Decrecer, racionalizar, apostar


Desde hace algún tiempo le doy vueltas a la cuestión de la superproducción editorial y el debate o suma de opiniones que el pasado 4 de enero acogió entre sus páginas el suplemento Tuttolibri del diario italiano La Stampa, me ha dado el empujón para escribir estas líneas.

Manuel Gil analizó la cuestión en una entrada de su blog (esta en concreto) indicando algunas ideas que me parecieron de inmediato interesantes, pero con algunas otras que me parece merecen discutirse.

 Que la superproducción editorial existe y que no es un problema local sino global está claro. Se inscribe en el fenómeno que llamamos globalización y es expresión de una visión del mundo que choca frontalmente con una época de transición: una visión productivista incluso de la cultura. El resultado no puede ser peor y empeora en la medida que la inercia parece haberse adueñado de todos y paralizado cualquier reflejo. Tanto Gil como Antonio Scurati parecen coincidir con dos puntos:

  • La superproducción es hija de la búsqueda del best seller, es decir la industria editorial se ha reducido a si misma a una tómbola que reconoce como único metro de juicio la autocracia del éxito (de ventas claro).
  • La economía de bienes culturales necesita que estos se valoricen socialmente: acudiendo al terreno de lo banal la derrota de la cultura (y quien sabe si de la industria editorial) es segura.

De ahí a reinvicar la simple reducción del catálogo en 10, 15 o 30 títulos inútiles, como hace Gianluca Foglia, director editorial de Feltrinelli) hay un trecho y sobre todo es una medida que deben adoptar las grandes editoriales: sin querer aburrir reenvio a las cifras que Manuel Gil propone en su artículo.

Ahora bien, está superproducción se ha mantenido en los años solo para romperse de reciente ante un mercado que no decrece, como sostiene Manuel Gil, sino que crece negativamente, que es muy distinto. La industria editorial, en cuanto industria, sigue el mismo modelo de produccón y crecimiento que siguen las restantes industrias, ahogándose en el esfuerzo productivista. Una consecuencia de ello es que los canales de venta, analógicos y digitales no pueden absorber la producción y anegan también. Y el lector muere de superabundancia. Ojo, esta superabundancia no significa sin embargo muchos títulos diversos, sino muchos títulos diferentes del mismo tipo (la persecución espasmódica del best-seller salva cuentas anuales (¿son esos títulos inútiles que invocaba Foglia?) en los temas de moda, que dicho sea de paso, la mayor parte de las veces no los dicta siquiera la industria editorial), obligando a una rotación suicida, comercializando libros como rosquillas. ¿Los libros son rosquillas? No y sin embargo así los tratamos. El nivel de producción supera el nivel de satisfacción de las necesidades razonables de todos. Estamos obligados, como indicaba Bernat Ruiz Domenech en su blog a una forzada ética de la renuncia, que la industria ignora o parece ignorar si solo ahora se ha puesto a reflexionar tímidamente sobre la cuestión. Es urgente encontrar una dimensión, un sentido de la medida que podríamos definir, metafóricamente, “una huella ecológica sostenible”.

Y por otro lado si el libro es un producto como las pastillas de jabón, la industria editorial no puede esperar reglas de mercado distintas ni, mucho menos, distinguirse con el título de intermediador de la cultura (no digamos ya su representante (porque el interés, bajo este prisma, no es la cultura, es el libro de cuentas.

Sumemos a esta tendencia otra que queda fuera del alcance y control de las editoriales: la autopublicación. Sin contar con que podemos leer de mil otras formas además del libro, la autoedición incrementa notablemente el número de libros potencialmente legibles. Si la industria editorial está afectada de productivismo, las plataformas de autopublicación son el ejemplo más evidente de este fenómeno, con sus consecuencias.

Ante este cuadro de conjunto hay que plantear una alternativa real: decrecer. Decrecer no significa un crecimento negativo sino abandonar el objetivo del crecimiento ilimitado, plantear otro esquema de producción y consumo. Cierto, el tema es amplio espectro y no puede abordar unilateralmente el mundo editorial, pero ¿que tal si probamos a imaginar producir menos, consumir menos e imaginar y crear más? Quizá demos entonces una contribución real para a hacer el aire de los libros y de las librerías más respirable, un lector menos estresado y más (in)formado.

 Otro ámbito de trabajo sobre el que trabajar es el de la relación editoriales y librerías.

El acceso a las grandes cadenas de librerías es importante para muchos, pero el espacio que encuentran las pequeñas editoriales en estas cadenas, unido a la intensa rotación de títulos y los aspectos ligados a la distribución, constituyen a la par obstáculos para la presencia en estas librerías.

Una alternativa interesante podría ser la creación de una alianza entre pequeños editores (incluyendo a los editores ebook) y una red de librerías de referencia (100, 200, 300) con al menos 3 características:

  • que cubran cuanta mayor porción del territorio nacional mejor
  • que estén situadas en grandes y medianas ciudades
  • que privilegien editoriales independientes

La posibilidades de articulación de un proyecto de este tipo son diferentes, pero van todas en una dirección que tiene como objetivos los siguientes:

  • indicar en los libros un modo cognitivo e interpretativo del mundo, por lo tanto vario, infinito en sus posibilidades, finito en el número (y siempre será alto).
  • hacer del libro un instrumento relacional y aprovechar el conocimiento del librero vocacional tiene de su realidad circunstante y de sus lectores/clientes.
  • sumar e integrar mil parcialidades en vez de crear un solo conjunto infinito, globalizado y homogéneo.
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