parecía tener una dimensión suficiente para preocuparnos. La edición se autoengaña como cualquier otro sector, solo que a veces parece que se engaña más y mejor.

¿Qué conclusión podemos obtener?

Varias.

La fundamental, me parece, es que mientras sigamos haciendo silogismos facilones no vamos a darnos paz, ni vamos a tener razón.

Otra es que las posibilidades son muchas. Algunas visiones en la edición, con fuertes apoyos institucionales, con visos de ser hegemónicas. Otras no, pero no por ello van a desaparecer y al contrario van a ocupar los muchos rincones que la edición y la lectura tienen.

La lectura crítica podrías ser, un día, de nuevo, patrimonio de pocos y habríamos perdido mucho y francamente me preocupa más el reflejo de una lectura empobrecida sobre la edición (con el riesgo de un bucle perverso que tienda a perpetuar este estado), que una edición sin grandes nombres pero con muchos lectores (críticos).

Iremos adonde queramos ir

Desde Publishing Perspectives llegaba esta semana la idea/noticia que no queda más remedio en futuro que considerar la edición una servicio (utilities en inglés, un servicio como el agua o el gas), sopena la desaparición del mundo editorial.

Examino la cuestión.

«…books as utilities, but that’s where we are going anyway”

En primer lugar me parece que existe una distancia efectiva entre los servicios citados y el libro o libros.

En segundo lugar la ineluctabilidad que evidencia la frase nos coloca ante un determinismo que mal casa con la libertad que atribuyo al libro y con la libertad que atribuyo al editor de decidir que libro desea editar y como desea editarlo: se trata de una frase que no da salida alternativa puesto que “es ahí a donde vamos de todos modos”, la oposición o la rebelión son inútiles.

Una sola posibilidad de desarrollo activa mentalmente el conformismo con una idea de desarrollo que es unilateral, poco 2.0 para entendernos, nada interactiva, nada dada a la compartición, nada dada al diálogo.

Siempre cabe abrazar una posición más flexible: es un posibilidad que no debemos ignorar porque los editores no deciden ellos solos, también cuentan los lectores.

Me pregunto cuando y como se han manifestado los lectores, me pregunto sobre cómo ha cristalizado este movimiento desde abajo (pues la idea de fondo de esta flexibilidad nace de la idea del proceso vertical, en el cual los editores deciden y los lectores padecen) y sobre todo me pregunto como el lector ha llegado a concebir este cambio ontologico sobre la naturaleza del libro. Mutatis mutandis la cuestión se parece mucho a los cambios que los ciudadanos padecemos sin haberlos decidido pero con los cuales estamos preceptiva y tácitamente de acuerdo por nuestro propio bien, o mejor esperando que así sea.

Creo más bien que el cambio no lo han decidido los lectores sino las editoriales (no digo los editores, sino las empresas).
La transformación del libro en servicio abre el camino a la expansión de las posibilidades por las cuales es posible seguir vendiendo: partes del libro, accesos a al libro, al autor, a caminos paralelos o divergentes de la obra. Esto no solo representa un gran engaño, pues se atribuye a quien no ha decidido la decisión, sino que además termino, temo por representar un cercenamiento de la capacidad del lector de generar mundos contiguos a las obras leidas y de compartirlos: tiempo al tiempo, si no ha ocurrido ya, veremos como estos servicios, estas posibilidades acabarán por estar cubiertas por restricciones debidas al copyright.

That’s where we are going only if we want to go

No creo en absoluto, por otro lado, que exista una sola via. Y no creo que la reificación del contenido, que determina a la postre la banalización de las obras y la pérdida de su valor simbólico, pueda contribuir a nada que no sea la intensificación de la economización de la edición y del libro.

No lo olvidemos, el libro es una instrumento de transmisión de ideas, que se manifiestan en ensayos, novelas o poesía. A las ideas está dedicada la acción del editor, a las vías por las cuales estas son accesibles. Las formas en que hagamos nuestra edición accesible son las formas en las ideas crecen y se diseminan. 

