Una lectura de la paradoja de Easterlin


Escribo hoy sobre un tema que últimamente me resulta atractivo e interesante: los lectores.

En concreto la relación entre títulos editados, venta de libros, número de lectores, crisis del sector y algunas soluciones vislumbradas.

Creo que para muchos resulta claro que el aumento del número de títulos se encontraba ligado a un aumento de lectores o de la capacidad de lectura de los mismos (pienso lo segundo porque el porcentaje de lectores de este país apenas ha cambiado con las décadas, o al menos desde los años 70′), como expresión del más clásico pensamiento económico. Ahora bien, si esa verdad en que todo aumento provoca otro y así indefinidamente halló su fin, entonces parece interesante apropiarse de la paradoja de Easterlin para darle otra lectura. La paradoja de Easterlin dice que, en breve, el aumento de la riqueza no produce un aumento de la felicidad: lo hace hasta cierto punto, luego todo va a peor. Si colocamos en un eje la cantidad de título (en vez del PIL) y en el otro el número de ventas (¿de lectores también?, pienso que si teniendo en cuenta el ascenso demográfico y el número total de lectores, índices que no han ido de la mano) y no la felicidad declarada por los ciudadanos, podríamos hallarnos ante el mismo gráfico a U invertida. El aumento de títulos llega un momento en que no representa ni un aumento de ventas ni un aumento de lectores (y volvemos a la Ley de Liebig).

Efecto de esta situación es el enorme volumen de devoluciones y (cómplice, quizá, la crisis) la caída de las ventas.

En fondo nada es inmutable. Los editores han empezado a adoptar medidas como la reducción de las tiradas, la edición bajo demanda, la recopilación o colección de textos variados, etc. Nótese que algunas de estas estrategias (diría todas) no son nuevas ni mucho menos, sino adaptaciones de prácticas predigitales (del tiempo de la imprenta de tipos móviles). No han representado la solución, porque el problema va más allá, pero no por ello desmerecen. Es más, son prácticas que constituyen el primer paso hacia un repensamiento de la edición. Eso si no se quedan en interpretación coyuntural. Digo esto porque la unión de formas más selectivas y más flexibles de edición pueden tener consecuencias positivas relevantes si, a mi juicio, se acompañan:

  • con medidas de consorciación efectiva en la gestión de los procesos editoriales,
  • con criterios de calidad de contenidos y de producto (y con este término, que me desagrada, me refiero a los diferentes formatos posibles del libro y de su respeto de estándares cualitativos altos),
  • con la re-creación de formas de relaciones sociales no solo virtuales (por ejemplo, espacios abiertos a lectores y vecinos. Existen ejemplos muy activos y satisfactorios),
  • con la re-creación de vínculos entre editor-autor-lector que no se basen en imágenes publicitarias, sino en prácticas de mutuo reconocimiento,
  • con la formación de nuevas interpretaciones de la realidad (la dotación de sentido a la realidad que nos rodea y que no es más, o no puede ser más, la que era) fruto de estas, todas, interacciones.

Y el libro electrónico

El libro electrónico no puede escapar de estas consideraciones. Fundamentalmente no existen motivos para que no se puedan desarrollar unas iniciativas similares. La intangibilidad del soporte no impide establecer relaciones fuertes, ni dotar de calidad a la edición, ni contribuir a un replanteamiento del espacio del imaginario o físico, no impide (es más favorece) la consorciación en la gestión de los recursos. Incluso, diría, el esfuerzo realizado para editar el libro electrónico con criterios de férrea calidad, considerando que el flujo de trabajo puede ser el mismo del libro impreso por buena parte, constituye un impulso para toda la edición; que el porvenir del libro pase por su forma más reciente no deja de ser irónico. El futuro del libro electrónico y del libro mismo pasa por un retorno a la calidad y pasa por esas formas más directas, sencillas e inmediatas, como he dicho, constituyentes de una nueva fase. Una fase menos agresiva en lo publicitario, más determinada en la imposición de estándares elevados, menos orientada al mercado (como expresión economicista de la actividad del editor) como medida de todas las cosas y más orientada hacia el mercado como lugar de encuentro de todos las actividades posibles de desplegamiento del libro (como obra). No niega todo esto la desmaterialización de la venta, pero no impide la materialización de otras relaciones o espacios, ni la rematerialización del libro electrónico. Implica necesariamente un redimensionamiento, pero deja como fruto mayor bibliodiversidad que puede llevar consigo una mayor localización de las iniciativas entorno al libro (en cualquier formato) y la edición.

¿Bastará esto para desmontar esta particular lectura de la paradoja de Easterlin? No creo, pero es un inicio.

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