Instituciones del libro: hacia la obsolescencia improgramada


Ya en otras ocasiones he manifestado mi opinión, por lo general poco halagadora, de las instituciones del libro, el gremio de editores (o los distintos gremios), por ejemplo.

En general estas instituciones tienden a manifestar aspectos normativos que se definen y determinan por lo general fuera de las mismas instituciones. Esta es sin duda la mayor explicación de la distancia que separa las instituciones del desarrollo de las situaciones: en palabras pobres, las instituciones no patean las calles. Y es que las instituciones responden en primer lugar a las lógicas que ellas mismas instauran y después (mucho después) a la realidad (si responden), y es cada vez menor la capacidad de estas instituciones de mantener cautivo nuestro imaginario: sin quererlo están alcanzando una estado de obsolescencia improgramada. Desorienta entonces la instintiva desconfianza hacia comunidades y redes informales (con algún grado de formalidad) que se advierte en el sector editorial en general. Personalmente, lo he manifestado en más de una ocasión, me parece que es el modo más directo y autónomo de actuar, más ligero y ágil, más adaptable a circunstancias y lugares. No me sorprende que estas formas sí consigan dar respuestas a las cuestiones abiertas en el sector (estará de acuerdo en esto Bernat Ruiz Domènech) ni tampoco me sorprende de hecho la escasa reactividad de los editores en general.

Al margen de esta consideración lo que sí me sorprende, vistas las premisas anteriores, es la necesidad que parecen vivir los “actores del sector” de crear nuevas instituciones, léase sellos de calidad (proliferan, según me informo gracias a Txetxu Barandiarán).

Sin definiciones de mérito, definiciones vagas, con criterios meramente métricos y con algún euro de contribución por en medio. Lo peor sin embargo es que se afirma la creación de nuevas instituciones sin financiarlas, lo cual es imposible a la par que inútil; ya lo dijo William O. Douglas, la única manera de establecer una institución es financiarla. En fin, estamos ante otro fenómeno que tiene sus días contados de seguir por la senda que transita hoy.

Yo seguiré apostando siempre por vínculos efectivos, por recuperaciones de significado, por respuestas quizá efímeras pero efectivas.

No puedo no dejar aquí escritas algunas cuestiones finales.

¿Necesitamos nuevas estructuras y metaestructuras? ¿Necesitamos gasto o inversión? ¿Necesitamos lo que tenemos? ¿Tenemos lo que necesitamos? ¿Por qué defender la convicción de que la solución llegará de fuera y sin riesgo? ¿Por qué los editores, libreros, distribuidores e incluso autores están dispuestos a suscribir una idea que les aleja de la realidad de los lectores? ¿Por qué dejar la iniciativa a sujetos distintos a nosotros mismos?

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