Considero que el editopr debe volver a plantearse una paso atrás, como ya he dichoen diferentes ocasiones. No es esto una acto de conservadurismo sino un acto consciente de renuncia a la carrera al beneficio a corto plazo en aras de un beneficio menos a largo plazo, que sin embargo supone un beneficio colectivo mucho mayor y un enriquecimiento global significativamente mñás alto porque, entre otras cosas, el acceso a los servicios no es un bien universal garantizado sino un embudo siempre estrecho. Nuestro esfuerzo, como editores, debe consistir en reapropiarnos de la edición como concepto y práctica y poner al alcance de un numero siempre mayor de individuos. Cómo hacerlo es algo que iremos descubriendo porque no hay una sola forma para realizarlo. Y esto es una muy buena noticia.

¿Libros o modelos de negocio?

Cada vez que a propósito de libros y del sector editorial leo “modelo de negocio” pienso que algo se va torciendo, porque es frecuente, y en algunos círculos casi constante, que este sea el debate sobre el futuro del libro.

Para mi es un error.

Volviendo a la base de toda actividad lo que un lector compra (cuando lo compra) es un libro, no un modelo de negocio. Me pregunto varias cosas entonces.

La piratería del libro y del libro electrónico en particular (que no considero que sea un problema tan grande como lo pintan o incluso un problema real), ¿nace del libro en si o de modelos de negocio entorno al libro que se perciben como abuso?

¿Por qué existen editores que publican libros sin editar, por qué se baja la calidad de la edición, en especial en el libro electrónico?

¿Por qué hablar tanto del modelo y tan poco del objeto?

¿Por qué hablar tanto de interactividad y tan poco de los lectores?

He llegado a algunas conclusiones personales, entre las cuales señalo como concausas (no exclusivas) la conversión del libro y de los lectores en producto de consumo.

Se convierte el libro en un bien de consumo cualquiera a través de:

  • la asimilación del libro con un bien de consumo masivo (aunque no da rendimientos asimilables)
  • la asimilación del libro al entretenimiento (aunque no coinciden sus naturalezas por mucho que el libro entretenga)
  • la forzatura del libro mediante la tecnología: esto eón del libro es evidente en la distorsión del libro electrónico como medio para otras cosas y no desarrollando el libro mediante la tecnología para introducir mejorías en su legibilidad, en su accesibilidad o en el desarrollo de nuevas formas narrativas que la tecnología hace posible.

El libro tiene poco futuro si queremos hacerlo pasar por otra cosa o decir que puede consumirse. Mucho menos futuro aún si lo convertimos en un vector de consumo de otros bienes (estoy pensando en la idea de los compras sugeridas dentro del libro).

Como bien de consumo masivo el libros es un problema: el número de lectores es bajo y es demasiado alto para que el libro sea un lujo y a le vez demasiado bajo para que sea masivo: ni sexy ni barato, en definitiva.

Poco tiene que ver la revolución digital con esto. Es más bien las formas en que un sector que ha empobrecido su capital simbólico y cree salvar los muebles arrojándose a las llamas: la liquidación de cualquier vínculo inmaterial con el imaginario colectivo, con valores compartidos entre editores, autores y lectores (sin olvidar a los libreros), la cancelación de cualquier mesura, ha generado la hybris que ha empeorado la fiebre de mercado. Y esto es evidente en la relación con el lector. O se le trata como un vector de publicidad: hoy la relación 2.0 es para muchos y únicamente la forma en que lectores aplauden una marca: eso no es 2.0 eso es su desvirtuación, del mismo modo que con anterioridad se han desvirtuado otras prácticas en nombre de la obsesión mercantilista.O bien se le trata como mercancía en si: lector, recuerda que si el libro es gratis la mercancía eres tú.

Ya abundando existen otro par de ideas torticeras disfrazadas de modelo de negocio: que ser sostenible es crecer siempre, que no existe otro modo de hacer las cosas (palabras clave: crecimiento sostenible, modelo de negocio).

