DRM o el Control


Bien puede decirse que el control es una obsesión moderna. Y lo paradójico del caso es que por otro lado afirmamos sin rubor que esta es la era de la incertidumbre. Si, con estas premisas, hablásemos de personas estaríamos hablando de desdoblamiento de personalidad. A las empresas, que tienen también una psique colectiva les pasa lo mismo.

Se oscila invariablemente entre la necesidad de establecer una comunicación más libre, más 2.0 y la tensión por obtener mayores datos de los compradores, mayor fidelización de estos, en una urgencia dictada por el temor de perder cuota de mercado. Dicho de otro modo, se corre en un vaivén constante entre la participación en la atmosfera mental de la revolución 2.0 y la angustiante control del riesgo de absolutamente todo: ilustrativo de ello es el escrito de Michael Power, The Risk Management of Everything, Demos 2004). Y todo esto se vive igualmente en el mundo editorial. 

Y retomo estas consideraciones a propósito del DRM y de la decisión (con marcha atrás incluida) de Adobe sobre la actualización y su programa para la lectura de libros electrónicos.

La creciente verticalización del mundo editorial digital, que significa una unidad de control del proceso de edición, venta y lectura, permite una mayor segmentación de los lectores según gustos, lo que se traduce en la posibilidad de sugerir lecturas y permitir, en algunos casos, que el lector sugiera a su vez. En la práctica la segmentación tiende a ser exhaustiva (al menos en línea teórica) y debe traducirse en mayor satisfacción del cliente: una satisfacción que se mide con la permanencia del lector. La parte oscura es una fidelidad forzada pues la biblioteca del lector depende de la permanencia en esta plataforma. De la relación 2.0 al control para forzar la permanencia. Una estrategia que tiene, a i modo de ver una faceta instrumental interpretativa (llámense Big Data) y otra instrumental coercitiva (llámese DRM).

La adopción de DRM obedece a un ansia de control del proceso de digitalización del libro. La inutilidad del DRM como medida disuasoria de la piratería no ha detenido su aplicación. Si no sirve para ese propósito, que es el declarado, ¿para qué ha servido hasta ahora el DRM?

De nuevo vemos una oscilación. Es imposible detener la digitalización e imposible para el autor renunciar a esa forma del libro, que crece, lentamente pero de forma inexorable. Ante esta situación de hecho la cuestión era el temor a perder el control de la cadena de difusión del libro.

Se entendió bien rápidamente que una fotocopiadora multifunción bastaba para socavar todos los mecanismos de control presentes hasta el momento. Contemporaneámente se desarrollaban los formatos digitales y con estos se agudizaba la sensación de pérdida de control, pues la mayor parte de los sujetos implicados en la producción del libro no entendían la digitalización.

La adopción del DRM creaba un placebo, una falsa sensación de seguridad, pero sobre todo creaba dificultades a la difusión del libro electrónico, especialmente entre sectores tecnológicamente incultos pero deseosos de innovación tecnológica también en la lectura (más o menos el mismo tipo que deseaba un móvil potente sin saber de telecomunicaciones).

En definitiva el DRM sirvió y ha servido solo para ganar tiempo, permitiendo años extra de supervivencia a quienes debían adecuarse al cambio del libro impreso al libro electrónico (incluyendo la gestión de ambos formatos). Superado el opunto de inflexión la aplicación del DRM podía cambiar: una muestra de esto puede verse en los cambios de actitud de grandes grupos editoriales españoles respecto al libro electrónico y al DRM.

Ahora bien, el control también se ejerce en modo indirecto adoptando formas analogas al DRM pero invisibles: la verticalización del mercado, la dependencia del formato y del dispositivo lector, como ha demostrado Amazon (y otros parecen aspirar a seguir esos pasos).

Esta última estrategia es hoy por hoy la más ambicionada por un simple motivo: reduce la exposición de la industria editorial hacia terceros. En otras palabras, la cuestión hoy es dejar de depender de plataformas y programas no propietarios, revertir hasta donde se puede la desidia del los años 80, esa que puso a distribuidores (que con frecuencia inplementan sus propios sistemas de DRM) y terceras partes al mando de aspectos estratégicos de la cadena de valor del libro.

Existen otras formas de control y monitorizaón de los libors electrónicos, como la necesidad constante de conexión a la red (no considero una casualidad que las compañías telefónicas hayan descubierto su amor por la literatura y la lectura) o la concesión de licencia de uso camuflada de acto de venta del libro.

En cualquier caso, con cualquier sistema, DRM es, a mi juicio, la forma en que se externaliza la obsesión del control de una industria que lo perdió hace décadas y que intenta recuperarlo.

Lo malo de todo ello es que en este seguimiento desaforado el mundillo editorial se salta a la torera los derechos del lector (¿recordamos aquel decálogo?), por lo general con el sistema “información cero”.

Se me ocurre entonces que hackear nuestros dispositivos de lectura con sistemas alternativos y con programas más respetuosos puede ser una solución viable. La otra es que productores de programas, de aparatos, distribuidores y editores entren en razón y abandonen este tembleque falso.

Y dejo aquí tres entradas que animo a que leáis

Adobe iacta est, de Bernat Ruiz Domenech

Adobe gana el mundial de tiro en el pie, de Juan Luis Chulilla

El nuevo DRM almán llamado SIDIM, Jaime Janer

(Para finalizar pido perdón a Polansky o el Ardor por la involuntaria asonancia del título)

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Un comentario en “DRM o el Control

  1. […] La adopción de DRM obedece a un ansia de control del proceso de digitalización del libro. La inutilidad del DRM como medida disuasoria de la piratería no ha detenido su aplicación. Si no sirve para ese propósito, que es el declarado, ¿para qué ha servido hasta ahora el DRM?De nuevo vemos una oscilación. Es imposible detener la digitalización e imposible para el autor renunciar a esa forma del libro, que crece, lentamente pero de forma inexorable. Ante esta situación de hecho la cuestión era el temor a perder el control de la cadena de difusión del libro.  […]

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