Pesando un elefante por su sombra


No soy adivino ni tengo ganas de convertirme en guru de nada, sin embargo lo que si tengo es opinión y una visión de cómo está y hacia donde puede ir el mundo editorial (del mundo del libro no sé que decir que le va a ocurrir, porque hasta hoy, en una forma u otra ha sobrevivido a casi todo).

Esta opinión no es optimista, en el sentido que no tiendo a ver las cosas en su aspecto más favorable, sino realista, en el sentido que tampoco creo que nos encontremos en una situación sin salida; una salida que no será, por decirlo de algún modo, al gusto de todos, es obvio.

En los artículos anteriores he ido exponiendo mi visión personal sobre el mundo de la edición y de las editoriales, especialmente de las pequeñas y micro editoriales que es el que conozco mejor (si acaso “conozco” alguno). Esta visión tiene algunos ejes que resumo en: colaboración (a varios niveles entre editoriales), ideación del mundo (que se refleja en el catálogo), decrecimiento (que se refleja en la renuncia a la participación en la idea de un crecimiento económico, que a su vez mercantiliza los dos ejes precedentes).

Del porque de estos ejes, como si fuese una justificación, es de lo que hoy quisiera escribir.

El futuro no es de color rosa. Cualquier indicador económico que se escoja indica un reducción de nuestra futura capacidad de gasto, lo que implica necesariamente la contracción del mismo en pocos campos: comida, habitación, transporte, salud.

En este panorama la cultura, mejor dicho los productos culturales, pasa a un plano secundario. Bien lo saben las editoriales que han visto caer las ventas y crecer las devoluciones mientras se empecinan, en muchos casos, en mantener una producción de títulos exorbitante. A decir verdad, en algunos casos ya se ha empezado a trabajar en una mínima reducción. En otros casos, pocos, todo lo contrario. La consecuencia directa es que, espero equivocarme, al próximo otoño van a llegar muchas menos editoriales. En primer lugar las pequeñas o micros. Luego las pequeñas y medianas con una deuda alta, cuyo potencial de arrastre es ignoto pero que intuyo no será tan limitado como se desearía.

El cuadro resultante parece dejar todo en manos de los grandes grupos editoriales. En mi opinión es solo un cuadro transitorio. Los grandes grupos, como los grandes dinosaurios, desaparecerán. Se redimensionarán. Proliferarán los pequeños mamíferos resistentes de la gran hambruna y los nacidos después de la extinción de los grandes saurios. Y no se librará de esto la autopublicación. Un nuevo sistema ecológico está por establecerse.

¿Será mejor entonces? No lo sé. En cierta medida, como he dicho en otros artículos, dependerá de las medidas que tomen las pequeñas editoriales, de la visión de futuro que escojan, de su capacidad para actuar esos tres ejes que he apuntado.

Y todo esto, ¿por qué?

Como ya escribí, el sector editorial ha vivido la seducción occidental del productivismo y la fiebre del crecimiento infinito (con un número, por contra, muy finito de lectores, en este país especialmente). Y en ese proceso y a mi modo deber el mundo editorial vive la intensa depauperación de sentido al que le ha sometido el mundo económico en que vivimos (ese poblado por el homo oeconomicus). En ese mundo la producción del libro como explicitación de cultura vive una intensa banalización. La economía valora lo que se tiene y no se tiene, se minusvalora “lo que hace ser” es decir no se cuenta lo que cuenta (lo máximo es contar sus consecuencias, como pesar un elefante por su sombra). Económicamente hablando los bienes relacionales son bienes solo en un sentido metafórico; la cultura con todos sus efectos queda fuera de la economía y se contabilizan solo sus resultados tangibles que constituyen sólo una parte. Sin duda la dificultad es establecer que relación proporcional o inversamente proporcional existe entre lo tangible y lo intangible, en que medida el crecimiento de uno implica la disminución del otro o si bien se trata de una relación mucho más sutil y menos mecánica. Sospecho que la parte intangible supera y con mucho el impacto tangible que contempla una parcialidad de las formas y de la forma de la cultura y esto porque resulta incongruente pasar por la valorización económica las variables no económicas. Sospecho que para descubrir el valor social y relacionan de la cultura hay que deshacerse de la obsesión de la medición económica.

 Si el libro es un bien relacional y lo es (si no, ¿qué sentido tienen la bibliotecas, lo clubs de lectura o la “lectura social”?), la industria y los profesionales que le pertenecen deben por fuerza pasar de lo económico a lo relacional, resituarse en un mundo productivo en el que lo primario no es el consumo del libro sino el valor del libro. La consecuencia será no una ética de la renuncia, sino una ética comprometida con la conciencia de lo finito (que no es lo limitado en su variedad, por cierto).

 Sigo pensando por tanto que los ejes (colaboración, ideación del mundo , decrecimiento), son el futuro de la edición y no solo. Si esos ejes se realizan veo el nuevo panorama como un red, multiples centros (editoriales) cada cual con su propio centro y una red de actividades diversificadas, en la cual la existencia y la realización pueden encontrar, espacio, cohesión, diversidad y nuevas relaciones.

 

 

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