El libro ha de recuperar su dimensión simbólica, que no tiene por fuerza que ser elitista. En esa recuperación abandona su ser mercancía

Esto significa también, a mi juicio, no me canso de repetirlo, reanudar relaciones. Por ejemplo, realojarse en el territorio: editores que editen autores de su zona, que radiquen en su zona acciones de lectura, no por fuerza de los propios libros, editores que anuden relaciones reales con los lectores en espacios reales a propósitos de libros reales (y realmente editados, en cualquier formato); Lo repito, esto de la edición es una actividad de márgenes residuales, por tanto adapta a realidades pequeñas con autolimitación de crecimiento y además estoy convencido de que los será aún más en el futuro.

Una lectura de la paradoja de Easterlin

Escribo hoy sobre un tema que últimamente me resulta atractivo e interesante: los lectores.

En concreto la relación entre títulos editados, venta de libros, número de lectores, crisis del sector y algunas soluciones vislumbradas.

Creo que para muchos resulta claro que el aumento del número de títulos se encontraba ligado a un aumento de lectores o de la capacidad de lectura de los mismos (pienso lo segundo porque el porcentaje de lectores de este país apenas ha cambiado con las décadas, o al menos desde los años 70′), como expresión del más clásico pensamiento económico. Ahora bien, si esa verdad en que todo aumento provoca otro y así indefinidamente halló su fin, entonces parece interesante apropiarse de la paradoja de Easterlin para darle otra lectura. La paradoja de Easterlin dice que, en breve, el aumento de la riqueza no produce un aumento de la felicidad: lo hace hasta cierto punto, luego todo va a peor. Si colocamos en un eje la cantidad de título (en vez del PIL) y en el otro el número de ventas (¿de lectores también?, pienso que si teniendo en cuenta el ascenso demográfico y el número total de lectores, índices que no han ido de la mano) y no la felicidad declarada por los ciudadanos, podríamos hallarnos ante el mismo gráfico a U invertida. El aumento de títulos llega un momento en que no representa ni un aumento de ventas ni un aumento de lectores (y volvemos a la Ley de Liebig).

Efecto de esta situación es el enorme volumen de devoluciones y (cómplice, quizá, la crisis) la caída de las ventas.

En fondo nada es inmutable. Los editores han empezado a adoptar medidas como la reducción de las tiradas, la edición bajo demanda, la recopilación o colección de textos variados, etc. Nótese que algunas de estas estrategias (diría todas) no son nuevas ni mucho menos, sino adaptaciones de prácticas predigitales (del tiempo de la imprenta de tipos móviles). No han representado la solución, porque el problema va más allá, pero no por ello desmerecen. Es más, son prácticas que constituyen el primer paso hacia un repensamiento de la edición. Eso si no se quedan en interpretación coyuntural. Digo esto porque la unión de formas más selectivas y más flexibles de edición pueden tener consecuencias positivas relevantes si, a mi juicio, se acompañan:

  • con medidas de consorciación efectiva en la gestión de los procesos editoriales,
  • con criterios de calidad de contenidos y de producto (y con este término, que me desagrada, me refiero a los diferentes formatos posibles del libro y de su respeto de estándares cualitativos altos),
  • con la re-creación de formas de relaciones sociales no solo virtuales (por ejemplo, espacios abiertos a lectores y vecinos. Existen ejemplos muy activos y satisfactorios),
  • con la re-creación de vínculos entre editor-autor-lector que no se basen en imágenes publicitarias, sino en prácticas de mutuo reconocimiento,
  • con la formación de nuevas interpretaciones de la realidad (la dotación de sentido a la realidad que nos rodea y que no es más, o no puede ser más, la que era) fruto de estas, todas, interacciones.

