Miscelánea de fin de año


Empiezo esta miscelánea de fin de año, no creo que escriba nada más hasta el próximo 2015, con la extraña posición de Fernando Iwasaki a propósito del libro impreso y el libro electrónico. Digo extraña porque a estas alturas del baile pensaba yo que ya estaba claro quien era la novia y cual era el baile. Se ve que no.

A Fernando Iwasaki le ha dado por sumarse a una demagogia pobre, ramploncilla, que se manifiesta en dos líneas argumentales: es lo digital lo que acelera y publica lo que no tiene valor; el contenido y el contenedor son lo mismo.

La primera vive en esta magnífica frase “los lectores de clásicos, de autores minoritarios y de todos esos títulos expectorados del supermercado digital por no haber vendido lo suficiente”. Cualquiera que navegue un poco por el sector editorial sabe cual es el ritmo de rotación del libro impreso y el tenor de lo publicado, así que lo digital ni es peor, ni tampoco mejor, por desgracia, añado. Y lo más divertido es que también Iwasaki lo sabe: “Cada vez que alguien anuncia el fin del libro impreso y de las pequeñas librerías, sospecho que se refiere en realidad a esa parte de la industria editorial que nada tiene que ver con la literatura, como las memorias de los políticos, los recetarios de los periodistas, las novelas de los cocineros o los manuales de autoayuda”. 

La segunda argumentación es de verdad la que me parece más interesada y menos reflexionada y la que me duele más: “a diferencia del libro impreso, un Kindle de segunda o tercera mano siempre será un cachivache”. Confundir el libro, con el instrumento que hace posible su lectura es triste, como confundir La Celestina con la edición que se hace, que la Torah no es un libro porque es un rollo. Un cachivache podría ser un libro impreso y desencuadernado, de esos que se usan para evitar de la mesa cojee o que esos otros que se tiran a la cabeza cuando se discute. La confusión entre contenedor y contenido, repito, me parece muy interesada, pero claro, el patrocinador era quien era. En todo caso. va siendo hora, definitivamente, de desterrar estos típicos tópicos.

No puedo dejar a parte otra cuestión que también a ocupado su tiempo esta semana: la equiparación libro electrónico–software realizada desde las páginas virtuales de PubPerspectives. Desde ahí se apuntaba a la posibilidad que los usuarios realizasen una tarea de correcto ortipográfico. La cosa no deja de ser curiosa. Desde siempre ha existido la posibilidad de señalar errores de este tipo a las editoriales, algunas incluso incluían esta petición en sus páginas finales. Era una opción de cortesía ante un error que había escapado, una excepción en un libro. Me da la sensación sin embargo que ahora estamos ante la sistematización de un fenómeno que debía ser residual: el error ortotipográfico es cada vez más frecuente. Concebir el libro electrónico como un programa en beta perpetuo es la solución de quien no realiza un trabajo de edición y tiene algunas consecuencias devastadoras: me centro en la concepción de trabajo profesional, no en el fanzine colaborativo donde los que cuenta es el empeño, porque en un trabajo profesional el empeño, como el valor de los soldados, está más que supuesto y si no a la calle. La primera es que resulta difícil explicar la diferencia entre un trabajo profesional y uno aficionado, sobre todo si el profesional es tan aproximativo. La segunda es que transforma a los lectores en dependientes no pagados, que por otro lado han pagado, poco o mucho, por el libro que lee; esto para mi tiene el tufillo del timo. La tercera es que precariza aún más si cabe la posición de muchos profesionales.  La solución real pasa por realizar un trabajo bien hecho, por ofrecer una edición de calidad, por no permitir que la edición digital sea un pariente pobre y deficitario de un sector que parece estar dispuesto a rebajar cualquier estándar. Si deseamos dar un futuro a esta actividad hay que empezar por volver a la base honesta del trabajo duro y la calidad como sello distintivo, o quizá halla que terminar por crear ese sello de calidad en lo que se refiere, al menos, al libro electrónico.

Llega fin de año y por supuesto llega el anticipo profético de lo serán las tendencias del sector editorial el año próximo. Habría que ir anotando cuantas de las que se indicaron para este año han acabado cumpliéndose y cuantas no, como si se tratase de la verificación del horóscopo. Lo que cambia es que por detrás de las previsiones o profecias puede haber más de un interés.

Por el resto, buenas fiestas y feliz año a todos.

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