Lo que un autor autopublicado puede aprender de un niño


Es curioso como en ocasione de banales anécdotas pueden recabarse lecciones preciosas. Sin ir más lejos a fines de la semana pasada el hijo menor de un amigo me proporcionó el tema de mi entrada de hoy, sin él saberlo, claro.

Este zagal estupendo de unos 7 años, sabiendo por su padre que me dedicaba o había dedicado a los libros me trajo su libro. Un libro que había escrito, paginado y encuadernado: en efecto, imitando en todo a un libro impreso corriente lo había escrito (una novela negra de tintes psicológicos, en su nivel de edad), había pegado los folios escritos a unas hojas para darles más resistencia, le había puesto una portada con el título de la obra, había encuadernado el conjunto y finalmente le había puesto un precio, porque la idea final era que una amiga suya lo vendiese en la plaza del pueblo.

Le dije que me parecía un libro estupendo, lo que por otra parte era cierto.

Desde un punto de vista profesional era evidente que había cometido diversos errores. Cuando me puse a elencarlo me salieron estos principales:

  • no tenía una portadilla
  • no tenía un índice
  • no había numerado las páginas
  • las páginas mismas no eran homogéneas
  • no había editado el texto
  • no había corregido errores ortográficos ni gramaticales
  • había cierta falta de congruidad en la narración
  • la cubierta era algo anodina

Teniendo en cuenta la edad de autor y los medios a disposición, todo esto era descuidable. Sin embargo estos mismo errores son comunes entre los autores autopublicados.

Veamos.

El autor, sobre todo en las primeras experiencias como tal con frecuencia pierde de vista pequeños detalles que aumentan la legibilidad de su obra. Detalles como incoherencias de lugares, colores, frases, intervenciones de personajes, perfil cambiante del personaje sin que haya trazas de evolución del mismo, etc…: son errores de congruencia. Por otro lado en ocasiones el orden de la obra puede ser mejorado, aunque suponga una trabajo extra para el autor. Y ya no menciono la posibilidad de crear una obra que sea la misma, pero no idéntica, para cada formato del libro. Nuestro zagal no ha tenido en cuenta nada de esto. Muchos autores autopublicados están demasiado seguros de si, demasiado pegados a su creación para ver estos detalles.

Otro error es el de no corregir errores: la corrección ortotipográficas se la deja al corrector de texto del ordenador en que trabaja: craso error.

Nuestro jovencísimo autor ha realizado una portada una poco anodina pero que en el fondo resume bien la novela con una imagen y el título. Muchos autores autopublicados caen en el error de acumular objetos y referencias en la cubierta. La verdad es que la cubierta en un espacio muy limitado y no lo acepta todo ni puede decirlo todo sino que debe decir lo esencial.

Cuestiones como el paginado, el índice, la portadilla quedan resueltas por el distribuidor al que el autor autopublicado fia su obra. Lo que no tiene en cuenta es que incluso esto podría estar mal resuelto o incluso no estar sino en lo que la ley obliga, es decir la portadilla y poco más.

Lo que nuestro temprano autor y el autor autopublicado no han contemplado es que su capacidad de influenciar decisiones o participar en la difusión de la obra no es muy amplia en contra de los que creen, si es que han meditado sobre ello: estoy seguro que el zagal no lo ha hecho. A menos de realizar una intensa actividad de promoción por cuenta propia el distribuidor no hará nada o no hará gran cosa por ella: su negocio se basa en millares de obras rindiendo cantidades marginales y unas cuantas obras rindiendo muy bien. La suma será siempre a su favor en función de cantidades astronómicas de libros en venta. Lo mismo el autor autopublicado que el zagal que se fía de su amiga para vender la obra no le queda que esperar.

errores
Apenas un recorte y ya no podemos ir viendo cierta cantidad de errores de este anónimo autor autopublicado.

En resumen, nuestros protagonistas han cometido los mismos errores: han subestimado el cuidado de los aspectos formales del libro y se han contentado de acercarse a los mismo; ambos has descuidado aspectos narrativos; ambos han creído que su trabajo estuviese terminado sin estarlo. Lo peor de todos ello es que si todo esto es aceptable en un niño de 7 años, resulta inaceptable en alguien que pretende ganarse la vida escribiendo sin ofrecer en cambio un trabajo terminado y profesional: el autor autopublicado debe dejar de creerse un ónfalos absoluto que sin embargo no ofrece al lector una obra a la altura, es decir profesional: es hora de confiar en profesionales o bien asumiendo el coste que significa hacerse con su prestación o bien dirigiéndose al editoriales que trabajan con estándares de calidad, muchas o pocas que sean. Todo lo demás en un puesto en la plaza del pueblo para vender buena voluntad.

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