Y el libro electrónico

El libro electrónico no puede escapar de estas consideraciones. Fundamentalmente no existen motivos para que no se puedan desarrollar unas iniciativas similares. La intangibilidad del soporte no impide establecer relaciones fuertes, ni dotar de calidad a la edición, ni contribuir a un replanteamiento del espacio del imaginario o físico, no impide (es más favorece) la consorciación en la gestión de los recursos. Incluso, diría, el esfuerzo realizado para editar el libro electrónico con criterios de férrea calidad, considerando que el flujo de trabajo puede ser el mismo del libro impreso por buena parte, constituye un impulso para toda la edición; que el porvenir del libro pase por su forma más reciente no deja de ser irónico. El futuro del libro electrónico y del libro mismo pasa por un retorno a la calidad y pasa por esas formas más directas, sencillas e inmediatas, como he dicho, constituyentes de una nueva fase. Una fase menos agresiva en lo publicitario, más determinada en la imposición de estándares elevados, menos orientada al mercado (como expresión economicista de la actividad del editor) como medida de todas las cosas y más orientada hacia el mercado como lugar de encuentro de todos las actividades posibles de desplegamiento del libro (como obra). No niega todo esto la desmaterialización de la venta, pero no impide la materialización de otras relaciones o espacios, ni la rematerialización del libro electrónico. Implica necesariamente un redimensionamiento, pero deja como fruto mayor bibliodiversidad que puede llevar consigo una mayor localización de las iniciativas entorno al libro (en cualquier formato) y la edición.

¿Bastará esto para desmontar esta particular lectura de la paradoja de Easterlin? No creo, pero es un inicio.

El plan de un mercado drogado

La FGEE ha cambiado presidente y este ha expuesto las líneas generales de su programa de acción.

La idea que me resulta más chocante es la propuesta de un plan nacional para la lectura (denominado pomposamente, me parece a mi,Plan Integral de Fomento del Libro y de la Lectura) basado en loen ayudas a la compra directa de libros. Digo que me resulta chocante porque es, como siempre en mi opinión, una idea funesta.

Expongo por qué

El mercado drogado

La compra directa de libros es un instrumento del demonio. De hecho es una forma de subvención directa cuyo resultado es la generación de un mercado drogado e irreal. El sector editorial tiene mucho sobre lo que reflexionar: superproducción, calidad, distribución, edición digital y mucho más y un mercado drogado no haría más que empeorar la situación permitiendo un status quo que es inviable, eso en vez de alentar la reflexión y la acción.

Bien sé que eso tendrá efectos negativos en algunos, positivos en otros.

Añado pues algunos ejemplo de cómo las ayudas pueden generar una imagen irreal de las circunstancias en que se mueven los editores, los autores, las librerías, los distribuidores y finalmente los lectores.

Hace ya años, ante la caída del consumo de azúcar, el gremio azucarero promovió una campaña que alentase a su consumo (¿alguien recuerda “16 calorías en cada terrón?). El consumo remontó, pero no todos resultaron beneficiados. Los grandes grupos azucareros coparon las ventas, el resto no notó nada o aún perdió cuota de mercado. La FGEE tome nota de cómo hacer pagar a sus socios la campaña que proponga porque los grandes grupos serán los beneficiados directos de una ayuda directa, claro que igual eso le importa poco a la FGEE.

Otro aspecto por el cual una iniciativa como la propuesta no da buenos resultados a largo plazo puede deducirse de las subvenciones que el gobierno catalán otorgó durante años a la creación de música en catalán. Gracias a estas subvenciones hubo una eclosión, relativa, de grupos y solistas que cantaban en catalán y consecuentemente de todo tipo de iniciativas y figuras: de casas discográficas a salas pasando por agentes. Cuando el gobierno puso fin a estas subvenciones ,se produjo una debacle. La realidad sobre la que se asentaba el fenómeno simplemente no existía. Mutatis mutandis, el resultado es postergar algo que puede ocurrir ya.

El efecto perverso

Pero además existe un efecto perverso en secundar las ayudas a la compra directa. Si por un lado los primeros favorecidos son los grandes grupos editoriales, por el otro entre los lectores los más favorecidos son los grandes lectores, quienes, por otro lado, pertenecen a un grupo socioeconómico menos precario (y anoto el concepto partiendo del vuelco del negativo). Dicho de otro modo, quienes leen más están entre quienes tienen más y un campaña como la propuesta favorece a quien menos lo necesita. Si no bastase esto en ningún modo asegurar crear nuevos lectores.

Abundo y coloco aquí un tercer ejemplo: el plan Renove ha registrado un incremento significativo entre la gama alta de vehículos, que no es precisamente el tipo de vehículo que compra un obrero o un trabajador precario.

En conclusión, el plan propuesto tiene como único objetivo subvencionar la venta de libros y en absoluto desarrollar un plan de fomento de lectura. Se trata de un plan de contingencia, de emergencia, un plan de corto o brevísimo plazo, cuando lo que en realidad se necesita (y de verdad se necesita) es un plan estratégico a medio y largo plazo. Con esta propuesta se incrementan artificialmente las ventas, se falsea la situación de sector, se coloca un parche, se incrementan las desigualdades.

Si la FGEE quiere hacer un plan nacional de lectura entonces debe ir en sentido opuesto, generando un plan estratégico que implica a lectores, editores, bibliotecarios, clubes de lectura, autores, libreros y quien más tenga que sume. Es importante establecer un criterio que no penalice la edición electrónica y es imprescindible que se abandone la idea de la subvención, pero si se incluyese es necesario, siempre a mi juicio, que se introduzca un criterio de progresividad en la ayuda según renta y situación de desfavorecimiento o precariedad, en modo de subvertir fenómenos de desigualdad creciente por imposibilidad material de acceso a los recursos. De lo que se trata en último extremo es hacer del libro otro factor de transformación y enriquecimiento personal y colectivo en este país fomentando que haya, entre otras cosas, muchos nuevos lectores. El sector editorial saldrá largamente beneficiado y en modo limpio de esta nueva situación.

Pesimismos y optimismos a cerca del libro electrónico

En las últimas semanas, pero podría decir también en los últimos años, he podido comprobar la existencia de un movimientos pendular en referencia al libro electrónico o #ebook (y recuerdo que con este término me refiero siempre a la forma del contenido y no al instrumento para la lectura).

En mi opinión la incertidumbre de las formas en que cristalizará el cambio del sector editorial, provoca una alternancia, de la exaltación a la depauperación del #ebook: en ocasiones resulta tener un futuro brillante y un presente deslumbrante, en otras ocasiones tiene un presente herrumbroso y un futuro oscuro (cuando hay futuro). Quisiéramos todos tener una imagen clara del futuro para poder obrar de consecuencia minimizando nuestros errores. Una idea que por otro lado es más un proyección mental que un hecho: del mismo presente no tenemos una imagen clara. Ayuda, sin duda, a crear esta situación la opacidad de los datos, su parcialidad y una lectura tendenciosa que busca afirmar o negar el cuadro general; nada que pueda asombrar pues esta parece ser una práctica general del país en cualquier sector.

Yo me muevo en favor del #ebook con cauto optimismo, lo cual significa que no me escondo las dificultades.

Tengo para mi que una parte de esos datos, sin embargo, quedan escondidos. Son los datos que no hablan de una red de muchas pequeñas y pequeñísimas editoriales (en comparación los miembros de Contrabandos pudieran parecer grandes) fuertemente connotadas, que en el tiempo han creado redes reales y virtuales con lectores, centros, librerías y autores y que en parte, no todas ellas, realizan su labor editorial digitalmente. Son editoriales “de nicho” ignoradas.

Y al margen de datos hay también una tendencia creciente entre las editoriales digitales en preocuparse por otros aspectos como la calidad, la fijación de estándares, las posibilidades de uso intensivo del ebook, un interés por definir no solo el #ebook sino los campos adyacentes, en definitiva por redesignar la labor editorial en óptica digital.

Quizá no es suficiente para afirmar que el futuro del libro electrónico y del sector editorial está a salvo, basta no obstante para afirmar que no es tan negro como cabría pensar, especialmente si lo colocamos en una perspectiva distinta a la actual, más cercana a los dos ejes que constituyen, a mi juicio, el debate actual sobre el mundo presente: libertad y sostenibilidad.

Sobre el estado del libro electrónico y otras cuestiones

Lo que hoy escribo es fruto de las muchas solicitudes que vienen del sector editorial, especialmente de entre los que se hallan en su periferia (por tamaño, vocación, residencia y demás) y que son la expresión, interpreto y si no que alguien me corrija, de la sensación apremiante de necesitar una cambio de rumbo urgente.

El recorrido que voy a trazar será sinuoso, ya se me perdonará.

Empiezo con una cuestión que está en el margen de las precupaciones de los pequeños del sector editorial, pero que otros ontereses se empeñan en empujar hacia adelante, poniéndolo en primer plano: la piratería.

Se aduce que la piratería está motivada por los precios, la falta de disponibilidad de títulos, la mala fe y el poco respeto por los legítimos derechos de los autores (que curiosamente no son los que abordan con mayor frecuencia la cuestión y eso ya da que pensar). Para dar peso se incluyen variables cifras sobre el impacto económico de la piratería: no me canso de decir que dichas cifras son tan reales como cualesquiera otras pues este sector es opaco y mal se conocen, si se conocen, el número de ventas, la vigencia de los títulos pirateados y el porcentaje de ebooks que se piratean siendo estos ebooks de partida y por tanto el porcentaje de ebooks pirateados, o lo que es lo mismo ignoramos el peso real del ebook. Estamos ante la imposible dimensión numérica del fenómeno. Todas estas cuestiones son, a mi juicio, secundarias respecto a dos consideraciones:

¿son los piratas grandes lectores? ¿todos? No tengo las respuestas, pero se me antoja que no puede ser tajante porque teniendo en cuenta el índice de lectores de este país sería extremamente preocupante que los piratas todos fuesen grandes lectores, posibilidad que por otro lado sería optimista. Ninguna respuesta simplista es posible. Nos hallamos en una situación de numerosos matices.

Del mismo modo que se asume que quien compra un bolso falso de Louis Vuitton no se comprará uno auténtico, y se admite que esto ocurre porque no pertenecen al mismo segmento social y de renta, quizá es necesario asumir que un pirata no comprará un libro, si bien la linealidad de la motivación no me parece tan evidente.

La conclusión pudiera ser la misma a la que han llegado más allá de nuestras fronteras: dejamos a un lado a los piratas, concentrémonos en quien compra, ofrezcamos un producto de calidad (y hagamos que esta calidad sea apreciable, bien sé que se trata de una cuestión de máximos y que no siempre la calidad final refleja este pensamiento o la pretensión del lector final, aunque apunto al hecho que la mayor parte de los lectores de libros electrónicos no distinguen entre calidades electrónicas) a un precio razonable: todos compran bolsos, uno pocos compran Viutton, otros sus copias. La piratería ha existido siempre, haría falta un análisis histórico y menos hipocresía.

El futuro

La cuestión que se enlaza con este manido tema de la piratería es cuál es el futuro del libro electrónico.

Premisa: el libro electrónico tiene ya 25 años, pero si una innovación no se interioriza en menos de una generación (en términos generales) tenemos como resultado que estamos aún de pleno en la velocidad de cambio, así que tenemos tiempo de equivocarnos otras tantas veces. Claro que no todos los errores tienen las mismas consecuencias, pero no siendo clarividente mágico el futuro me parece un tiempo muy largo por construir y temprano para ser deterministas.

Si ayer, por indicar un tiempo del pasado más o menos reciente, se pensaba que el libro electrónico sería una realidad especialmente indicada para el ensayo, el libro de texto y el libro especializado, en realidad ocurrió que se apostó por la narrativa (mira tú, lo más pirateado). Anoto marginalmente que esta misma idea pone de relieve que seguimos sin ver los problemas ligados a la asiduidad lectora y al número real de lectores habituales, pues parece ser que a estos se les puede pedir que solos mantengan en le sector editorial a flote: ¿y si hiciésemos una pausa reflexiva para inquirir sobre el estado de salud de esta franja de lectores? Era una apuesta que se fundamentó en los números de mercado, o sea más al de mayor público lector. Lástima que se tratase de un mercado que sufría superproducción. Esta superproducción, que se compensó con restricción en el número de títulos, era la expresión de secundar el mercado y establecer una competición insensata con otros medios del sector del entretenimiento, banalizando y devaluando, fundamentalmente, el contenido y la lectura, haciendo que esta deviniese algo que no era o no era por completo.

Mirando ahora al futuro se piensa que será justamente el libro de texto, el libro especializado y el ensayo los que impulse al libro electrónico a una nueva fase, mientras la narrativa es hoy un problema (por qué es un problema lo he abordado parcialmente en otras entradas de este blog).

Creo que esto se debe fundamentalmente al hecho que son estos tres nichos fecundos. El primero y el segundo por su consumo obligado, el tercero por ser terreno abonado al gran lector. Ahora bien, creo imprescindible que se considere que la edición de estos libros, y aun del libro en general, está ligada a un bajo rendimiento: en el caso del libro de texto (y no entro ahora en el debate de si pedagógicamente es imprescindible, o en aspectos determinante y conectados como el coste del acceso a ared y a los dispostivos de lectura/uso) por necesidad social; en el caso del ensayo porque el núemro de lectores es significativamente bajo en este país.

Qué panorama

Con este panorama no creo que el libro electrónico no tenga peligro de estancamiento a menos que no se desee que se estanque, sin embargo cuatro son, al menos, las cuestiones que deben resolverse. Alguna de ellas no es exclusiva del libro electrónico. 

  • La creación de lectores
  • El redimensionamiento de la producción editorial
  • La calida del libro eletrónico. Nunca se resolvió la ecuación que implica la conexión calidad/consumo/piratería
  • La reconsideración de la dimensión no-económica del libro

Como colofón dejo aquí una lista de artículos recientes que complementan (por afinidad temática que no necesariamente por defender los mismos puntos de vista que to he expuesto) cuanto escrito:

http://antinomiaslibro.wordpress.com/2014/09/29/pronostico/ de Manuel Gil Espín

http://cambiandodetercio.wordpress.com/2014/09/29/estancamiento-del-libro-electronico/ de J.M. Barandiarán

http://jmalarcon.es/post/It-takes-a-generation.aspx de José Manuel Alarcón

https://storify.com/cuadratin_es/charla-ebookspain-25-09-14?utm_content=storify-pingback&utm_medium=sfy.co-twitter&awesm=sfy.co_rhP8&utm_source=t.co&utm_campaign= resumen de la última conversación de la comunidad #ebookspain gracias al trabajo de Emiliano Molina

Yendo de compras en el sector editorial

Tuiteaba el otro día Manuel Gil Espín que las editoriales chinas están interesadas en hacer compras en España. El mismo autor del tuit se pregunta si está es la solución del sector. Teniendo en cuenta el ritmo de ventas de editoriales a grupos extranjeros, cuesta decir que no. Lo curioso es que eso no es tendencia para los predictores del futuro del sector editorial en España.

Es una tendencia de desmovilización del capital en el campo de la edición; capital financiero (pues, repito un vez más, este es un campo de baja rentabilidad que se pretende mejorar aumentando la rotación a ritmos suicidas, un modelo de negocio igual al bazar de los chinos, si ofender a nadie) y capital humano.

Lo que se derive de esta compra masiva está aún por ver. En otros sectores diríamos que así se diluye y desaparece el saber hacer y los conocimientos implícitos de los editores españoles. No voy a discutir si esto es cierto o falso, creo sin embargo que lo que de hecho comprarán, amén de sellos y el prestigio que detienen estos, y quizá una forma y una idea de edición que ha día de hoy no está dando resultados brillantes.

En cualquier caso, si esta tendencia se afirma se me ocurren algunos interrogantes:

¿Qué saber hacer han traído o traerán, si traen, los adquirentes?

¿Aportarán cambios en la concepción del ebook en español?

¿El mercado español será siempre más un apéndice del mercado internacional?

¿Los autores españoles tendrán aún editoriales que les acojan?

Por último, ¿estas adquisiciones serán exclusivamente de editoriales o veremos también comprar plataformas digitales de venta y plataformas de autopublicación?

Desde luego no tengo la bola de cristal que dé respuestas a todas las preguntas. Tengo, sin embargo, impresiones. Mi impresión es que todo este proceso no aporta ninguna modificación de fondo al modelo existente, acaso acelera y potencia un modelo, que se basa en conocer cómo hacer más presente el libro, aumentando su velocidad de consumo y como reducir sus costes de producción, más que en cómo conocer al lector (es decir dialogar con él) y como dar valor al libro. La edición española va a quedar, pienso, en manos de los editores independientes, incluyendo los que se dedican en exclusiva al #ebook. El reto ahora para estos editores es ir al encuentro del público lector (de los grandes lectores).